lunes, 15 de junio de 2009

Sexo sueño.


Te las arrancaría. Sí. Esa minúscula pieza de ropa, ese trozo de tela que te cubre, te lo arrancaría a bocados.
Te encontraría por la calle, primero, que todo buen final tiene su principio.
Aun en medio de la multitud yo te vería igual de desnuda que siempre y tú no sabrías si saludarme o dejarme pasar, como un olvido.
Y ahora en pasado, te cogí por el brazo y me miraste.
Qué quieres que te diga, en ese momento también te veía desnuda, blanca y aterciopeladamente sensual.
Hacía sol aquella tarde y el verano nos cayó en sudores luego.
Ahora, continúo.
Querías un café, por hablar de nuestras vidas y yo te invité a un café y querías chocolate y te compré chocolate. Dices tener antojos y soledad y yo te miro a los ojos.
Ahora escúchame, te diría: en menos de una hora vas a estar desnuda en mi cama, y tú que nunca escuchas acabaste desnuda en mi cama a las cinco y media de la tarde.

El aire, en menos de dos minutos, se hacía irrespirable. Allí solo existían batallas labio a labio. Mi boca comía de la tuya más besos y tu cuello era la posada más cercana para mis mordiscos. No encuentro la manera de seguir besándote y abrir y cerrar puertas al mismo tiempo, así que las dejo abiertas todas. Todas.
Se respiraba sexo y verde. Verde sexo en las paredes de mi habitación escrito con tus gemidos. Y grita y déjate la voz si quieres. Aráñame y muérdeme.
Estás contra la pared de entrada a mi cuarto y esa camisa, botón a botón, ni se me resiste. ¿Cuánto tiempo llevamos deseándonos las pieles que hasta la ropa sabe más que nosotras?
Te guié a ciegas hasta la cama. Aunque a fuera hiciese sol, para mí, desde el momento en el que mi lengua rozó tu piel, se hizo de noche.
Una vez allí, mi cuerpo y tu cuerpo eran uno, y de vez en vez, me levantaba para cogerte el pulso, correr por tu sangre. Entonces, mis labios se despidieron de los tuyos y comenzaron los fuegos de artificio.

Te arqueaste un poco y mis manos te rodearon por la espalda. Te di la vuelta y empecé a escribir tu historia con mis labios. Sonetos raros, como diría la canción, y tu nuca gritándome secretos.
Yo también te he echado de menos aunque no se note. Aparté tus cabellos y te besé y re-besé. Te revisé todos los rincones por si me encontraba con alguno más.
Jadeabas.
Mis manos, aun de espalda, tocaban tus bragas. Húmedas.
Entiendes la posición ¿no? Tú al borde, a punto de caer y yo que no te quiero salvar. No te voy a salvar.

Te muerdo y te mato a cosquillas y cosquilleos. Seguimos sin mirarnos, es algo que nos costó bastante pero aun así te siento. Te estoy comiendo los pensamientos. Hoy juro y perjuro que no voy a temblar. Al menos yo no.
De pronto empieza a sonar música. En mi cabeza suena una canción y te lo hago saber, entonces, tú, en otra honda me sintonizas.
Cantamos luego el mismo estribillo.
Te das la vuelta y me pides que lo haga ya y yo lo hago ya.
Ya están mis dedos investigando, buscando, olfateando. Te diría, que te quiero hacer eso el resto de mis días. Que te quiero, comer, tenerte en mi estómago y olvidarme de la poesía. ¿Quién necesita poesía teniendo sudores y sexo?
Nadie.
Y aun así me permití el lujo de tatuarte, con mi lengua por tus ingles, que la poesía la hacías tú en cada gemido. Cada vez que te retuerces, ya sabes, de esas cosas que no se pueden explicar con palabras.
Llevémoslo a la práctica pues.
Bajo, aun con mis dedos escribiéndote placer, y me lanzo al vacío.
Joder, huele a sexo. Quiero más sexo.
El resto te lo vas a imaginar. Estamos por fin en un punto entre el bien y el mal, me da lo mismo que abras los ojos, que te acuerdes de todo, el no querer ni verme.
En aquel punto, la situación pedía un parón de a penas un par de segundos.
Me incorporo a tu lado, y con delicadeza, el toque maestro.
Ahora yo sonrío y tú aprietas los dientes entre grito y grito. Dios, como me gusta hacerte vibrar y que luego te retuerzas y ver como todos los músculos de tu cuerpo se ponen a mi disposición. Tensos primero, relajados luego.
Y todo eso cuando yo quiera.
Aun estás en el éxtasis y asfixias con tus manos a mis sábanas.
Sudamos ambas, me miras, sonríes. Yo solo te digo que te lo advertí.
Te lo advertí.
Abro los ojos. Ni ombligos ni terciopelos.
No hay nada mejor que soñarte, cariño, nada mejor…


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.