lunes, 18 de mayo de 2009

El paso del contigo y sin ti.


Quién decidió que el derecho a la vida iba a ser muchísimo mejor que el derecho a la muerte. Quién decidió que lo justo sería llorar en vez de alegrarse. Quién decidió que la muerte iba a ser el peor de los castigo.
Me caracterizo, a parte de por ser una dramática integral, por buscarle la parte buena o al menos diferente a las cosas que suceden, que teniéndolo o no anteriormente, carecen de sentido.
Por qué he de creerme eso de que la muerte es mala. Quizás solo sea el comienzo de lo más grande de nuestras vidas. Quizás solo sea una manera de recompensarnos por todas esas penurias y no tan penurias de haber tenido que caminar por el mismo mundo que nos vio descender.
No creo, pues, que haya un cielo ni un infierno. Creo en lo de más allá. Los fallos del pasado, que son los actos del presente y serán los recuerdos del futuro.
Quizás la muerte solo sea una segunda oportunidad en otro mundo completamente paralelo a éste, de remendar las cosas que por A o por B (o por X e Y) nos salieron francamente mal. Quizás haya allí más abrazos y sonrisas de lo nos creemos.
Dejemos de esperar pues.
Dejemos de llorarle a la muerte y gritemos alegría. No nos estamos muriendo, nos estamos remendando, hilo a hilo, las faltas de ortografía de aquellas cartas que no mandamos por miedo al después.

Después, lo más probable es que el silencio fuera preludio del crujir de papeles.
Una poesía dentro, sostenida por puntos y comas se deslizaría más tarde por gargantas sedientas de paz y guerra.
Y dimos guerra y dimos paz y nos bajamos los pantalones porque estábamos tan muertas que no nos dimos ni cuenta de que el corazón nos seguía palpitando.
Si es que no pasa absolutamente nada más que no sea el tiempo, y todo por culpa de esa manía nuestra de inventar cosas para limpiar al mundo.
Restando minutos, entonces, le aparté el pelo de la cara para verla sonreír.
Me limpié el alma, manchando mi cama de sexo, si a eso puedo llamarle sexo, y luego lloré porque sabía, y lo sigo sabiendo ahora mismo, que debo estar loca para pensar en una vida así, a tu lado.
Ahí es cuando te das cuenta de que no existe ni el Karma ni el cielo ni Dios que venga a descontar pecados de actos de fe. Nadie va a venir entonces a prohibirte el paso a horas y horas de sexo en la habitación que siempre quisiste con la mujer que siempre deseaste.
Eso, y escúchame bien, es la verdadera muerte. No darnos cuenta de que sentimos y por lo tanto y contra todo pronóstico, evitando cualquier tipo de dolor.

Allí, al otro lado del río, al que solo sé llegar antes del orgasmo y probablemente cuando me muera, no habrá nada más que lo que yo quiera. Ni olores, ni recuerdos.
Ya sabes, por eso de inventarnos cosas que limpien todo el rato lo que nosotros dedicamos tanto tiempo en ensuciar.
Mis manos que dejan huellas invisibles por tu piel, mis libretas y todas sus correspondientes páginas de sueños y destrozos. Todo eso quedará tan lejos que por instinto y supervivencia, acabaré olvidándolo.
Aunque ahora me parezca tan intenso todo esto, mañana volveré a ser la misma mujer de diecinueve años que se cree que está de vuelta de todo y no.

No hay más vuelta que el morirse y yo, por ahora, y aunque se me haya parado el corazón más de una vez, sigo tan viva y tan presente que hasta me estoy acostumbrando.

Es hora, y hazme caso, de cerrar heridas y cartas y poemas. Sujetarte a ti misma con todos aquellos puntos y comas y darle cuerda al reloj. Se acabó el tiempo muerto (já!, tiempo muerto). Que se haga el silencio, que no cruja nada más que no sean las hojas en el suelo, la de los árboles.
Y te lo digo.
No tiene sentido que nos preocupemos por ser algo o alguien y que tengamos afinidad con Fulanito porque Menganita también es de ese mismo signo del zodiaco que tú. No merece la pena levantar montañas de mentiras cuando en tu cama deseaste que aquella chica no se fuera jamás (pensando en cómo hacer para que aquella otra te siguiera perfumando las tardes).
Es una locura. Así empecé aquello del estar más viva que nunca.
Esto es una locura que nunca debió suceder.
Yo por mi parte voy a trazar un plan en el que no existan muertes trágicas de apellido “Por amor”.
Simplemente te empujaré sin querer y haya agua o no, no te dejaré respirar jamás (todo el aire que no sea el mío).
Y entonces entenderemos de una vez por todas que no existen las muertes por amor, ni el dolor de pecho, ni el echarte de menos. Solo ganas de tener la valentía para ser en la historia de los que siguen vivos, locos suicidas infelices.

Que pena que a mi me guste disfrutar tanto del trayecto.
Del tú a tú imposible.
Que pena que no pueda morirme por unos instantes para descubrir cómo hacerlo, ya sea el empezar o el acabar, sin que se me vaya el alma por la boca.

Así será, supongo, la mejor forma que tendré de explicarte que no quiero seguir, que punto y final, que lo quiero todo o nada, pero no esto. Ni tiempo ni espacio.
Yo no vine hasta aquí para esto.
Vine para muchas otras más cosas sin sentido, pero no a esperar (a morirme y saber el final), ni a aguantar, ni a decir adiós (cuando yo jamás me quise ir).

Yo vine (sin pretender quedarme para siempre), que es lo que importa y si me tengo que tatuar nómada en la piel, que no sea por méritos propios. Que no sea porque yo lo quise.

Y al fin y al cabo, ¿quién sabe si esto, en realidad, no es la verdadera muerte de la que hablan los poetas?
¿Quién sabe?
A lo mejor nunca debiste dejar de ser “la imposible” y esto nunca debió ser el sinónimo de “sin ti no me da la gana de seguir” así que o me busco otro camino o no camino más.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.