martes, 16 de junio de 2009

De liar.

Primero, con delicadeza, te envolvería en papel de fumar, y pasaría mi lengua, cuando ya estuvieras lo suficientemente prensada, por tus pliegues. Te apoyaría entre mis labios y te prendería lentamente hasta que tus principios comenzaran a arder.
Te tragaría, humo, en días como los de hoy, de lluvia.
Entre el asfalto caliente y la lluvia, mi cigarro y los vapores de la tierra, haríamos bonita estampa.
Una y otra vez, mi saliva, en tu cuerpo, aspiraría sabores raros. Tú eres rara.
Al final de todo, acabarías en el suelo, con tus principios quemados y yo oliendo a ti. De eso se trata. De que me dejes tu olor por todos los rincones de mi piel, de mi ropa, y no volvamos a vernos. A fumarnos.
Allí donde estaba, tú, tabaco, me estabas consumiendo a mí. Con esos ojos. Esos espejos donde defecto tras defecto me intento demostrar que algo tiene que haber, alguna barrera, algún límite.
Volví a casa, pensando sobre lo mismo, y me pasé las manos por la cara. Estaba cansada y mis ojos querían ahogarse entre párpados y sueños, entonces me olió a ti.
Te fumé y mis manos estaban pintadas con tu olor. También se oían diferentes.
Que si no debí, que si no podía hacer otra cosa…
Me recosté en la cama, con las manos en la cara aun. No podía dejar de olérmelas.
Entonces, paso por paso, recreé en mi mente el momento de liarte.
Primero un filtro, por si acaso me quemo los labios, luego el papel, corto y luego tú.
Te saqué de la bolsa y me miraste. Ya sabías lo que iba a suceder y aun así, te dejaste liar.
Te coloqué en el papel y empecé a prensarte. Mis dedos te daban forma y apuesto lo que sea a que a ti te estaba gustando aquello.
Una vez prensada, di vuelta al papel y te pegué, saliva y lengua te recorrían pausadamente. Quizás te erizaste en ese momento, no estoy segura.
Luego… Humo.
El humo que ahora me impregna de recuerdos.
Me hablaste.
Al otro lado de la cama, a mis pies, me hablaste.
No fumes, joder.
Pero me resbalaste. No olvides que sigues siendo humo. Y te comí y hablé contigo en la boca. Menuda maleducada.
Recorrías mis pulmones, me infectabas de nicotina la sangre, dejabas mi cuarto oliendo a cenizas y a olvido.
No me fumes tú a mí, joder.
No me fumes.

Y sin embargo, ojalá hubieras sido tú aquel tabaco de liar, y ojalá mi lengua por tus pliegues te hubieran pegado pensamientos amontonados.
Sí, quemarte. Hacer del último, el único.
Llámame, prometo no fumar durante una semana si me llamas. Haré lo que tú me pidas, me dejaré pasear por el parque como un perro, seré el hombre de tu vida en este cuerpo de mujer. Comeré palabras, beberé palabras, respiraré palabras
pero por favor,
déjame fumarte.
Déjame que te explique el placer de la última calada.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.