domingo, 17 de agosto de 2008

Ecce homo y derivados*

Lo único que nos pasa a los humanos es que necesitamos aferrarnos a algo para poder vivir.
Unos eligen a Dios y otras cosas, como por ejemplo, a personas; otros prefieren creer en la humanidad, por ese afán de mártir con el que se nace y hace.
Y finalmente están los que eligen los sentimientos, los recuerdos; las personas no, sino lo que generan esos seres.
Lo que nos remueve por dentro, porque necesitamos saber que aun podemos y además sabemos llorar cuando alguien se va para siempre o cuando simplemente ese alguien deja de pertenecer al mismo concepto de alguien para uno mismo.
La conclusión sería creer en Dios. Ese ente infinito al que, aunque no tenga voz, nosotros se la ponemos vestida con un traje blanco como su barba.
El caso es que los creyentes, sea cual sea su Dios, son felices porque saben, conocen de ese algo que jamás se irá, al menos, hasta que ellos se vayan.
Sin embargo, los ateos que creen en la humanidad y los que creemos en lo que ésta produce, tienden y tendemos siempre a llenar las consultas de los psicólogos, a saltar de puentes, a llorar cuando ya no hay nada ni nadie, literalmente.
Somos amantes de lo físico y por eso no sabemos abrazar a las ideas.
Dan miedo los huecos y el silencio del aire que los ocupan, por eso caminan. Otros como yo corren para que con el movimiento todo se caiga, todo se quede atrás.
De las opciones que me dieron al crecer, yo escogí la más dolorosa y dependiente.
Me arriesgo siempre a dejar de pertenecer a mi misma para pertenecer a alguien y luego, como en una película de acción sin fin, vuelvo a arriesgarme a dejar de pertenecer a ese alguien que se ha convertido tanto en mi vida que ya hasta pertenece enteramente a mí, a que ya no haya recuerdos que sonreír, sino que llorar. Así que todo es una sucesión sin final; un movimiento circular.

Pendemos, las personas como yo, de los hilos que otras personas quieran coser a nuestra piel. Unos dan la vida por Dios, lo que ahora debe de ser lo más lógico. Dios jamás cortaría esos hilos, quizás porque no existe o quizás porque nos imaginamos que él jamás lo haría. Es infinito.
Los humanos, en cambio, tienden a acabarse, en vida y al final de todo, con arrugas o no, también.
Somos seres finitos y predispuestos a sufrir.
Buscamos completar el significado de las palabras. Yo creo en el valor de éstas cuando se que lo hay y las temo (a ellas y a mí) cuando dudo de que lo haya. Luego lloro al darme cuenta de que no existe ningún valor.

Los que decidimos decidir cosas para arreglárselas cuando algo cambia, nos abrumamos. Hay veces, muchísimas, en las que es muy complicado saber que es lo que hay que hacer y es entonces cuando todo te viene de golpe y se te atragantan las ideas entre la garganta y el alma. Así que acabas estando llena de todo y en blanco. Suspendida en el espacio y el tiempo por todas las ideas. Levitas y te limitas a respirar.
A dejar que todo fluya hasta que por fin y al final de todo se te ocurre decidir que quieres ser mejor, feliz, más flaca, más morena… cualquier cosas. Todo vale.
Yo me corto el pelo porque es como quitarse un peso de encima, todas esas ideas que te crecen. Cortarlas y tirarlas a la basura.

Por lo general estoy acostumbrada a mí, me comparto pero no me comprendo (como diría mi madre en otro tipo de conversación).
Si yo pudiera verme desde fuera, lejos, un poco más lejos, sería una montaña rusa por la que solo el viento corre. Una atracción donde se suelta muchísima adrenalina, pero estropeada. Aun así el viento, el aire, aunque nadie lo vea, sube y baja, arriba y abajo por todas las curvas y las piruetas de la atracción.
Yo soy eso. Nadie puede ver como subo o bajo, no se sabe muy bien si estoy el la cima de la ruleta rusa o si estoy arrancando desde el suelo. Dispuesta (casi) siempre a despegar.
Son muchas fases y estados por los que circulo continuamente y por lo general la gente lo desconoce y con esto no me quiero sentir única, es más, pienso que eso le debe ocurrir a todo ser humano.

Descubrirme, es pues, algo que me fascina. Hay veces en las que me da pánico saber cuales son mis límites y por eso los ignoro; y otras, los acepto y por fin… decido.
Otras me parece no tener límites, ser infinita y otras desearía no tenerlos.
El caso es tener obstáculos y querer, saber y poder saltarlos.

Y es por eso por lo que yo no creo ni en Dios, ni en las personas, ni en mí. Creo, sólo y únicamente, en todo lo que ello genera, en el producto que sale de estos seres.
Por eso cuando dejan de producir sensaciones, las cosas que al fin y al cabo me hacen vivir, o me hacen sentir viva, en lo que creo, me siento al borde de un precipicio.
Y sé que ahora, en este instante, me toca decidir si lo bajo escalando, con mucho cuidado y paciencia para no tropezarme, si lo salto a ver que pasa y que es lo que me encuentro abajo, si me quedo arriba para siempre o si empiezo a creer en Dios.

Y de todas las opciones, te elegiría a ti. Sea como sea.
Sea donde sea.

2 comentarios:

amor y libertad dijo...

llámalo dios, llámalo vida, llámalo ser, pero ten fe en algo, en ti misma, en algo, ten fuerza, ten fe

Basíleia dijo...

una reflexión impresionante


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.