jueves, 29 de diciembre de 2011

Birds



Los pájaros son una de las especies animales menos recomendables para enamorarse.
Porque lo que más gusta de ellos es su vuelo, sus alas abiertas, la manera que tienen de planear sobre el cielo. A través de él.
Unos ojos que ven el futuro. El aire que atraviesan es el futuro.
Y un pico brillante con el que hurgar dentro de ti. Escarban hasta encontrar al fondo del pecho un corazón cálido y húmedo y empiezan a picotear.
A veces sólo lo hacen porque se encuentran enjaulados. A veces es solo porque, extiendes la mano después de haberte hurgado tú misma en el pecho y lo esparces por ahí esperando a que vengan a picotear en el suelo el rastro de latidos que aun te queda.
A veces y solo a veces puedes ver como están de vuelta después de un siglo de migraciones.

martes, 27 de diciembre de 2011

Siete vidas tiene el Indio.



El indio aprendió a escribir su nombre el día que descubrió que se podía echar de menos un cielo estrellado. Paseaba por aquellas calles como un gato. Entró a hurtadillas y reconoció solo por el frío que hacía que en otra vida había estado allí. Se sentó en aquel húmedo banco a esperar. Nada en concreto. Escribió su nombre en la arena y esperó a que alguien pasase y lo reconociese.
Miró al cielo y recordó como decía con retintín y superioridad “Aquí no se ve ni una cuarta parte de todas las que veo donde vivo yo”.
Lo que nunca supo es que hablaba con un indio. Él dormía muchas veces en desiertos donde el cielo acababa siendo el único abrigo que encontraba.
Miró a su derecha y no encontró más que un hueco. Lo que le hizo pensar que quizás hacía tiempo hubo alguien que ocupaba aquel vacío. Algo de su otra vida quería que volviese a encontrarse con la persona que fue cuando no era un indio.
Recordó como agachaba la cabeza decepcionado, “no, no hay muchas por las luces… pero es un bonito lugar… si se viesen las estrellas ya sería…”

Seguía haciendo frío. El indio decidió no moverse de allí. Estaba esperando una de esas casualidades que la vida te trae porque sí. Sabía que no aparecería pero estar allí le hacía recordar que en otra vida fue alguien muy afortunado.
“¿Quién sería?” se pregunta. Quizás fuese la persona más feliz en aquel momento y el solo era el encargado de recoger la energía que habían desperdiciado en tantear el terreno. Recuerda mirarla con ojos de gato. No sabe a quién, aun, pero trepa por un olor que le devuelve a casa. Camina por ahí, da la mano al aire porque sabe que en algún momento alguien se la dio a él. Recuerda la palabra café al pasar por un muro que dejaba ver la luna. Bebería café solo por lo reconfortante de su olor.
Solo por eso. Se ríe. A quién se le ocurre.

Al fin y al cabo, ¿sabía en su otra vida quién era realmente aquella chica?
Una noche de escalofríos despertó y de pronto apareció en su cabeza un nombre. Aprendió a escribirlo. Supo por su sentido felino que había estado tiempo atrás con ella en aquel banco, tristes porque se acababa la noche y apenas se veían las estrellas ya. De todos modos, nunca nada sería como el estar en casa. Tanto para el uno como para el otro. Estar en casa era aquel olor. A la intemperie de una ciudad que no perdona el frío pero sabiendo que un día, en aquel preciso instante alguna de las dos personas que allí estuvieron, quizás las dos a la vez, fueron felices.

El indio pasea por la ciudad como un gato, haciendo de tripas corazón. Hubo alguien en otra vida que se había encargado de pasear felicidad por todos los rincones de aquellas calles. ¿Cómo superar todo eso?
Aprendió a escribir su nombre. Lo lleva tatuado. El día que la encuentre, no lo hará por ser feliz él también, sino solo para comprender por qué quién fue en su otra vida llegó a ser tan feliz como para almacenar tantos y tan persistentes recuerdos.
Piensa, debe ser muy especial.
El añorar las estrellas en el cielo es algo muy especial.
Quizás ella también sepa usar la noche como abrigo.

Seguro que sí.

Ojala te conociese desde hace años y esta carta tuviera algún sentido...

Pero no.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Lo de dentro.

(Te lleno de silencios, para pensarte)
En realidad solo se me ocurre tenerte en mente
como tendría a la hora que es,
como a respirar,
como a pensar.
De esa manera inevitable
y al mismo tiempo
imprescindible
y anónima.

Y es solo eso. Un montón de silencio
dedicado exclusivamente a
pensarte.
Como una hora, un suspiro o una idea.
Y me gusta
y tú
y tengo un problema.

(Por eso entre tanto ruido no hay nada de mi que te llegue más que silencio)


martes, 20 de diciembre de 2011

Aprender del error.

Aunque me guste vivir en el pasado
y adelante el tiempo con la mente
aun tengo un hueco para los instantes.
El momento. Lo de ahora.
El presente es solo la consecuencia
de castigarme por morir entre nostalgias
y volar entre imaginarios.

sábado, 17 de diciembre de 2011

chicles para todos

Dejar de fumar es como tener mal de amores.
¡Coño!

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Tripas.

Algo debe salir. Hay algo aquí dentro, donde dice Julia que están las cosas, entre las tripas, que debe salir.
Rehuyo de alguna manera enfrentarme a lo que siento, niego la existencia de algo que vaya más allá del pensamiento. Al fin y al cabo pensamos y sentimos por el mismo sitio. Pero hay algo, muy adentro y muy al fondo que va más allá de lo que pueda o no pensar. Eso que hace que te tiemblen las rodillas, eso que te sacude la voz, eso que te altera, que no te deja pensar. 
Química, digo. Repito algo que he estudiado y a lo que me aferro fervientemente. Como si todo el tiempo estuviera a punto de caerme y necesitara de una piscina, de una colchoneta que amortiguara el golpe.
Algo hay entre el estómago y el hígado, que te hace ser más fuerte y más débil, más listo y más tonto. Algo hay entre el páncreas y los riñones. No sé qué es pero existe.
Como cuando empiezas a soltar todo lo que llevabas mucho tiempo pensando. Como esa sensación de vómito en cada palabra. Como gritar cuando estás tan en la mierda que no ves manera humana de limpiarte y salir a flote.
Y el cerebro es una tripa como otra cualquiera, pero no se encoje, ni se para, ni se le hace un nudo ni nada de lo que pasa con las tripas, cuando estás cerca y pienso en toda la mierda que a veces me come y en como me voy quedando muda, poco a poco, por ciertos nudos entre la garganta y el estómago.

Entonces, cuando voy camino a casa, en la moto, pienso que debería decirte lo de las tripas. No es hambre, empezaré, es solo que pasa algo entre que te veo y mis ojos te comen, algo así como una digestión. Te voy devorando pestañear a pestañear. No me hace falta nada más, seguiría. La simplicidad del estar a gusto a tu lado. El temblor de rodillas va por libre, es algo, que como lo que siento, no puedo controlar, pero estoy en ello. Dejo que se me pase. Un paseo estaría bien. No tenemos mucho más que decirnos, pienso, no quiero decirte nada. Tengo con mirarte. Mis tripas hacen el resto. No duermo y no es tu culpa.
Estoy bien, es solo que a veces me gustaría ver tu cara al oír toda esta maraña de sensaciones. No hay más, solo eso, sensaciones, ojos masticándote, diluyéndote entre las tripas del cerebro y llevándote luego a cada órgano con la única misión de nutrirme de más y más temblores, más y más nudos en la garganta.
¿Qué quieres saber? Te preguntaría. Me pregunto hasta qué punto te intereso, hasta que punto he sido capaz de calar en ti, si es que lo he conseguido de alguna manera. Pero te hago reír, ¿sabes? con eso me conformo. Lo demás es solo una manera de sentirme importante, de recrearme sabiendo que estoy también en otros pensamientos, de otros cerebros y quizás entre otras tripas. 
No es reciprocidad lo que busco, ni respuestas. No tengo muchas más preguntas en la retaguardia. Quizás un, ¿te animas, te apuntas, te vienes?
Cambiar las cosas desde dentro, te diría. Cambiarnos para siempre. De alguna manera lo hacemos, día a día. No sé muy bien cómo, pero me gustaría pensar que sí. 
Entonces me mirarías y de nuevo ese nudo, ese temblor y esa sensación de ahogarme en palabras que no salen. Como si me agarraras por las tripas y me zarandeases. 
Me miras y me cago en las tripas, en lo de dentro, en lo del fondo. Me miras, joder, y todo eso de los ojos, de comerte, no me parece tan real. Solo un montón de ridículos pensamientos de alguien que no sabe dónde encontrar su norte cuando al pasar por el Triángulo de las Bermudas, aparece en la otra punta del mundo sin saber muy bien cómo y por qué.
¿Qué es lo que pasa entre tus pupilas y mis temblores?
¿Cuál es la sustancia química exacta que provoca todos estos desastres?
¿Por qué ahora creo en unas tripas cuando con lo de pensarte y tenerte en mente ya me era suficiente?

Y eso soy y eso eres, el bolo alimenticio de una probabilidad estadística nimia más.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobre las elucubraciones.

La forma en la que duelen las retiradas a tiempo.
La forma en la que no queda más remedio que rendirse a medio camino
de algo
que más allá de elucubraciones,
de verdad
pintaba bonito.

La forma en la que soy capaz de memorizar hasta el más mínimo detalle
para luego, al llegar a casa, desabrocharme detalle a detalle
y caer en la cama
al lado de un sueño,
que más allá de elucubraciones,
de verdad
pintaba bonito.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Negativa

Últimamente me resulta mucho más reconfortante un no que un sí.
Me es mucho más fácil imaginarme lo que pasará después de un no. Seguramente mi vida seguirá siendo la misma. Nada habrá cambiado excepto esa especie de sentimiento de estar en constante espera.
Sin embargo, un sí es mucho más devastador, peligroso. Después de un sí nunca se sabe lo que pasará. La vida, después de un sí nunca es la misma. Un sí lo cambia todo. Desde el principio, pasando por el nudo, hasta el final de todo.
Un sí es desconcertante. Es seguir esperando y no saber muy bien si debería ser en positivo o por el contrario, en negativo. Un sí siempre tiende, en algún momento a un no y eso jode.
Jode muchísimo.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La parte de mí que debería gustarte.

Toda mi vida he pensado que lo que hace que alguien se quede a tu lado son las cosas que eres capaz de aportar. Demostrar, como un pavo real, todas tus cualidades y esperar a que esas cualidades sean las que la otra persona esté buscando. Que esas cosas que tú eres capaz de dar sean las que la complementen a ella. Las que ella quiera recibir.
Pero pasa algo que lo cambia todo. Toda exhibición es pura vanidad. Es solo la floritura de algo que es como el resto. Un aliento al despertar, una media de diez cigarrillos diarios, tres cafés entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde, insomnio, no tener dinero casi nunca. Todas esas cosas que forman parte de nuestros encantos. Las cosas que al fin y al cabo recordaremos de la otra persona.
¿Cómo eran sus rodillas? ¿Cómo hacía el amor? ¿Cuántos libros se había leído antes de conocerme?
No me acuerdo de nada de eso.
Al final terminas pensando en que todo es una copia de una copia. Que las mujeres que dejaron huella en ti quizás fueran esas que compartían a medias uno de esos diez cigarrillos, las que no entendían lo que escribías, las que no sabían ponerse en tu piel. Quizás esas mujeres jamás probaron el café a las 10 de la mañana y probablemente les diera igual el aliento mañanero.
Toda mi vida he pensado que ser buena con los demás hace que los demás quieran estar contigo. Mostrar ese lado compasivo, esa generosidad desinteresada, esa sonrisa siempre.
Pero al final lo único que una busca en otra persona es llenar su vida de cosas triviales, como la forma en la que tomaba los cereales a media tarde, o como se sentaba en los sillones de su casa, o simplemente la sensación que se te quedaba después de cada beso. El instante antes, ese olor. Olor a beso.
Ni tan alta, ni tan fuerte, ni tan inteligente. Son solo las cosas a las que somos capaces de acomodarnos fácilmente la que nos hacen decidirnos por algo. Alguien.
Y a veces lo que buscamos es sentir.
Por eso mucha gente busca ese dolor capaz de hacer tambalear todo su ser.
Por eso muchas veces me olvidé del placer de un cigarrillo a medias por el placer del dolor gratuito. Venido de una misma. Venido de dentro.
Como consecuencia, un orgullo herido, una dignidad pisoteada, "con todas las cosas que fui capaz de hacer por ella, todo lo que la he querido". Es solo que no somos conscientes de que es muy difícil mantener en el tiempo tantas cosas buenas sin perder en el camino nuestra esencia: aliento mañanero, tres cafés diarios, insomnio, falta de recursos, de paciencia, todos los días malos, los buenos, quedarse sin tabaco, llevar dos días sin ducharse, perder el último tranvía, beber de más, quedarse en la calle, la cerveza, los amigos, incluso la música. Incluso uno mismo.
Uno mismo es lo que realmente atrae a la gente.
Por mucho que quiera exhibirte mi brillante plumaje azul y verde. Eso es solo la parte de mí que no es tan mía. Más del resto.

Así que la que soy cuando llevo tres días con el mismo pijama, en casa, escribiendo y fumando, la que pide dinero a su abuela, la que gorronea siempre que puede de sus amigos. Esa es la parte de mí que más debería gustarte.

Aunque no lo veo nada claro.

lunes, 5 de diciembre de 2011

insomnio infiel

Hace tiempo que no duermo bien.
Supongo que lo justo y necesario para no dejar pudrir al cerebro. Lo justo.
Pienso, muchas veces, que es innecesario. Es un tiempo perdido. 
Quizás lo invirtamos en más años de vida, quizás seamos más felices, tengamos menos enfermedades pero no lo estamos viviendo. Lo estamos durmiendo. Invirtiendo. ¿De qué vale invertir en tiempo si no lo vas a aprovechar como es debido? Ahora, el momento.
Desde hace un tiempo, los sueños se han vuelto en mi contra. No es que tenga pesadillas o sean sueños horribles, es solo que al despertar desaparecen. Y ya no existe esa sensación de sosiego, de felicidad por el vago recuerdo. No. Existe ansiedad. Un hueco enorme cubierto de legañas y mal aliento. Existe el rastro de unos besos que jamás fueron dados. Todas mis ganas amontonadas entre los pliegues de una sábana bajera.

Vivo alerta. Bajar la guardia ahora mismo sería una especie de traerte a la mente inconscientemente. Y duele.
Es el rastro de ti en mí, supongo. Un puñado de sueños.
Por eso no quiero dormir. 
Me parece mucho más rentable pasar la noche en vela, teniendo algo de sueño, sintiendo algo de cansancio pero transformando pensamientos en constructos. Estoy aquí y no te preguntes por qué escribo esto o aquello. 
Solo dejo pasar las horas hasta que esté tan rendida que ni mis sueños tengan ganas de traerte de vuelta.

Esto no siempre fue así.
Hubo un tiempo en el que pasaba más tiempo durmiendo que despierta. Me gustaba soñar, el tacto de mi cuerpo en la cama, abrazar a mi almohada. Me gustaba dormir.
Ahora sin embargo veo a mi cama como una vieja compañera. Como quien ve a un antiguo compañero de instituto. Como quien ve a un conocido cualquiera.
Ya no nos pertenecemos. Ha sido cosa del tiempo. 
No hay pelos de nadie a los que enredarme, no hay noches incómodas pero felices. No hay.
Solo está ella, con su frío intrépido, con su colcha descosida, con sus sábanas verde pastel. Con mi hueco, esperando ser ocupado de alguna manera.
La he desatendido y llevo tanta culpa encima que no sé cómo será el día que me vuelva a desear con aquellas ganas locas, como si fuéramos amantes, todas las noches.
Ahora, sin embargo, nos hemos convertido en un matrimonio más. Un matrimonio cualquiera. Agrietado, rancio, viejo, resignado a dormir junto a alguien que ya no quieres.

Por esa sensación he dejado de dormir aquí. Y por hábito, he dejado, también, de dormir en cualquier lugar.

Hace tiempo que no duermo bien. No me va bien en mi matrimonio. Nos queremos pero ya no es lo mismo. Nos faltan cosas.
Calor, latidos. Esas cosas. Aun así, aguantamos, estoicas, todas las derrotas.
Como viejas compañeras.

Supongo que ella tampoco lo hace sin mí. Dormir, digo. Me imagino la cantidad de noches en vela que ha tenido que pasar por mi culpa. Me lo imagino y lo sé.
Esas noches en vela, yo tampoco dormía. Al contrario. Gastaba todo el tiempo que hubiera invertido con ella en vivir.

O en hacer que dormía en camas ajenas pero no.

Solo sé, supongo, ser infiel hasta cierto punto.

Infiel a medias.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La inútil asocial

Hay días en los que me siento inútil.
Para contigo, para con ella, para con todos. El resto.
Días en los que no sale de mí ni un atisbo de interés al escuchar
lo que sin embargo oigo.
No sale de mí implicarme de algún modo en una conversación que no he elegido, 
en una interacción que no he pedido tener. 
Hay días en los que me gusta vivirlos para mí. Única y exclusivamente para mí y para quien yo elija. 
Y sin embargo tengo que lidiar con una sociabilidad impuesta, con normas y leyes, con un eterno quiz pro quo, para por si las moscas, en algún momento llego a ser yo quien se encuentra en la tesitura de necesitar de oídos, de gestos, de confidencias.

Hay días en los que ya me es difícil estar conmigo, como para tener que soportar el peso de otra conciencia. 
Esos días en los que mandaría a tomar por culo a cualquiera a la mínima de cambio. Pero, contra todo pronóstico, asiento, escucho, sonrío. Lo que la gente no sabe es que por mis venas corre muchas veces el desinterés de escuchar algo que no provienen de mí misma o, simplemente, de quien busco escuchar cualquier nimiedad.
Y así van pasando los días. Leyendo y escuchando las menudencias de gente que no me interesa e inventándome, ya en la cama, cómo sería si a quien yo quiero me contase esas tonterías cotidianas que nos saturan, desesperan, irritan, inquietan.

Es por eso, supongo, que últimamente me cuesta llegar tanto a la cama. Sana y salva. No me apetece ni siquiera indagar en cómo sería conversar de mí misma con ella. Me he acomodado a ir escuchando gilipolleces toda mi vida, a comprender, meditar, y dar explicación a problemas que ni me iban ni me venían, olvidándome de cómo era abrir la boca para empezar a soltar mi mierda a cualquiera que se me cruzase.

Sé que es tan simple como decir "lo siento, no me interesa", tan simple como un silencio. Pero mi yo social me impide quedarme callada ante una llamada de atención tan propia del un ser humano como lo es un "hola".
No, hola no. Hola nada, hola nunca. Hola se dice cuando quieres que alguien se quede contigo, en tu vida.
Hola se dice cuando quieres saber de la otra persona. Hola se dice cuando quieres empezar. Da igual qué. La importancia radica en que es un comienzo. Solo un Hola. Nada más.
El resto lo decide el interés, el rumbo, el divagar, la colisión casual de dos mentes.
La colisión causal de dos mentes.

No está mal, me pregunto, querer sentirse sola de vez en cuando, ¿no?
Escucharse a una misma, preguntarse. Lo quieras o no, cuando piensas con mucho ruido alrededor, nunca se termina sacando nada en claro. No me concentro. Las cosas se mueven de lugar, la gente cambia de gradiente de concentración, me siento una molécula más en mitad de un organismo que no para de hablar. Y no me interesa. Al menos hoy, que me siento inútil para con la sociedad. Siento como si le estuviera quitando algo a alguien. La libertad de poder expresarse, la libertad de verse reflejada en una cabeza que asiente y unos ojos que miran.
Pero hoy no. Hola no.

Ni siquiera me interesa hablarme, cuestionarme qué sucede para que el resto me de tanto igual. Yo que era todo lo contrario. Yo que ayudaba desinteresadamente a quien me lo pidiese. Qué ha pasado.

Supongo que ya no hay tanto vacío en mí. No hay tantos huecos, tantas carencias.
Supongo que es el escuchar el silencio lo que me calma ahora.
Mi silencio y mis mierdas también, porque las tengo, y existen y conviven día a día soportándome en mis días buenos y en los malos también. Siendo parte de mis penas, la mayoría del tiempo. De mis miedos e inseguridades, siempre. Y no necesito echarlas fuera, no necesito vaciarme de ellas. Ellas, al fin y al cabo, son lo que me hacen ser como soy. Es solo que a veces me gusta tener mis cosas controladas, como a mis mecheros. Saber dónde están y qué lugar deben ocupar.
Crecer, supongo. Dar el estirón, no sé si definitivo, pero clave para saber estar con una misma sin necesidad de nadie más.

Y no me interesa de verdad.
Quizás a ti tampoco todo esto y probablemente si no fuéramos tan sociales, ni tú habrías terminado de leer esto, ni yo lo habría querido compartir contigo, con ella, con todos. El resto.

Un suceso.

Es lo que pasa conmigo
cuando te tengo en frente
lo que extraño
cuando me vuelvo, conmigo, sin ti.
Mirarte y todo eso.

Ni un cuerpo, ni un lugar, ni un momento.
Sino todo eso que pasa por mí
cuando todas esas cosas están sucediendo.

martes, 29 de noviembre de 2011

un símil

Apaga los cigarros concienzudamente.
Da la última calada al cigarro, expulsa el humo, yo la miro, claro, y luego lo apaga, espachurrando la colilla en el cenicero hasta que no queda rastro de humo. Solo cenizas.

Cuando besa es más o menos igual.

lunes, 28 de noviembre de 2011

ahora

No he estado conmigo últimamente.
Ahora sí. Algo más que antes, quizás.
Por eso me gusta estar sentada en un sillón
sabiendo que no solo estoy contigo.
Sino conmigo también.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Diseño experimental

Léeme ahora que no estás enfadada conmigo.
A ver y solo a ver qué es lo que pasa.

martes, 22 de noviembre de 2011

El truco del mal estratega

25.2.11

He guardado la caja de tabaco en la caja donde están todas sus cosas. Es meramente estratégico, primero porque esa caja está bajo un millón de cosas y segundo, porque esa caja no quiero abrirla en mucho tiempo.

2.3.11

He conseguido coger el tabaco sin tener que abrir la caja donde están todas sus cosas.
¿Cuántas veces voy a sentirme así en la vida?
Teniendo que abrir cosas que no quiero para poder aliviarme de alguna manera.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Un indio desorientado.


Saltaba de tejado en tejado cuando la conoció. Le dijo que para él los colores eran lo más importante, por eso, cuando piensa en ella, recuerda el rojo tejado, el naranja de las farolas, el negro noche. Nunca se preguntó cómo había llegado hasta allí, solo entendió que aquellas cosas pasaban. Siempre esas cosas pasaban y no por ninguna razón. Podía haber decidido pasar de largo. Si no hubiera preguntado cómo se llamaba o le hubiera planteado una vida junto a él, como forma de romper el hielo, si no hubiera actuado de algún modo, con ella, nada de eso hubiera pasado. Por eso estaba en aquel tejado, decidiendo si volver a casa trepando de balcón en balcón o se quedaba allí, recordando cómo era la forma que tenía de fumar a su lado.
De alguna manera estaban el uno dentro del otro. Cualquier forma de pensamiento es una manera de tener presente a alguien que no existe como tal en ese momento. Cualquier forma de pensamiento, es pensar, al fin y al cabo.

El amor nunca supo hacerle libre. Nunca aprendió cómo coleccionar libertades en brazos ajenos, por eso siempre cargaba con la culpa de no haber sabido qué hacer con todas aquellas cosas que pudo haber controlado y no. La libertad no existía para él.
El amor era tan fuerte que le aprisionaba el pecho. Había construido una cárcel en su interior.

Saltaba de tejado en tejado cuando supo que todo tenía que cambiar. Aquella manera de no entender al amor como tal. Aquella manera desmedida de sentir, guardándose más de la mitad en una cárcel que existía porque existían. Quería hacer desaparecer todos sus recuerdos, una manera de desatarse del dolor, la nostalgia, esas cosas que nos amarran.
Pero pensaba en ella. Los indios también tienen en mente otras batallas, menos sangrientas, y ésta, aunque teñida de rojo tejado, también era azul.
Sabía, conocía la existencia del dorado. Él estaba allí contemplando cómo era incapaz de recuperar algo que nunca supo hacer suyo. Nunca aprendió esa manera de libertad.
Pero el viento y la lluvia, la posibilidad de dejar de pensar durante un minuto, eso lo hacía libre. Un minuto. Aun sabiendo que no habría brazos en los que coleccionar libertades después del segundo sesenta, volvía a pensar, encerrándose en todas aquellas cosas que no tenía por qué haber vivido. No tenía necesidad alguna y sin embargo, allí estaba, preguntando su nombre, prometiéndole una boda como forma de romper el hielo, sabiendo que todas las opciones se resumían en una sola. Alargar el momento era solo una forma de reafirmarse. De tantear el terreno.

Él lo había visto. El dorado y todas sus sábanas teñidas de azul.

Era solo que quería ver hasta dónde podía llegar. Por eso está en cualquier tejado, reanimando un recuerdo imaginario. Porque quiere volver a destrozar todo aquel tesoro, sabiendo que no sabría nunca ser libre entre unos brazos. Un maleducado en el amor. Un rabioso lleno de ganas. Un indio desorientado. Por eso está allí. Buscando leña para mandar señales de humo, un cigarro a medias, todo ese humo tiene que volver a alguna parte. Y sin embargo, lo único que lo encierra en sí mismo es una distancia demoledora.

Era eso. Solo eso. La ganas que tenía, aun sabiendo desde el principio que no tenía sentido, de sentir la descoordinación entre el amor y él. Ese baile patoso de ir acomodándose a un cuerpo, en un colchón. Los cambios repentinos de horarios. Estirarse entre despedida y despedida. No saber por dónde ir y sin embargo, estar volviendo todo el rato al mismo sitio. Entender que un cuerpo es mucho más que impulsos eléctricos amontonados en un cerebro. Un cuerpo era todo eso que se le escapaba de las manos. Y mucho peor. De sus recuerdos.

Por eso volvía a los mismos tejados en los que la conoció. Para, de alguna manera, tenerla con él, mientras ambos se desvanecían.

AY AY AY

No solo he tenido que lidiar con un domingo más, sino que esta vez se presentía el luto por todas las calles de la ciudad. Una especie de crónicas de una muerte anunciada y el drama navegando por la imaginación de tantos como yo.
Yo solo pienso en el "AY AY AY..." que había escrito para que mi voto al senado fuese nulo. Es lo que pienso. AY AY AY y la libertad de expresión de dibujar tetas y culos y pollas en donde me de la gana.

El caso es que no hay nada peor que un domingo, como de costumbre. Bueno sí, un domingo de elecciones.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Ensoñaciones V

Era un sitio extraño, como de juguete y estábamos por ahí y nos evitábamos como de costumbre.
Pasaron un montón de cosas, aventuras y eso y luego yo estaba sentada, apartada de todos, liándome un cigarro al lado de una estructura cilíndrica y aparecía. Venía con cara de "voy a hablarte, aunque nos evitemos"
y sin decir nada yo la entendí. Sé que hablamos pero no recuerdo qué. Un "ya..." quizás.
También recuerdo que acababa inesperadamente en su cuello.
El caso es que volvíamos con la multitud, esta vez sin evitarnos y había una especie de complicidad que supongo que anhelo. Empezamos a pelearnos o a hacernos cosquillas (¿?) y entre todo su pelo acabé muy cerca de su cara. Le mordí el cuello, para fastidiar, como siempre, y luego nos miramos, y la besé.
Inmediatamente después, desperté.
Esta vez con un anhelo aun más doloroso que el que pude sentir en el sueño.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Coleccionar cadáveres

El cenicero colecciona colillas.
Ahora que lo pienso, es un cementerio de colillas y cenizas que cada cierto tiempo tiro a la basura porque es feo verse reflejada entre tanto cadáver. Es muy feo.
Es como ver todos los minutos perdidos de mi vida en un pequeño recipiente transparente. El cenicero colecciona esperas y tiempos perdidos.
Yo también.

Ambos estamos llenos de cenizas y somos grises algunas veces, cuando se olvidan de vaciarnos.
Esta vez he sido yo quien a decidido limpiarse de muertos y aquí estoy, con los restos grisáceos de un montón de colillas que ya no están. Ni volverán a estarlo.

-Drive de Incubus-

Y de pronto se prende fuego la papelera y antes de que un ave fénix salga de ahí, imitando una resurrección, la apago con un vaso de agua.
Si he dicho que no, es que no.
Estoy vacía y me gusta estarlo. Llenarme de mí. De mis colores preferidos.
No hay nada que me guste más que mi cama, el olor de mi ropa y este nuevo ritual de tomar café con leche mientras me fumo un cigarro. Llenando, de nuevo al cenicero transparente, pero sabiendo siempre, que cuando esté lo suficientemente lleno de cáncer y cenizas, lo vaciaré, como he hecho conmigo cuando me estaba pudriendo.

El cenicero colecciona colillas.
Y yo antes, supongo que también.
Y supongo que volveré a hacerlo, pero es solo que estoy tan cansada de ir buscando, de ir encontrando, que he decidido parar.
Al menos necesito hacer hueco.

Lo que no necesito es un esguince, y mira. Aquí me tienes. Con un tobillo que parece una pelota de tenis.
Me voy a dormir.

martes, 15 de noviembre de 2011

Me voy a inventar una palabra para las dos.



Parece ilógico pensar que me sea imposible encontrar una sola palabra que englobe lo importante que eres para mí. Todo el día uso palabras, descubro palabras, detesto palabras, pero ninguna de ellas, en su conjunto, ni siquiera si me pusiera a buscarlas concienzudamente, pueden describir quién eres tú para mí.
Estás siempre en donde yo estoy, en lo que escribo, porque la mayoría de cosas se me ocurren contigo, o a tu lado, y doy por hecho que sabes de lo que escribo, o de lo que hablo, y doy por hecho que te ves a mi lado mientras experimento el gerundio del verbo vivir. Ambas lo hacemos con bastante intensidad.
Nadie elige de manera tan fría y calculadora a quien tiene a su lado, y por eso me quieres, supongo. Por eso te quiero, admito. Aun así, si hubiera existido algún formulario donde poner intereses, inquietudes y caracteres, te hubiera seguido eligiendo a ti sobre todas las personas complementarias a mi que pudieran existir.
Resulta que no creo en eso de que los polos opuestos se atraen y por lo tanto no pienso que seamos opuestas. Es solo que hemos tenido que vivir cosas completamente diferentes y eso en sí es lo que nos aporta todo lo que necesitamos.
Aprender es una de las cosas más importantes del vivir, a parte, claro, del sentir y cómo voy a imaginar una vida sin alguien como tú, que me aportas dinamismo mental. "Dinamismo mental", menuda estafa.
Te mereces más de lo que pudiera darte y aunque siempre lo he sabido nunca me he puesto de acuerdo conmigo misma para hacerlo.
Desde que te conozco se que eres así, gritona, generosa, llena de energía. Y lo normal cuando se quiere a alguien es acomodarse a esa persona, sabiendo oxigenar sin distancias la relación, pero somos desmedidas desde que nos conocemos. Cuando nos juntamos, gritamos y nos movemos mucho, vivimos las cosas con muchísima intensidad aunque cada una a su manera y lo queramos o no, el oxígeno oxida.

Pero sé algo y lo tengo claro desde la primera vez que discutimos: estas cosas siempre vienen bien. Nos hacen, de alguna manera, más fuertes.

Soy experta en cagarla y enredar a veces las cosas, porque quizás no sepa hablar en el momento adecuado, o porque se trata muchas veces, más de sentir que de pensar, hay palabras que no existen y que ni siquiera tienen posibilidad de ser inventadas. Así que para mí es más fácil demostrarte cuánto me importas, quizás llorando por fuera de la cafetería.

 El caso es que vine hasta aquí para escribirte algo bonito y no me está saliendo nada bien. No sé cómo escribirte todo lo que siento sin que suene cursi. Supongo que gasté mis últimos cartuchos con tu carta de cumpleaños, pero siempre hay palabras, aunque no sean las que aun no existen, que pueden dar razón de lo que me pasa contigo.
Que si no te tengo me faltas y eso solo significa extrañar y echar de menos a alguien que está a tu lado es de las peores cosas que existe.
No se trata de prometer que no volverá a pasar, como hacen los niños pequeños cuando se les reprende, o un hombre mujeriego cuando su mujer le descubre el pastel.
Se trata de que no me permito hacerle mal a alguien que quiero tantísimo.

Y es eso. Que no sé cómo coño puedo expresar todo esto con palabras que ni siquiera existen para mí.
Pero imagina a un montón de personas saltando dentro de tu pecho, en medio de un concierto, esa sensación de ser libre, de poder crear lo que te de la gana con alguien que siempre te va a comprender.
Aunque aun haya un millón de cosas que en su momento, en el formulario de compatibilidad, decidimos no hacerles caso, pero que están ahí, conformando lo que somos, al fin y al cabo.

Y nada, solo eso, que te quiero mucho.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Recuerda, tarta helada en la nevera.

El silencio es la espera, una tarta en la nevera esperando ser comida por los invitados de una fiesta que aun no ha empezado. Es el toque de queda, mirar por la ventana mientras llueve. Es estar sola rodeada de miedos, de gente, de tartas en la nevera esperando ser comidas. 
Lejos de ser ausencia, es un vacío esperando ser llenado. Lejos de ser vacío, lo abarca todo. 
Es la música que me impide pensar cuando salgo a dar vueltas, haciendo como que no quiero encontrarme con nadie, yendo, por fin, a esos sitios a donde sé que nadie más irá. Nadie más que yo.
El silencio es la mirada perdida del que piensa, recorriendo cada rincón de una sola idea. Muchas ideas acaban siendo ruido. La nada, el blanco, estar sentada en un sillón, esperando a que lleguen los invitados.
Es lo que pasa cuando cierras la puerta y te vas. Lo que pasa cuando no estás. El cigarro en el cenicero, apagado, esperando ser encendido, como una metáfora de una metáfora. Recuerda, la tarta en la nevera, también nos espera, nosotros, en silencio, también esperamos a esos invitados y ellos, a su vez, también esperan una fiesta.
El silencio no es silencio si es incómodo. Recuerda, muchas ideas acaban siendo ruido. Es incómodo todo esto porque entre las tuyas y las mías, las de ellos, ya no cabemos. Ideas.
La espera. Aprender a ser sutil entre las esperas, calmada entre las esperas, silenciosa entre los silencios incómodos de las esperas. El silencio es lo que no se ve pero se oye. Lo que hay cuando no hay nada.
Lo que pasa cuando se cierra la puerta del garaje y el sonido de la moto lo inunda todo de ideas ruidosas. Es lo que voy dejando tras de mí, cuando de camino a alguna parte voy esparciendo mis ideas. 
El silencio es lo que pasa cuando alguien llora y otro alguien no sabe qué hacer. Las lágrimas cayendo, sorber los mocos, todo eso es silencio porque no ocurre nada. Tu mente se queda en blanco cuando lloras, como una eyaculación emocional y al terminar no recuerdas muy bien el por qué de todo aquello pero te sientes mejor. El silencio es sentirse mejor, apoyada en la almohada y recordar que ya no hay ningún recuerdo.
Es el espacio entre dos cuerpos, el aire que circula a su libre albedrío, el peso del oxígeno.
El momento antes de quedarnos dormidos. Eso es el silencio. El limbo entre cualquier cosa. Una dimensión desconocida y por ende temida. Pero vivimos constantemente en silencio, es más, de tanto pensar nos vamos a quedar sordos. Recuerda, muchas ideas acaban siendo ruido.

Es, sin ir más lejos, lo que sucede cuando preguntas algo y esperas una respuesta. Un sí. Siempre un sí.
Mirar lo que nos rodea con ojos de gato. Mirar los colores, las formas, los movimientos. 
El silencio no es lo que pasa cuando no sé qué decir, eso es ruido. No sé qué decir porque quiero decir muchas cosas. Y de pronto, sentada en un sillón, mirando por la ventana, esperando a los invitados de una fiesta en la que hay una tarta en la nevera esperando ser comida y disfrutada.
Recuerda, una metáfora de una metáfora.

El silencio es lo que pasa mientras decido cómo actuar para que todo salga bien. Ensayo y error. Tirar, sin querer, las cosas de la mesa. Una cuchara, un tenedor. Cualquier cosa con la que se pueda comer una tarta.
Y sin ir más lejos, me encuentro rompiendo justamente el plato. A pesar de que sin cuchara aun podía haberme comido el pastel con las manos, se me cae el plato, llenándolo todo de silencio.
Llegados a este punto no me queda más remedio que plantearme tres opciones:

1. Coger la tarta con las manos y mancharme la cara, la ropa, el pelo. Todo.
2. Dejar la tarta en su sitio y quedarme sin comer.
3. Esperar a que me traigan un plato de repuesto.

Pero el silencio es esperar una respuesta. Es esperar a que alguien termine escogiendo una u otra opción. Es el miedo a tomar una decisión. Es saltar al vacío esperando encontrarte al final de todo, con al menos, algo de ruido. Ideas desordenadas. Encontrarte, sobre todo, con alguien a quien poder decirle que no sabes qué decir porque lo quieres decir todo. Solo que no sabes cómo.
¿Cómo?

Es el espacio que hay entre beso y beso. Porque ahí nadie piensa. Nadie tiene los huevos de pensar en la tarta que espera ser comida por no sé quién. Nadie es capaz de pensar mientras se tiene al silencio en la punta de la nariz. Recuerda, una sola idea, no se considera ruido.

La sonrisa después de haber acabado con todo esto. Eso es el silencio. Satisfacción. Una tarta enorme en una nevera algo antigua esperando ser comida por un montón de metáforas que a su vez son las metáforas de otras metáforas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Un maltrago

es cuando te atragantas.

martes, 8 de noviembre de 2011

Saber qué contestar

Me he resignado a no saber qué decir cuando me preguntan por ti. 
Todas las palabras que pueda pronunciar acaban en tu boca, masticadas, tragadas y digeridas. Y ahí, en tu vientre es en donde estoy la mayoría del tiempo. Pero lo cierto es que ninguna de las cosas que no sé decir cuando me preguntan por ti existen realmente. Es solo un instante. Ese instante en el que creo que todo es gris y feo y de pronto se vuelve azul turquesa. No pasa siempre. Pero sé que cuando pasa estoy en tu vientre junto con todas las palabras que no me salen cuando me empiezas a masticar.

Soy eso. El bolo alimenticio de una probabilidad estadística nimia, pero sin embargo, existente entre todas las probabilidades estadísticas nimias de esta ciudad.

Sucede también que no eres la única que come y mastica palabras. Sin ir más lejos, yo me paso la mayoría del tiempo masticándome a mí misma, como concepto. Algo abstracto que solo se concreta cuando ve su reflejo en alguna superficie. De resto, mi pelo es diferente, mi cuerpo es otro y todo en general es distinto.
De hecho, en mi mente, el dibujo de tus facciones es tan distante de la realidad como lo es mi reflejo en cualquier superficie. Por eso te miro. Te digo que te memorizo por eso mismo. Porque no soporto la idea de crearte en mi mente de manera tan desemejante a la realidad.
Eres un par de ojos, un pelo, una boca, unas manos, unas uñas, un cuerpo, pero soy incapaz de agruparte y tenerte tal y como te ven mis ojos cuando acierto a levantar la vista en el momento adecuado.
Y es eso, supongo, lo que hace que no existan pensamientos con los que responder al "tú" como cuestión. Que estás tan desorganizadamente acomodada en mi mente que me es difícil exponer alguna idea coherente sobre ti. Aunque me concentre e intente con todas mis fuerzas ponerte sobre la mesa y exponerte con total claridad, no tengo ni idea de lo que pienso acerca de ti. Es solo que me gusta cuando tus partes dispersas se van uniendo en un momento de lucidez mental y se compone algo así como un reflejo de ti en mis retinas. Es algo armonioso, lleno de perfección. Como ver un paisaje o recordar una canción genial. Esa sensación de ver llover y saber que no hay ningún motivo lo suficientemente importante como para salir de casa. Solo mirar por la ventana. Como llueve.

Incluso si me obligasen a tener que decir algo sobre ti, no sabría qué contestar. Ni siquiera algo tan superficial como tu forma de reír o de mover la boca cuando hablas. Ni siquiera algo tan íntimo como tu forma de besar o de fumar. Ni siquiera sabría explicar la especie de retraso mental que me invade momentáneamente cuando te tengo cerca. No hace falta tenerte delante o a un lado. Solo con que estés cerca me vale para parecer lo suficientemente idiota como para que se note.
Así que hoy, a parte de masticarme una y otra vez, he decidido normalizar todo esto. Esta idiotez, esta tontería, este torbellino de ideas disparatadas. He vuelto a no saber qué contestar cuando me preguntaban por ti pero al menos he sabido por qué no puedo.
Eres como el concepto que tengo de mí cuando no hay ningún espejo cerca. Tan palpable como abstracto, tan cierto como erróneo. Pero eres como tal. Y de pronto apareces siendo tu propio reflejo y recuerdo el millón de cosas que se me habían olvidado cuando intentaba dilucidarte entre mis retinas y caigo en la cuenta del por qué de mi retraso mental, y el por qué de no saber qué decir cuando alguien me pregunta por ti.

Cabe destacar que si alguien preguntase algún día por mí, tampoco sabría muy bien qué contestar.
Ni recuerdo cuál es el color azul exacto de mis ojos, ni cómo son mis dientes cuando sonrío, ni mi panza cuando decido levantarme y quedarme sentada en el borde de la cama, pensando, cómo será la imagen que me traiga hoy el espejo de mí.
Sin embargo, aun hoy soy capaz de dibujar en mi mente con todo lujo de detalle el instante en el que aquella probabilidad estadística nimia, sentada a mi lado me dijo algo así como que írsele la bola era una especie de acercarnos lentamente y besarnos. Algo así como. Tampoco me hagas mucho caso.

Y si me preguntasen ahora mismo por ti, seguramente les hablaría de tu nariz.

domingo, 6 de noviembre de 2011

amorodio

Lo que tiene el invierno conmigo
es un puñado de nostalgias
entre las costuras de mis bolsillos.
Un mar entero de fríos y ausencias,
y las ganas de que un calor pasajero
se instale de nuevo entre mis dedos.

Pensar se ha vuelto una tarea de lo más triste
y tediosa
y como los cerdos
me revuelco entre un montón de huecos.
El truco de las manos calientes
no es otra cosa
que aprender a concentrarse
sin pensar en ello.
Cerrar bien los puños y no dejar escapar
ni a un solo átomo.

Como imaginar que me abrazo
a tu piel.
Sacudir la cabeza se ha vuelto de repente
en una costumbre más.
La música me vuelve a sonar diferente
y entre ceja y ceja
alguien apunta con un rayo láser.
Hay francotiradores por todos los tejados
y este indio anda demasiado cansado.

El invierno tiene conmigo
el caos que compartimos.
Cristales empañados
y todas las ansias del mundo
de cambiar el rumbo a este lado del océano.
A este lado
sacudir la cabeza
como método de autoengaño.

Hay hogueras calentando
neuronas dentro de mi.
Los nombres de todas las tempestades
a falta de tatuajes en la piel,
cicatrices en el alma
y darme cuenta
cuanto cuesta
llegar a rasgar
algo invisible.

Como el fin del mundo
le contestó a Baldabiou.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Hoguera


Todos bailaban al son de músicas pegadizas, agitaban sus cuerpos, sus mentes, sus sudores. Es el estar sentada en esta silla lo que me molesta. Y mojarme cuando llueve sin reconocer que, en realidad, lo que me molesta es no poder compartir la típica sonrisa del "mira me estoy mojando". Es lógico, llueve.
Hay una canción con la que últimamente me gusta masturbarme. Hacerlo con música es una de las razones por las que me gusta tanto. Y de repente hay un montón de moscas esperando su muerte en una pared verde capricho. Las consecuencias del fumar no solo son el cáncer. También está el frío y probablemente la explicación a por qué últimamente mi habitación está llena de palomillas y moscas. Ellas también saben lo que es un hogar. Precisamente, mi cuarto, es ahora su hogar.
Ellos bailaban mientras a cualquier otra persona se le caía la copa y maldecía su existencia por no poder recriminarle a nadie que esa chica tan guapa le diera el empujón justo para derramar su copa.
Esa sensación de estar tan nerviosa que no puedes controlar ninguno de tus músculos y sonríes de una manera un tanto extraña. Es, supongo, una forma inconsciente de felicidad.
Hay un ratón que se despierta justo a la misma hora en la que yo decido irme a dormir. Cada vez se me parece más a la dueña. Pena que no sepa cazar moscas ella también. Porque no solo es un ratón, sino que también es hembra.
Encargo una depresión cada otoño, por si no le basta al frío con joderme los planes. Ese incómodo momento en el que tienes que quitarte el jersey y temes que se te levante la camiseta y solo por eso encargaría una depresión del tamaño de un elefante. Solo por ese terrible acontecimiento.
Y si no era suficiente con esto, soy tan entrañable que se reproducen las pelusas en mi ombligo.

Bailaban todos y la música iba a un ritmo demencial. Ojalá paren mis neuronas, ojalá dejen de bailar, se limpien el sudor, tomen aire y vuelvan a empezar. Bailar, bailar, bailar.

Al rededor de una hoguera, que viene de hogar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

comeback

Efectivamente hoy vuelvo a tener 22 años.
Y no sabes cuánto me alegro de ello(s).
Jé.

I am

Desde que me conozco sé que soy una persona intensa, desmedida en lo que siente, vehemente de cuerpo y mente.
Entristezco cuando llega el invierno. Cuando todo el mundo se vuelve gris y se vuelve triste porque es así como yo lo pinto. Cuando sentir se trata de adivinar qué coño estará pensando para poder ir un paso por delante y anticipar. Sean golpes o sean suertes. Anticipar.
Y soy rebelde. Desde que me conozco, lo soy. Aunque sepa que algo es así yo siempre diré lo contrario. Sin tener argumentos con los que refutar, reluce mi estupidez de esa manera y así es como funciono.
Pienso mucho, mucho, muchísimo mucho, y al mismo tiempo tengo la sensación de no estar pensando nada. Al menos nada con claridad. Digo que soy ordenada, que tengo suerte, que estoy bien. Digo, digo, digo, pero lo que quiero realmente es sentir.

Tengo planes. Planes todo el rato. Y por eso soy una contradicción con pelo, piernas y ojos. Siempre digo "tengo un plan" pero en realidad no sé lo qué vendrá después del cuál que procede.
¿Cuál?
No sé pero lo tengo. Y tengo señales y multas. Un montón de multas sin pagar.

El caso es que sé que soy un peligro para mí misma cuando digo que desde que me conozco sé que vivo las cosas muy intensamente. Soy un peligro cuando la luz que entra por tu ventana es la suficiente para dejarme verte tal y cómo eres y no tener pánico de sentir tanto. Demasiado.
Soy un peligro porque te he memorizado y tengo en mente el momento en el que pensé que eras demasiado guapa como para tenerme miedo y encima te diste cuenta, o al menos, lo intuiste. Un peligro porque en mi pecho tengo guerras y no son de cualquier catarro pasajero. No son siquiera por ti o por lo que pueda sucedernos. Son mis guerras.

Soy yo la que vive por impulsos y puede derribar fronteras y conquistar pieles. Soy yo. Y aun así, una vez más, me he dejado conquistar por mí misma. Me he dejado derrumbar por mis propias guerras y es invierno y hace frío y juro que miento cuando digo que yo no necesito esto para estar bien. Mejor.
Por eso tanta lucha, tanto nervio, tanto enfado. Porque no quiero ser así como sé que soy. Porque si siento quiero poder hacerlo de verdad y si no, también.

Y si me enfado tantísimo es porque toda esta mierda me suena a adolescencia y no hay nada que me joda más que eso. Ese potaje, ese deconstruir, ese ir aprendiendo. Cuando lo que quería decir era, ese ir acostumbrándome a que ésta que está aquí soy yo, así de intensa, de emocional, de poco calculadora. Esta soy yo y es normal que asuste.
Yo en mi lugar, lo estaría.

Aun así, está de puta madre sonreír porque todo ha ido bien, aunque haya gris y aunque el pincel aun tenga restos de esa pintura. Todo ha ido bien. Todo irá a mejor.
Y con suerte yo mañana no tendré 17 años, sino 22 y seguiré pensando mucho, mucho, muchísimo, pero diferente.

Ala.

lunes, 31 de octubre de 2011

Ceda el paso


Tengo un poder.
Es un poder que puede tener todo el que quiera si sabe creer de verdad. Si lo sabe usar.
Hoy, después de entrar en todas las tiendas de La Laguna en busca de un regalo para Julia, lo volví a descubrir. Está en mí porque de alguna manera yo también soy una señal. Debo serlo. Todos lo somos.
Estaba allí, tirándome de los pelos porque nada me convencía y dando vueltas por la tienda sonó una canción. De inmediato me di cuenta. Era allí, y lo dije en alto "¡señal!".
Acerté y volví a pensarlo, aquello era una señal en toda regla.

Entonces, me calmo, me siento, me fumo un cigarro y pienso, lo que tiene que pasar pasará. No hay que buscar las señales, ni tirar premoniciones al aire sin medida alguna. De repente pasa que estás a tus cosas y empieza a sonar una canción y sonríes y aunque el día siga siendo una porquería, todo puede cambiar y yo puedo ser partícipe de ese cambio.

Y de pronto me veo cambiando las cosas solo por estar un rato más ahí, dejándome ver. Y no me gusta.
Estoy como alterando las situaciones para que todo encaje sin entender que esa no es la manera adecuada de utilizar este poder. Es como descontrolarme y no me gusta.
Entonces, me calmo, me siento, me fumo un cigarro y pienso.
Pienso mucho, mucha gente lo sabe. Se me ve en la cara cuando pienso concienzudamente en algo. En alguien.
Y lo detesto. No hay cosa que más odie que ocupar mis pensamientos en alguien. Porque busco señales y las señales no se buscan. Debería saberlo.
Otras veces llego a concebir la idea de que quizás haya señales más durables que otras, más concretas que una canción, más corpóreas. Hay señales que te besan y piensas, esto es una señal, no hay nada que me indique lo contrario, este tipo de besos no se le da a cualquiera.
Y por eso mismo estoy cansada hoy.
Porque me he topado con una señal que nunca sé cuándo aparecerá, pero aparece y mi CI decae un 60% aproximadamente.
Porque antes era fácil vivir sabiendo que las cosas las controlaba yo. A pesar de pasarme el día pensando en cualquier cosa, las cosas las podía controlar en gran medida.
Y no ese poder del que hablaba cuando intentaba decir que aquella canción, era LA canción.

Me refiero a que ahora hay una canción y hay un parque y hay una calle. Y eso me molesta. Me molesta demasiado. 



viernes, 28 de octubre de 2011

Automático

Probablemente esto sea una especie de auto-obligación, una especie de ritual, de costumbre instaurada.
Probablemente solo sean palabras. 
La química se diluye lentamente, pero se diluye y probablemente mañana ya no haya ni rastro de esta sensación. Esa especie de manía humana de alargar algo placentero. Se cierra la puerta. Hasta ahí. Pero no.
De camino a casa una siempre sigue pensando en ese sentido del tacto, del gusto, del olfato. Una sigue rememorando lo placentero hasta el punto de añorarlo, a tan solo tres segundos de una despedida.
Si me pongo a ello podría memorizar, cuál es la baldosa rota de tu portal, los pasos que se tarda en llegar hasta el aparcamiento o incluso la media de minutos que se tarda en despacharme. Cincuenta y algo.
Pero eso solo significaría tener más motivos. Luego tener motivos solo significaría tener más razones y luego el resto solo serían pesos de más.
Es solo que últimamente me dedico a vivir. Ya te digo. Vivir no solo consiste en comer, dormir, defecar, respirar. Se trata de priorizar, de volverse medianamente loca, medianamente cuerda. Se trata de hacer lo que a una le apetezca siempre y cuando no tenga que madrugar.
Pero existen sonrisas resacadas que valen un millón. Esas que cuando despiertas pensando que no, no, no, te atraviesan todos tus músculos faciales y del estímulo incondicionado, nos acomodamos en un recuerdo.
Solo un instante.
Es más, estoy segura que mañana cuando me despierte me pasará algo así. Estarás entre mis músculos faciales y por ende te recordaré.
Será extraño pero es una especie de auto-obligación, de ritual, de costumbre instaurada escribir cuando llego a casa aun con la química diluyéndose en mi. Aunque mañana al despertar solo sea una sonrisa lo que me trajo hasta aquí.
Una sonrisa que vale un millón.


miércoles, 26 de octubre de 2011

Sioux y todo lo demás



Un indio Sioux siempre sabe qué hacer con los suyos.
Te tengo en las entrañas y me dueles en octubre porque esto era una especie de ritual para nosotras.
Pipas peladas, hojas de libretas mal cortadas y cartitas con dibujos y letras de muchos colores.
Este era una especie de mes triste. Siempre lo ha sido pero ahí estabas tú.
Un año apareciste vestida íntegramente de verde y parecías una rana.

En donde vives ahora no suelen haber muchos indios como yo. Siento haberme cambiado de bando.
Los piratas siguen estando en mí pero ahora siento el mundo de otra manera.
Es una especie de "sigo luchando pero ahora de manera diferente".
Para serte sincera, esperaba que estuvieras muy triste el día de nuestra despedida, pero no. Aguantamos el mal trago de manera estoica y mientras tu preparabas la comida yo me iba porque había quedado con Huguito.
Esta noche, mientras hablaba con Julia, me he descubierto medio llorando porque no vas a estar en mi cumpleaños. Me he sentido en mitad de un síndrome premenstrual muy, muy adelantado, pero no. Es solo que es octubre, que todo comienza a ser naranja y gris y que los kilómetros me pesan.
Hay un millón de personas ahí fuera viviendo una vida que, quizás ahora mismo, debería ser la mía, un millón de amigos viviendo fuera pero a la única que necesito, realmente, es a ti. Aquí.
Resulta que si me pongo a pensarlo, aun ahora, volvería a llorar.

Es como cuando te ibas de vacaciones de verano a Madrid, pero mucho peor, mucho más frío, mucho más todo. Cuando no había visitado esa ciudad, te imaginaba en ella por lo que te leía, en una ciudad que algún día fue nuestra. En un tren, muy fumadas o deseando que subieras y leyeras y que todo el mundo viera la de bichos que nacen en tu cabeza. Me gustan esos bichos.
Tus bichos y tus sueños.


Aquí tampoco hay nadie tan encantadora como tú, ni me saben leer la lascivias con una sonrisa como la tuya.
Te ríes de todo lo que te digo y me gusta porque cuando nos conocimos pasó algo así. Me gusta ser tu amiga porque comprendes mi sentido del humor. O pensándolo mejor, solo soy así contigo y no porque el resto no me vaya a entender, es solo que sabías desde el principio que Vanessa no me iba a caer bien, y sabías desde el principio que ser mi tutora en ortografía solo iba a significar más deprave y más pasar de estudiar. Y sabías que nuestro proyecto de casa para tecnología no lo íbamos a hacer nosotras, sino mi abuela.
Fue la mejor excusa para que te quedases días y días en casa, comiendo sándwiches de atún con mayonesa y millo y rompiéndome fotos de Bustamante por pura envidia.

Y se suponía que la que cumplía años era yo y estoy aquí, escribiéndote.
Pero así somos los indios Sioux.
No dormimos y nunca dejamos de luchar.
Tengo en mi mente tu cabellera. No me he enamorado aun de ti, pero tiempo al tiempo.
Cuando me ría sola de alguna chica pensaré que desde la distancia tú también lo haces diciéndome "ahora seguro que te deja".
Y te odiaré por decirme que qué fea.
Creo que me estimulas. No te trabes. Es solo que mi mente va mucho más rápido, mucho mejor, mucho más feliz, cuando te tengo cerca o cuando de lejos nos contamos las cosas, y me dices cosas que pienso y te digo cosas que piensas y te quiero. Joder. Que te quiero.

Y nada, estaba allí, en el baño viendo como Julia se quitaba el maquillaje de prueba para la fiesta de Hallowen, hablando de todo, de esas cosas que te cuento a ti pero entre risas, solo que un poco triste y un poco cansada y me dio por recordar que el jueves es mi cumpleaños y no te tengo conmigo.
Sé que sí, que bueno, que nos tenemos en mente. Todo ese rollo sentimental, pero echo de menos la litrona en el parque y sentirme un poco macarra con 16 años. Por tu culpa.
Así que nada, en diciembre celebramos un octubre, un noviembre y todos los meses que nos quedan por delante.

Por cierto, no recuerdo bien quién, pero alguien me dijo que los indios se drogaban, haciéndose heriditas en el brazo e inyectándose veneno de rana/sapo para soportar las alturas y saltar y ver mejor.
Qué extraño todo ¿no?
Es como estar metida dentro de una gran metáfora. Como si fueras la rana que envenena al Indio y así puede ver y saltar mejor.
Y matar mejor.

Te quiero y espero que como los indios sioux, sepas qué hacer con todo esto.



martes, 25 de octubre de 2011

"Esto"

Lo peligroso de "esto" no es "esto" en sí.
Lo peligroso de "esto" es que "esto", en sí, se nos vaya de las manos

lunes, 24 de octubre de 2011

La noche de los chicos sentados en sillones de cuero.

Pies sucios, como anticipo de unos pensamientos. Consecuencia de andar mucho, andar demasiado.
Desde mi sillón podía ver la ventana que daba a la calle. Podía ver las ventanas del edificio de enfrente. Luces encendidas aun, no éramos los únicos que trasnochábamos.
Un buen título para tu primer libro debe ser lo primero que se te venga a la mente. La noche se relataba sola y nosotros andábamos con las penas como intentando bailar sin desfallecer. Cada uno en un sillón. Unos pies sucios, unos ojos llorosos y yo que estaba a punto de saltarme un ceda y ganarme una multa a las siete de la mañana.
Hay noches que están pintadas, poco menos que por Dalí. Tú no entiendes, yo menos y aquí el querer algo con muchas fuerzas es sinónimo de acabar escuchando como los demás follan. Como los demás vomitan. Como los demás lloran.
Veía sus pies. Pensaba en qué pasaría mañana cuando fuera de día y toda aquella noche solo fuera un reflejo de lo que somos cuando somos lo peor.
La noche de los chicos sentados en sillones de cuero. Sus piernas colgando, sentada de lado.
No llevarte conmigo de vuelta a casa y sentir un desprecio incontrolable hacia la palabra despedida.

Llevaba el cabreo en los zapatos, un azul turquesa aun en los labios y el tiempo que me faltó para darle las buenas noches riéndome. Aquello de noche tenía bastante poco.

Lo malo de algunos sillones es que pueden llegar a ser bastante incómodos. Como aquel salón. Como aquella noche. Como cuando nadie dice nada y se pueden oir los pensamientos. Como todo lo que pasa antes de que alguien abra la boca y le pida un beso de buenas noches a otro alguien.

Últimamente siento que no hago más que complicarle la vida a la gente. Siento que soy el típico sillón de cuero con el que todo el mundo se topa alguna vez en su vida, mirando hacia una ventana, perdiendo la mirada en unos pies sucios y sintiendo que tiene muchas cosas que contar pero no sabe cómo, porque todo eso le resulta tan incómodo como levantarse del sillón para ponerse la chaqueta, bajar las escaleras, montarse en la moto y ser multada a las siete de la mañana por un guardia civil poco respetuoso.

viernes, 21 de octubre de 2011

Lo segundo, nunca, nunca.

Lo que pasa después de que pase algo.
Ese tiempo de latencia en el que notas bombardeos en tu cabeza.
No puedes dormir.
No puedes comer.
No puedes pensar.
No puedes.
Nada.
No suele pasar nada hasta que vuelve a pasar
e inevitablemente terminas sintiéndote en una especie de ciclo vital
fluctuante.
Una especie de ir y venir.
Como que en el mar todas las olas son las mismas
solo que diferentes.
Pero todas son las mismas.
Una y otra vez golpean contra la orilla,
una y otra vez se alejan,
y siempre con el mismo balanceo hipnótico.
Por eso lo segundo
nunca, nunca,
suele merecer tanto la pena como lo primero,
pero existe y es lo que sin entenderlo,
nos mantiene casi atentos,
casi tirando la toalla,
casi volviéndonos locos.

Hasta que pasa lo primero.
De nuevo se nos olvida distinguir que siempre todo es lo mismo
y vivimos cada acontecimiento como si fuera único en su especie.

Lo que pasa después de que pase algo
es un espacio de tiempo que sentimos alargarse anormalmente más de la cuenta.
Nos pedimos explicaciones a nosotros mismos,
logramos encontrar respuestas, quizás, en algunos gestos imperceptibles,
sabiendo que en realidad todo eso, todo ese tiempo en el que no pasa nada,
nos hemos estado inventando la mitad de las cosas
y desechando la otra mitad por parecernos poco válidas.
Como consecuencia
no comemos,
no dormimos,
no razonamos,
no nada.

Hasta que consigues poner la mente en blanco, de nuevo,
como al comienzo de todo (hablo del universo, claro),
y de pronto
lo primero siempre, siempre,
lo segundo no tanto.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Sobre la reciprocidad

-¿Sí?
-Sí
-Pero, ¿en serio?
-Que sí
-Pues vaya
-¿Qué?
-Que no me lo creo

martes, 18 de octubre de 2011

cosas que pasan cuando no duermes

Después de reiteradas veces experimentando la misma sensación
he llegado a la conclusión de que hay un punto exacto en la noche,
entre el fin de la madrugada y el principio de la mañana,
en el que
hace tanto frío
que es imposible sentirse la nariz.

Y empiezan a cantar los pajaros, se empieza a hacer de día, el café sabe más rico
y me siento una suertuda.
Una suertuda con la nariz congelada entre el fin de la madrugada y el principio de la mañana.

sábado, 15 de octubre de 2011

Gatástrofes

¡Otro gato!

Algo, definitivamente, está cambiando.

viernes, 14 de octubre de 2011

No le hagas caso a nadie que venga triste de un paseo


Una constante en esta ciudad, últimamente, son los gatos.
No es un dato esclarecedor, pero es un dato interesante.
Soy una persona sumamente indecisa. Partiendo de esta base, cuesta creer que pueda tener un color, un animal o una estación del año favorita y lo cierto es que no me decanto por nada en especial, aunque a simple vista pudiera parecer que sí.
Así pues, digamos que me llaman la atención unas cosas más que otras, que tengo escalas de prioridad pero que nunca desecho nada que sea mínimamente bonito o interesante.
Por eso mi color favorito no es el verde, ni mi animal preferido los gatos, ni siquiera, el verano es mi estación del año predilecta. Es solo una forma de elegir algo que me hace bien. El verde me transmite tranquilidad, los gatos amor y el verano calor.
Me pasa algo parecido con las mujeres, solo que al revés. Es curioso como la inestabilidad emocional y la falta de respuestas a ciertas preguntas me llaman tanto la atención. La incertidumbre y la inestabilidad no son cosas que le hagan bien a nadie y sin embargo es lo que busco. O lo que encuentro. No sé.

Esta noche caminaba por donde siempre. Me despedí de un amigo, sería la una y media de la madrugada y yo debería haber ido en dirección al aparcamiento, donde estaba mi moto, pero no lo hice. Tenía música, tenía ganas de caminar y un millón de cosas que no quería pensar. Así que en vez de seguir bajando por el Ayuntamiento, me metí a la derecha, por la Carrera y caminé escuchando la Intro de The xx.
Si de día es bonita, de noche es el doble. Esta ciudad está llena de gatos y no es algo a lo que muchas personas pongan asunto. Hay una calle, no sé como se llama, pero sé que es paralela a la calle Carrera (no la Herradores, claro), que si subes desde la Catedral, en esa misma manzana, como a la altura de la casa que hace esquina, en una especie de patio abandonado, hay un millón de gatos callejeros.
Siempre que los veo están peleando y me recuerdan a mí.

El martes, por ejemplo, subiendo por la calle del “chola” me encontré un gatito negro muy pequeño, pero huyó de mí. Se metió debajo de un coche y ya no hubo nada que hacer.
Más tarde, siendo ya más miércoles que martes, en el parque de la Constitución, vi otro, esta vez era un gato adulto, grande, blanco y negro. Creo que era macho. No me imagino a ninguna gata por ahí viviendo aventuras. Digamos que es un prejuicio, pero tengo la impresión de que las gatas son más tranquilas. Más pesadas, más odiosas, más peleonas. Por eso me gustan. Por eso tengo dos.

El caso es que esta noche he vuelto a ver un gato, esta vez negro, metiéndose, a la altura de la Princesa, desde la Carrera a la Herradores. Al caminar por ahí, porque lo vi de lejos, me lo volví a encontrar pero desapareció rápidamente.
Y es eso.
Un gato nunca sabes cuando va a aparecer, pero algo en mí cambia cuando lo hace.
Tienen una forma muy peculiar de correr. Lo hacen sin mover el tronco. Solo sus patas, muy, muy rápido. Tanto que casi no se les distinguen.
Son sigilosos y siempre están alerta. Cualquier ruido los saca de la actividad que estén haciendo y parados, se quedan como a la espera. Algo que extrañamente también me recuerda a mí.

Llevo muchos años paseando por esta ciudad. Nunca la he sentido como mía pero porque no me siento parte de casi nada y de las pocas cosas a las que pertenecía ya me quedan muy lejos o no me quedan de ninguna manera. He de aclarar que el no sentirme parte de ella no significa que no me guste, pero eso, que llevo muchos años en ella, y ella, de algún modo en mí y nunca me había dado cuenta de la cantidad de gatos que esconde entre sus entrañas. Se me ocurre pensar que no sé qué es lo que sentirá teniendo gatos entre las tripas, pero debe ser algo así como saber que algo se te mueve por dentro y no saber muy bien el qué. Como me pasa a mí de un tiempo a esta parte.

Siempre me ha desconcertado todo esto.
El no tener claras mis preferencias hacia ciertas cosas. Cosas triviales. Las importantes ya ni me las cuestiono. Pero si me preguntasen cuál es mi comida favorita, no podría quedarme con una en concreto, y si me dijesen cuál ha sido la mejor película que he visto en mi vida, probablemente no sepa qué decir. ¿Un libro?, esto sí, claro, pero es tan poco oído que ni siquiera tú lo conocías.
Creo que me gustan muchas cosas y tengo épocas pero nunca termino de profundizar en ellas. Esto es algo que me ha incomodado desde siempre. Me siento una persona superficial y nimia. Como que lo que muestro es lo que hay y listo, no busques más, el resto será palabrería barata. Por eso me es muy fácil perderme en conversaciones que me quedan grandes.
O es eso, o soy un gato.
Siempre se me ocurre que cuando están quietos, mirando al infinito, están pensando cosas muy importantes. O quizás sean como yo y solo piensen en las tres mismas cosas de siempre.
Desde que tengo uso de razón, parte importante de mi pensamiento lo dedico a pensar en mujeres. Muchas con nombre y gestos, otras solo puras casualidades.
Y eso pasa con los gatos, creo.

Que cambian a la ciudad pero nadie se da cuenta.

Y quizás si cambiase muchas cosas en muchas personas, pero nadie se dio cuenta.
Ni siquiera yo.

Lo que quería decir es que no tengo nada favorito en mi vida, pero al mismo tiempo, sé que prefiero el verde al resto de colores, el verano al resto de estaciones y los gatos al resto de animales. Es como una especie de dejarme llevar por lo que las cosas me hagan sentir.

Y es eso.
Que cuando aparece un gato, por esta ciudad de la que no formo parte, se paran todos mis estados emocionales y sonrío.
Aunque haya tecleado de más y el arrepentimiento me coma los sesos.
Un gato.
Algo va a cambiar.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Rey Octubre

Parecía que decaía,
pero era tan solo una manera
como otra cualquiera
de coger carrerilla.

martes, 11 de octubre de 2011

Capicúa



Pensaba.
Sentado en un banco, en un parque, frente a un muro lleno de pintadas. Detrás, un colegio.
Pensaba.                            
Estar solo era una de las cosas que más apreciaba. El silencio de escuchar una canción a solas.
Miraba a su alrededor, la luz en ese momento del día le encantaba. Miraba al cielo y un poco más abajo, unas palmeras y más abajo, de nuevo, el colegio.
Se acordó entonces, que justo en ese mismo banco, años atrás, su primera novia lo intentaba dejar. Sonríe. ¡Pero si no sabíamos ni por qué ni cómo!
Se alegra de haber crecido.
Mira a los demás bancos también y recuerda otro tipo de momentos, con otro tipo de chicas. Tampoco, por aquel entonces, sabía ni por qué ni cómo.
Pensaba.
Saca el tabaco, un papelillo, un filtro y un mechero. Empieza a liarse un tabaco mientras ve como la gente pasea delante de él. En frente, un muro, unas palmeras y un colegio.
Antes de terminar con la tarea de liarse el tabaco, guarda cuidadosamente cada cosa en su mochila. Incluso con el tabaco a medio hacer. Metódicamente introduce cada cosa en su lugar. Primero los papelillos, luego la bolsa de filtros, y por último y con el cigarrillo aun a medio liar, la bolsa de tabaco.
Últimamente fuma demasiado. Piensa. Luego, después de prensarlo, moja el pliegue de papel que le sobra con la lengua, y con mucho cuidado le quita la tira sobrante. Siempre le quedan sueltos por el filtro. Piensa. Lo arregla como buenamente puede y lo enciende.
La primera calada es la mejor. No había caído en la cuenta de ello, hasta que cae y frente a aquel muro, las palmeras, el colegio, la luz del día, la gente paseando, el banco donde su primera novia lo intentó dejar por primera vez con él, los demás bancos con las demás chicas, lo piensa.
A parte de fumar, lo que no paraba de hacer durante todo el día, todos los días, era pensar.
Pensaba tanto y con tanta fuerza que algunas noches llegaba a casa con un dolor terrible entre las sienes.
No le dolía la cabeza, eran solo las sienes.
Pensaba.
Debe ser ahí donde la tengo metida.
Se levanta, busca una papelera donde tirar la bolsa de filtros vacía y con el tabaco aun consumiéndose se dispone a caminar.
Porque aparte de fumar y pensar, lo que más hacía últimamente era caminar.
Dice relajarle, aunque en realidad piensa que quizás es que se está volviendo loco. Caminar por ahí solo. A quién se le ocurre. Pero le gusta, así que con su cigarro en la mano, caminando por una de las calles que más le gustan de su ciudad, decide tomar el rumbo de siempre y se mete a la derecha. Por la calle que va a parar a un parque y más allá a la Iglesia.
Recuerda cómo eran las cosas antes. Las casas, las calles. Lo que cambia a la vista que una calzada sea ahora peatonal. Se ven más lindas las casas. La gente ya no se apelotona con sus coches por la ciudad. Ahora lo hacen con sus piernas. Caminando a su lado, pero como si no existieran.
Pensaba.
La razón exacta y precisa de por qué sale a pasear solo. La de su dolor y la otra que se le ocurre es la misma. Una enfermedad y una cura. Siempre hay cura para todo, dice.
Pero le alivia pensar qué dirección tomar. Mantiene su mente ocupada con direcciones que no le llevarán a ningún lado y al mismo tiempo, todo el rato, traza planes.
Ahora haré esto, y esto y esto y luego esto. Mentira. Piensa.
Y es eso.
Que piensa demasiado.
Cualquier detalle es motivo de evocación de algún momento, en algún lugar, con alguien.
Y es eso.
Que piensa demasiado en alguien.

Entonces se para en seco. Al darse cuenta de ello, detiene la marcha de su paseo. Se rasca la cabeza como diciendo, qué estoy haciendo yo aquí y regresa de dónde vino.
Pero nunca por el mismo sitio.
Por si las moscas.

domingo, 9 de octubre de 2011

Lo primero siempre, siempre

Sentir cómo se mueven las venas de la mano.
Ver una estrella fugaz.
Encontrarme 20 euros.
Asustarme cada vez que el ambientador última generación de mi habitación lo fumigue todo de olor rico.
He fumado demasiado.
Mañana será otro día.
Será domingo.
Pero tengo 20 euros.
Noche misántropa.
Vida misógina.
Quiero que Laura vuelva pronto.
Y Raque.
Mermelada de pimientos con queso.
Frieras en las manos.
Congelarse en la moto.
Que vuelva el frío, como excusa de este mal humor.
Las señales no nos dicen nada.
Tu cara buscándote entre estas líneas.
Mis párpados me dicen que tengo sueño.
Anoche pensaba tanto y tan rápido que no me dio tiempo a dormirme.
No existe el sueño acumulado. No pingas.
Quiero escribir sobre sexo. Escribir bien sobre sexo.
En noviembre hay otra lluvia de estrellas.
Una sonrisa gigante.
Me imagino un naufragio.
Ver llover.
Que no se me mojen, milagrosamente, las gafas.
Siempre, siempre, lo primero que se me ocurra.
Soy muy previsible para mí misma.
La noche mata al alma.
Se fueron a juntar el hambre con las ganas de comer.
Camisas de once varas.
El alcohol pervierte al deseo, al instinto y a las ganas. Eso me da mucho asco.
Mi plan era dar clases de inglés este curso. Pues eso. Very good.
Llagas en la lengua.
El milagro de que las entradas se guarden en borrador me ha salvado el culo un par de veces de tener un infarto. Aplaudamos la sabiduría de blogger.
Una canción continuamente sonando.
Una persona continuamente escuchando.
Leer cómo hablas, te mueves, caminas, miras, sonríes, duermes.
Leer poesía mientras fumo en la cama con la ventana abierta.
Tanto sueño que voy a parar ya.
YA.


viernes, 7 de octubre de 2011

GPS


Abro mi cabeza. Otras veces, muchas veces, me habría abierto en canal, las entrañas, el corazón, las venas. Pero esta vez, abriré mi cabeza. Otras veces, muchas veces, lo hacía para meter cosas, sacar cosas, dar vía libre a nombres herméticos donde yo nunca tuve cabida.
Por eso para mí, estar dentro de algo es importante. Llevar en mí algo es lo normal, pero ahora abro mi cabeza para pringarme las manos de pensamientos. Hurgar en mí como lo haría contigo si pudiera.
El cerebro no es más que unas tripas como otras cualquiera, con la diferencia de poder elegir el momento y el lugar adecuado para desentendernos de su contenido.
Mis ojos no lo ven, pero yo sé que existe todo ese color del que te hablo cuando palabras que no existen rebotan contra cualquier superficie.
Entiendo que no seas capaz de verlo. Yo tampoco. Normalmente la piel es algo que no deja ver más allá, pero sé que de la tinta de esta hoja hasta mi cerebro, no hay nada. Las letras corren por mí como lo harías tú si yo quisiera.

El caso es que estoy aquí, con el cerebro al aire, pringando mis dedos de dudas, intentando localizar el lugar exacto donde se encuentra la mente.
Ya no te digo el alma. El alma sí sé dónde está. Te hablo de cuáles son tus coordenadas geográficas cuando digo que te tengo en mente.
Es como sabernos en la misma ciudad, querer coincidir, pero andar tan desorientada y tan lejos, que cada calle se convierte, entonces, en una nueva esperanza.

Con mi cabeza pasa lo mismo.
Sé que estás, porque es obvio y lógico, pero no sé dónde ni en qué momento me empezó a interesar tanto un lugar como el tuyo. Sobre todo me intriga todo esto porque no soy muy propensa a tener curiosidad por lo nuevo. Mucho menos si se trata de un lugar.

Y es que lugares hay miles y normalmente a todos se llega más o menos por los mismos caminos y con los mismos medios, pero ahora mismo siento crecer una selva entre las circunvalaciones de mi cerebro.
Además, soy tan de ciudad que un manglar puede asustarme de una manera irracionalmente desproporcionada, pero no sé por qué motivo, hago de tripas corazón y sigo insistiendo en que es importante saber el lugar exacto de localización para cualquier cosa. Ya sea una emboscada, un alto el fuego o un atrincheramiento.

Por eso he llegado a la conclusión de que ya no me basta con saber que te pienso y te tengo en mente. Ahora me hace falta saber dónde estás, de cuánto tiempo dispongo para encontrarte, y qué será lo correcto cuando, de retirada, enfangada hasta las trancas, cabizbaja y cansada, me encuentre contigo
de camino a casa.



.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.