jueves, 21 de mayo de 2009

Retó-rica.


Nací libre
amarrada siempre a una melodía,
a unas sábanas,
a muchas más personas
de las que me imaginaba.
Mis brazos que cortan el aire,
que acarician el aire,
que muerden al aire.
Mis brazos ahora te atrapan a ti,
te raptan a ti,
te hacen temblar
a ti.

Y fue el momento de ser partículas
y comas en la mitad de todo.
Fue el momento de cerrar los ojos
y recordar como es que se caían los soles,
cómo es que flotaban las lunas.

Mira como voy caminando
por mis propias huellas dactilares
que a su vez,
te caminan a ti.
Y no hay camino sin caminante,
no hay libertad sin cárcel.

Entonces decidí que era hora
de olvidarme de todo
y volver a callarme.
Ni estas letras me escribirían a mí
ni tú querrías leerme jamás.
Decidí hacer,
hacer,
y
deshacer.
Empezar por la cabeza y acabar
en cualquier cinturón,
en cualquier Orión.
Me zamparía cualquier libro
en el que nombrasen eso de
hacer, hacer
y deshacer(te) en caricias.
Vomitaría,
pero esta vez de verdad,
todas las esquinas que me dieron
mala suerte
y comenzaría,
de nuevo,
a decidir.

En las fotos saldrían constelaciones
y yo,
sentadita en algún borde
haría dibujos en el cielo,
¿Te acuerdas?
reciclando versos para no olvidarme nunca
de las heridas,
y coserte a mi piel hoy,
remendarte mañana,
rompernos a bailar,
rompernos en la cama.

Traducir lo bueno siempre
de lo pernicioso
e imaginarme
que otro día,
en otro mes
o en otra semana
no serás tú la que me haga rayarme en versos
para tocar el sol.

Me quemo.
Te quemas.
Entonces pienso en libertad
y vuelvo al aire,
a las mordidas a secas,
a los juegos líquidos.

Respóndeme a esto
y si aciertas
seré yo la que se desnude para siempre:

¿Cómo se puede dejar de ser uno mismo?
¿Cómo se puede empezar para nunca acabar?

Maldita retórica.

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