viernes, 19 de noviembre de 2010

Sí y siempre.



Hay ciertos momentos en la vida de una persona en los que la piel pide el sudor de otra piel, y pide la respiración de otros pulmones y los latidos. Los latidos de otro corazón.
Estoy aquí ahora pero podría estar durmiendo o en algún bar y sin embargo estoy aquí dejando claro que hay momentos en la vida de una persona en los que se necesita el contacto humano. Mano con mano. Mano con pie. Mano en sitios bonitos y escondidos, veces sí y veces no.
No hablo tanto de amor. Eso es algo que se va fraguando poco a poco. Por eso muchas veces me pregunto si nos dio tiempo del todo.
Es comprensible. Ser reticente a algo que no has tocado es bastante normal.
Por eso quiero: tocar, oír, aullar.
Dejar a un lado las imaginaciones. Imaginar es feo. Imaginarse esas cosas es crear expectativas y las expectativas son aun más feas que el imaginar.

Pero quiero más cosas. No hablo de amor. No hablo de nadie. Ni siquiera de mi misma cuando digo que quiero más cosas.
Hablo del destino. De que vengan sin estar esperando nada. Supongo que por eso, últimamente nada me sorprende. Estar alerta es lo que tiene. Mecanizar las relaciones personales, también.

Solo necesito que me den la vuelta, que me pierdan, ya sean bocas, lenguas, labios, cuellos, tirones de ropa, tirones de pelo. Perderme en definitiva. Saltarse todas las barreras. Mis puntos seguidos. Mis finales y punto. Despellejarme a sabiendas de que después de llorar tantísimo, seré un buen alimento que llevarse a la boca.

Sentir el chocar de las olas contra el propio mar solo con cerrar los ojos mientras un dedo, solo un dedo, recorre centímetro tras centímetro la piel que la ropa deja al descubierto y olisquear con las yemas lo que se encuentra debajo de algunos pliegues de tela. Hilar con mi saliva recuerdos que con el tiempo y por mi experiencia no recordaremos muy bien pero al unísono diremos que aquella vez fue la vez y así con el resto de veces. Porque todas las veces serán la única, real y verdadera.

Habrá cientos de lugares, cientos de maneras, pero el olor o el color de ciertas situaciones me transportarán a ese mismo instante.
Ahora y aunque sea feo, me quiero imaginar que todo saldrá bien.
Y eso que sigo sin hablar de amor.
Hablo de escuchar una canción y dejarnos ir. Es como cuando fumas mucho, de una sentada, quizás tú sola, y el verde entra en ti y sientes como te deslizas por los sillones del coche. Pues lo mismo pero algo más abstracto.
Como más químico, menos físico. Irse del pensamiento y dejar que la respuesta llegue sola al cuerpo.

Hablo, tal vez, del cuerpo. Lo natural, las cosas que más nos gustan, sonrisas, sorprender. El sexo es sí y es siempre y es con ese porque así son las curvas. Sí y siempre.
Sentir como dedos se deslizan por mi pelo, sujetando pensamientos, agarrándolos, no dejándome huir. Tener miedo es esconderse. Es hacerlo mal. Es ser torpe. Otra cosa es el instinto. El oler señales químicas con órganos nasales que ni siquiera se sabe si existen y descubrir que quizás algunas veces hagamos el amor porque metemos las narices donde no debemos. Es divertido.
Supongo que ahora que tengo tantas ganas de sentir de nuevo utilizo ciertos términos que repelen y dan grima. Supongo que a veces me apetece acariciar y dejarme arrastrar, en vez de ir a cien contra un muro de hormigón.

No hablo de amor. Es más tener el sentido del tacto hipertrofiado y sentir, palmo a palmo la suavidad y la aspereza. El cuerpo humano es lo que tiene. Lo árido de mis manos se mezcla con lo líquido de tu sexo y así es como algunas islas acaban siendo el paraíso terrenal.
Me da rabia pensar que en el infinito ciclo de la vida, pensar estas cosas sea tener una especie de enfermedad que te impide ver las cosas tal cual y siempre se termine pensando que si me miraba así era por algo. Algo raro debía estar sucediendo. Algo raro se traía entre manos.
Tener en un puño todas las cosas buenas y en el otro, todas las malas. Ponerlas sobre la mesa, quitarle las bragas y demostrar en silencio que hay gemidos que pesan muchísimo más que cualquier argumento.

Es una especie de “te jodes”-sonrisa-. Vivir con el alma fuera y guardarla cuando empieza a llover.
Y sigo sin hablar de amor aunque sea “algo así como”. Hablo de darse cariño, darse miedo, darse ganas, darse prisa, darse como el mar. Hablo y ese es el problema.
Cerrar la boca sin dar un beso. Es como cuando estás tan cerca de alguien que el aire de cada pestañear te golpea. Es sentir cómo el silencio te termina parando el corazón y si no lo hicimos es porque nos daba miedo reanimarnos.
Bocanadas de aire, juguetear con el pelo, ciertas señales que dan a entender que no es amor, es otra cosa. Son ganas y son fuerzas opuestas acercándose. Las chispas de la fricción como resultado. Amarrarse a una cintura para, aunque no te lo creas, sentirme a salvo. En el origen. Descubrir el principio y encontrarnos con el final.

Por eso está bien saberse los límites de cada uno. Nunca se sabe donde podemos llegar a tropezar. Con quién, cuándo.
El contacto. El físico. La voz y las señales térmicas. Así no se puede, ni se debe, ni se sabe (de sabor).
Permíteme entonces dudar de ser capaz, de tener la facultad de comprender que hay cosas que deben permanecer o no. Entender que hay cosas que no dependen del todo de nosotros mismos y aunque duela… yo también quise ser el aire y recorrerte el cuerpo en escalofríos pero están en ti, hace mucho más tiempo que yo, los fantasmas del frío.

Y no hablo de amor cuando hablo de confiar.
Hablo de acostumbrarse a las maneras de la otra persona para entender sus movimientos y sus porqués, supongo. Negación, aceptación, habituación, normalización.
Pasa también con los órganos vitales, con el apego, con las sensaciones y no hablo de amor pero se le parece bastante.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.