martes, 31 de enero de 2017

Desastres naturales.


Tú y yo que hemos luchado contra titanes. Que derribamos murallas y construimos muchos más muros infranqueables de los que hubiéramos deseado. Tú que has conocido el infierno como yo pero te quedaste a saborear el dulce placer del azufre en tus heridas, el fuego lento fraguando desastres. Esos que solo tú has visto, esos que solo yo atisbé como tierra a lo lejos en mi barco pirata. Que los años que pasamos recluidos, alejándonos, matándonos como semidioses ¿pero qué coño nos creíamos?. Tú y yo que salimos del mismo lugar, que habitamos las mismas tripas, que hemos sido protegidos por el ala divina de todo eso que nos compone y complementa.
Tú que siempre fuiste mi fin último, que fuiste mi decepción y mi orgullo al mismo tiempo, y a ver cómo te comes eso. Tú que me has querido a tu manera distante, fría y dolorosa, yo que solo quise la aprobación de aquel a quien admiraba. El único hombre capaz de romper mi corazón en pedazos. El niño tierno y lloroso, el cabroncete insoportable, el medio genio medio artista, el único con derecho a decirme lo que los demás niños del patio no.
Admito que durante mucho tiempo solo tuve guardado para ti odio al que fuiste más que indiferente. Ahora me parece todo muy lejano pero igual de doloroso. Sangre de mi sangre, tenemos que salir de esta sí o sí. Permíteme que abra esta primera puerta, entra y dime si recuerdas el hueco entre estas dos piedras gigantes, el sonido y el olor del mar, la arena blanca, mamá y papá. Hay otra puerta, pasa y siéntate en el jardín de los abuelos, juguemos un rato con la tierra, no dejes que los años borren lo mucho que nos quisimos, porque a ti no te quedaba más remedio, y porque tú eras todo mi puto mundo. Abre la puerta de los gritos, las peleas, los puñetazos, las patadas y hazme el favor de cerrarla tan fuerte que consigas romper cada astilla maldita, haz añicos el pomo, la cerradura, no dejes a nadie entrar en la parte oscura de nuestros corazones. Me da vergüenza.
Abre una puerta al azar e intenta cambiar las cosas, ven a verme, cuéntame. Yo te diré que la culpa no siempre fue tuya. Cuánto me costó deshacerme de la tonta idea de ser como tú. Cuánta envidia albergaba mi corazón. Cuánta culpa te hice arrastrar de más. Reconocer esto me ha llevado tantos años que siento que nos hemos perdido en la vida.
Ahora solo quiero abrazarte. La idea que tengo de ti se acurruca lejos de iras y odios, rabias e indiferencias. Se acurruca como el niño sensible al que puteé más de una vez, al niño sensible que pasó tanto tiempo dentro de sí que ha sido engullido por todos sus demonios.
Pero es que es difícil esto. Habría sido una hermana de puta madre si lo hubiera sabido. Si lo hubiéramos sabido. Pero el niño que lloraba desconsolado por ver animales abandonados se esfumó antes del primer parpadeo. Cerramos todas las puertas de golpe. Cómo iban a coexistir dos desastres naturales de nuestra calaña en armonía y plenitud.
A imagen y semejanza, tan diferentes que parece mentira, tan iguales que da miedo. Cuando quiero encontrarte me río y esa sensación extraña de no estar conectados, pero tener los mismos interruptores encendidos al mismo tiempo que asusta.
Qué ha pasado con nosotros, ahora que nunca es tarde, ahora que es mejor ver solo la parte buena de las cosas. Qué pasó con nosotros. 
Qué nos pasó.
Cómo pudieron nuestros egos ganar la batalla al amor y la alegría. Cuánta amargura y oscuridad entre una pared y otra y no hicimos absolutamente nada. La de secretos que ambos guardamos, porque es difícil explicar cómo llegamos hasta el punto de conocer tan profundamente la mierda del uno y del otro. Cómo llegamos buceando hasta ahí. Cuántas cosas nos quedan por saber y aun así pensar que de otra manera no iba a ser. Sangre de mi sangre. Abre la puerta que acabamos de construir, te dejo un juego de llaves, entra cuando quieras. O mejor, no la cierres nunca.



Ruvia querrá quedarse esta noche contigo. Qué remedio.

martes, 13 de diciembre de 2016

Ni al espejo.



Te hablo desde el dolor de mi estómago,
desde la enfermedad que se fragua lenta,
pero que explota tan rápido que
no llegas a ser consciente del todo
de la hora de tu muerte.
Te hablo de la tristeza,
lo duro que es ocultarla detrás
de mis pupilas.
Te hablo de la rabia mensual
que no entiendo
ni soy capaz de controlar,
de lo único que me hace feliz no eres tú,
ni siquiera soy yo,
del orden que no soporto romper,
de mi vida tal y como es,
tal y como soy.

Te hablo de unas tripas
que no puedo ignorar,
del vómito que sube
y
baja,
de callarme tanta distancia
de escupir a la cara de la gente que quiero
y que dudo y deseo el viceversa,
de guardarme las lágrimas
bajo el sumidero
bajo el agua de la ducha,
bajo la almohada
que me hace doler el cerebro
casi todas las mañanas.

Te hablo de todo lo que no pienso contarte,
de los secretos
y
los deseos,
de la vergüenza
los sueños,
la vida que me he propuesto
no tiene nada que ver
con lo que soñaba mirando las estrellas
de niña,
bajo el sonido eléctrico
del verano.

Te hablo del miedo a morir
como todo el mundo,
del miedo a no despedirme
de la lista de invitados al funeral,
de la gente que espero que venga,
los que espero que ni aparezcan,
los que no quiero que se vengan conmigo jamás.
Te hablo de todo lo que crees saber,
lo que me queda por aprender,
lo que no quiero olvidar.

Te hablo de lo que creo
que es mi salvación,
lo que pienso justo antes de despegar,
justo antes de aterrizar.
De cuando era libre.
De cuando podía flotar.
De cuando la felicidad
era una sonrisa de gato,
una aparición fugaz
en mitad de la ciudad del agua,
del naranja,
del frío gestándose
dentro de todos mis huesos.

Te hablo de paros cardíacos,
el miedo al parón,
todas las enfermedades que me imaginé,
de cuando comencé a sufrir hacia adentro
porque me estaba volviendo loca,
de todas las noches revolviéndome
entre sábanas y “todoestábienananotepasanada”
todo bien Ana
aquí sí que no pasa nada.
La lucha de gigante dentro del cerebro,
las cosas que no conté ni al espejo,
las cosas que tanto miedo me da
decir en alto.
Te hablo
de que no quiero llevarme nada de esto
a la tumba.

Pero tampoco quiero que te lo lleves tú.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Quiero volver.

El vaso que cae,
reguero de verde,
hoy quiero el agua por los tobillos,
me transporto de recuerdo en recuerdo
sobre las cabezas
y los cuerpos de la gente
con la que no comparto más
que la condición de ser humanos.

El vaso que cae
llena la mesa de lapsus.
Cuando no pienso en nada
estoy viajando con los ojos
hacia dentro
por encima de Anaga.
Sobrevolando la casa de mi abuela
y la universidad
y aterrizando entre la niebla y el abrazo
de mis padres.

De regreso a casa,
las curvas de la carretera,
siento no estar aquí,
vivo a medio camino
del olor a café y las fotografías de mi pared.
A la gente que nunca volveré a tener
conmigo,
a los que siempre estarán
pase
lo que
pase.

Cómo será el hueco vacío
en la mesa de mi casa,
cuánto piensa la gente,
cómo será echar de menos
a alguien que llena un vaso,
lo coloca al borde de la mesa,
lo tira

y se niega a recogerlo,
hasta que ese lapsus matutino
acabe, y se suba al avión de vuelta
a la realidad,
de estar lejos
y no poder tener un segundo de tristeza,
de vivir, vivir, vivir,
sabiendo que hay cosas,
momentos,
arrugas que no verá nacer nunca más.

El vaso que cae
está vacío.
Lloro por la sangre de mi sangre,
por un olor que compartimos
y que nadie más reconoce,
por el clan de lobos
indestructibles
que somos.
En mitad del bosque.

En mitad del sueño.

En mitad del planeta,
aunque tampoco estemos tan lejos,
siento que esa isla atrapa,
sigue siendo mi cárcel
para bien o para mal.
La historia del reo que llevaba tanto
tiempo
tantas historias,
dentro
que no sabe continuar fuera,
otro tiempo y otras historias.

Quizás solo fue el refugio,
la madriguera.
Campamento base de tantos indios
desorientados.

Me quedo en ese instante de paz,
en mitad de esta ciudad,
en la que mis ojos se dan vuelta,
imagino la sensación del sol en la piel,
pasear por la calle,
el vaso comienza a caer,
no hay vuelta atrás.

Sigo aquí.
Y quiero volver.

Siempre volver.

lunes, 11 de julio de 2016

Triste.



Lo cierto es que estoy triste.
Tengo siempre la sensación
de estar tirando de mí misma
hasta que me canse,
hasta que no pueda más.
Siento en este calor
la irrealidad de la muerte,
cómo se amontonan
y acumulan recuerdos
que no puedo dejar marchar.
Siento que hasta que no vuelva
al refugio dónde huía cuando
las libélulas eran muy grandes
y yo muy pequeña,
nada en mí cambiará.
Siento que hay un millón de lágrimas
esperando el pistoletazo de salida
pero yo no me decido,
como cuando quiero abandonar
y es la toalla la que me tiene agarrada
y no me deja caer.

Estoy triste porque siento que estoy lejos,
porque a veces la razón la tenemos tú y yo
y no puedo reprocharte nada.
Siento que estoy haciendo lo correcto
pero que me faltas tú,
el olor a café dando la bienvenida
desde la entrada de casa.
Me faltan mis gatas y mi perro y
llenarme la vida de animales
con los que pueda sentarme a llorar y reír
sin sentir que al final debo pagar alquiler.

Me siento frustrada cuando tengo
que agradecer un trabajo por el que no
me siento orgullosa.
Aunque a final de mes haya merecido la pena
siento desperdiciar mi talento, mis ganas
y todo mi esfuerzo y el tuyo.

Me siento triste porque
voy dejando pasar los días
como si nada hubiera pasado,
como si no necesitara respuestas,
como si me hubiera anestesiado
desde aquella mañana.

Por alguna razón, he tocado la pieza
de dominó incorrecta
y ya no sé por dónde empezar.

Probablemente te diré que estoy bien,
mi amor, todo bien.
Tampoco quiero darle vueltas a esto.
Es algo que me gustaría mantener conmigo,
que nadie más entrase o saliese
y el día
en el que regrese
a por agua con azúcar,
a sacarme el sol de los sesos,
a besarte en la frente y decirte
todo lo que te quiero,
ese día enterraré las ganas de tirarlo
todo por la borda.

Te podré echar de menos con total seguridad,
volverá la sensación extraña de esperar
verte aunque ya no estés,
y recordaré también,
la hilera de tristezas,
mis piezas de dominó,
la gente a la que he querido tanto
y siempre me he quedado con la
sensación de no haberlo dicho lo suficiente.

Estoy triste,
por la última vez que te vi,
porque me dijiste que me querías
aunque no sabías quién era,
porque estabas viendo llegar la muerte
y también me lo dijiste
y yo te creí,
porque estar lejos me está matando,
igual que cuando estaba cerca.

Porque siento que ya no hay vuelta atrás,
que mi condición siempre será la nostalgia.
Que hay una cuerda amarrada a cada una
de mis extremidades
y tira
y afloja
y nunca me deja caer,
nunca me da un descanso.

Estoy triste porque 
nunca quise tanto un abrazo.
Porque necesito 
hacerme diminuta en tu vientre,
volver a ser una niña
y que me dejes dormir contigo esta noche.
Porque tengo miedo a perderme 
tantas cosas
que al final la culpa y el arrepentimiento
no me dejen respirar.
Por los interrogantes,
la incertidumbre del que vive.
Porque hoy tocaba estar triste sin más
y aun así
te haré sentir mal, 
sin querer,
si no vienes a rescatarme.

jueves, 16 de junio de 2016

Jungla.



Me sigo buscando.
En la jungla es fácil perderse,
con la naturalidad del asfalto,
de las máquinas y el ruido.
Hay veces que vienen para salvar
la mañana
lianas en forma de gestos amables,
sonrisas,
la gente que canta dentro de las serpientes
merecen, como mínimo, ser escuchadas
por valientes.
A estas horas, donde el sol
o
la lluvia
dan una tregua
y los colores se mezclan
en lo alto del horizonte,
dan ganas de quedarse
en este balcón,
en este instante
formando parte del todo.
Los sonidos se suavizan,
de fondo la lavadora luchando a muerte
contra el suelo y la ropa.
La gente en las ventanas estornuda,
hacen sus vidas y a veces se dejan
estar.
Aquí nadie parece cansarse,
ni tampoco descansar,
una cosa va detrás de la otra
y si no hay nada, llenan las calles
como hormigas a por migas de pan.

En la jungla hay escaleras
que van directas a la boca del lobo,
directas a las tripas de serpientes veloces y furiosas.
Hay quien se lo toma con humor
y aparta sus bártulos para dejar sitio a los demás
entre las costillas de estas bestias.
Todo tiene sentido si estás convencido de ello,
pero yo me siento engullida y excretada cada día,

día tras día.

Como si fuera una broma de la edad,
las horas son exactamente iguales,
los días en los que, como hormiga,
no encuentro mi trozo minúsculo de felicidad.

Es fácil perderte,
si sabes cómo.

Ahora que ya sé quién soy
lo que necesito es deshacerme
en tantos pedazos como sea posible
y
volver a empezar.
En la jungla todo sabe a salsa agridulce,
a sushi caro y de mala calidad,
a gritos de chiquillos y pitas de coche.
Puedes invitar al millón de humanos
que existe en tu cabeza
a una fiesta de cuatro monos,
meterte en las tripas de una serpiente
y aparecer en cualquier otro circo nocturno.

Esta es la jungla,
hay que acostumbrarse a ella
y a cada animal le lleva un tiempo determinado.

A pesar del instinto.

Sigo bostezando
por hambre
y
sueño.

Me lamo las garras
como si fueran heridas.

No voy a parar hasta
tener todo el pelaje
manchado de tripas.


ÑAM.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Autorretrato IV



Ahogo a los monstruos
como cualquier otra persona,
solo que yo los dejo respirar
justo antes de morir.
Siento la distancia de una manera
diferente,
dolorosa,
indeleble,
instintiva.
Esta vez sí se me hace insoportable
el océano de tierra que no me pertenece
y nunca lo hará.
Mi casa, mi gente,
la sonrisa de mi perro y
las conspiraciones de mis gatas.

Es cosa mía
o me están saliendo arrugas por dentro,
donde van los órganos,
las articulaciones,
los dolores.
La culpa y la sensiblería.
Los “tengo ganas, pero ya si eso me pongo
a escribir un poema mañana”.
La sensación es impermeable.
Estar cerca de mí pero sin tocarme.
Repelerme.

Hoy me duelen los huesos
y
las
tripas.

No veo mejor razón para ponerme
en plan aquí,
en plan vulnerable,
en plan sin más.

En plan, esto que escribo me gusta
porque no tengo que pensar
en si queda bonito o no.
En la puta grandilocuencia,
en el jodido infierno de la mediocridad.
Qué más dará eso ahora, hoy.
En-este-instante-que-es-siempre.

Lo mejor de todo,
es la necesidad constante de felicidad
y saber y entender que esta vez
no tiene por qué haber un fin próximo.
Esa sensación de horizonte,
sensación infinito,
degradado,
cerebro.
No estoy triste.
Es solo
que hace mucho que no me pregunto
en voz alta
si sigo sabiendo quién soy.
La inercia de los días,
la pereza de estar a solas conmigo misma.

¿Para qué?

Tenía que volver.
Yo lo sabía
y por eso me he sentado cada día desde entonces
a esperarme.
No sé funcionar bajo presión
pero me encanta funcionar bajo presión.
No puedo ser perfeccionista
porque nunca tengo tiempo para serlo.
Sigo siendo un dragón que se arrastra
por el asfalto,
sigo soñando con magias verdes
y de todos los colores.
Me echan de menos a lo lejos
y lo sé
porque cuando vuelvo
nada cambia.
Soy el desastre que ellos han elegido querer.

A veces lloro en la ducha
cuando se me antoja el olor
a mamá,
el frío de casa de abuela,
los ojos de mi abuelo,
todos los tipos de música
repartidos en tres habitaciones,
los abrazos de papá,
esa forma tan peculiar suya de mostrar afecto.
Desde aquí,
lejos,
digo que soy de todos ellos.

Soy la isla que todos prometemos ser,
que todos nos creemos ser mientras
quedan aun copas por beber.
Soy esa isla,
porque ellos siempre estarán conmigo.

Ahogando a mis monstruos
hasta cuando yo los quiera dejar respirar
antes de morir.

Matándolos por mí.

Gracias.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Olor calmante.


Enjuago mis tripas como si fueran
los paños sucios de la cocina,
todo va bien desde que estoy aquí
aunque no pueda parar.
Me despierta con una sonrisa,
sigo sin poder parar.
La cadena alimenticia en los túneles,
la velocidad,
los intestinos de una ciudad,
el olor de las personas que no son ella,
me da la mano,
he encontrado un calmante en su olor.
Dejo que me diga lo que quiera,
no me voy a enfadar si soy feliz.
No sé que haría sin ella
en estos cincuenta años que nos quedan
todavía
y
menos mal.
Quería escribir sobre mi fobia social
pero no me deja.
Para todo lo que estoy haciendo
y se sienta sobre mí.
Estoy cansada de repetir,
cansada de subir y bajar escaleras
que no me dejan respirar,
hay un imán detrás de cada acción.

No le gusta los animales,
y todo se andará: conseguí lo imposible.

Dijo que debía salir más de casa,
nos duelen los huesos,
hace música al crujir,
la amo tanto en cada ausencia,
que no tengo miedo.
Veo su cerebro dentro de sus ojos,
entiendo lo que me dice
por todo aquello del lenguaje que inventamos.
Y eso que yo no tenía ni puta idea,
la de cosas que he tenido que cambiar
sin darme cuenta,
sacrifico esto porque ya no puedo hablar
de lo mal que me siento dentro de colas interminables,
dentro de metros y trenes que huelen mal,
es capaz de compensar cualquier tragedia diaria,
me he quemado cien veces cocinando,
hace frío pero estoy sudando,
el silencio y la incertidumbre me siguen taladrando,
pero
oigo la puerta abrirse
y comienzo a salivar.

Me ha salvado,
aunque yo siga queriendo ahogarme.

Vivo el sueño.
Ahora todo va bien
y no puedo parar.
Tampoco quiero saber cuál será
la próxima parada.

Me entretengo en sus piernas.
No concibo mundo más allá.
No puedo hacerlo
pero sé que ella sí que lo hará.

viernes, 16 de octubre de 2015

Los jóvenes de hoy en día.


Mataría a todos aquellos que hacen ruido
después de las doce de la noche
en la calle,
menos cuando ellos soy yo.
Por eso me niego a salir y gritarles
o tirarles cubos de agua sucia,
o llamar a la policía.
Porque tengo casi 26 años
y YOCUANDOERAJOVEN
también hacía esas cosas.

Luego está lo del remanso de paz
babando las sábanas nuevas de mi cama.
El saco de huesos disperso,
la piel suave como un tobogán enjabonado.
Es imposible irse a la cama enfadada
porque somos como bebés
y nuestro propio olor nos tranquiliza.

Estoy en una época de mi vida
en la que no voy en contra de lo que me apetece,
en la que me siento en mitad de todo lo bueno
y a veces todo lo malo,
de sentirme tan vieja para algunas cosas
y tan niña para otras muchas.
Tan mujer para absolutamente todo lo reprochable.

He tenido que mudarme
a más de dos mil kilómetros
de casa
para darme la razón cuando pensaba
que tampoco éramos tan distintas mi madre y yo.
Que nos saca de quicio los platos sin fregar,
las cosas por hacer,
y nos encanta el, por qué hacerlo luego
si lo puedo terminar ya.
Pero no con todo.

En absoluto.
También he descubierto que
no puedo dejar de prologar las cosas.
En psicología lo llamamos procrastinar,
que es una palabra con la que todo el mundo se lía,
y viene a significar lo mismo que
ser-una-puta-vaga-de-cojones.

Lo único que debo admitir
es que quiero dejar de serlo.
Quiero salir más de casa,
descubrir nuevos lugares,
hablar con gente diferente cada día,
ayudar a viejecitas adorables
en el super
siempre que pueda.
No sé.
Esas cosas sencillas
que hacen que me sienta en paz
conmigo misma
cuando llego a casa,
y los JÓVENESDEHOYENDÍA
se emborrachan debajo de mi casa
y gritan
y dan patadas a cosas
y yo quisiera matarlos
pero encuentro que es desagradable
que a uno le prohiban cosas
solo por no andar en la misma onda,
aunque joda.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Ciclogénesis explosiva.


Los truenos aquí son gente moviendo
sillones en el piso de arriba.
El basurero arrastrando los contenedores
de la comunidad a las tres de la madrugada.
No creo en los truenos de aquí
porque apenas se ven rayos,
y sin luz,
puede que todo sea mentira.
Los vecinos de arriba moviendo
muebles
o
quizás
las cuatro patas de nuestra cama
chillando de dolor
cada vez que decidimos
pasárnoslo bien.
Los truenos son todas las faltas de respeto
que la gente de esta ciudad
hace sin darse cuenta, ni permiso.
El tiempo que se asfixia
bajando escaleras mecánicas,
el tiempo que llegará al metro
de dentro de dos minutos,
pero nunca a este que debió coger
ahora mismo.
Los truenos son el frío que llega sin llegar,
la gente que se abriga por no mojarse
y luego pasa calor,
o ponerse el pijama veinte veces al día.

Necesito dejar claro de alguna manera
que todo aquí suele asustarme
porque todo aquí suele parecerse a una tormenta
que no llega.
Nunca llega, a decir verdad.
Me gusta mi madriguera,
por ahora es acogedora,
calentita y llena de nuevas recetas
inexploradas.
Cada día oigo entre cien y mil truenos
que no lo son
pero lo parecen.
A veces las voces de los niños del parque,
las conversaciones sobre la independencia catalana
a las cinco de la mañana bajo mi balcón,
o saber que hay alguien en casa,
conmigo,
llega a convertirse en esos rayos,
que tampoco existen y que también son de mentira
pero son capaces de iluminar
el pasillo de casa durante un instante,
como las luces de los coches
que dan vueltas en mi habitación
cada noche

como tú.

El problema es de todos estos ladrillos
y todas estas luces
y todos estos problemas.
La gente de otros países que habla alto,
altísimo
o
bajo,
bajísimo.
Las comidas, los ingredientes,
las culturas se comparan en los estómagos
de las personas.
La cultura es mi calle y todas las demás.
Vivo enfadada por gente que no deja paso,
gente que ocupa toda la acera o
gente que no respeta los pasos de peatones.
Pero soy feliz.
Bastante feliz, de hecho.
A pesar de los truenos,
los rayos,
la lluvia
y lo duro que es comer
viviendo la quincena
como si fuera siempre final de mes.

Lo cierto es que no sé si me acostumbraré
a una ciudad tan ruidosa;
muchas veces me lo pregunto,
otras, simplemente, me asusto.

¿Qué se puede esperar de un
animalucho como yo?

Suerte tenerte junto a mí
para explicarme las cosas que no entiendo
ni entenderé.
De tu pecho de tierra
donde siento que respirar
se convierte en la calma
después de cada tormenta.

Siento haberte escupido risa a la cara,
quiero decir,
muchos de los truenos diarios
suelen ser culpa tuya.
A veces me asustas a carcajadas
y luego tengo que arreglar el desastre
que supone
liberar semejante ciclogénesisexplosiva
en un cuarto tan pequeñito



como tú.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Me voy.


Sé que es una tontería, pero estoy nerviosa; bastante, de hecho. Esta vez no me voy de vacaciones, no viviré de prestado, ni habitaré en los sillones de los salones de mis amigos. No tengo billete de vuelta. Tampoco es un drama, es lo que he querido desde antes de acabar el colegio. Estoy justo donde quería estar y no sé qué o cómo me siento. Es raro. Mi mamá, mi papá, mis abuelos, mis hermanos, mis gatas, mi familia, mis amigos. Llevo una semana atrapando momentos y lugares porque me da la impresión de que al lugar al que voy, me harán mucha, mucha falta. Tengo la esperanza de que algunas cosas cambien. Yo, por ejemplo. Me gustaría volver a escribir. Ahora que seré pobre, espero adelgazar y con suerte pillar algún curro con el que poder pagarme esa comida que no debería comer si quiero adelgazar.
Adiós a las comodidades, a que mamá me lleve a todos sitios en coche, a tener la nevera y la mesa llena por arte de magia, a los sábados en casa de abuela, y los domingos sopa y lo que surja. Adiós a salir a la calle en pijama y de cualquier manera. Adiós a las relaciones a distancia, a contar los días, al tiempo muerto, improductivo, a ver la tele todas las noches con mami, a discutir en la mesa, adiós a estar a salvo.
Sigo sin saber muy bien cómo me siento. Es una mezcla de miedo, ganas, muchas ganas, alegría, tristeza, nostalgia y yo qué sé. Que espero que salga todo muy bien, o como tenga que salir pero que sobre todo me ayude a aprender todo lo que aun no sé.
No me tomo esta aventura como una despedida porque sé que volveré, pero no puedo evitar pensar que sin mi rutina diaria, la gente sigue haciendo sus vidas, las gatas siguen lamiéndose compulsivamente, el sol saldrá si le da la gana, la gente seguirá yendo a la playa, mientras, paradojas de la vida, yo echaré de menos eso que tanto detesto.
Ahora mismo, lo que realmente me preocupa es cómo pasar las maletas por el metro sin ponerme nerviosa ni armarla al meter el ticket, porque esas puertecitas son enanas y yo muy torpe. Y ya no hay mami que valga, I'm “alone”, but soooo happy.

En definitiva, que echaré de menos muchas cosas, incluso las que ahora detesto, pero tengo muchas ganas de comprobar mi nivel de utilidad o inutilidad.
Lo único que espero es que me vengan a visitar. Quiero devolver a mis amigos todas esas noches en las que me dejaron dormir en sus camas o sillones.
Y a mis compañeros de aventura, yo qué sé... que la fuerza nos acompañe, porque la vamos a necesitar. Que no me he hecho mayor de golpe por irme a estudiar fuera, pero sí por haber aprendido, por fin, a beber con moderación. Y que espero que este año que entra, le de mil vueltas a este que por fin se va.


Ala, me voy.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.