sábado, 11 de noviembre de 2017

No quiero.


No quiero meter toda nuestra vida
en cajas de cartón.
Toda nuestra vida,
en el recibí de una fianza.
No quiero despedirme,
ni olvidarme una camiseta
entre tu ropa.
No quiero sentirte tan lejos,
ver tus manos y encontrar en el frío
tu indiferencia y tu dolor.
Yo no puedo hacer nada ahí.

Me siento incapaz de
imaginarme sin ti,
incapaz de creer que esto
que me hace llorar
sea solo porque nos acostumbramos
demasiado.

No quiero que pienses
que no lo tengo claro.
No quiero marearte.
No quiero que lo pases mal.
Es solo cuando estoy a solas,
que mi cerebro necesita llorarte,
digerir un duelo raro,
un duelo vegetal,
un duelo en stand by.

No quiero marearte
pero aquí, en este sofá
te echo de menos
y busco alguna manera
de arreglar las cosas.
De estar bien,
de juntar nuestras
caras y nuestras sonrisas.

Nos echo de menos.

Y no quiero hacerlo.

No quiero:

A estas dos que somos ahora.
Silencios vacíos y angustiosos.
No quiero no reflejar amor en tus ojos
mil
color
es
.

¿Cuántas oportunidades está bien
malgastar
olvidando todo lo que nos queremos?
Por qué ya no me encuentro tras de ti,
por qué ya no sé quiénes somos.

Por qué tú y yo ya no podemos
en vez de querernos.

Querernos tanto que no duela,
bailar en la cocina
prohibir el frío en los pies,
preparar el desayuno,
tus besos de buenasnoches/buenosdías.
Dónde estás
y por qué ya no quieres

a esta gilipollas que te escribe
a destiempo,
esta que no quiere

que todo muera,

¿Quién perseguirá a Benijo entonces?

miércoles, 7 de junio de 2017

Desde la grandilocuencia.


Despedirme de ti
siempre termina convirtiéndose
en una cuestión de luto,
el duelo de ir a por pan mientras haces la siesta,
el duelo de meterme en la ducha
sin ti,
duelo de las ocho horas en las que trabajas
y me dejas sola,
vacía,
sin ti.

Has construido un fuerte
en cada parcela de mi vida
y vives en armonía con la versión de mí
misma que más me gusta ser.
Que soy.

Tú y yo
que hemos recorrido tanto
y tan pedregoso camino.
Tú que te volteas y me dices Anita,
yo que me desmorono,
pierdo la oportunidad de comerte la boca
a floridos y ruidosos besos,
húmedos y exhibicionistas,
callejeros y gatunos besos.

Tú que me permites amarme
y engrandecerme
sin dejar de clavar mis pies a la tierra.
Yo que no sé ser de otra manera
que no sea la de hacerte feliz
desde la inercia.
De proporcionarte el millón de carcajadas
que te hagan envejecer en arrugas de
amor y felicidad.

Este amor recompuesto,
consensuado,
construido,
dialogado.
Este amor diario,
de pequeños gestos,
de notitas de amor entre la lista de la compra,
de cotidianidad
y
alevosía.

Este amor que sigo sin creerme
cuando me pides un beso
y yo sonrío
y siento que sigo en aquella habitación
creyendo que todo es un sueño.

Gracias por esta vida que me das,
mi amor.
Por ser la comodidad
y la diferencia.
La ansiedad por separación
de las doce de la noche:
no te vayas a dormir nunca más
sin mí.

Por los detalles que creía normales
hasta que tú los engrandeciste y
los hiciste aparecer ante mí.
Por las carcajadas mi amor,
por las peleas a muerte,
las heridas de guerra,
los juegos sucios,
las normas de las que no nos hacemos cargo,
por los platos que te tocaba limpiar a ti,
por tu paciencia finita,
por tu sonrisa magnífica y
por los besos que aun te quedan por dar
a todos mis pájaros de colores.

Después de esto,
y aunque no sea suficiente,
comprenderás
que despedirme de ti,
desde la primera vez que tuve que aprenderlo,
hasta mañana por la mañana
cuando me des un beso de buenos días
y te marches,
la casa parecerá un funeral
hasta que te vea aparecer por la puerta
comiéndote a besos a Benijo,
y sonriendo de todas las formas que tienes de hacerlo:
ojos
boca
beso beso beso.


Te quiero.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Poema del NO.



Las cosas que me van vaciando
a lo largo de los días
me llenan por otro lado
de rabia
frustración e injusticias.
Contaminan mis ganas y quiero borrar
cada centímetro de vida que brindé
a personas amargadas,
insulsas,
irracionales y manipuladoras.
Me siento bien a medias,
cuando sé que sigo siendo la misma
persona defensora de lo imposible
a pesar de los reveses,
de las complicaciones innecesarias,
de las formas abruptas y desquiciadas 
y temo algún día perder la magia
que me hace ser como me gusta ser.

Huyo de manchar mi lengua con
ejercicios de autocompasión
pero tengo miedo muchas veces.
Hoy me han llamado cobarde
y me ha dado igual:

Sé que no es verdad.

Las palabras solo hieren
cuando pueden y no cuando quieren,
cuando revolotea el respeto sobre nuestras sienes
y no cuando se ha ido volando
asfixiado y amargado.

Hoy me han llamado vaga,
mala profesional,
maleducada,
y poco comprometida.
Y no me duele en absoluto
porque sé de dónde provienen,
pero me hastía tener que luchar siempre
en contra de un sistema
mal planteado
y
muy mal ejecutado.

Mi barco a la deriva,
me llevan los gestos de amor
de lo que me describe:
yo soy buena,
yo soy fuerte,
yo soy la mejor cada día.
Y si eres incapaz de verlo
y si eres incapaz de lidiar con ello,
y si tienes que usar la mentira
para hundirme y humillarme,
que sepas que no vas a poder con
alguien que ha nacido con
tantas ganas de volar
que al final lo ha conseguido.

Y a pesar del miedo,
la indefensión más que aprendida
y la incertidumbre,
un SÍ siempre valdrá más que todos tus
putos,
desquiciados,
maniacos,
manipuladores,
absurdos,
irracionales,
y sobre todo
cobardes

NOES.

domingo, 26 de marzo de 2017

Para Tía Lola


Le dije “sé que todo me va a salir bien, tengo esa seguridad innata, porque por alguna razón siento que ella está conmigo, protegiéndome, sea cual sea el camino que decida escoger”.

Sé que está conmigo porque aparece en sueños para conversar de tonterías, o tomar el sol, o abrazarme porque sabe que despertaré de un momento a otro, porque sabe que no pude hacerlo aquella vez. Hay personas que tienen tal cantidad de magia en sus entrañas, que consiguen quedarse aquí a pesar de la muerte y sus vicisitudes. No la puedo ver y no la puedo tocar y eso es algo que me consume y me entristece profundamente. Nunca más ella aquí y si le cuento algo sé que no obtendré respuesta. Pero de alguna manera sé que está dentro de mí, dando vueltas por cada circunvolución de mi cerebro y puedo sentirlo, en la manera que veo la vida, en la manera en la que enfoco mi vida. Que lo que me lleva a ser cada vez mejor, es sin ir más lejos, llegar a ser un poco como ella.
No me siento en disposición de describir cómo era, porque siento que cuando se fue yo era aun muy pequeña; siento que me quedaron muchas cosas que contarle, que me dijera, ¿qué pasaría si un día, tocase mi puerta y nos tomásemos un café (el de ella amargo), y charlásemos? ¿qué le diría? ¿qué me diría?. Siento que no tengo derecho a echarla de menos porque tampoco viví tantas cosas con ella como los demás, ni entendía muy bien el idioma de los adultos, ni ella me veía como tal. No tengo fotos, no tengo cartas, solo conservo un correo electrónico, lleno de faltas de ortografía por mi parte, donde no le decía nada importante. Si tuviera la oportunidad ahora mismo, daría cualquier cosa, lo juro, por poder enviarle otro correo electrónico; probablemente estaría tan nerviosa que acabaría diciéndole cosas igual de banales, regresaría a la edad en la que no tenía nada importante que decirle, excepto que estoy harta de las clases, que me aburren, que a ver cuándo vuelve y probablemente, siendo consciente de que ella lo leerá pero las circunstancias no habrán cambiado, que la quiero, que la echo de menos y que sé que no es justo hacerla sentir mal por no estar aquí conmigo.
¿Qué hubiera pasado, Tía, si hubieras estado conmigo cuando mi corazón naufragaba entre dudas y certezas? ¿Qué me hubieras dicho? Qué sería de mí si hubieras sido mi guía, la persona a la que acudir cuando necesitas que te digan que lo estás haciendo bien, que lo estás haciendo mal, que lo estás haciendo y eso es lo importante. Si te hubieras quedado serías “mi persona” y siento que me faltó un poquito nada más para que eso ocurriese.
¿Por qué después de tanto tiempo sigo pensando en ti? ¿Qué heridas no conseguí cerrar en su momento? ¿Y por qué era tan pequeña para despedirme de ti pero no para sentir tanta tristeza?.

Me imagino que entre el mundo en el que estás tú y en el que vivo yo debe haber un espacio intermedio, por el que puedes hacer trampa y colarte entre mis sueños. Lo sé porque son los sueños más reales de todos, y siento que me sujeto a ti cuando me abrazas y que hablamos de cosas importantes porque puedo oír tus palabras encapsuladas en esa voz tuya, de la que casi no me acuerdo, pero casi sí. Sé que haces trampa porque toco la cicatriz de tu pecho y es real, y veo tu sonrisa y las arrugas que aparecen en tus ojos y son tal cual tú eres. Porque en este mundo mío, donde nos encontramos a veces, tú nunca podrías escribirte en pasado.
Veo todo lo que creaste y es imposible no sentir admiración, de mayor quiero ser como tú y eso es algo que no le había dicho a nadie. Conozca la gente que conozca, no hay nadie que me recuerde a ti, nadie que se te parezca. Y eso es bueno y es malo. Bueno, porque no hay nadie como tú en este mundo lleno de tanta gente; y malo porque cada vez tus recuerdos se alejan más y más en mi memoria. Querría sentarme con mi madre y que me contase anécdotas. Que me hablasen de ti. Que te trajesen de vuelta, pero no tristemente como suele pasar. Siento que lo que tengo de ti son esbozos, dibujos de sitios, de historias, imágenes estáticas, pequeños segundos en movimiento, el color de la luz del sol mientras barrías las hojas del patio. Tus dientes. Tus manos.
La sensación es la de haberme quedado a medias. Quería conocerte mejor y que me conocieras hasta cuando yo no tenía ni idea de quién era. Que me dieras consejos, que me prestaras libros, que me enseñaras a ser como tú. Pero te fuiste. Te fuiste tan rápido, tan invisible e inconscientemente, que no quedó rastro; que todo esto lo tuve que aprender sola. Como la primera vez que te lloré, meses después de que te fueras, y entendí que cada uno tiene sus tiempos y que eso no es malo ni bueno, ¿qué me hubieras dicho tú?.
Te fuiste y siento que te llevaste el brillo en los ojos de todos nosotros. Todo empezó a derrumbarse, yo me hacía mayor, la gente hizo sus vidas, ¿y dónde estabas tú para juntarnos de nuevo? La calle entristeció. Apareciste en el primer sueño después de mucho tiempo intentando no olvidarte, cuando por fin fui capaz de ver tus fotos, de no tener miedo a sentirme triste, y me diste el mejor abrazo de mi vida. Me diste sin yo saberlo, el mejor regalo: la capacidad de transmitir todo en una abrazo, hacer sentir a la gente que nada iba a pasar, que todo estaba bien.
En el último sueño, hace menos de una semana, me hablaste de tonterías y me dijiste “hasta en eso te pareces a mí” y entendí que voy por buen camino.

Gracias por hacer trampas, Tía. Gracias por acordarte de mí, por venir de vez en cuando, por mecer a esta niña de doce años que te llora, por enseñarme aun después de irte, que hay tantas cosas que aprender, tantas que enseñar.

“Las clases bien, Madrid a veces me mata y otras me da la vida. Tengo ganas de que vuelvas, porque te echo de menos y porque te quiero. Te quiero mucho.”

(Tanto que duele).

martes, 31 de enero de 2017

Desastres naturales.


Tú y yo que hemos luchado contra titanes. Que derribamos murallas y construimos muchos más muros infranqueables de los que hubiéramos deseado. Tú que has conocido el infierno como yo pero te quedaste a saborear el dulce placer del azufre en tus heridas, el fuego lento fraguando desastres. Esos que solo tú has visto, esos que solo yo atisbé como tierra a lo lejos en mi barco pirata. Que los años que pasamos recluidos, alejándonos, matándonos como semidioses ¿pero qué coño nos creíamos?. Tú y yo que salimos del mismo lugar, que habitamos las mismas tripas, que hemos sido protegidos por el ala divina de todo eso que nos compone y complementa.
Tú que siempre fuiste mi fin último, que fuiste mi decepción y mi orgullo al mismo tiempo, y a ver cómo te comes eso. Tú que me has querido a tu manera distante, fría y dolorosa, yo que solo quise la aprobación de aquel a quien admiraba. El único hombre capaz de romper mi corazón en pedazos. El niño tierno y lloroso, el cabroncete insoportable, el medio genio medio artista, el único con derecho a decirme lo que los demás niños del patio no.
Admito que durante mucho tiempo solo tuve guardado para ti odio al que fuiste más que indiferente. Ahora me parece todo muy lejano pero igual de doloroso. Sangre de mi sangre, tenemos que salir de esta sí o sí. Permíteme que abra esta primera puerta, entra y dime si recuerdas el hueco entre estas dos piedras gigantes, el sonido y el olor del mar, la arena blanca, mamá y papá. Hay otra puerta, pasa y siéntate en el jardín de los abuelos, juguemos un rato con la tierra, no dejes que los años borren lo mucho que nos quisimos, porque a ti no te quedaba más remedio, y porque tú eras todo mi puto mundo. Abre la puerta de los gritos, las peleas, los puñetazos, las patadas y hazme el favor de cerrarla tan fuerte que consigas romper cada astilla maldita, haz añicos el pomo, la cerradura, no dejes a nadie entrar en la parte oscura de nuestros corazones. Me da vergüenza.
Abre una puerta al azar e intenta cambiar las cosas, ven a verme, cuéntame. Yo te diré que la culpa no siempre fue tuya. Cuánto me costó deshacerme de la tonta idea de ser como tú. Cuánta envidia albergaba mi corazón. Cuánta culpa te hice arrastrar de más. Reconocer esto me ha llevado tantos años que siento que nos hemos perdido en la vida.
Ahora solo quiero abrazarte. La idea que tengo de ti se acurruca lejos de iras y odios, rabias e indiferencias. Se acurruca como el niño sensible al que puteé más de una vez, al niño sensible que pasó tanto tiempo dentro de sí que ha sido engullido por todos sus demonios.
Pero es que es difícil esto. Habría sido una hermana de puta madre si lo hubiera sabido. Si lo hubiéramos sabido. Pero el niño que lloraba desconsolado por ver animales abandonados se esfumó antes del primer parpadeo. Cerramos todas las puertas de golpe. Cómo iban a coexistir dos desastres naturales de nuestra calaña en armonía y plenitud.
A imagen y semejanza, tan diferentes que parece mentira, tan iguales que da miedo. Cuando quiero encontrarte me río y esa sensación extraña de no estar conectados, pero tener los mismos interruptores encendidos al mismo tiempo que asusta.
Qué ha pasado con nosotros, ahora que nunca es tarde, ahora que es mejor ver solo la parte buena de las cosas. Qué pasó con nosotros. 
Qué nos pasó.
Cómo pudieron nuestros egos ganar la batalla al amor y la alegría. Cuánta amargura y oscuridad entre una pared y otra y no hicimos absolutamente nada. La de secretos que ambos guardamos, porque es difícil explicar cómo llegamos hasta el punto de conocer tan profundamente la mierda del uno y del otro. Cómo llegamos buceando hasta ahí. Cuántas cosas nos quedan por saber y aun así pensar que de otra manera no iba a ser. Sangre de mi sangre. Abre la puerta que acabamos de construir, te dejo un juego de llaves, entra cuando quieras. O mejor, no la cierres nunca.



Ruvia querrá quedarse esta noche contigo. Qué remedio.

martes, 13 de diciembre de 2016

Ni al espejo.



Te hablo desde el dolor de mi estómago,
desde la enfermedad que se fragua lenta,
pero que explota tan rápido que
no llegas a ser consciente del todo
de la hora de tu muerte.
Te hablo de la tristeza,
lo duro que es ocultarla detrás
de mis pupilas.
Te hablo de la rabia mensual
que no entiendo
ni soy capaz de controlar,
de lo único que me hace feliz no eres tú,
ni siquiera soy yo,
del orden que no soporto romper,
de mi vida tal y como es,
tal y como soy.

Te hablo de unas tripas
que no puedo ignorar,
del vómito que sube
y
baja,
de callarme tanta distancia
de escupir a la cara de la gente que quiero
y que dudo y deseo el viceversa,
de guardarme las lágrimas
bajo el sumidero
bajo el agua de la ducha,
bajo la almohada
que me hace doler el cerebro
casi todas las mañanas.

Te hablo de todo lo que no pienso contarte,
de los secretos
y
los deseos,
de la vergüenza
los sueños,
la vida que me he propuesto
no tiene nada que ver
con lo que soñaba mirando las estrellas
de niña,
bajo el sonido eléctrico
del verano.

Te hablo del miedo a morir
como todo el mundo,
del miedo a no despedirme
de la lista de invitados al funeral,
de la gente que espero que venga,
los que espero que ni aparezcan,
los que no quiero que se vengan conmigo jamás.
Te hablo de todo lo que crees saber,
lo que me queda por aprender,
lo que no quiero olvidar.

Te hablo de lo que creo
que es mi salvación,
lo que pienso justo antes de despegar,
justo antes de aterrizar.
De cuando era libre.
De cuando podía flotar.
De cuando la felicidad
era una sonrisa de gato,
una aparición fugaz
en mitad de la ciudad del agua,
del naranja,
del frío gestándose
dentro de todos mis huesos.

Te hablo de paros cardíacos,
el miedo al parón,
todas las enfermedades que me imaginé,
de cuando comencé a sufrir hacia adentro
porque me estaba volviendo loca,
de todas las noches revolviéndome
entre sábanas y “todoestábienananotepasanada”
todo bien Ana
aquí sí que no pasa nada.
La lucha de gigante dentro del cerebro,
las cosas que no conté ni al espejo,
las cosas que tanto miedo me da
decir en alto.
Te hablo
de que no quiero llevarme nada de esto
a la tumba.

Pero tampoco quiero que te lo lleves tú.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Quiero volver.

El vaso que cae,
reguero de verde,
hoy quiero el agua por los tobillos,
me transporto de recuerdo en recuerdo
sobre las cabezas
y los cuerpos de la gente
con la que no comparto más
que la condición de ser humanos.

El vaso que cae
llena la mesa de lapsus.
Cuando no pienso en nada
estoy viajando con los ojos
hacia dentro
por encima de Anaga.
Sobrevolando la casa de mi abuela
y la universidad
y aterrizando entre la niebla y el abrazo
de mis padres.

De regreso a casa,
las curvas de la carretera,
siento no estar aquí,
vivo a medio camino
del olor a café y las fotografías de mi pared.
A la gente que nunca volveré a tener
conmigo,
a los que siempre estarán
pase
lo que
pase.

Cómo será el hueco vacío
en la mesa de mi casa,
cuánto piensa la gente,
cómo será echar de menos
a alguien que llena un vaso,
lo coloca al borde de la mesa,
lo tira

y se niega a recogerlo,
hasta que ese lapsus matutino
acabe, y se suba al avión de vuelta
a la realidad,
de estar lejos
y no poder tener un segundo de tristeza,
de vivir, vivir, vivir,
sabiendo que hay cosas,
momentos,
arrugas que no verá nacer nunca más.

El vaso que cae
está vacío.
Lloro por la sangre de mi sangre,
por un olor que compartimos
y que nadie más reconoce,
por el clan de lobos
indestructibles
que somos.
En mitad del bosque.

En mitad del sueño.

En mitad del planeta,
aunque tampoco estemos tan lejos,
siento que esa isla atrapa,
sigue siendo mi cárcel
para bien o para mal.
La historia del reo que llevaba tanto
tiempo
tantas historias,
dentro
que no sabe continuar fuera,
otro tiempo y otras historias.

Quizás solo fue el refugio,
la madriguera.
Campamento base de tantos indios
desorientados.

Me quedo en ese instante de paz,
en mitad de esta ciudad,
en la que mis ojos se dan vuelta,
imagino la sensación del sol en la piel,
pasear por la calle,
el vaso comienza a caer,
no hay vuelta atrás.

Sigo aquí.
Y quiero volver.

Siempre volver.

lunes, 11 de julio de 2016

Triste.



Lo cierto es que estoy triste.
Tengo siempre la sensación
de estar tirando de mí misma
hasta que me canse,
hasta que no pueda más.
Siento en este calor
la irrealidad de la muerte,
cómo se amontonan
y acumulan recuerdos
que no puedo dejar marchar.
Siento que hasta que no vuelva
al refugio dónde huía cuando
las libélulas eran muy grandes
y yo muy pequeña,
nada en mí cambiará.
Siento que hay un millón de lágrimas
esperando el pistoletazo de salida
pero yo no me decido,
como cuando quiero abandonar
y es la toalla la que me tiene agarrada
y no me deja caer.

Estoy triste porque siento que estoy lejos,
porque a veces la razón la tenemos tú y yo
y no puedo reprocharte nada.
Siento que estoy haciendo lo correcto
pero que me faltas tú,
el olor a café dando la bienvenida
desde la entrada de casa.
Me faltan mis gatas y mi perro y
llenarme la vida de animales
con los que pueda sentarme a llorar y reír
sin sentir que al final debo pagar alquiler.

Me siento frustrada cuando tengo
que agradecer un trabajo por el que no
me siento orgullosa.
Aunque a final de mes haya merecido la pena
siento desperdiciar mi talento, mis ganas
y todo mi esfuerzo y el tuyo.

Me siento triste porque
voy dejando pasar los días
como si nada hubiera pasado,
como si no necesitara respuestas,
como si me hubiera anestesiado
desde aquella mañana.

Por alguna razón, he tocado la pieza
de dominó incorrecta
y ya no sé por dónde empezar.

Probablemente te diré que estoy bien,
mi amor, todo bien.
Tampoco quiero darle vueltas a esto.
Es algo que me gustaría mantener conmigo,
que nadie más entrase o saliese
y el día
en el que regrese
a por agua con azúcar,
a sacarme el sol de los sesos,
a besarte en la frente y decirte
todo lo que te quiero,
ese día enterraré las ganas de tirarlo
todo por la borda.

Te podré echar de menos con total seguridad,
volverá la sensación extraña de esperar
verte aunque ya no estés,
y recordaré también,
la hilera de tristezas,
mis piezas de dominó,
la gente a la que he querido tanto
y siempre me he quedado con la
sensación de no haberlo dicho lo suficiente.

Estoy triste,
por la última vez que te vi,
porque me dijiste que me querías
aunque no sabías quién era,
porque estabas viendo llegar la muerte
y también me lo dijiste
y yo te creí,
porque estar lejos me está matando,
igual que cuando estaba cerca.

Porque siento que ya no hay vuelta atrás,
que mi condición siempre será la nostalgia.
Que hay una cuerda amarrada a cada una
de mis extremidades
y tira
y afloja
y nunca me deja caer,
nunca me da un descanso.

Estoy triste porque 
nunca quise tanto un abrazo.
Porque necesito 
hacerme diminuta en tu vientre,
volver a ser una niña
y que me dejes dormir contigo esta noche.
Porque tengo miedo a perderme 
tantas cosas
que al final la culpa y el arrepentimiento
no me dejen respirar.
Por los interrogantes,
la incertidumbre del que vive.
Porque hoy tocaba estar triste sin más
y aun así
te haré sentir mal, 
sin querer,
si no vienes a rescatarme.

jueves, 16 de junio de 2016

Jungla.



Me sigo buscando.
En la jungla es fácil perderse,
con la naturalidad del asfalto,
de las máquinas y el ruido.
Hay veces que vienen para salvar
la mañana
lianas en forma de gestos amables,
sonrisas,
la gente que canta dentro de las serpientes
merecen, como mínimo, ser escuchadas
por valientes.
A estas horas, donde el sol
o
la lluvia
dan una tregua
y los colores se mezclan
en lo alto del horizonte,
dan ganas de quedarse
en este balcón,
en este instante
formando parte del todo.
Los sonidos se suavizan,
de fondo la lavadora luchando a muerte
contra el suelo y la ropa.
La gente en las ventanas estornuda,
hacen sus vidas y a veces se dejan
estar.
Aquí nadie parece cansarse,
ni tampoco descansar,
una cosa va detrás de la otra
y si no hay nada, llenan las calles
como hormigas a por migas de pan.

En la jungla hay escaleras
que van directas a la boca del lobo,
directas a las tripas de serpientes veloces y furiosas.
Hay quien se lo toma con humor
y aparta sus bártulos para dejar sitio a los demás
entre las costillas de estas bestias.
Todo tiene sentido si estás convencido de ello,
pero yo me siento engullida y excretada cada día,

día tras día.

Como si fuera una broma de la edad,
las horas son exactamente iguales,
los días en los que, como hormiga,
no encuentro mi trozo minúsculo de felicidad.

Es fácil perderte,
si sabes cómo.

Ahora que ya sé quién soy
lo que necesito es deshacerme
en tantos pedazos como sea posible
y
volver a empezar.
En la jungla todo sabe a salsa agridulce,
a sushi caro y de mala calidad,
a gritos de chiquillos y pitas de coche.
Puedes invitar al millón de humanos
que existe en tu cabeza
a una fiesta de cuatro monos,
meterte en las tripas de una serpiente
y aparecer en cualquier otro circo nocturno.

Esta es la jungla,
hay que acostumbrarse a ella
y a cada animal le lleva un tiempo determinado.

A pesar del instinto.

Sigo bostezando
por hambre
y
sueño.

Me lamo las garras
como si fueran heridas.

No voy a parar hasta
tener todo el pelaje
manchado de tripas.


ÑAM.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Autorretrato IV



Ahogo a los monstruos
como cualquier otra persona,
solo que yo los dejo respirar
justo antes de morir.
Siento la distancia de una manera
diferente,
dolorosa,
indeleble,
instintiva.
Esta vez sí se me hace insoportable
el océano de tierra que no me pertenece
y nunca lo hará.
Mi casa, mi gente,
la sonrisa de mi perro y
las conspiraciones de mis gatas.

Es cosa mía
o me están saliendo arrugas por dentro,
donde van los órganos,
las articulaciones,
los dolores.
La culpa y la sensiblería.
Los “tengo ganas, pero ya si eso me pongo
a escribir un poema mañana”.
La sensación es impermeable.
Estar cerca de mí pero sin tocarme.
Repelerme.

Hoy me duelen los huesos
y
las
tripas.

No veo mejor razón para ponerme
en plan aquí,
en plan vulnerable,
en plan sin más.

En plan, esto que escribo me gusta
porque no tengo que pensar
en si queda bonito o no.
En la puta grandilocuencia,
en el jodido infierno de la mediocridad.
Qué más dará eso ahora, hoy.
En-este-instante-que-es-siempre.

Lo mejor de todo,
es la necesidad constante de felicidad
y saber y entender que esta vez
no tiene por qué haber un fin próximo.
Esa sensación de horizonte,
sensación infinito,
degradado,
cerebro.
No estoy triste.
Es solo
que hace mucho que no me pregunto
en voz alta
si sigo sabiendo quién soy.
La inercia de los días,
la pereza de estar a solas conmigo misma.

¿Para qué?

Tenía que volver.
Yo lo sabía
y por eso me he sentado cada día desde entonces
a esperarme.
No sé funcionar bajo presión
pero me encanta funcionar bajo presión.
No puedo ser perfeccionista
porque nunca tengo tiempo para serlo.
Sigo siendo un dragón que se arrastra
por el asfalto,
sigo soñando con magias verdes
y de todos los colores.
Me echan de menos a lo lejos
y lo sé
porque cuando vuelvo
nada cambia.
Soy el desastre que ellos han elegido querer.

A veces lloro en la ducha
cuando se me antoja el olor
a mamá,
el frío de casa de abuela,
los ojos de mi abuelo,
todos los tipos de música
repartidos en tres habitaciones,
los abrazos de papá,
esa forma tan peculiar suya de mostrar afecto.
Desde aquí,
lejos,
digo que soy de todos ellos.

Soy la isla que todos prometemos ser,
que todos nos creemos ser mientras
quedan aun copas por beber.
Soy esa isla,
porque ellos siempre estarán conmigo.

Ahogando a mis monstruos
hasta cuando yo los quiera dejar respirar
antes de morir.

Matándolos por mí.

Gracias.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.