viernes, 12 de junio de 2009

Infinitas.

Ando bastante perdida. Ya no tengo conciencia de si estamos viviendo en el mismo día o es que las horas pasan al ritmo que ellas quieren.
También me sale escribir, que quizás tú y yo vivamos en días distintos
y por eso nos es tan difícil ponernos de acuerdo.
El caso es que por la noche, antes, pensé que lo que había pasado esta mañana era de la mañana de ayer. ¿Por qué no habré pensado en la mañana del mañana?,
ya sabes, tener poderes.
Y después seguí pensando (aunque grosso modo parezca que no, yo aquí piénsote mucho) cómo era posible que no hubieras cogido el teléfono al instante o te hubieras sobresaltado de inmediato, lo que por desgracia o gracia me hizo reflexionar aun más.
Quizás no te importase que yo, aquí, pensara tanto en ti.

Entonces, cuando el día se me hace noche y ya no distingo viernes de lunes, me percato de que el olvido vino y arrasó lo que tenía que llevarse, hasta que te da, por remover mareas y salir a flote.

De veras que no mucha gente se ha dado cuenta de que detrás de mí, también sigo estando yo, con mis miedos y debilidades.
Que siempre escapo porque tengo prisa y me quedo cuando la guerra ya está perdida, para contemplar el desastre, supongo.
Y debería visitar más a menudo a mis abuelos y a mi bisabuela, que ya casi no me conoce y me da mucha pena.
Por deber, debería tratar mejor a los que me rodean y no darle importancia a minucias estúpidas, piedras minúsculamente molestas en los zapatos.
Eso es lo que pasa, que amo mucho y lo demuestro demasiado poco a los que de verdad me importan.

Ella que ya no está. Abuela, que se está yendo y yo que hoy me da por llorarle a la vida. Después de tanto tiempo sin sentir esta tristeza, me echo a llorar delante de un teclado que no tiene el pelo blanco como el de ella, ni huele a ella ni me recita cantares como ella.
Ella que poco a poco se va apagando, después de la terrible tormenta, rayos y más rayos la están envejeciendo, porque ella siempre fue la más joven de todas las sonrisas.
Y sus hijos, con sus nietos y demás. La gente de aquí, la de siempre.
Todo se resume al vídeo de su noventa y cinco cumpleaños por si acaso, ella se va y no vuelve jamás.
Por eso no la voy a visitar. Porque de alguna manera quiero que siga estando aquí, sin necesidad de ir a verla por si las moscas se va. Yo no quiero que se vaya, aunque fuera lo justo.
Lágrimas. Me pasó lo mismo con Tía. Me pegué semanas diciéndome a mí misma que no pasaba nada, hasta que pasó y desde entonces no dejo de arrepentirme.
Pero es que me parte el alma que ella, mi abuelita, la que me hacía la manzanilla más rica del mundo y me daba agua con azúcar cuando estaba cansada de jugar o la que me quitaba el sol rezándome, no se acuerde de quien soy.
Maldita la hora en la que desaparecí.
De aquí, de su vida, de su cabeza.

Por eso el mundo ya no tiene días ni distinciones.
Qué más da que sea de noche o que sea de día. Nadie me va a devolver el tiempo que yo misma he malgastado. Nadie más que yo me va a regalar un par de horas a su lado. Respirando su aire, consumiendo la sabiduría de sus arrugas. Guapa.
Que cuánto más viejita, más guapa eres.

Y te quiero.

Hay cosas que son bastante difíciles de explicar, pero ahora, aquí, te lloro, aunque no recuerdes muy bien quien soy, porque tengo el pelo corto, quizás o porque sin querer, no te he visitado lo suficiente, pensando que serías eterna.

Eterno el tiempo, el aire, tus ojos. Ahora, soy igual que tú, y me emociono cuando todos nos juntamos para decirte que te queremos y para que tú, entre tus olvidos y tus recuerdos, nos quieras a nosotros también.

Y bueno, que no quiero que te vayas. Que quiero que sigas en el patio.
Que tu hueco, ahora sí que no sé cómo voy a llenarlo, que esta noche es para estar triste y yo que no tengo quien me abrace.
Por eso de tener miedos y debilidades, por eso de no saber llorar delante del mundo, desnudando el alma, que es lo único que puedo ofrecer.

Lloré entonces, después de mucho tragar, y antes, sin decírselo a nadie, lloré como tú que ella se marchara y ahora, tú estarás con Tía y yo lloraré por las dos.

Esto deja mucho que desear, lo sé, que ya lo dije antes, tú y ella son infinitas, eternas, aunque te vayas marchitando, aunque nos la arrancaran de cuajo.

A mi Bisabuela, a mi Tía, a las mujeres de mi vida.


1 comentario:

Eme dijo...

Ains, me gustó el texto.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.