miércoles, 6 de enero de 2010

El de todos, el de nadie.

A golpe de imagen
me gusta forjar cosas en el aire
porque de ningún modo son para siempre
y al mismo tiempo
en mi memoria,
acaban siendo imperturbables
promesas.

Cerrar los ojos y tener todo eso que perdimos
luchando los unos con los otros,
la del espejo, que me mira,
la de la pared,
que es ciega
pero que por suerte aun no se ha olvidado de gritar.
Y en general yo, que siempre acabo siendo la misma,
en las mismas.

He ido creando barreras de todo tipo
a medida que crecía
y hasta me siento más bajita si pienso
que el cielo puede llegar a ser el límite.
¿Por qué no aspirar a más?
Me he quedado con las manos llenas
y aun sigo pensando que nada está escrito
a pesar de haberme enamorado
todas las veces que dije
que ellas estaban escritas en mí.

Por eso no me quiero justificar,
y por eso supongo que ahora tengo miedo
de hablar mucho,
sentir tanto,
y no saber guardármelo.

Nunca fui como realmente soñé serlo
y por eso me siento como entre dos mundo,
el de todos
y el de nadie.

Soy incluso más simple de lo que me creo
y al mismo tiempo,
se me da tan bien esconderme de lo que opinen de mí
que me complico demasiado.

He estado haciendo cosas todo el rato
y cuando no, me parecía perder el tiempo,
el equilibrio,
todo lo que organizaba el mundo de todos
desordenaba el mundo de nadie
y por eso
ahora me dan ganas de llorar tan a menudo.

Estoy harta de refugiarme en etapas
que van y que vienen.
Quisiera quedarme,
lineal,
cumpliendo lo que prometo
y prometiendo solo lo que puedo cumplir.

La superficialidad que ahora no me sirve de nada
casi no se da cuenta de que he estado a punto de asfixiarme
en porquerías infinidad de veces.
El orgullo que me atraviesa la lengua con alfileres
y me clava una estaca en la boca del estómago.
La rabia, la ira, el perder la magia.

Y aun así, puedo decir que sé justificarme
razonablemente.
Nadie me ayudó cuando lo necesité
pero es que tampoco yo supe pedirlo.
Quizás no me di cuenta de que me estaban tendiendo una mano.
cuando lo que yo necesitaba era un abrazo.

Ahora no me preguntes por qué me cuesta tanto
dejar que se me acerquen.
Yo te contesto:
Nadie se acercó cuando yo tenía que aprender
ciertas cosas
que aun no sé.

Y por eso me jode recriminar cosas
a ciertas personas
que, siendo empática,
vale sí, a ellos tampoco les enseñaron a ser mejores.
Personas.

Y así, tan animal, tan salvaje,
me sentiría muchísimo mejor al irme a dormir
si supiera que ya está todo fuera.
Pero como siempre,
me cuesta reconocerme hasta a mí misma
que esta no es la vida que yo elegí.

Aun así… Supongo que el estar a tiempo reconforta
¿no?

1 comentario:

Raquel dijo...

Si, siempre se está a tiempo de mejorar, de simplemente cambiar las cosas. Nos dicen que nunca es tarde, y en este caso, tienen razón

un bes ;)


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.