domingo, 2 de agosto de 2009

Estrellas fugaces.



La primera vez que vi una estrella fugaz tenía doce años.
No recuerdo si las había visto antes, solo recuerdo que mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí a un monte donde ya había más personas esperando turno para pedir sus deseos.
Sí, por aquel entonces yo le pedía deseos a estrellas fugaces aunque nunca me diese tiempo y también cerraba los ojos y tocaba el techo del coche cuando pasábamos por un túnel.
De aquella noche me acuerdo de una sola estrella fugaz. Ésta navegó por mis ojos durante escasos segundo. Escasas mitades de segundo. Era enorme y atravesó de lado a lado el trozo de cielo que los árboles nos permitían ver.
Con doce años no sabía nada de límites, no tenía ni idea de infinitos, no buscaba las respuestas a los porqués. Eso estaba de más.
Pero sí sabía amar de una manera desmedida. Con los brazos bien abiertos, con el corazón lleno de sonrisas. Sonará cursi, pero yo antes era diferente. Tenía doce años y aun creía en los milagros.
Estaba enamorada de mi profesora, por aquel entonces. Esa noche quise escribirle la mejor carta de toda mi vida y me quedé en blanco. Había visto algo más hermoso que ella y aun así solo pensaba en regalárselo.
El momento, el instante. Fotografiar mi alma. Demostrarle que todas las cosas bellas del mundo tenían que ver con ella.
Aquello supongo que era amor. Del platónico, del de verdad.
Hace varias semanas que me siento en blanco. No hay manera.
Vengo de fuera, a veces borracha, otras no tanto y me siento en el patio de casa a ver el cielo.
Me acuerdo de muchas cosas, pienso en muchas cosas pero nada ni nadie surcan mis pupilas dándome la idea de regalarle lo más bello del universo a alguien.
A veces pienso que me empeño demasiado en buscar la esencia de las cosas. Querer lo conocido por miedo a volverme a pringar de porquería. No sé.

Una vez, cuando era pequeña, fui con mi tía a ver no sé que cometa pasar. Estuve toda la noche pasando frío aunque habían preparado café con leche y chocolate en termos. Tampoco sé si estaba mi tía de verdad, prefiero pensar que sí. Que siempre estuvo.
El caso es que la echo de menos y hay vacíos que por mucho que des de lado no se van a llenar en la vida. Hay cosas que no hice porque era demasiado inconsciente, cosas que no dije porque aun no las sabía. Cosas.
Si la volviera a ver… En sueños está bien pero a veces un abrazo reconforta.
Es como cuando sabes que algo no va a suceder por mucho que tú lo quieras. Arrancarse la piel a cachos, subirse por las paredes, destrozar el suelo a patadas pero por dentro. Estar sentada esperando a que llegase alguien a decirte que todo era mentira.

La verdad es que no entiendo, ni siquiera ahora, por qué actué de esa manera. Por qué a veces me descontrolo de ese modo. Ahora mismo hay miles de galaxias llorando dentro de mí.
Lluvia de estrellas.

Tengo unas ganas extrañas de llorar. Ganas de soltar todo eso que a veces me atormenta un poco y aquí estoy, supongo. Dejándome caer.
Yo también quise ser la estrella fugaz de alguien.

Y a todo esto, llevo un buen rato aguantándome las ganas de escribir sobre ti, pero quizás me niegue, quizás me de rabia, quizás porque sé que será en vano. No quiero, aunque ya sea demasiado tarde.
Necesito reconciliarme conmigo misma.

La única conclusión a la que he llegado, por ahora, es que creo que de las pocas veces que vuelvo a tener doce años es cuando sentada en el patio de casa miro al cielo esperando a que llegue mediados de agosto para poder ver las estrellas fugaces de mi vida. Abrir la boca del asombro. Ser tan insignificante y aun así pretender que alguien tenga algo que sólo de esa manera puede ser mío.
Por ahora solo estoy un poco apenada con todo esto, pero cuando deje de mirar al cielo con la boca abierta y el corazón sonriendo, cuando eso suceda me asustaré mucho. Aunque puede que sea probable que no me de cuenta, que me de igual. Puede que termine creciendo del todo, obsesionada por la idea de no ser la inmadura que cree en los milagros y lo peor de todo, en las personas.

O puede que crezca tanto que consiga si no robarlas, cabalgar estrellas todos los agostos de mi vida.

La primera vez que vi una estrella fugaz tenía doce años.
No cambiaría nada ahora mismo. No querría volver a tener esa edad. No.
Lo maravilloso de esto es que aun lo recuerdo como si lo estuviese viviendo ahora mismo, con diecinueve años. Con pupilas de seis por seis. Tres por tres.
Hay momentos en la vida en los que una debe saber manejar sus pupilas. Cerrar los ojos bien fuerte y lanzarse. Al final de todo espero ser yo quien ilumine a algún que otro incrédulo.

Mira, los milagros sí existen. Estamos aquí, decidiendo encontrarnos y desencontrarnos.
Amarnos y desamarnos.
Atarnos y desatarnos.
Llegando tarde, llegando siempre.

Y a veces me pregunto quién será más fugaz.
¿Las estrellas o tú?

1 comentario:

Ella dijo...

No sabría decir cómo he llegado hasta aquí... pero me gusta.
La zona blog la cojo y la dejo con una facilidad insultante, pero cuando me reclaman las ganas de escribir y vuelvo a este mundillo, me gusta encontrarme páginas como esta.
Gracias/enhorabuena/aseguirescribiendo

(:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.