martes, 5 de enero de 2010

seudoprozac.

Me ha cambiado la vida.
No sé si porque ahora la llamo para decirle que me siento mal mientras lloro, y le hago caso, aunque no lo parezca, cuando me dice que me tranquilice y respire hondo.
Quizás porque ahora utilizo expresiones como al pedo, recién, nada que ver, que sé yo y cosas por el estilo.
El caso es que todos los días tengo ganas de ella por muy estúpida que me sienta por sentir.
Supongo que el estar tanto tiempo escondiendo mis sentimientos ha hecho mella en mí. No sé. Pero del principio hasta ahora, ella también, entre mis pupilas, ha cambiado mucho.
Supongo que esto es a lo que se le llama la magia del amor, o un truco barato para convencerme de que la felicidad existe y la locura está ahí, acechando el mínimo descuido.

Una vez dije que podía sentir con mis dedos la barrera de lo perfecto, pero nada que ver. Esto va mucho más allá. Es como comparar el prozac con el éxtasis, que en general es lo mismo, producen los mismos efectos, solo que uno es más lento y duradero que el otro.
Que viva el prozac entonces.

El encontrarme de narices contra la felicidad y darme cuenta poco a poco que el ser feliz se va puliendo como a un diamante.

Y sí, hay millones de cosas que no me gustan de ella y supongo que le pasará exactamente lo mismo conmigo pero, cómo echo de menos todas esas cosas que detesto cuando no está.
Quiero cambiarlo todo por ella. No deberían existir barreras y aun así dentro de dos semanas me empiezan los exámenes.
¿Quién dijo miedo?
Já.

A lo que iba:
Esta no era para nada la vida que me imaginaba antes de encontrármela.
Y me pregunto cómo pudimos gustarnos al mismo tiempo, esperar casi una eternidad inventada, hablar como desconocidas, conociéndonos como si de toda la vida se tratase este cuento.
Barcelona está bien, pero no creo que haya mapaches y Canadá no hace frío, es otro rollo.

Pero si hace falta, cambio mi vida por la de cualquiera en cualquier parte del mundo, para regalarte las cosas que nos estamos perdiendo ahora mismo, en este instante.

Y supongo que sí…
Para bien o para mal, lo ha hecho.
La amo y me siento feliz.
De esa felicidad pendida de un hilo en el aire, como la tela de una araña, que si se rompe, en cero coma, vuelve a estar ahí, soportando el peso de unas patitas peluditas.

Y supongo también, que la calidad de antes, la cantidad de cuando ella ni existía, era para suplir todo esto que me mantiene ocupada ahora, sonriendo.
Y me da rabia, porque, joder, antes escribía cosas geniales. De verdad, geniales, pero ninguna de ellas eran del todo ciertas. Nunca estuve el suficiente tiempo luchando contra las adversidades para que las cosas salieran bien. Por eso, por el estar de brazos cruzados mientras me destrozaban por dentro, acababa llenando los rasguños con poesías para tirar pa’lante sin miras atrás, pero dejando bien claro quién, cuándo y cómo me había jodido.

Nada más, señores.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.