lunes, 23 de agosto de 2010

El verano.


Las cosas del verano,
los ciclos vitales haciendo el pino,
las horas que no importan,
los sueños en el sillón,
las cervezas los jueves,
los viernes,
los sábados,
los lunes,
los martes,
los miércoles,
y de vuelta
los jueves que comienzan a ser los nuevos viernes.

Las camareras de los bares
y las cañas gratis
porque has caído bien o porque vas tan puesta
que con una más a lo mejor das menos pena,
quizás, más gracia.
El sol por las mañanas
las nubes por la tarde,
esta ciudad húmeda
a la que no le falta ni le sobra esquinas.
Putas sí,
pero de las de por amor al arte, ya se sabe.

La gente que no sabe conducir
y las rotondas donde se encuentra la gente que no sabe conducir.
El destino
y las fiestas de mi barrio a finales de mes.
El sur y todas las drogas que nos apetezcan.
El amor
o
el no amor.
Las despedidas con los ojos cerrados.
El “si no me encuentro contigo hoy no me entero de que te vas mañana”,
las putadas,
los amigos.
Los que se van y los que vienen y los que se van acurrucando
poco a poco
con cariño
y te llamo porque me siento mal y me sale de los cojones.

Mis plantas que no crecían porque las macetas eran muy pequeñas
y ahora me va a dar pena tener que fumármelas.
El calorcito,
los ombligos.
Las espirales cuando estamos bien,
el infinito para recordar cómo éramos
cuando aun
existíamos.
La lluvia en el cristal del casco,
la moto que no arranca con el frío de por las noches,
gastar gasolina,
y a toda mecha, adelantar hasta al tiempo
y mirar el velocímetro
y a setenta por hora
la vida se vive con muchísima más intensidad.

Quieres dar una vuelta, son las dos de la madrugada
y no importa.
Toque al móvil, cojo las cosas y bajo.
Hay cosas que saben mucho mejor si no se planean.
¿Quieres verme? En quince minutos estoy en tu casa
planeando el asalto al castillo, y como todo lo planeado,
que mal me ha salido.

Quererte con rabia en los días menstruacionales
y no saber cómo arreglar algo con tan poco tiempo
de ventaja.
Empezar a echarte de menos desde ya
y
olvidarme de cómo se disfrutaba de esas cosillas,
porque te has ido de viaje y me tienes que refrescar la memoria.
Quererte con amor
y lágrimas
y entristecerme el alma
la alegría del estar tan bien contigo.

Los mosquitos (y sus hembras),
mi gata al lado del ventilador,
mi gata tomando el sol,
mi gata.

Como cuando llega abril y huele a verde,
igual que cuando llega finales de agosto
que huele a ese noséqué que tanto me gusta
y mamá cumple años
y la vida se ve diferente porque
las cosas del verano
tienen eso de los ciclos haciendo el pino
y el sueño cambiado
y todo en general.
Todo cambiado.

Pero extrañamente, igual que siempre.

1 comentario:

Befree dijo...

definitivamente, el verano no debería acabarse nunca.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.