lunes, 1 de noviembre de 2010

Cómo fumar.

Fumaba al otro lado del hilo telefónico. Lo sabía porque oía como el humo chocaba contra el auricular. Todas sus palabras amortiguadas por ese mismo humo que no me gustaba nada. Nada en absoluto.
Medíamos mal las distancias con frecuencia y cuanto más cerca, resulta que era del todo lejos, del todo tarde.
Ella vestía de negro o al menos eso imaginé yo. Unos ojos así mirando y su boca escuchándome.
Yo intentaba explicarle que hay pieles de todos los colores, que llovía y hacía frío dentro y que no tenía ganas de mucho más que camas y olvidos.
Ella también hablaba pero me resultaba muy difícil escucharla. Teníamos tantos pensamientos dentro haciéndonos sentir, que ninguna se dio cuenta de que nos teníamos en frente, la una a la otra, interpretando monólogos que se iban entrelazando y luego, por la noche
yo también espero a que vuelvas.
El aburrimiento tiene de esas cosas. Desenroscar las casualidades de encontrarnos heridas en medio del camino y mostrarnos otra manera de llegar.
El mar de donde vengo, la tierra donde florezco.
Tú que no tienes ni idea y aun así me comes a cucharadas. Que te tapas hasta arriba cuando más calor hace. Que no me vas a querer nunca porque no te lo voy a permitir jamás.
Y fumabas todo el rato porque es lo que haces cuando estás nerviosa. Te compras una caja de tabaco y empiezas a fumar uno detrás de otro.
A pesar de tus esfuerzos, sé que no lo haces como hábito y que insistes en que te relaja por buscar respuestas, supongo… con todo ello, yo también lo busqué ahí y no, Dios no está ni en el olor, ni en la sensación, ni si quiera en la muerte.
Aun así, consuela saber que eres capaz de ir contra corriente, contra natura.

Cuando yo empecé a fumar de mentira siempre pensaba en que pareciera lo más real posible y solo cuando dejé de pensar en mis nervios y en la necesidad de decir que era lo único que me calmaba, lo comencé a ver como un placer más.
Como el cafecito de después de comer o lavarse las manos cuando están sucias.
Es inevitable hacerlo pero se puede vivir también dormida y con borrones en las manos.

Por eso distingo el nervio de tu humo por el teléfono, incluso sin haberte llamado. No hacen falta palabras cuando tus manos tiemblan de lejanía.
Morirse de miedo que es muy de cobardes y con las venas abiertas en canal, meterte hasta el final, en mi mente. No quiero y tampoco tengo ganas pero como algunos vicios, no lo puedo evitar.

Encender la llama con nieve o cuentas atrás. Siempre pensaré que algo malo ocurrirá y no dejaré que nada malo nos pase. Creo. Tampoco estoy muy segura de si dejarme ser para que me veas del todo.
Cuando se haga de noche y no tengamos más que nuestros cuerpos.
Sueños, sudor, el paisaje anaranjado de toda la ciudad.
Tener la sensación de que la próxima vez será la definitiva y encogernos.
Encogerme, aceptarlo.
Nos fumaremos el último y me reiré como siempre porque las novatas tienen esa manera tan poco natural de coger el cigarrillo.
Me mirarás como preguntando qué pasa y yo te besaré, porque ahora estás aquí.
Ahora mismo, estás aquí.

4 comentarios:

Halex Rós dijo...

wow, wow

Anónimo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
ayopiensaveces dijo...

""Tú que no tienes ni idea y aun así me comes a cucharadas"


:)

Alejandro Rodríguez dijo...

:)


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.