lunes, 22 de marzo de 2010

Pamela.



Aquella mañana Adam se despertó con dieciséis años. La ventana de su cuarto estaba de par en par, totalmente abierta y sin cortinas por lo que el sol penetraba con vehemencia llenando de luz la habitación, avivando el color azul oscuro de sus paredes.
Su cuerpo estaba lleno de gotitas diminutas de sudor que al incorporarse, un poco aturdido, confluyeron todas en el ombligo. Era verano, por fin.
La voz de su madre, gritando como una loca, y aquel calor pegajoso le despertaron.
Adam permaneció durante un par de minutos sentado al borde de la cama. Le dolía la cabeza. Siempre le pasaba eso cuando dormía demasiado.
Su vista aun poco acostumbrada a la luz de la mañana, se escondía tras las palmas de sus manos. Era El Ritual.
Cuando creyó estar preparado se puso en pie, se colocó el calzoncillo bien y se dirigió hacia el baño.
Era viernes, y como todos los viernes, Cecilia, la chica de la limpieza venía desde temprano a trabajar. Y como todos los viernes, Adam se olvidaba y salía al pasillo medio desnudo, con los ojos pegados, el pelo alborotado y rascándose el trasero.
Era viernes y como todos los viernes, mientras Adam se dirigía al baño, Cecilia, desde la otra punta del pasillo se ruborizaba esbozando una media sonrisa en su cara.

Adam entró en la ducha y con agua fría terminó con los restos de sueño y saliva de la noche anterior.
Durante un par de semanas, soñaba constantemente con lo mismo: Una playa desierta y a medio camino del agua y el paseo marítimo, desierto también, una chica de pelo largo.
De pelo muy largo.
Al terminar de ducharse, se amarró una toalla a la cintura, se secó la mata de pelo negro que le escurría por la nuca y salió del baño.
En su habitación se quitó la toalla y completamente desnudo encendió el equipo de música a todo volumen. Era verano, por fin.
Después, se vistió. Unos pantalones cortos, una camisa de botones media abierta y unas cholas de bambú.

[...]

Una vez allí y pasadas unas tres horas, se quedó dormido en la arena caliente. Otra vez soñó con aquella playa desierta, con aquella chica de pelo largo a mitad de camino entre el mar y el paseo marítimo. Esta vez, él mismo estaba allí y se dirigía hacia ella como si en realidad no estuviera soñando y realmente pudiera decidir lo que hacer.
Al estar a menos de un metro de ella notó su olor. El olor a champú de camomila de aquel pelo dorado que como una bandera ondeaba en la mitad de la nada. Todo era amarillo y azul, era verano.
La chica lo miró y le sonrió y fue justo en ese momento cuando abrió los ojos.
Unos ojos mal acostumbrados a la claridad. Entre azules y verdes. Turquesa.

[...]

A la mañana siguiente, en el desayuno su madre le comunicó que ese verano, después de tres veranos sin viajar, se irían a un hotel fuera de la isla.
La noticia no le importó mucho. Quedaban dos semanas para que su padre tuviera vacaciones. Durante aquellas dos semanas, Adam soñó de todo. Chicas desnudas en una piscina, perros que perseguían gallinas en Nuevo México, playas que daban lugar a otros países con otras playas y otras lenguas… pero ni rastro de la chica de la playa.
A pesar de la inexistencia de la misteriosa chica en sus sueños, Adam se pasaba las horas intentando recordar cada detalle de aquel último sueño con ella. Cómo de largo tenía el pelo, el color de su piel, dónde tenía aquel lunar, ese de su hombro izquierdo, desde qué distancia empezaba a oler el champú de camomila con el que lavaba su pelo, el color de sus ojos, la longitud de sus pestañas, el grosor de sus labios, lo pequeña que era su nariz. Su sonrisa.
Cómo miraba el mar de aquella manera, mientras su pelo ondeaba en el silencio de una desértica playa amarilla y azul.

[...]

De nuevo, en sus sueños, aquella chica.
Esta vez ella…

-Hola.
-Hola.
-Tengo quince ¿y tú?
-Diecisiete.
-Catorce.
-Dieciséis.
-¿Nos volveremos a ver?
-Nos veremos de verdad

[...]

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.