lunes, 20 de octubre de 2008

Autumn

Era otoño.
Había vivido muchos otoños, pero ninguno había sido tan largo y marrón como aquel.
El naranja caía desde el cielo formando charcos en el asfalto. La gente, a menudo resbalaba y acababa llenándolo todo de color atardecer.
Era un otoño húmedo en el alma y constipado. Su voz casi siempre parecía estar enferma. El marrón parecía estar enfermo.
De todos los octubres que pudo vivir, ese fue el más seco y deshumanizado y por culpa del verano sus ojos no podían cerrarse hasta muy entrada la madrugada.

La gente, marrón, las paredes, marrones y el calendario de la cocina de su abuela marcando días donde el marrón no era tan oscuro, más bien, verde libertad. Verde pensamiento.
Las noches caían del cielo demasiado pronto como para darse cuenta y todos huían como hormigas. Si hubiera sido gigante, los habría aplastado.
Un gigante con un complejo de inferioridad enorme, vestido de marrón y con un rubio brillante en la sonrisa.
Las carreteras resbalaban y sus pies se deslizaban por aceras de abrazos, besos y escupitajos. Todo en otoño era antagónico.
Por eso ella había nacido en el marrón de un mes.
El cielo no se ponía de acuerdo y el azul no quería mezclarse con el gris tristeza de las nubes, pero le gustaba porque comenzaba a llover y todo se iba volviendo verde.
Fue en aquel otoño.
Conoció a una sonrisa que le hacía sentirse bien, por mucho alcohol que hubiera tomado. Antes o después, dormiría y ya tendrían tiempo los arrepentimientos de volver a aburrirle.
A veces las tardes se vestían de un gris oscuro y se sentía mal. Eran las siete de la tarde y una oscuridad silenciosa inundaba las paredes de su casa.
Era la enfermedad del otoño.
Incluso el marrón era mejor que aquello. Incluso el naranja de los charcos, era mejor que aquello.
Nunca se acostumbró a cambiar la hora del reloj, ni a escuchar música muerta en cada estrofa de poesía.
Al fin y al cabo no la habían abandonado tantas veces como para acostumbrar la piel al dolor y al frío de las ausencias.

Los otoños se iban como se fue ella y aun así las primaveras seguían teniendo rayones marrones en los márgenes. El verano se oscurecía de fuegos artificiales marrones.
El otoño acabó siendo el marido amargado de un invierno naranja, con olor a navidad, a regresos y a abrazos.
En noviembre mudaba la piel a un próximo diciembre y vestía cada fin de semana con gemidos bastante solitarios.
No es de extrañar… estábamos en otoño.
Las clases universitarias se llenaban de mocosos de preescolar y se sentía una extraña más, por muy bien que ella se conociera.

Volvía a ser marrón y todo era otoño.
Sus ojos eran otoño todo el año. Su pelo era un otoño al que se le abrían las puntas. Su abrigo era un otoño congelado de adioses y aun así nunca supo como despedirse.

Sonaba aquella canción.
Sí, volvía a ser otoño. Otro fin del mundo se aproximaba y ella sonreía.
Volvía a ser otoño.

1 comentario:

Molly Earnshaw dijo...

A mi los otoños siempre me recordarán a ti
a tu cumpleaños
a tu pelo rubio ojacaída
a tus ojos azulcielootoñal
a tu sonrisa blancanube

:)

a mi el otoño me recordará siempre a marcharme de Tenerife para viajar.

Me fui el día 22, un día despues de empezar el otoño.
Mañana. justo mañana, hace un mes:)



Te quiero.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.