domingo, 2 de noviembre de 2008

Levitar.

Ahora que me he tranquilizado…
Me recordó todo tanto a ti que parecía que podías estar a mi lado para siempre y yo me lo creí o al menos, me lo quise creer.
Tenías una capucha puesta, aunque no lloviera y me sonreías. Me sonreías el alma.
A mi las chicas con chaleco siempre me gustaron más que el resto y si además estaban sobrias, mucho mejor.
La primera vez que me cogiste la mano, la noche dejó de tener sentido y ni mis amigos, ni el dinero para volver a casa, ni el concierto, me importaban ya.
Las chicas sobrias y con chalecos me gustan, pero aun más si tienen ese fleco a un lado y un lunar encima de unos labios espectacularmente bellos, y bueno, ya ni sé…
Perdí la cuenta de todas las cosas que me encantan de ti anoche.

Las gotas golpeaban el cristal del coche hoy y pasamos por delante de recuerdos con nombres propios y muchas faltas de respeto de mentiritas. Pasamos por delante del tranvía, eso es todo.
Y anoche, de vuelta a casa, tuve que caminar muchísimos metros pero no los noté y eso que me dolía el cuerpo de sentir. Mis pies se dieron cuenta de todo esta mañana y aun no me han perdonado. Tampoco es que me importe mucho. Sigo en el mismo estado en el que me dormí anoche.
Empezaba a chispear cuando ya estaba llegando, ¿sabes?, y no me importó. No me importó que el frío me congelara los dientes. No podía evitar sonreír todo el rato, a todas horas y repetir cada palabra continuamente en mi mente.
Todo ayer estuvo a mi favor. Justo cuando entré en casa empezó a llover de manera torrencial y yo, por suerte, ya estaba dentro.
Mi retina, aunque estuvieras lejos, no dejaba de verte.
Las calles mojadas saben mejor si te pones a pensar. Si eres feliz y te da por bailar un rato mientras miles de gotas mueren en tu piel, al borde de los portales donde la gente se arropa para no mojarse, donde la gente hace el amor y folla, en el asfalto antideslizante de amor y locura, entre los huecos de la ropa. Ahora siento un poco más de frío, pero da igual.
Las gotas no tienen recuerdos, ni futuros ni presentes. Caer no es ningún tiempo verbal, más bien, es una estupidez inevitable.
Y ahí estaba yo ayer. Cayendo como una estúpida a la que no se le da bien empezar con buen pie.
Menos mal que empezaste tú.

Y por eso, si me dejas sola un rato, si me dejas sola y tranquila, con música, con ruido o con silencio, si me dejas un par de segundo, si no me hablas, si no me llamas, si no me miras ni me sonríes, si me dejas, yo me acordaré de ti. De lo guapa que ibas ayer con ese chaleco y de esos labios. Me acordaré de cómo besas y de todo lo que al verte se me olvida.

Me acordaré de que hay veces que los pies no me llegan al suelo.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.