jueves, 17 de septiembre de 2009

Césped.




Quizás las cosas no pasen por nada en especial o quizás sí y estamos aquí a ver lo que pasa sin que, en realidad, pase nada.
Los bichos del césped, que luego te pique todo el cuerpo, que sea incómodo pero que de lejos parezca tan genial y tan bonito. Así es mi visión de las cosas supongo.
Las relaciones suelen ser maravillosas vistas desde fuera hasta que te toca el golpe de suerte del que todos dependemos para sonreír, y pica.
Cuando llegas a casa te pica todo el cuerpo y toda el alma y no te lo puedes creer, que el picor de un día acaba siendo el dolor del resto del tiempo que no estás a su lado, en ese maravilloso jardín que poco a poco es más bonito, más grande y con más bichos.
A eso me refiero.
Que es fácil decir y hacer pero luego a la hora de la verdad, nadie más que tú sabe qué es lo que en realidad quiso decir y hacer. Por eso existen los pecados de pensamiento. Menuda estafa esto de la conciencia.

Pensar bien. Pensar bonito.
Pero nos cansamos. Joder que si nos cansamos y por eso esto está feísimo. Feo, feo, feo, pero feo de verdad.
No sentir ni frío ni calor pero sí olor a humedad. Hay un invierno dentro de mí prolongado en el tiempo y no sé cómo empezar a secarme.
Un sol, una primavera, que me pinten de verde los días, pero viene el otoño y no hay vuelta de hoja. Lo leído, leído está.
Entonces me entran ganas de escribir mi destino por todas las pieles y me doy cuenta de que la humedad es sinónimo de soledad. Sola, solita sola.

Los arañazos del alma que no se curan, las heridas que dejan esas cicatrices tan feas, pero cicatrices al fin y al cabo.
Alivia saber que no me da celos que tengas una vida mejor sin mí. Enserio que me quito un peso de encima cuando me descubro no pensando en esas cosas.
Pero flota el amor. El amor lo envuelve todo y a mi me ha tocado perder siempre.
Hola, me encanta que todos estén en rojo cuando estoy en subida.
Hablo de semáforos pero podrían ser tres mil cosas diferentes.

El caso es que, entre cansancio y enfado, ahora mismo me iría con la primera que se me cruzase por delante. ENSERIO.
Pero supongo que luego le diría “no mira, es que yo soy súper complicada, mejor búscate otra y déjame en paz que ya te molesto cuando me pique algo”.
Ahora soy lo que siempre odie y lo peor de todo es que me da igual. Tantos palos, tantas patadas. Así es la vida.

Hasta que dé un giro inesperado el guión y vuelva a creer en el destino y todas esas cosas bonitas que existen, de verás que sé que existen, pero que ahora, por más que quiera, no consigo ver.

Y por eso odio el césped. Por una sucesión de cosas o por la unión de conceptos y definiciones que me hacen pensar en que si odio el césped es porque odio el amor o al menos el ajeno y cómo nunca me siento en él, nunca sabré si me va a gustar que algún bicho de los que coexisten con humanos (menos conmigo) me trepe pierna arriba hasta, nariz contra nariz, ponernos de los nervios.

El bicho y yo.
Yo y el bicho.

Me voy volando que se acaba el verano.

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