lunes, 16 de marzo de 2009

Y al tiempo me lo como.

El tiempo me lo empecé a comer
cuando cumplí
cierta edad.
No sé si eran los dieciséis o diecisiete
pero lo cierto es que
las horas eran horas
y eso era algo que nadie podía cambiar.
Estoy segura de que jamás inventé tal desacierto
pero así es,
damos vueltas constantemente,
algunos a favor y otros,
como yo,
dando coses
hacia atrás,
riendo de rabia
y llorando de alegría.

Tengo tremendas faltas de ortografía
y de respeto
por eso de que no soy conciente
de los minutos.
No hay poder más sano que el que no se tiene
y por eso me comí el tiempo desde tan
temprana edad.

A ver si me entiendo y nos dejamos explicar
sin tanta palabrería.
Hay cosas que se estiran si quieres
y si no,
también.
Hay sensaciones diferentes en espacios de tiempo
semejantes
pero es que nacimos siendo humanos
y esas percepciones
es lo que nos hace tan maravillosos,
supongo.

No intento romperlo.
Me lo como y te lo digo ya por tercera vez.
Al tiempo,
a la lluvia,
al calor
y a ti.

Lo veo caminar por delante de mí
y me da igual cuánto pueda llegar a correr.
Yo tengo miedo a las velocidades
y por eso espero al final del camino,
donde haya sombra
y un buen par de recuerdos donde
colgarme cuando no haya más segundos
que este que se me atraganta.
Porque, por cuarta vez,
al tiempo me lo como
y no le tengo miedo
y no pasa nada.

No controlarlo es una de las mejores
virtudes que pude tener sobre él.
Tampoco me controlo ni te controlo
ni sé, si quiera, que significa controlar
a algo o a alguien.

Y que bien se vive imaginando tiempos
imperfectos
llenos de perfecciones de apellido
Besos.
No te imaginas lo difícil que es
comprender lo difícil que quizás sea para ti
todo esto
y lo demás.
Y me da rabia y supongo que ninguna sabrá lo que hacer
pero cuando llegue el momento
y estemos la una contra la otra,
apretando el espacio
oyendo el tiempo,
estaremos tan, tan, pero que tan llenas
que amanecerá
y anochecerá un par de veces
antes de que nos demos cuenta.

Por eso ahora me como el tiempo.
Por eso desde entonces me atraganto a base de minutos.

Porque nunca se sabe cuándo será el día en el que haya
una boca más que alimentar,
ni que de tanto blablabla
se nos quite el hambre,
los botones y todo lo demás.


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