domingo, 28 de septiembre de 2008

Paralelismos*

Hay tantos nombres que me rondan
casi todas las noches
las ganas de comerme el mundo
que no tengo rumbo más que el mío.
Y soledades aparte
te escribo para no llorarte,
para no acordarme de tener que olvidarte.
Poco a poco el tiempo se encarga
de mudar sentimientos
a meros espasmos del subconsciente.

Pero yo quiero, o al menos quise
no sentirme tan encima de todo.
Quise respirarte como parte de mí
para siempre
y por eso no hay más destino
que el que quiera venirse.

Te reto a callarme con la mirada,
a saberme desde el principio,
a pillarme las mentiras
antes de empezar a decirlas.
Te reto a que me sorprendas,
a que no seas tan estúpidamente predecible,
por mucho que a mi me guste
saberte las jugadas.

Deberíamos reinventarnos
en otro mundo
para que en paralelo
podamos vivir sin tener que tentarnos
los placeres.
Y como ves yo te buscaría
sin conocerte
para volverme loca.
Pondría carteles en las calles
de se busca media mitad
y llamarían todas las pieles
que existan
y solo sabré que eres tú,
tú de nuevo
cuando oiga tu voz.

Aunque a veces me rompas,
da igual,
eso era de esperar.
Eres el precipicio más enfermizamente
peligroso
y a mi, hay veces
en las que el miedo me hace saltar.
Y no debería.
No es sano encapricharme a efímeros
recuerdos
con sus correspondientes besos.
Sé que hay miles de sonrisas
esperando a ser encontradas
y que yo y mi superficialidad
las destruyo a todas.

Pero así empezó todo.
A mi no me gustaba nada de nada,
y ahora es a lo que más me aferro.

Hasta que me canse,
pero para eso hacen falta mujeres,
sexo (buen sexo),
conversaciones (buenas conversaciones)
y tiempo.

O quizás borrarme de la memoria
los buenos recuerdos
y empezar desde cero
en un planeta
que ni siquiera sea paralelo.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Arde Madrid: estamos en guerra

Arde Madrid porque no estás y desde que llegaste, la sal me sabe amarga en el paladar.
Arde Madrid por lo poco que estuve escupiendo versos en su piel y a muchos kilómetros de los problemas. Alejarse siempre será el mejor camino para no vernos las caras, pero en cada esquina tu olor me persigue.
No me vendo por cualquiera y tampoco soy tan barata. Por eso Madrid y tú están ardiendo de envidia.
Tantos años atrás para comprender que no sé nada de la vida, y mil escalones que subo pidiendo al menos una tarde cerca. Para conocer. Ya sabes… saber de esos movimientos.
No soy de esas, ni me gusta besar sin pedir permiso antes, pero quizás contigo me arriesgue. Al fin y al cabo, tus labios ya los he probado. Fueron los mejores de la noche, aunque no hubo muchos más.
No recuerdos muchos más latidos cerca de mi mano aquel día.

Y no te dejaré beber. No merece la pena que me vendas los besos a tan bajo precio. No quiero que seas fácil, me basta con que seas. Que al final de todo, seas de verdad.
Y arde Madrid cuando quiero perderme, cuando me quiero olvidar del resto. Ni siquiera tú que acabas de aparecer, harías mella en mí.
Soy una calle demasiado grande para ti y aun así me estoy encaprichando a tus curvas. Solo te he visto una vez en mi vida. Solo una noche nada loca.
Mucho tabaco y una abismal ausencia de alcohol.
Y de regreso a casa, pensé en ti mientras intentaba no dejarme dormir. Pensaba en ti queriendo no hacerlo. Amor propio y vergüenza.

Arde Madrid en cada vena de mi cuerpo. Se subleva la gente, aquellos recuerdos se renuevan y no me acordaba de lo bien que nos quedaban los besos en la piel. Es secreto y no pienso mucho en ello. Lo hemos superado y tú siempre querrás lo que yo quiero.
Nací cobarde y por eso no he perdido tanto como debiera.
Si no se conoce lo perdido, nada importa, nada se pierde.
Por eso tú sí que te fuiste lejos, pero yo más… Porque Madrid empezó a arder y aquí donde yo vivo, se está mejor.

Ahora te olvido. Eres niebla, la más dulce de las melodías. Lo bueno es que ya no me acuerdo de tu letra. Tu piel ya no era mía y di gracias al cielo. Tanta responsabilidad sobre mi no la hubiera soportado.
A estas alturas, después de tantas supuestas princesas, lo menos que querría sería rescatar a nadie.

Arde Madrid, de repente, sin pausa. Es el sexo loco de una ciudad absorbida de versos, de poetas borrachos y locos y yo me siento. Estoy en tú barra de labios, en el rojo corazón, pidiendo el último baile, aunque no sepa bailar.
Me gustaría pisarte los talones, ser casi tu sombra, deslizar mi mano por cada sonrisa que estés dispuesta a dedicarme.
Impresionantemente enorme. Eso soy casi, casi, dentro de poco, pero tú…
Eres inmensamente proporcional a las ganas que tengo de verte… ya sabes, memorizarte.
No sé… no pienses que me pasa muy a menudo, que me he encaprichado a ti por olvidarme la soledad en casa. Aun no eres mucho más que un nudo diminuto de alegría e incertidumbre en mi estómago. Y estás lejos, cerca del mar, lo sé. Aquí, o allá, según se mire, arde Madrid y tú estás inaccesiblemente apetecible.
Qué le vamos a hacer, las palabras me corroen y muero por la boca casi siempre. Por eso de ciertos besos, o de algunas promesas…
Quien sabe lo que pasará dentro de lo que diga el tiempo, quien sabe si me muero, o si quizás empieza a arder Madrid y yo aquí, con lo puesto.

Arde Madrid, pequeña.

Vamos a convertirnos en lluvia, a mojarnos los inviernos, a secarnos en los suelos. Es otoño y ahora es cuando mejor se ve el mundo. Desde la distancia, entre los vanos recuerdos de tus embriagados labios. Imagina dormir a su lado…
No.
Ardería yo y a la mierda Madrid y las cuestiones existenciales de la vida. Ya lo hice la primera vez que la vi. Y le daba vergüenza que la viera en aquel estado, porque sabía la sobriedad con la que mis pupilas la juzgaban. Luego volví a ser una mortal más. Caí como una necia en las reces del placer, de lo carnal. Caí sin querer. Yo no lo necesitaba, solo era para dejar pasar los minutos.
Minutos que ahora y sin querer, consumo pensando en qué podría pasar.
Pero es absurdo ver futuros siendo ciegos.
Vamos a quedar, de verdad, cerca, casi tanto que pueda oler todo lo que piensas. Sé que no soy tu tipo, ni el tipo de nadie, ni siquiera una tipa cualquiera. Me considero todo lo peculiar que se podría ser. Que aun no te has decidido por qué amar en la vida.
Yo amo a las persona pero mejor con olor a mujer.

Y ahora que me he dado cuenta…

Recoge tus cosas, arde Madrid y no quiero que te quemes.
No quiero quemarme.

Quizás eso seas tú… Una capital llena de callejones, adicta a las prisas, bella, pero no… hueles a salitre, a mar, a vida. Hueles demasiado cerca pero de mentira.

Arde Madrid y aun no nos hemos dado cuenta, pero, ven… vamos a quedar, a pisarnos las sombras que te dije antes, a crecer, a escalar montañas para luego caernos o no.
Déjame acariciarte las sonrisas y verte dormir mientras me escuchas… Demasiado pronto para romper la tregua, pequeña…
Por eso arde Madrid.

Estamos en guerra.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Prostitutas Universales.


No está bien arrepentirse de las cosas que uno hace, pero hay momentos en la vida en las que te replanteas mucho más que a ésta. Te replanteas a ti misma y decides actuar, pero mañana, cuando salga el sol.
Quiero decir, que es muy fácil llevarse las manos a la cabeza y decir “Oh Dios mío que horror” y seguir caminando, mientras el viento se lleva los problemas, para devolvértelos en la próxima esquina que dobles.
Por eso me arrepiento. De las cosas que he hecho, de las que no hice y de no hacer nada por remediar este pensamiento. Pero, ¿Cómo borrar ciertas etapas de mi vida?
Al fin y al cabo, fue y es mi vida. Cada paso que di forma ahora los pasos del hoy.
La única realidad es que me crié viendo películas americanas, y no hablo ya de Disney.
Hablo de enamorarse en una playa, de ser náufragos y encontrarnos para salvarnos la vida. Hablo de no vivir en esta ciudad plagada de recuerdos con mil nombres. Hablo de querer borrar esos nombres que sobran, esos que no me hacen sonreír.
Y en la cama, sin poder dormir, pienso ¿Cómo pude hacerlo?
¿Cómo me pude fijar en esas cosas, en esos meros nombres? ¿En qué cosas, en qué nombres?
Lo cierto es que ya no queda nada de eso. Es un pasado bastante pasado, viejo, podrido y por lo tanto, enterrado. Pero es inevitable que al pasar por cierta calle se me venga a la cabeza recuerdos y después, piense en cómo fui tan estúpida.
Hay cosas que no están hechas para mi por mucho que yo las busque, y si lo que quería era dejar de escribir dolor para escribir amor, qué más darían los actos.
El mundo, sin ir más lejos, actúa así.
Somos putas.
O al menos eso pienso yo de todas las pieles que me regalaron versos, entre las idas y venidas del tiempo.
La gente suele buscar el placer en otros cuerpos, en otras mentes y yo me quedo con todo eso, más con los recuerdos aunque a veces se me pongan en contra. Me da placer lo que sé hacer, lo que sé hacer de verdad y bien, por eso, ellas, esas cosas, esos entes, esos nombres, me dan lo que busco, ¿Qué más dará si ellas reciben lo que están buscando?
No, tampoco soy tan macabra. Yo también me preocupo porque sonrían, se extasíen, tengan en su boca mi boca y sientan. Yo también me preocupo por que sientan o al menos lo hacía.
Creo que llegó un momento en el que solo me importaba lo que yo sintiese, porque amaba más lo que sabía hacer bien y de verdad, que a esos nombres.
O quizás no fuera nada de eso.
Quizás estuviera ciega y de repente pude verlo todo con más claridad.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, y no hay peor venda que el enamorarse.
Enamorarse es un arma de doble filo. Te corta la cabeza, te la esconde y te anima a tener que vivir de la intuición, de los sentimientos. Pero un día tropiezas con algo…
Algo redondo y con protuberancias y orificios, algo con pelo y con partes viscosas y te das cuenta de que es tu cabeza. Por fin la has encontrado y al ponértela sobre los hombros descubres quien era la musa que decoraba de gemidos tus noches. Descubres que no hay nada más, que se ha acabado.
Y sí… Con el paso del tiempo, para perdonarte a ti misma ese tropiezo, ese despiste, sacudes la cabeza cuando alguna imagen te interrumpe el vivir y piensas que deberías demostrarle lo fácil que es caminar sin sus promesas.
Y piensas mal, fatal. Quieres seguir rasgándole el corazón, borrar su nombre que resuena y retumba en tu mente cada vez con más fuerza.
Porque tú no volverás a tatuarte bajo la piel de nadie, y ella verá su felicidad tarde o temprano.
Yo estaba demasiado ocupada en que todo el mundo viese lo genial que era mi sonrisa, demasiado ocupada en demostrarle al resto lo fácil que era vivir sin tropezarse.
Por eso me he caído.
Porque según mi abuela, Dios no castiga ni con palos ni con piedras, y aunque soy media atea, mi otra mitad, la que cree en abuela y en todo lo que ella dice, sabe bien por qué pasan las cosas que pasan.

Que yo también sé tropezarme y claro que no me gustan que me vean en el suelo con las rodillas sangrando. Claro que no me gusta andar cabizbaja, sintiéndome parte del suelo al que mis zapatos pisan.
Por eso me arrepiento.
Me arrepiento de hacer las cosas mal a veces, cuando no hay nadie que me enseñe a hacer las cosas bien, o cuando no he querido aprender.
Y me arrepentiré de todo siempre, porque no hay nada que sea totalmente perfecto para mí, hasta hoy.
Ahora me sé arrepentir y sé equivocarme a tiempo. Sé tenerme miedo cuando nombro más de la cuenta uno de esos nombres. El único en realidad.
Sé decir basta, aunque no me sea suficiente y le sé quitar la cara a unos buenos labios.
Yo no quiero ser puta de nadie y no quiero que nadie sea mi puta y si he de estar siglos sin escribir un bonito verso, lo estaré.
Quizás me emborrache más de la cuenta o quizás empiece a hacer las cosas bien de una vez pero no voy a vencerme a mi misma, no me voy a doblegar mi mente por circunstancias que, al fin y al cabo, se van, dejándome aquí o allí, con la boca abierta o con algunas heridas antiguas sangrando.

Yo me arrepiento de haberme fijado en ciertas cosas, de haber tropezado en ciertas piedras dos y tres y cuatro veces, de no haber cogido ciertos aviones, de no haber preguntado ciertas cosas…
Me arrepiento de ser tan insegura y replantearme si sería buena idea volver a empezar de nuevo.
Pero esta vez me he cosido con hilos de hierro la cabeza al cuello, para estarme quietecita un tiempo. Para tomarme un tiempo. Para vivir mí tiempo.

Y me alegro que estés lejos, que la soledad se haya ido contigo, que mis conversaciones sean mucho mejores que las tuyas. Me alegro de saber sobrellevar mis equivocaciones.
Y no te voy a pedir que me devuelvas el tiempo, mi tiempo.
No merece la pena reclamar algo que fue de las dos, algo que verdaderamente me hizo ser feliz o desgraciada. No vale la pena arrepentirse se los hechos pero si de los actos.

Y ahora me da igual estar sola, no tener a quien besar, no tener con quien compartir mi vida, porque eso ya lo hago, sin necesidad de nadie, y me reparto en abrazos que si son de verdad, en palabras y horas hablando de verdad.
No me hace falta amar a nadie, ni escribirlo, para saber qué es cierto o qué no lo es.

Y como decía la canción… ¡Estoy muy bien!
Estoy realmente bien, por eso déjame y no vuelvas.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.