martes, 25 de agosto de 2009

Al límite de tus imposibles.



El límite siempre estuvo en las sombras de lo imposible,
entonces cojo aire y salto.
No me gusta decidir cómo quiero malgastar mis pensamientos
sobre la marcha.
El límite está en el miedo a que me acuchille con negativas
en silencio y con lentitud
mirarla con los ojos cerrados
yo en mi casa y ella en la suya.
Querer comprender por qué nacimos tan necios
y luego entender algo más de lo que sabíamos al principio.
Tú.
Estás lejos, aunque en esta isla las distancias sean relativas,
y cuánto más me quiero acercar
más me alejo.
Es la inercia.
El tiempo sabe mejor que nadie
que las heridas luego se harán cicatrices de guerra
y nos volveremos locos con nuestro pequeño Vietnam personal.

Sufrir que está de más en estos días
y no tener ni idea de por qué esta desorientación
y aun así saber qué camino (es)coger
y perder el tren.

El límite de lo común. Vuelvo al principio.
Amor y guerra,
reconciliación y dudas.
Nunca me cansaré de contradecirme
entre paredes y respiraciones
yo soy la que se queda fuera
esperando a que se lo pasen bien,
a que se lo monten de una vez
para continuar la noche.

Y amanece
que ahora sí que es poco
pero alivia saber que el mundo no se a muerto mientras
dormía.
Yo por mi parte
repartía calma en caladas
mientras me atormento
porque mi vida no se merece esto.

El límite del alcohol.
El vómito de todos tus recuerdos sobre la acera.
Mi piel
que ya no es de nadie,
tranquilizarme,
dormir para soñarte.

Supongo que me he cansado de hacerte el amor en sueños
y por eso
el límite está en lo imposible.
Que por mucho que yo quiera
ninguno de los mensajes secretos que te escribo servirán
para que vuelvas
o al menos, no te vayas del todo.

Terminar por convencerme de que
sí que estoy enganchada a la nicotina,
que soy como el resto
y como el resto
detesto al mundo.
Que mis días buenos cada vez son menos
y aun así
por ti guardaría la eternidad de mi felicidad
si me prometieses al menos una noche.

Empacharnos de juramentos sin legitimidad alguna,
el sexo por sexo
y aun así
sentir que me volvería a casi-enamorar de ti
como la primera vez.

Verte al cerrar los ojos,
tener lapsus momentáneos y sonreír.
Un minuto en mi mente es el límite.
Estás dentro
y
o yo no quiero sacarte
o no encuentro la manera de hacerlo.

Sea como sea
jamás podré entretener al resto
para que tú te despistes y mires al cielo.
Hoy he escrito con pupilas en el aire
que no me cansaría de quererte si te dejaras.
Y en parte lo hago
lanzando barcos de papel al aire
para que vuelen hasta tus puertos.

Yo sí que sería marea
y sería ola
y me aprendería todas tus canciones favoritas
para, simplemente, no cantártelas.
Besarte las comisuras de tu boca
con todos mis versos
y que te des cuenta de que el delirio
es el límite
entre cordura y desmesura.

Entonces nos atamos a la locura
porque somos libres
y encontrar mi intolerancia en tu pecho,
mi rabia en tu ombligo,
mi impaciencia entre tus piernas.
Mi muerte en ti.
Ser parte de todo lo que te rodea,
y que no me veas.
El límite es el aire,
lo imposible,
los saltos de los que siempre hablamos
y nunca damos.
Es el miedo a que me claves al suelo con un no
y sangrando y todo
pensar en sí.

Porque los corazones están más vivos
cuanto más los machacas contra el suelo.
Hasta que salen los primeros callos
y es entonces cuando
replantearse cada rincón secreto
no es más que el día a día.

Fallamos porque teníamos muy mala puntería
pero, temblorosa y todo
hubiera dejado que con tus flechas me destrozaras desde el primer momento
para no tener que estar muriendo lentamente
con el veneno de tus fotos,
de tus cosas,
de mis mierdas en general.

Y hay que joderse.
Que después de tanto tiempo
entienda que imposible no es más que un sinónimo
de
límite
y si nos cansamos de cazarnos fue porque ni tú ni yo
aprendimos a entendernos,
por eso de la impaciencia entre tus piernas
y el desorden de mis prioridades.

Primero lo imposible
y luego, si queda tiempo,
lo complicado.

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