miércoles, 16 de julio de 2008

La Cuentista :)

Aquella chica era flaca. La chica más flaca que yo había visto en toda mi vida. Sus brazos eran flacos, su barriga era flaca, sus piernas eran flacas. Todo su cuerpo se estiraba como un espárrago y aun así me encantaba abrazarla.
Lo único que no era delgado en su cuerpo era su boca, donde se esbozaba en un noventa por ciento del día, sonrisas de más de dos kilómetros de distancia.
Además de todas esas particularidades, su voz era genial.
Pero lo mejor de aquella chica flaca, de brazos flacos, de barriga flaca y de piernas flacas, era su forma de contar cuentos.
Ella se sentaba en un rincón, cogía un bolígrafo, una vieja libreta y comenzaba a dibujar el camino más bonito a la fantasía y a los sueños.
A mi me hubiera gustado ser cada huella de esos cuentos, pero simplemente me limitaba a escucharlos, que ya era más que suficiente. Y además como por arte de magia, mil dibujos aparecían entre mis ojos. Si ella decía azul, mis ojos se convertían en cielo y si ella decía montaña, en mis ojos se escalaban cimas.

Ella, poco a poco, se iba convirtiendo en la protagonista de todos esos cuentos. Dejaba que su príncipe azul la rescatase escalando por sus largos cabellos, y luego perdía siempre el mismo zapato de cristal en el último baile antes de las doce.
Lo que nadie supo es que después de marcar el término de un día, aquellas agujas de reloj veían a la misma princesa de siempre, con esa sonrisa kilométrica y con las manos manchadas de tinta.

De mayor quería ser cuentista y que todos los niños la escuchasen con los ojos como platos y las orejas en forma de antenas.
Quería que los mayores también jugasen a ser pequeños y a divertirse con una mueca.
Quería que el mundo fuera realmente un mundo.

Siempre fue la música que mejor sonaba en las fiestas, la marea subiendo y bajando, la risa tonta porque han dicho una tontería y luego… te sonreía y el mundo se te podía venir abajo que ella te salvaría. Y lo sabías porque confiabas en ella.
Tantos sermones tenían que servir de algo.
También era genial dando consejos cual madre, aunque eso ya no gustase tanto como un cuento, la verdad, pero se sentía bien cuando era ella quien tenía la razón y no tú. Si hubiera sido así la vida ya sería algo más que un caos divertido.

Aquella chica flaca, de brazos flacos, de barriga flaca, y de piernas flacas, se tituló a sí misma La Cuentistas. Así fue como se hizo famosa La Cuentista. Haciendo que el mundo fuera un cuento de verdad, con sus mil deseos entre los dedos, y letras con sabor a naranja-limón.

Yo solo me limito a hacerla sonreír, porque no sé si lo había dicho ya pero lo único que no era flaco en su cuerpo era esa enorme sonrisa de dos kilómetros de distancia que aparecía cuando me estaba ahogando en mil historia feas y aburridas, no como las de ella. Esa enorme sonrisa blanca y reluciente que apareció un día de casualidad, mientras pedía el último deseo del día:

Hacer una nueva amiga. Una amiga de verdad.

Y apareció ella. Yo no creo en estas cosas pero fue divertido hacer una excepción.
La Cuentista ahora me lee cuentos mientras yo embelesada me la imagino correteando por una playa, haciendo esos extraños dibujos en la arena, y siendo el alma y la pasión de cada letra.

Esa es la maravillosa y genial historia de La Cuentista.

1 comentario:

Adwa dijo...

me enkanta q kuenten mi vida y hablen de mi de esa manera tan dulce. Gracias por todo kulito.

Ojos de mar y piel de nieve.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.