jueves, 12 de marzo de 2009

Blancos y azules

Se desnudaba delante de la ventana como todas las tardes y yo la observaba desde la cama como todos los días.
La ventana daba a una terraza y desde allí se podía ver toda la playa.
Así fue como el azul y el blanco fueron mis dos colores favoritos después del tostado de su piel.
Todos los veranos, aquella casa se llenaba de luz. Nunca hubiera pensado que la echaría tanto de menos.

Su figura, tapando la luz de la media tarde. Los bordes, perfectos, de su cuerpo y sus curvas. Mis manos con mis brazos también se retorcían hasta casi separarse del cuerpo para llegar hasta ella y ella sonreía.
Luego, despacio, se acercaba y con la desnudez en sus labios me besaba en la frente.
Creo que la quise.
Quiero decir… la quise de verdad, como nunca y como a nadie. De esa manera intensa en la que se tienen que sentir esas cosas.

Todas las paredes de todas las casas eran blancas y todas las puertas eran verdes. Aquel era mi lugar preferido del planeta. Todo parecía estar diciéndome “quédate, este es tu sitio” y allí me quedé durante un par de veranos.
Los inviernos los pasaba recluida estudiando y dibujándola.
Una y otra vez las paredes de aquel cuchitril donde me hospedaba se llenaban de los recuerdos que tenía de su cuerpo, y su silueta dibujada por las luces de la media tarde en aquella ventana. Mi ventana.

Ella vivía allí.
Fue la primera que no vino a presentarse en el pueblo. Yo la busqué. La primera vez que la vi pensé que ya lo había encontrado todo en mi vida.
“¡Qué me corten la cabeza!”
Y quién me iba a decir que esos pies descalzos andarían por todos los suelos de mis ojos. Que los dibujaría para luego hacer poesías.

Ella se sentó al borde de la cama y mis manos la atraparon.

-¿Dónde estabas?
-Delante de ti, como todos los días.
-Te tengo que contar una cosa…
-¿Qué cosa?
-Me estoy enamorando de ti.
-Ah, ¡qué bien!, ¡yo también de ti!

Me dio un beso en la frente y se fue.
Al día siguiente no se desnudó.

-¿Qué pasa?
-Entonces, ¿cómo de enamorada estás de mí?
-Mucho.
-¿Cómo de mucho?
-Pues mucho. No sé. Si hubiera una medida que lo calculara, yo probablemente, llegaría hasta los topes.
-Entonces… eso es más que mucho. En estas cosas hay que ser precisas, Ana. Tienes que tratar con suavidad y precisión las medidas y quererme.
-¿Más?
-Mucho más. Hasta los topes y ahora, desnúdame.

Ese día lo entendí todo.
Y le eché maña y fuerza y volamos.
Yo quise que voláramos.
¿Lo hicimos?

Primero, mi mano se deslizó por su cuello apartando un poco aquella blusa blanca de botones que siempre llevaba.
Era caramelo y sabía a caramelo.
Y a sandía y sal y playa.
Sabía a arena blanca.
Besé su cuello.
Siempre quise empezar por el principio y allí estaba yo, entre todas aquellas paredes blancas besándole el cuello a una silueta de media tarde.
Luego nos miramos y la miré. Y mi azul, sobre su color café de ojos, la miró también.

-Qué guapa estás así- susurré.

Mirándola, la besé en los labios.
Y se volvió loca matándome a mí, luego.
Nos recostamos sobre aquellas impolutas y blancas sábanas mientras el sol naranja de por aquel entonces se fue acomodando en nuestras pieles.
Se la hubiera arrancado si hubiera podido y luego me abrigaría todos los inviernos con ella.
Leopardo es lo que se oía aquella tarde. Todas esas sombras y esas otras tantas luces. Leopardo.
Y así se llamaba.
Leo.

Poco a poco aquella blusa fue desapareciendo. Suave.
Aquello era mucho más que suave y lo sabíamos.
Ella se mordía el labio mientras yo me pensaba seriamente si quitarle del todo aquellas bragas negras.
Pero me obligó, lo juro.
Me dijo que si no lo hacía, cogería todas sus cosas y se marcharía para siempre y yo se las quité.

Eso fue lo que dibujé durante la tercera semana de invierno que pasaba lejos del blanco y el azul.

Mis dedos se deslizaban, como todas las tardes, desde aquel instante, caminando confiados por las curvas que día a día me hacían saladas las tardes.

-Oye- le dije un día- creo que me estoy enamorando todavía más.
-¿Cómo que más?
-Pues ya no veo ni el tope de todo lo que te quiero.
-Habrá que inventarse otras medidas, esto no puede quedar así.

Y jamás quedó así.
Ella tendía todas las prendas de color blanco al sol, en el patio y yo la miraba.
Seguro que pensaría más de una vez e intentado calcular, cuánto de boba podía llegar a ser, allí tirada en el suelo, mirándola.
“Leo-parda” gritaba a veces para que me mirase, luego me levantaba, me sacudía las manos y me abrazaba a ella rodeando su cuerpo con mis brazos.
Mis labios caían en su cuello y me olvidaba de su boca. Así de espaldas, también es hermosa la belleza.

Ahora, aquí, en este invierno casi primavera, en los días que por casualidad hace calor, siempre me acuerdo de Leo.
Y repito su nombre aunque jamás le hablase a nadie de ella aquí.
Solo marcaba los días.
Y días y días pasaban.
Y más marcas y más hojas de calendario pasaban hasta que por fin una mañana despertaba y todo olía a caramelo, sandía, playa y a arena blanca.
Estaba en esa casa, frente a esa ventana.

Y ella no estaba.


Aun.

1 comentario:

reber dijo...

aaaaaaaaaaaaaaaaaaaa ley ana y no sabia quien era xD


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.