lunes, 27 de julio de 2009

Quince.



Hacerse mayor.
Es triste decir esto con diecinueve años así que no me quiero ni imaginar lo triste que será decirlo cuando tenga cincuenta y nueve.
Ver el mundo al derecho y al revés. Dualismos, ya sabes, lo que entendía y lo que entiendo.
Rebeldías que se doman con tiempo y más tiempo. Con golpes y no solo de porras. Hoy en día existen pocos palos de esos. De los que duelen de verdad.
Crecer, medir un centímetro más de astucia que hace un par de meses, estarse de vuelta de mil situaciones diferentes sin apenas haber recorrido medio mundo.
Sus caderas.
Correrse.
Las profundidades.
El caer de pupila que ya no hace tanto efecto y estar cansados de estar cansados o de intentarlo, quizás. De intentar no estarlo.
Pensar qué será de nuestras vidas. ¿Seguirán como hasta ahora?
¿Dónde encontraré a la persona con la que compartir mi vida?
¿O serán las personas las que compartan sus vidas conmigo?

¿Cuál será el final?

Sé cual es el final de todo. Ese lo entiendo. Una cita ineludible con el destino. Firmar el finiquito. Sí, ese está más que claro.
El final que no entiendo es el comienzo de vivir mi vida como un compendio. Una mitad de todo lo mío unido a otra mitad que no es mía. No de ese modo.
La libertad de estar entre unos brazos que me correspondan y corresponder de igual manera. No tener miedo de que me ahoguen sus besos o que su lengua por mi espalda haga sacar mi lado más humano.
Ser humana al lado de la persona que sabrá todos mis defectos y los amará y los acariciará cada noche al irnos a dormir.
La lujuria de un solo cuerpo. Sentir esa euforia de no necesitar más que su compañía.
La asfixia del compromiso hecha suicidio. Querer morirme porque yo quiero.

El aburrimiento de no aburrirme. Eso quiero.
Que todo sea lo de siempre y nada nunca se iguale a lo de antes. Utopías.
La ilusión del primer beso en el último. Estar enamoradas.
El amor como tal.
Tener en mente todos los versos que has estado acumulando tanto tiempo, porque sabías que valdría la pena no desperdiciarlos. Luchar si hace falta. Medievalmente si es necesario. Convencerla con esquemas dibujados por todos los poros de mi cuerpo. Dejarla entrar y dejarla salir.
Aprender.

El final. Aprender.

A comprender las cosas, sus cosas. La simplicidad de sus cabellos al viento. Echarla de menos y no poder decírselo. Saber cuales son los límites.
Una amalgamas de estrategias en la papelera. Esto tendría que surgir y sorprenderte. No hacerle caso a las señales divinas. No recordar cuantas paradas de tranvía hay hasta llegar a su casa. No pensar en cómo se podría escalar toda esa fachada para asaltarla a media noche con un par de dudas en los labios.
¿Por qué aquello se acabó?
¿Por qué de esa manera?

Entender.
Que nada de lo que suceda en mi mente sale al mundo real. Que nada de lo real lo es del todo.

Quince. Son quince paradas.

El principio. Mensajes secretos.

Juego de miradas. Esquivar, regatear y acabar desperdiciando el tiempo dibujando croquis y castillos que al fin y al cabo solo tiene las puertas que yo quiera. Las llaves que ella me deje.
Hacerse mayor. Decirlo con un poco de resquemor. Pensarlo con un poco de rabia.
Saber que es el tiempo el que está pasando mientras somos nosotros los que andamos por ahí creyéndonos importantes.

La crudeza de unas palabras. Darme cuenta de que no sé si es cierto pero últimamente me da por pensar que te echo de menos. Que a lo mejor te quiero de verdad.
O a lo mejor todo esto sea porque no solo eres tú la imposible ahora.

El principio. Abrir los ojos.
El final. No saberlos cerrar.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.