jueves, 11 de septiembre de 2008

Prostitutas Universales.


No está bien arrepentirse de las cosas que uno hace, pero hay momentos en la vida en las que te replanteas mucho más que a ésta. Te replanteas a ti misma y decides actuar, pero mañana, cuando salga el sol.
Quiero decir, que es muy fácil llevarse las manos a la cabeza y decir “Oh Dios mío que horror” y seguir caminando, mientras el viento se lleva los problemas, para devolvértelos en la próxima esquina que dobles.
Por eso me arrepiento. De las cosas que he hecho, de las que no hice y de no hacer nada por remediar este pensamiento. Pero, ¿Cómo borrar ciertas etapas de mi vida?
Al fin y al cabo, fue y es mi vida. Cada paso que di forma ahora los pasos del hoy.
La única realidad es que me crié viendo películas americanas, y no hablo ya de Disney.
Hablo de enamorarse en una playa, de ser náufragos y encontrarnos para salvarnos la vida. Hablo de no vivir en esta ciudad plagada de recuerdos con mil nombres. Hablo de querer borrar esos nombres que sobran, esos que no me hacen sonreír.
Y en la cama, sin poder dormir, pienso ¿Cómo pude hacerlo?
¿Cómo me pude fijar en esas cosas, en esos meros nombres? ¿En qué cosas, en qué nombres?
Lo cierto es que ya no queda nada de eso. Es un pasado bastante pasado, viejo, podrido y por lo tanto, enterrado. Pero es inevitable que al pasar por cierta calle se me venga a la cabeza recuerdos y después, piense en cómo fui tan estúpida.
Hay cosas que no están hechas para mi por mucho que yo las busque, y si lo que quería era dejar de escribir dolor para escribir amor, qué más darían los actos.
El mundo, sin ir más lejos, actúa así.
Somos putas.
O al menos eso pienso yo de todas las pieles que me regalaron versos, entre las idas y venidas del tiempo.
La gente suele buscar el placer en otros cuerpos, en otras mentes y yo me quedo con todo eso, más con los recuerdos aunque a veces se me pongan en contra. Me da placer lo que sé hacer, lo que sé hacer de verdad y bien, por eso, ellas, esas cosas, esos entes, esos nombres, me dan lo que busco, ¿Qué más dará si ellas reciben lo que están buscando?
No, tampoco soy tan macabra. Yo también me preocupo porque sonrían, se extasíen, tengan en su boca mi boca y sientan. Yo también me preocupo por que sientan o al menos lo hacía.
Creo que llegó un momento en el que solo me importaba lo que yo sintiese, porque amaba más lo que sabía hacer bien y de verdad, que a esos nombres.
O quizás no fuera nada de eso.
Quizás estuviera ciega y de repente pude verlo todo con más claridad.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, y no hay peor venda que el enamorarse.
Enamorarse es un arma de doble filo. Te corta la cabeza, te la esconde y te anima a tener que vivir de la intuición, de los sentimientos. Pero un día tropiezas con algo…
Algo redondo y con protuberancias y orificios, algo con pelo y con partes viscosas y te das cuenta de que es tu cabeza. Por fin la has encontrado y al ponértela sobre los hombros descubres quien era la musa que decoraba de gemidos tus noches. Descubres que no hay nada más, que se ha acabado.
Y sí… Con el paso del tiempo, para perdonarte a ti misma ese tropiezo, ese despiste, sacudes la cabeza cuando alguna imagen te interrumpe el vivir y piensas que deberías demostrarle lo fácil que es caminar sin sus promesas.
Y piensas mal, fatal. Quieres seguir rasgándole el corazón, borrar su nombre que resuena y retumba en tu mente cada vez con más fuerza.
Porque tú no volverás a tatuarte bajo la piel de nadie, y ella verá su felicidad tarde o temprano.
Yo estaba demasiado ocupada en que todo el mundo viese lo genial que era mi sonrisa, demasiado ocupada en demostrarle al resto lo fácil que era vivir sin tropezarse.
Por eso me he caído.
Porque según mi abuela, Dios no castiga ni con palos ni con piedras, y aunque soy media atea, mi otra mitad, la que cree en abuela y en todo lo que ella dice, sabe bien por qué pasan las cosas que pasan.

Que yo también sé tropezarme y claro que no me gustan que me vean en el suelo con las rodillas sangrando. Claro que no me gusta andar cabizbaja, sintiéndome parte del suelo al que mis zapatos pisan.
Por eso me arrepiento.
Me arrepiento de hacer las cosas mal a veces, cuando no hay nadie que me enseñe a hacer las cosas bien, o cuando no he querido aprender.
Y me arrepentiré de todo siempre, porque no hay nada que sea totalmente perfecto para mí, hasta hoy.
Ahora me sé arrepentir y sé equivocarme a tiempo. Sé tenerme miedo cuando nombro más de la cuenta uno de esos nombres. El único en realidad.
Sé decir basta, aunque no me sea suficiente y le sé quitar la cara a unos buenos labios.
Yo no quiero ser puta de nadie y no quiero que nadie sea mi puta y si he de estar siglos sin escribir un bonito verso, lo estaré.
Quizás me emborrache más de la cuenta o quizás empiece a hacer las cosas bien de una vez pero no voy a vencerme a mi misma, no me voy a doblegar mi mente por circunstancias que, al fin y al cabo, se van, dejándome aquí o allí, con la boca abierta o con algunas heridas antiguas sangrando.

Yo me arrepiento de haberme fijado en ciertas cosas, de haber tropezado en ciertas piedras dos y tres y cuatro veces, de no haber cogido ciertos aviones, de no haber preguntado ciertas cosas…
Me arrepiento de ser tan insegura y replantearme si sería buena idea volver a empezar de nuevo.
Pero esta vez me he cosido con hilos de hierro la cabeza al cuello, para estarme quietecita un tiempo. Para tomarme un tiempo. Para vivir mí tiempo.

Y me alegro que estés lejos, que la soledad se haya ido contigo, que mis conversaciones sean mucho mejores que las tuyas. Me alegro de saber sobrellevar mis equivocaciones.
Y no te voy a pedir que me devuelvas el tiempo, mi tiempo.
No merece la pena reclamar algo que fue de las dos, algo que verdaderamente me hizo ser feliz o desgraciada. No vale la pena arrepentirse se los hechos pero si de los actos.

Y ahora me da igual estar sola, no tener a quien besar, no tener con quien compartir mi vida, porque eso ya lo hago, sin necesidad de nadie, y me reparto en abrazos que si son de verdad, en palabras y horas hablando de verdad.
No me hace falta amar a nadie, ni escribirlo, para saber qué es cierto o qué no lo es.

Y como decía la canción… ¡Estoy muy bien!
Estoy realmente bien, por eso déjame y no vuelvas.

3 comentarios:

Safo dijo...

En todo aquello que vale la pena de tener, incluso en el placer, hay un punto de dolor o de tedio que ha de ser sobrevivido para que el placer pueda revivir y resistir.
Gilbert Keith Chesterton

sencillezcontinuabajoagua dijo...

"Aprendemos a obviar las cosas porque de otro modo sería insoportable vivir" cuanta razón llevas en esta frase

gracias por leerme,al menos se que mas gente se ha sentido asi y de alguna manera consuela


a mi tb me encanta leerte, creo que en este blog ha sido de las pocas veces que he conseguido expresar lo que siento

Trouble dijo...

Creo que es lo mas inteligente que has escrito hasta ahora... y por lo tanto lo mas absurdo


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.