viernes, 27 de junio de 2008

Olas y hadioses

Me vas a acabar mintiendo.
Me sujetarás para luego
dejarme caer,
y el suelo seguirá estando duro,
como la primera vez,
como la última,
siempre.

Pero son grietas de las que dependo,
brazos demasiado cortos
para este pasadizo tan estrecho,
para este precipicio entre tus ojos.
Ahora ahogaremos penas
entre piernas abiertas
porque hemos aprendido
demasiado rápido
lo que es el amor, el dolor,
y las ausencias.

Sin quererlo sigo escuchando
la misma historia una y otra vez
mientras bebo para acordarme
de olvidar cada recuerdo.
Para saber que estoy viva
mientras me muero
como todos,
supongo.

Hay tardes en las que las melancolías
me cantan ópera
y un tú muy lejano me sonríe a desgana.
Me acabarás mintiendo,
quizás yo también me dedique
a embaucar momentos preciosos,
quemar olvidos para hacerte yagas
y dolerte como a todas.

A fuera el cielo se derrite
y yo pienso las mil maneras posibles
de verte
pero sigo aquí,
incluso tú me estás viendo.
Jamás podré saber qué clase de sentido
le estoy dando a mis versos,
qué clase de vida a mis pulmones.

Siempre dejaré cosas a medias
porque tengo miedo a las despedidas,
y te picaré un ojo
para que sepas lo interminable
que pueden llegar a ser mis pupilas.
Más incluso que tú, horizonte.

Nos vamos a acabar mintiendo,
acabándonos en besos,
escribiéndonos las “no promesas”,
las fechas, las ganas, las almas.
Y dolerá.

Pero mientras las mentiras sean poesía,
y las venas me hiervan al verte
todo seguirá igual de mal.
Serás siempre sinónimo de distancias
y curarás cada una de mis heridas
con sal.
Y espero no mentirte diciendo
que acabarás siendo parte de mis heridas,
la cruz que me atraviesa,
el mapa del tesoro,
una playa desierta con varias olas
con ganas de romperse,
de hacerse el amor.

Y al final una le dirá a la otra
hasta mañana pequeña,y pequeña desaparecerá.


lunes, 23 de junio de 2008

Tía Lola

Ayer, después de muchos meses, te nombraron como si aun siguieras aquí, en el patio con los perros.
Ayer recorrí toda mi infancia en una sola palabra: Tú.
Estoy tan harta de hablar de mí que necesito soltarte. Que te vayas fuera y poder verte, tocarte, abrazarte.
Podría matarme a base de descripciones de lo suave que era tu pelo antes de la quimio y de lo bonita que siempre fue tu sonrisa. Podría arrancarme todos estos nudos del estómago cuando te pienso y convertirlos en lágrimas. Lo más posible es que lo haga.
Si yo quisiera tú serías el universo. Dejarías de estar en fotos. Fotos que solo me recuerdan que no estás y yo… yo te diría como anécdota que no pude ver la foto que está en el despacho de casa durante meses.
Un día me pareció que sonreías y no pude dejar de mirarte. Luego escribí en un mar de lágrimas lo guapa que estabas vestida de blanco y con esos zapatos rojos que siempre te ponías en las ocasiones especiales.
Me hubiera gustado contarte mientras te acompañaba a hacer la compra, que las clases me van bien, que las mujeres están todas locas y el amor es lo que nos hace vivir. Supongo que porque todos te queremos seguimos aquí, luchando a contracorriente, dejándonos la piel en cada intento de normalizar tu ausencia.
Creo que ya hace como dos años que no estás pero aun sigo escuchando tu risa cuando salgo a la calle. Supongo que no te has ido del todo. Más bien, casi nada.
Estabas ahí cuando le dí mi primer beso a una chica, cuando descubrí el valor del silencio, cuando le dejé de tener miedo al futuro y comencé a tener miedo al pasado.
También a la oscuridad, a veces, cuando me olvido de que estás aquí mismo, conmigo.

Cuando te fuiste te llevaste el brillo de la sonrisa de mi madre, sacaste a pasear las lágrimas de mi padre… Todo el mundo lloró.
Yo no.
Durante un tiempo me sentí culpable por no saber sentir tu pérdida. Por haber llorado ante un abismo de no saber que pasaría y quedarme seca de golpe al verte caer.
Me senté en el escalón de casa, seria. Muy seria. Y solo pensaba en correr. Me imaginaba que salía corriendo de allí, que me asfixiaba, que llegaba hasta el punto de estar flotando. Mis pies no rozaban el suelo, cada vez corría más y más y no quería conseguirte, no te perseguía, simplemente las paredes se me habían vuelto blandas de repente y necesitaba romper con todo.
¿Te rompí?
Supongo que no quise oírte nombrar durante una temporada porque me dolías o porque quería que me dolieras, no lo sé.
Reflexioné mucho.
En el rincón aquel donde solía escribir cosas de la edad. Cosas de todas las edades. Lo cierto es que las malas noticias siempre las lloro ahí. Será que soy una chica de costumbres.
Lloré tu nombre luego, en mi cuarto, sola. Lloré que no estuvieras, que no pudiera verte, oírte, olerte. Lloré que ahora estuvieras lejos, lejísimos. Que te convirtieses en paisaje.
En todos los paisajes, en todas las respiraciones, en todos los pasos.
Te lloré.
Y luego aprendí a verte de otra manera, a hablarte de otra manera. A contarte qué tal me iba y pedirte ayuda cuando algo iba mal.
Estoy segura de que fuiste tú quien me calmo aquella noche la angustia. Seguro que usaste el típico truco del abrazo, del decir que no pasaba nada, del quererme.

No supe aprovechar cada instante y tuve que darme cuenta cuando estabas lejos. En Barcelona.
Luego me di cuenta que eras tú quien unía todos los eslabones que me amarraban a ellos. Ya no estás, ya no hay nadie que me ate.
Si hubieras estado aquí, tía, te habría contado cómo fue que me enamoré de mi primera novia. Te hubiera dado mis poemas para que vieras todo lo que la pude querer.
Quizás no me hubiera atrevido, quién sabe… Pero seguro que te habría explicado mil cosas.
Lo más probable es que si hubiera estado un segundo más contigo, lo hubiera desperdiciado. Nunca se tiene conciencia de que estás perdiendo algo hasta que realmente lo pierdes. Durante ese periodo todos luchábamos con los dedos cruzados.
Pero fue el destino quien se nos cruzó primero.

No supe hacer otra cosa, enserio.
Se me da bien luchar por lo que quiero, pero lo que quería era algo imposible, así que me senté en aquel escalón, sin poder llorar, viendo a la gente en la plaza, las hojas de los árboles moviéndose, niños chillando y yo no supe hacer otra cosa que pensar en que quería correr. El mundo seguía girando y no me había dado cuenta.
Normalmente eras tú quien le daba cuerda. Comprende que no entendiera por qué todo seguía igual sin ti.
Rectifico. Todo seguía igual menos yo.
Menos Nisa, menos mi abuela, menos mi madre, menos todas las palabras que te nombraban en un pasado doloroso y nostálgico.

Y sé que esto no está a mi altura. Ni siquiera tiene altura, pero mil veces me propuse retratarte.
Escribirte que te he echado de menos. Que he llorado por ti, por que vuelvas. Porque me abraces.
Porque en todos los fines de año sigas allí haciendo que la vida sea normal. Por fotografiarte y tenerte cerca, en cada poesía.

Ahora es de noche y las madrugadas siempre traen recuerdos a la memoria.
Y para mí siempre todo es demasiado poco. Tú fuiste demasiado y te tuve poco.
Cuando me vaya a la cama seguramente me pregunte qué es lo que estoy haciendo con mi vida y tú seguramente me responderás que viviéndola.
Te quiero, te necesito y cada latido se me va muriendo en lágrimas.

Pero yo no lloro. Yo jamás lloro.

Ojalá tu hueco se pudiera ocupar pero eras edición limitada. Viniste tú sola y nos llevaste a todos contigo.
Ojalá las ausencias no dolieran.
Ni siquiera el darme cuenta de que tu ausencia ya sea algo normal en mi vida. Me niego.
Yo siempre me niego a las despedidas y más cuando la última palabra siempre es la de alguien que no soy yo.

Cambiaría todo esto, todo lo que soy por una sola tarde contigo. Despidiéndome… o mejor, estando contigo, sonriéndote, hablándote de las mil vueltas que da el universo, de mis broncas con mamá, de mi futuro.
Lo único bueno de esto es que mi futuro siempre serás tú.
Gracias por hacerme sentir tan viva, por dolerme, por hacerme escribirte una y otra vez que sigues aquí. Justo a mi derecha, viendo la noche hacerse día.

Hasta mañana, tía.



viernes, 20 de junio de 2008

you're enough

Suficiente sería una historia
a medias,
una casita de madera,
un paisaje conjugado en abrazo.
Demasiado siempre sobra,
siempre llena,
siempre estorba.

Cuando todo se inventa,
dibujas en un papel su espalda
y la llenas de versos.
Y te das cuenta de que
ni siquiera eso es suficiente
así que llegas al punto de querer su piel
por encima de relojes,
de momentos y gentes.
Qué más dará el resto
si ella te lo puede dar todo.

Ahora es posible
que suficiente sea demasiado poco,
una irrealidad más de las palabras,
un tarde o temprano caerás,
pero más tarde que temprano,
normalmente de madrugada.
Y al verla,
te sonríe el alma
porque no te queda otra
que darle toda la razón.
Es una maldita loca
que sabe muy bien como hacer
y deshacerte.
Luego con un solo verbo te convence.
Créeme.

La vida depende de todos los hilos
con los que te estás sujetando.
Ahora pídeme que los corte todos.
Pídeme que destroce a las demás marionetas,
que sea una función solo mía,
con tu firma debajo.
O mejor,
sé mi banda sonora
y suéname a verano cuando te nombre,
a la marea subiendo y bajando
por mi cuerpo,
a un acantilado donde el suelo
ahora es cielo.

Deja tu marca,
ya te llamaré
cuando no sepa qué hacer,
cuando te vea, cerca,
y para mi sea una distancia
infinita.
Cuando te quiera besar
y no pueda.
Lo más seguro es que termine
más loca aun.
Me arrancaré el pelo de desesperación,
no dormiré ni una sola noche
para no perderte del recuerdo.
Lo más seguro es que acabes con mi salud.

Luego vendrás
sabiéndome a cerveza
y lo único que me faltaba…
Alcohólica de tus labios.
Presa de todas esas miradas,
rota por dentro
pero con más alas que nunca.

Está bien que aparecieras
con un suficiente
entre los dientes
y un demasiado entre las manos.

Te queda genial la noche,
y ese pelo…
Y tú…
Que también consigues romperme
los versos
a base de besos.

Espero.


martes, 17 de junio de 2008

Re.corridos.



Era un dedo gordo de un pie
por el que quiero morirme
y comienzo a escribirle
con la punta de la lengua,
todo se desliza.
Tu piel se ha vuelto arisca,
últimamente se eriza
con demasiada facilidad
y me aprovecho.

Me he caído ante una piel,
muerdo, saboreo, quiero.
Luego exijo necesitarte,
más tarde ya no hay ropa.
Pero sigo por orden.
Después del dedo gordo,
te memorizo las piernas,
mis manos te conocen demasiado
poco
así que investigo.
Me gustaría decirte
lo guapa que estás,
lo bien que te quedan esos gemidos
pero mejor me callo.
Ando ocupada normalmente
en esta altura del papel.

Unas rodillas que parecen planetas,
y yo que quiero ser un satélite,
rondarte las mil noches
que nos quedan,
creerme todas las mentiras,
ser uno de los poros que coronan tu cuerpo.
Disfruto inventándome un futuro,
y también comiéndote a versos,
hago como que no me duele
y subo dirección norte.
Quizás me haya equivocado y tú estés
en el este.

De todos modos,
te titulé brújula
para no perderme,
horizonte para encontrarme,
mar para bañarme.
Después de ser luna 

me subí por los tejados
a maullarte.
Unos muslos color caramelo.
Te das cuenta,
yo no puedo.
Me gusta caerme dentro de todas las piscinas
que me mojen con miradas,
me gusta verte desde esta posición.
Me gusta ver como te retuerces.

Parece que te estás volviendo loca,
te tiras de los pelos,
la almohada se suicida de envida,
tú la muerdes.
Me muerdes.
Pero paro.

Los altos en el camino son geniales
cuando son tan bajitos
y están tan abajo.

Una vez me imaginé ser meteorito
y caí en tu vientre
llenándome de sudor,
siendo ombligo,
besándote cada caricia,
creyéndome tu centro.

Tus manos se apoderan de mis labios,
dices una y otra vez
"cómo es posible",
yo me niego a contestarte.
Cierro los ojos, vuelo.

Estoy entre tu vientre y tus pechos,
oigo como te late el corazón,
siento tu respiración.
He puesto todos mis sentidos en ti
para que seas lo mejor que he hecho
en mucho tiempo.
Dibujo mi destino en tu barriga,
mis dedos tiemblan,
estoy todo lo nerviosa
que se puede estar.
Miras al techo,
suplicas que no pare
y que pare al mismo tiempo,
con la misma intensidad.
La velocidad dejó de tener sentido
el día que te conocí.

Cada pecho es una duna,
me imagino que soy mar,
tú eres la arena.
Quemas.

Hoy sube la marea
y me refugio entre tu cuello
y tu pelo.
Querría pasarme el resto de mis días
aquí metida.
Me abrazas.
Mis manos siguen persiguiéndote
el placer.
Juegan al escondite con las sonrisas.
Ahora sí que estás cerca.
Mis labios piden a gritos
que te dejes besar.
Tus labios vuelven a ser míos,
respiras tranquila,
yo me calmo.


Un placer.

lunes, 16 de junio de 2008

Poco a poco

A las cinco de la tarde del segundo lunes de junio, Eva tenía ya su tercer orgasmo y Pablo tenía en las pupilas los tres mil te quiero del antes y después. Durante solo chillaban.
Mientras Eva jugueteaba con el pelo de Pablo, en su casa, Diana se imaginaba que Eva y Pablo estarían todo el día en la cama, amándose, follándose, mordiéndose…
Diana en cambio se conformaba con mirar por su ventana e inventarse todas las historias reales de este mundo.
Pedro pensaba a menudo en Diana, incluso una vez descubrió que masturbarse pensando en ella era aun mejor que cualquier revista. Se conocían desde tercero de primaria y este año entrarían en la facultad de derecho. Pedro no se había atrevido nunca a decirle a Diana que le gustaba.
A Diana le gustaban las chicas y él no lo sabía.
Un día borracha, en verano, Diana pensó que no estaría mal probar con un chico.
Ella solo quería besos, solo quería probar.
Miguel la violó.
Miguel era el mejor amigo de Pedro. Jamás se lo contó.
La hermana de Pablo era tímida, casi tanto como su belleza. Su pelo al sol era de color miel y sus ojos azules refrescaban cualquier mirada. Diana se enamoró de ella.
El día que Diana se atrevió a contarle la verdad a Sofía, la hermana de Pablo, se tuvo que beber tres cervezas antes. Nunca llegó a contárselo.
Sofía se había apoderado de sus labios a los dos minutos de mantener una conversación con ella.
Sofía siempre dijo que la base de toda relación es el buen rollo, la risa, las miradas y Diana la hacía reír mucho, la acariciaba y la llevaba a ver amaneceres en su azotea.
Sofía nunca se quiso replantear eso de ser lesbiana. Amaba a Diana y lo demás dejaba simplemente de existir.
Cuando Pablo se enteró de que su hermana tenía novia, lo primero que hizo fue gritarle, lo segundo, un abrazo.
Lo que le dijo: ¡Pero cómo no me lo habías dicho antes, mema!
Ella era más pequeña que Diana dos años, pero no importaba, todo el mundo siempre decía que era tan madura como una mujer de treinta años.
Diana sabía que Sofía era frágil como una niña. Supongo que por esa razón la cuidaba tanto. Era su niña. La única.

El mismo día que Diana se atrevió a decirle te quiero a Sofía, Eva y Pablo se decían adiós para siempre.
Durante un minuto Diana sintió la respiración de Eva, y terminó llorando.
Sofía no sabía que pasaba así que la abrazó callada, le secó las lágrimas y le dijo al oído que ella también, mucho. Mucho más que mucho.
Se besaron.

Diana nunca pensó ser tan feliz. Ni siquiera cuando se imaginaba a cientos de parejas haciendo el amor apasionadamente, jamás se imagino que ella pudiera sentir lo mismo.
El tres de agosto de ese mismo verano, Diana descubrió el lunar secreto de Sofía y Sofía descubrió que sí que era cierto aquello de los dibujos en las pupilas y los tatuajes hechos de sol y sombras en la piel de Diana.
Ese día aprendieron a quererse para siempre.
Para siempre.

[Foto: Lauramoondelamohn]

Eternidad*

Eternidad es lo que pasa cuando te beso.

Eternidad es
querer prestarte un rato y no poder,
es intentar robarte partes, sonrisas, desastres.

Eternamente quemaría cada pasado
absurdo.
Los haría trizas.

Eternidad es un segundo.
Un latido.
Un me estoy acordando de ti.
Eternidad eres tú.

(Y se terminó)

viernes, 6 de junio de 2008

Color a ti.

Blanco y negro.
Una estación gris.
Su pelo se movía con el viento y que le voy a hacer yo.
Una maleta, una vía, un tren, un viaje sólo de ida.

-¿Volverás?
-Quizás.

Nunca una palabra me hizo tanto daño.
Ahora la espero. Una azotea, un cielo, unas nubes: rojo, azul y blanco.
A la noche siempre se nubla todo, incluso mis pensamientos.
Y su pelo.
Negro.
Dorada su piel y calma la sed de guerra una cerveza.

Te quiero.

Verde.

Y aquí también.

Son mensajes secretos que con colores pinto para que al mirar el mundo tú ni te des cuenta. Y en casa, encima de todo lo que tengo y debajo de todo lo que perdí, te escribo un verso en forma de silueta. Tú silueta en mi pared de colores. Juegos de luces, de veces.
Unos labios color vida.
Una espalda color río abajo sobre una tarde naranja.

Quizás mañana te vuelva a pintar rodeada de gente, con luz por todas partes, con ganas de darte, ganas de amarte. Y aquí me paro.
Asfalto quema, es amarillo, verde, azul y rojo. Fuego.
Negro.

Todo es negro cuando no te tengo. Tú me haces soñar en sueños, cierro los ojos y al mundo se le caen los argumentos. Llenas de color cada parte de canción en la que ya ni te veo. Llenas de pinceladas dulces el crujir de las horas en invierno.
La lluvia de hojas en otoño. Los días que pasan y me paran los recuerdos.
Todos aquí dicen que me estoy volviendo loca, pero lo cierto es que después de todo y de todas… es mejor sentirse así y pensar diferente, porque tú todo me lo haces ver.
Me cuesta dormir por las noches, por si me roban el recuerdo de los besos, por si viene el tiempo y me destroza. Te llevaste mi caparazón porque hacía frío y ahora solo tengo vergüenzas encima de cada baldosa.
Sí.
Quizás solo sea el miedo a perder el orgullo. De que te rías de mí.
O quizás sea mentira.

-Espera…
-Espero.
-¿De qué color son las mentiras?
-Color reflejo.
Y quizás la última vez que te bese, el mismo instante en el que no te vuelva a ver más, las partidas sin pañuelos blancos, el tabaco a medias entre mis labios y mi mal acostumbrado nervio, sea inevitablemente triste y tierno.
Tú no fumas.
Eres demasiado perfecta como para rebajarte en ciertas circunstancias.
Luego, mirando al cielo, con un cigarro entre unos dedos, los tuyos, entenderás cuando te dije aquella vez que el cielo, las alturas y tu pelo, dan ganas de comerse el mundo a bocados y ganas de fumar por no poder hacerlo.

Ayer sonó el teléfono:

-Te echo de menos.

Yo solo te hago, te creo y luego, si el lienzo me sale mal, te echo.
Techo.
Verde.
Manos.
Negras.
Es el vacío. Lo sé.

El aire que ahora mismo nos interrumpe es incluso más impenetrable que las distancias tortuosas, los edificios, los muros y murallas. Las carreteras de humo y hierros, la lluvia de junio.
Estamos en pleno junio y tú te has vuelto color atardecer.
Que pena que estemos tan lejos.
En la otra punta del mundo amanece y allí estoy yo.

-Te espero.
-¿Preguntas?
-Afirmo.

Violeta se queda mis labios, mis ojos, mis dedos.
Lejos es la palabra.
Los colores fríos siempre nos quedaron bien a los poetas del dolor y el olvido.
Nos bañamos en mares de recuerdos donde flotan fotografías muertas y me ahogo, porque jamás me enseñaste a sobrevivirte.

Y ahora soy yo la que coge el teléfono y te canta en solo de llanto un te echo tanto de menos que me cuesta respirar. Y me exagero a base de exageraciones.
Dramatismos a parte, esto solo es un simple escenario y yo un simple telón.

Ciérrame y vuelve a irte por donde mismo viniste.

Color a viejo, fotografía llena de polvo y todo igual.
Tú, una estación, yo, tus maletas y un tren.

Ya está…
Te has ido.
Ahora me voy yo.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.