viernes, 30 de septiembre de 2011

fear

Cuando asustan las palabras.
Ese momento del día en el que te invade no sé qué cosa que no puedes controlar
y aun así eres consciente
de que hay palabras que asustan, desmoronan
y no vienen a cuento.

Pero tienes esa necesidad de hacerte oír,
de que te callen de una u otra manera,
de golpear fuerte unos tímpanos cualquiera
con todas esas sílabas
que
entiendo
que
asusten.

Lo entiendo.
Dan tanto miedo
que incluso a mí
me da miedo hasta pensarlas.

Es como traerte de vuelta una y otra vez
y querer
una y otra vez
que tomes conciencia de ello.
Y da miedo eso, eh, mucho miedo.


Pequeña Guerra Mundial

Lidero este bando en una guerra mundial
de gritos
al borde de mi cama.
Siento muchas veces 
como mis pensamientos van tan rápido
que se atropellan unos a otros
y dejan de existir.

Es esa sensación de sentirse como en blanco,
como a medio camino
pero al final,
como sin fuerzas
pero con tanta energía dentro
que podría iluminar ciudades enteras con ella.

Estoy aquí como esperando,
dejándome pasar algunas cosas
porque sé que no me lo merezco
pero no puedo parar.
Guárdame ese abrazo para cuando de verdad lo sienta
y lo sentirás.

Y estoy aquí, 
en este bando que me ha tocado dirigir,
con toda esta guerra en mi cabeza
y todas esas bombas fuera
que soy incapaz,
no sé por qué,
de esquivar.

Pero guárdame amor para cuando pueda recibirlo,
el correo no llega a las trincheras
y entre el borde de mi cama y tú
hay un gran trecho.
He criado a la rabia entre mis entrañas,
he dado de mamar al odio
y ahora tengo tanto fuego dentro
que soy incapaz de ver más allá de esta propia guerra.

Pero sigo siendo yo,
sigo sabiendo que después del combate
una llega a casa
se quita las botas,
tira el equipaje,
se ducha
y vuelve a ser una misma.

Aun así soy fiel a mis sentidos,
fiel a mis odios,
fiel a todas las pataletas que no tenías por qué haber vivido
pero fuiste testigo.

Ya no soy capaz de hipotecarme
por hacer lo correcto.
No tengo el alma para estos trotes.
Estoy al borde de una pequeña guerra mundial.
De la misma guerra de siempre.
Yo contra ti, contra mí, contra todos
y tú ahí
observando como todo se va a la mierda
en décimas de segundos.
El tiempo que tarda en caer una bomba
desde el cielo
hasta el borde de mi cama.

martes, 27 de septiembre de 2011

trucos

Que no se entere tu mano derecha de lo que hace la izquierda. Tu izquierda.
El truco está en que no se entere tu boca de lo que hacen mis ojos
y
viceversa.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Sobre la poca selectividad de mi memoria, Capítulo 1:

Se acordará de la ropa que llevaban ambas. Incluso la de su amiga. Incluso la de su compañero de piso y la del amigo de su compañero de piso.
Se acordará de la premonición de la noche en el parking, buscando un paraguas para que al final de todo ni siquiera lloviera.
Se acordará de cuánto pesaba el satélite UARS antes y después de estrellarse. En cuántos pedazos, a cuánta velocidad.
Se acordará de la canción que sonaba en cada momento de la conversación, el tipo de dolor de cabeza, el tipo de nausea.
Se acordará de las coordenadas exactas de todas las picaduras de mosquito, el número de llamadas perdidas, el número de minutos perdidos.
Se acordará de las curvas, de los baches.

Es interesante la cantidad de porquería que se almacena en la memoria a corto plazo.
Sin embargo, es probable que esto de aquí arriba se haya almacenado en otro sitio.
Y si no, hagamos la prueba.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Pre-sentimientos


Se sabe desde el principio.
Es algo que está ahí, en las pequeñas cosas. A veces lo notamos al instante, otras, sin embargo, tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de ello.
Se sabe desde el momento en el que te percatas de que su nariz se arruga al reírse, o ciertas palabras en su boca suenan diferente, o puedes recordar todo lo que ha dicho, sin ni siquiera ser partícipe de sus conversaciones.
No alcanzas a ver cuánto abarcará el daño, pero sabes que en algún momento, de arriba abajo acabarás agrietada.
No sé si todas las veces me di cuenta pero si puedo entender que desde el minuto cero siempre hay autopistas marcadas para este tipo de situaciones, para estas personas.
No recuerdo si las veces anteriores lo supe desde el principio, pero supongo que sabía que podía ser cierto.
Se tantea el terreno en el primer beso y es entonces cuando sabes si serás tú quien le destroce las entrañas o por el contrario, seas tú quien termine destrozada, probablemente en el baño de tu casa, fumando y llorando.
Se sabe de antemano lo que pasará o al menos yo puedo ver el futuro. Es fácil. Muchas veces supe que era yo la autopista y otras, el automóvil, presa de un asfalto que iba a mucha más velocidad de lo que mis ruedas podían ser capaces de correr.
La diferencia, sin embargo, no está en el trayecto. El trayecto es siempre el mismo: sales de casa, vas a su casa, pillas la autopista y tienes ese presentimiento. No sabes por qué pero de todas las veces que advertiste que algo así pasaría te encargaste de dejar claro a quién querías y cuánto, pero esas veces, en las que no notas nada, en las que no tienes necesidad de despedirte de nadie porque no te irás a ningún lado, esas veces son lo que marcan la diferencia. Eso y la forma de estallarse. El minuto antes no importa, ni el minuto después. Es solo el preciso instante en el que todo tu cuerpo vuelve al universo en forma de partículas aun más pequeñas y piensas, por primera y última vez que lo sabías.
Sabías que era ese trayecto lleno de pequeñas cosas, su nariz al reírse, la forma en la que pronuncia ciertas palabras, el movimiento de su pelo, de sus caderas, sus hombros. Todas esas cosas se estrellan contigo y ya no hay nada que hacer.

Piensas “ya lo sabía”

Las demás también tuvieron que saberlo desde el principio. Por eso se habla de miedo. Yo también tuve mucho miedo. En los dos sentidos del trayecto. Todo el mundo tiene miedo. Una nunca quiere que nadie tenga un accidente en sus autopistas de la misma manera que nunca se quiere tener uno en las autopistas de nadie.

Es un instinto, un vestigio primitivo de supervivencia al que la cultura, los ritmos vertiginosos de la vida, han deformado hasta convertirlo en una meta, algo que se debe empezar y terminar y del que no sabemos cómo escapar.
Se sabe desde el principio.
Quién hará daño a quién.
Nunca de qué manera pero puedes intuirlo. Puedes trazar un destino, que normalmente suele ser el equivocado y por el que daremos un millón de rodeos hasta encontrarnos, desangrándonos en el suelo pensando “ya lo sabía, joder, si es que ya lo sabía”
Lo que viene después suele ser una sonrisa. Sabes que esto no ha hecho más que empezar. Recoges tus tripas, te las vuelves a meter donde, más o menos, estaban antes y sigues a pie.


-Ahora mismo no sé muy bien quién hará daño a quién.
-¿Es que acaso eso se sabe desde tan pronto?
-Y desde mucho antes. Desde el principio del todo.

Aun así, lo único que soy capaz de imaginar ahora mismo es que no voy sola en el coche. Que tengo uno de esos presentimientos y que cuando menos me lo espere, de camino a casa, me empezará a sangrar la nariz. Solo eso. Solo la nariz.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Qué extraño

Dado la vuelta
el móvil me sigue parpadeando.
Dada la vuelta, sigue parpadeando.
Metido en la maleta, sigue parpadeando.
Apagado, sigue parpadeando.

Pero lo miro
y tiene los ojos como platos.


lunes, 19 de septiembre de 2011

Días carnívoros


Los días carnívoros
muerden con más fuerza que el resto
dejando un reguero de sangre
allá a donde se vaya.
Son de esos días en los que
como martillazos,
los recuerdos estallan contra tus párpados
y en la punta de tus dedos
se empieza a notar el sudor
de la magia.

Tienen, también, garras
y pueden dejarte sin ropa,
sin aliento.
Pueden dejarte a mitad de camino
entre un buen día
y uno de los malos.
Te agarran por el pescuezo
te llevan contra la pared
y es allí donde se vuelven grises
y dan miedo.

Los domingos, por lo general,
son una especie de días
de los más carnívoros.
Detrás de cualquier tipo de noche,
los sábados solo son un señuelo
para tenerte cerca, cansada, destruida
y entonces
¡zas!
Los sillones te atrapan en espirales
de películas lacrimógenas,
la comida no te llena del todo
y hay un chocolate esperando en la despensa
a tu depresión, carnívora, también.

De pronto, uno de sus dientes
acaba llegándote el hueso
y empieza a sonar una música muy triste.
Con guitarras y piano,
como anunciando la muerte total de la alegría.

De todos modos, tú ya sabías que algo así pasaría,
tirada en la cama la tarde del sábado
pensando que la paciencia nos hace grandes
y dejándote dormir para pasar el mal trago
con algo menos de dolor.
Sabías que al día siguiente
el levantarte de la cama solo sería un error
pero
24 horas después te encuentras en un coche
con tres personas
rodeados de bosque
y crees que es posible
volverse vegetariano de vez en cuando
mientras dibujas castillos encantados
y empiezas a echar de menos a tu mejor amiga
que se va uno de esos días carnívoros de la semana
pensando si quizás ella pueda regalarte
al menos
solo
una
lagrimilla
para convertir la sangre de la primera mordida
en magia
y el tedio de la segunda
en pienso para días
como estos.

Bajábamos de la montaña
dándonos la mano,
sabiendo que las despedidas
cuanto antes se hagan mejor
queriéndonos desde nuestros respectivos
mataderos mentales.

Limpiar la sangre de los días carnívoros
después,
si sabes cómo
puede convertirse en una tarea ardua
pero entretenida
y así comenzó el lunes.
Limpiándome las heridas
de un fin de semana
tendida en el suelo,
sintiendo los rayos de sol
intercalados con las gotas de lluvia
de cuando me daba por pensar.

No sé si tú me viste
pero yo estaba allí,
tirada en el suelo
sintiendo las dentelladas de un domingo próximo
pero disfrutando
de cada uno de los recuerdos
que como martillazos
estallaban contra mí,
una de las personas más carnívoras que conozco.

***

Temo que la sinceridad y la valentía un día dejen de ser inseparables.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Besugos

 -No tengo nada interesante que contarte.
-¿Para qué me hablas entonces?
-No sé, me pareció buena idea tirar de la sinceridad para sacarte tema de conversación.
-Vaya.
-Puedes participar en el monólogo, si quieres.
-No sé qué decir.
-Bueno... es fácil, ahora puedes soltarme alguna de esas frases estándar que sueltan las chicas como tú en estos casos... "qué loca estás", "jajajaja", "..."
-¿Las chicas como yo?
-Bueno, creo que no hay nada de mí que pueda interesarte, aun así tienes la amabilidad de responder cuando te hablo. Las chicas como tú, a las que no intereso, suelen tener frases hechas para, hipócritamente, mandarme a la mierda.
-¿Quién te ha dicho que no me interesas?
-Esas cosas se notan.
-"..."
-Si yo fuera tú, si te interesase de verdad, no perdería el tiempo en estas bobadas.
-No pierdo el tiempo, lo invierto.
-Vaya.
-Créeme que si no tuviera nada interesante que contarte, sería la primera en hablarte, pero tengo esa manía de quedarme callada cuando más cosas tengo que decir. Me da por pensar que puedes adivinarlas y decírmelas sin necesidad de abrir la boca y arriesgarme a que me prestes atención.
-Te presto atención...
-Ya...
-...Incluso cuando cierras la boca y te dedicas a soltarme las típicas frases hechas que dicen las chicas como tú.
-Las chicas como yo no deberían interesarte.
-No me interesan las chicas como tú.
-¿Entonces a qué viene esta pérdida de tiempo?
-A que tú no eres todas esas chicas y por eso me gustas. Me gustas un montón.



jueves, 15 de septiembre de 2011

A pesar de todo, seguimos en tierra

Lo que más me cuesta entender de las personas son las contradicciones.
Yo te hablo de esto y de esto y de esto. Tú me puedes escuchar o no, pero esto es lo que yo te estoy diciendo.
Tú me dices blablabla y yo oigo, como música de fondo, lo que realmente piensas.
Te digo blablabla esperando que tú también me oigas como música de fondo y al final pasa lo que pasa. Ni tú ni yo nos estamos entendiendo.
Me pregunto cómo has llegado hasta aquí.
¿Cómo?
Son las 6:36 de la mañana, en nada empieza el primer día de mi curso escolar y mientras el fuego se deshacía por los aires yo pensaba.
Ya te digo, con la de cosas interesantes que podemos hacer los humanos, voy yo y me pongo a pensar y no me queda más remedio que traerte a la mente.
Pero ¿sabes lo que pasa con las mentes?
Que son imanes y se atraen. Solo hace falta estar en el polo adecuado. Solo eso.

Me fascina cómo podemos complicar las personas el lenguaje. Cuando todos éramos animales, todos nos entendíamos. Las madres son capaces de reconocer los diferentes tipos de llanto de sus crías. Y es solo eso, eh, llanto.
Dime tú cuánto daría yo en este momento por reconocer un "quédate aquí un rato más", un "esto se puede mejorar", un "sálvame".
El problema está en que soy capaz de reconocerlo perfectamente, pero tiro de la duda como opción de vida y así me va.
Preguntando cosas que sé de sobra, explicando cosas que de sobra sé que se saben, escuchando una y otra vez la misma historia. El mismo miedo.

Ahora viene la parte en la que comento la de huevos que me gustaría tener para cambiar el curso de las palabras. Para cambiar el rumbo de ciertos pensamientos. Para que, a la primera, y sin rodeos, decir que lo he hecho fatal muchas veces a lo largo de mi vida y que me encantaría seguir cagándola si de vuelta a casa paso por encima del asfalto a un par de centímetros de altura y no hay quien me toque, no hay quien me hunda mas que yo misma.

Y un poquito de esas pupilas, también, por qué no.


martes, 13 de septiembre de 2011

codificada

Gata maulla. No sé lo que quiere.
Esa especie de frustración que te entra cuando intentas hablar con algún extranjero.
Se sienta a mi lado. Allí donde voy, se sienta, me mira y maulla.
Algo así me pasa últimamente con los seres humanos.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Sobre el verbo ser


Eres una canción, mi gata entre los pies pidiendo comida, la ausencia de aire entre la ventana y el mundo, que es mi mundo y que es del resto también. Una amalgama de dolores de cabeza repartidos entre los siete días de la semana, unas teclas que piensan mucho lo que dicen antes de lanzarse al vacío del código binario que nos controla.
En La Laguna empieza a amainar el calor. Digamos que se agarra a los adoquines de la Plaza del Adelantado y nos deja evaporar historias en botellas de agua pequeñas.
Eres tu sistema límbico dado la vuelta. Todos los neurotransmisores en huelga y es por eso que hace falta mucho más que un paisaje para arrancar de tu boca una sonrisa.
Pero eres. Eso es importante.
Todos somos tanto en cuanto podemos recordarnos con un mínimo de objetividad. Tanto y cuanto respiramos dando sentido a cada bocanada de aire.
Cada uno busca la manera que mejor le venga de morir. Cada persona se amarra a un dolor cualquiera que le haga sentir todo lo vivo que concibe y aquí estoy yo, con uno de esos dolores de cabeza domingueros, pensando si subir a dar una vuelta yo sola por la Concepción y alrededores o quedarme aquí pensando, dando rienda suelta a ciertos dolores.
Somos nuestro pasado, porque es él quien nos construye y nos desmonta. Somos “legos”, piezas de un puzzle al que se le van añadiendo nuevas piezas todo el rato. Somos lo que escribimos. Dudo mucho que ya estemos escritos en algún sitio. Ya no pertenezco a ninguna montaña mágica, ni a Hawai, ni a ninguno de los sitios a los que emigré cuando todo iba mal, cuando todo iba bien.
Soy mis cabreos, mis decepciones, mis iras, mis frustraciones. Soy todo lo malo que hay en mí. Lo que no es mío. Soy mis celos, mis envidias, mi soberbia.

Todos los besos que he dado aun existen. Incluso en un tiempo paralelo a este puede que me esté enamorando del futuro o del pasado de alguna chica.

-Me pregunto si algún día será una mujer la que adorne mi boca y no una chica-

Existen las fotografías al alma, los vómitos mentales, los saltos al vacío, los huecos en el pecho. Existen todas las metáforas que fueron espejo de mi interior en algún punto de mi vida. Existes tú y aun no lo sabes.
Siempre me busco en los mismos errores y es donde, extrañamente, siempre me encuentro. La esencia de mí reside, ni en los logros, ni en los éxitos, sino en los fallos que han hecho de mí, la experiencia de los que vienen detrás.

Algo sincero sería decir que no tengo ni puta idea de nada. Hay obsesiones que hacen perder mi rumbo. Tengo todas las enfermedades del mundo, en mi piel, esperando el mejor momento para aparecer. El miedo.
Dije “vamos a no dejarnos pasar” sin entender que las cosas suceden como están previstas.
Me quedé a las puertas de muchas cosas por no arriesgar lo suficiente y me he arrepentido durante todos los días de mi vida de la mitad de las cosas que he arriesgado.
La impulsividad está de más en estos tiempos que corren.
Yo sabía que nada es para siempre, pero me dejé llevar. Todo el mundo dice en estos casos que no lo volverá a repetir, pero sé que yo sería capaz igual que el resto, de encogerme de hombros y decir “no sé qué ha podido pasar”.
Si bueno, yo estaba aquí, en paz conmigo misma, después de entender que ganar la batalla era mucho más sencillo que el luchar por algo perdido. Dejar pasar las cosas, a las personas, es algo natural que nos hace grandes. Agarrar a quien merece la pena, incluso antes de llegar a entenderlo o saberlo con certeza, nos hace inmensos.
Yo estaba aquí, precisamente porque existo y soy, junto con todo lo bueno, lo malo y soy junto con todos mis logros, mis fallos. Soy mis inseguridades escondidas detrás de toda la seguridad que puedo hacerte ver. Y entiendo que mirar hacia unas casas con toda la seriedad del mundo es el mayor signo de arrogancia que puedo mostrar, sabiendo que detrás de mis silencios habrá alguien mirando, intentando, quizás, entender ¿por qué?

Y lo peor de todo este follón es que eres porque yo quiero que seas.
Y eso me da rabia.
Odio eso.

Hacer existir a la gente implica multiplicar el número de dolores de cabeza semanales. Implica desempolvar las teclas de un teclado más salvaje, más valiente. Implica pensar en términos totalmente abstractos creyendo dilucidarlos y eso no está nada bien.
Soy todas mis horas de sueño perdido
y
esa manía mía de echarle las culpas a los demás.

Y a todo esto, solo algo más:
No te entiendo, ni me entiendo, ni creo que pueda entendernos jamás. Ha pasado muchas veces pero es igual de desconcertante todas las veces que eso sucede.
Así que he decidido simplificarme y a fuerza de modernizar sentimientos, a estas alturas no creo que importe que diga que quiero un cero. De verdad que lo necesito. De alguna manera necesito oír cero pero
más allá del silencio
no se me ocurre otra cosa en que pensar que en
un
uno.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Manías más, manías menos.

Por esa manía mía de querer salvarle el mundo a cualquiera que se me cruce.
Por esa manía mía de no invitar a nadie a nada nunca.
Por esa manía mía de fijarme en cómo suenan las palabras y qué letras llevan (da la casualidad de que nadie, nada y nunca empiezan por ene, como la palabra no).
Por esa manía mía de tener que estar escuchando música a todas horas.
Por esa manía mía de fijarme en los imposibles (tarde o temprano esa barrera del im- se desmiembra y terminan sucediéndose los acontecimientos tal y como debieran).
Por esa manía mía y las que quiero que descubras, tú y tú y tú.
Por esa manía mía de dirigirme siempre a alguien cuando escribo (el viento que se lleve lo hablado, pero esto de aquí, para ti, para cualquiera de los "tus" que me imagino, se queda para siempre entre nosotras).
Esa manía de creerme tan lista y tan tonta.
Me voy a dormir
que no es una manía mía pero dicen que es algo que hacen los mortales de vez en cuando.

Ala.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Algo que ofrecer


Muchas veces tuve recuerdos atados al cuello, de esos que no te dejan pensar, ni respirar, ni comportarte de ningún modo. Fui presa, hace tiempo de aquellos que felices me entristecían en noches como esta, pero, escapé.
Durante mucho tiempo me obcecaba de tal manera que no veía solución posible, todo era oscuro, nada valía, siempre había límites imposibles de sobrepasar, pero, escapé. Aprendí que los límites solo son meros indicadores de lo que una va creciendo y los superaba, los distinguía, los observaba.
Pienso que la memoria es una especie de enemiga mortal.
Yo que creía que había cosas imborrables, descubrí que solo con una mala actuación, una mala fotografía, un mal doblaje basta para hacer que la película carezca de calidad y por ende, de interés.

“Mírame”- decía-“no tengo mucho más que ofrecer”
Quizás sea cierto; realmente, lo que cuento trata de las chicas a las que quise un día, la manera en la que todo sucedió, la manera casi análoga en la que las cosas se suceden, tanto triste como alegremente. Mi forma de enfrentarme al fracaso de un desamor, a la frustración del no querer pese a quién le pese.
Estuve allí viviendo la vida que ahora puedo contar y poco más.

La diferencia radica en que ahora mi intención es saber más, mucho más. Ampliar mi colección de libros de poesía, ampliar mi biblioteca mental, aliarme o, sin más, luchar contra mi propia memoria.
Quiero recordar ahora, todos esos momentos que hoy me han hecho despertar sonriendo. Se sabe de mi felicidad porque silbo y canto y tarareo.
Pero me lo voy a tomar con calma.
Lo que distingue mi yo de antes con el yo que soy ahora, es precisamente que he aprendido a convivir con todos esos recuerdos, que ya no me molestan los fantasmas del pasado. Realmente eran fantasmas porque les otorgué la importancia para que lo fueran. Ahora son solo partes de mí. No sé si quiero creer que me acompañan pero sí que me conforman.
Si no hubiera vivido tantas noches de correrías, si no hubiera desesperado desde el minuto cero con todas las experiencias que viví, como si fueran cromos que coleccionar, si no hubiera sido una cobarde, ahora, seguramente, no sería la chica que soy.
Ni tan valiente, ni tan inteligente, pero con un montón de límites que se me quedan atrás a cada día que pasa.

No sé si es una forma como otra cualquiera de reafirmar mi buen estado mental y emocional o una barata y escurridiza manera de hacerte ver quién soy yo ahora.
Realmente las cosas que he vivido carecen de importancia una vez pasan. El problema reside, muchas veces, en que nos empeñamos en que esa importancia del momento vivido permanezca inmutable tras el paso del tiempo y es una locura ir contra las leyes físicas de la naturaleza: todo se erosiona. Impasible, el tiempo nos amarra como botes en el mar en sus numerosos puertos. A unos en el de la pena, a otros en el de las nostalgias, a otros en lo que pudo haber pasado y no.
El caso es que en toda lucha, en todo juego, en toda guerra, lo importante es saber utilizar bien tus armas, tus fichas, tus capacidades y los recursos que el medio te pueda ofrecer.
Por eso estoy aquí escribiendo esto. Para acordarme cuando se me olvide (por eso de que la memoria es traicionera) que tengo que saber quién soy, cuál es mi cometido, por qué ahora y no después o nunca.

Quizás, después de lo expuesto, no quepa decir que lo que tocaba ahora en el plan era conocerte, caerte bien, hablar mucho y de todo.
Quizás mi vida no sea más que un par de experiencia, primero escritas y luego sufridas en carne propia.
Quizás sea difícil esbozar un esquema de mí como persona, oyente, hablante, pensante, caminante.
Pero existo de nuevo. Conmigo misma, existo como lo hacía cuando coleccionaba historias que poder contar. Ahora, sin embargo, las cosas trascurren como lo tienen que hacer y aunque me impacientan, en ocasiones, algunas de las situaciones que suceden mientras vivimos, aunque no sepa controlar el nervio rabioso que llevo en mí desde que descubrí que soy yo quien manda y no cualquier recuerdo de tres al cuarto, aun conformando los recuerdos de un presente ya pasado sé que todo está bien.

Como las etapas evolutivas en los niños, lo normal es superarlas una a una sin importar cuánto se tarde en ello.

Lo cierto es, y a modo de conclusión, que no tengo mucho más que ofrecerte. Tengo un millón de historias que cada vez son más borrosas y están en otro prisma, es decir, desde arriba hay muchas cosas que se ven y se sienten diferente, que cuando se está justo en el punto de fuga, tóxico y mortal.
Sé cómo tratar a la gente precisamente porque he estado con muchas personas. No se aprende la suspicacia en una clase magistral de cualquiera de las asignaturas, en las que probablemente estaré dibujando o escribiendo cosas, que como persona me hagan infinitamente más grande que el aprobar dicha materia.
Me cuesta no sentirme el centro porque desde mi perspectiva yo soy el sol. Al final todos terminamos girando alrededor los unos de los otros. Todos somos soles, somos lunas, somos mundos.
No sé cómo pero he hecho desaparecer de mí todo resquicio de debilidad y mi enfermedad se ha convertido, por fin, en mi fortaleza. Créeme cuando te digo que vuelvo a ser yo, pero en una versión mejorada. Créeme cuando te diga que sé de lo que hablas pero muchas veces es casi imposible ayudar en nada. Solo es un click. La vida es un click, ya lo dice Drexler.
El truco está en saber convertir todos esos recuerdos, anudados como corbatas, en experiencias. Y vivir, al fin y al cabo.
Sabiendo, por ejemplo, que hay pupilas que van más allá de lo que te hacen creer unos labios y una voz. Sabiendo que hay patrones de conducta que se repetirán hasta la saciedad, como una constante (k), algo cíclico, nuestras vidas es la sangre que gira y gira una y otra vez, solo que unas veces nos encontramos en el corazón, otras en el cerebro y otras, simplemente, nos encontramos en el hígado, limpiándonos del pasado que a tantos puertos nos quiso amarrar.

“Mírame, no tengo mucho más que ofrecer”- decía.
Ahora me miro, de arriba abajo y pienso-“no soy yo quien debería decidir eso, ¿no?”

lunes, 5 de septiembre de 2011

***


Es algo así como saber qué es lo que piensa la gente y conformarme con preguntar retóricamente, esperando una respuesta pero sabiendo desde el principio qué será lo que oiré.
Quizás ciertas miradas lo único que buscan es que se las escuche. Hablan, hablan, hablan y yo estoy aquí escuchando, impaciente por la próxima ráfaga de pensamientos.
Estoy aquí y eso es importante.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Algo incómodo


Esto es como un padrastro en el dedo gordo de la mano, como una yaga en la punta de la lengua, como una piedrita en el zapato, como arena dentro del bañador, como no poder correrte, como una mano izquierda, como ponerse guapa para nada, como un dolor de cabeza, como beber de más, como soñar que sales desnuda a la calle y al final del sueño te das cuenta de que no estabas durmiendo, como despertarte porque tienes la sensación de que te vas a caer, como que tu madre te interrumpa cualquier actividad legar o ilegal en tu habitación, como un uñero en el dedo gordo, esta vez, del pie, como pisar una caca, como tropezar justo cuando te estás haciendo la interesante con alguien, como tener que limpiar un vómito de tu gata justo cuando te estás marchando, como saber poco cuando alguien sabe mucho, como saber mucho cuando alguien sabe poco, como un examen a las tres de la tarde, como hacer test para la autoescuela, como que llueva justo cuando necesitas salir con la moto, como saludar a alguien y que no sea esa persona o que esa persona no te devuelva el saludo, como arrancar la moto sin haberle quitado antes el candado y que haya mucha gente delante mirando, como que tu madre te vea borracha, como vomitar en la calle, como tener resaca durante una semana entera, como llamar por teléfono a las tantas en tu borrachera y lo peor de todo, acordarte de ello a la mañana siguiente, como cantar una canción, no saberte la letra y que la gente se de cuenta, como equivocarse, como esperar por algo/alguien que no vendrá, como quedarte sin planes, como fumarte un cigarrillo y colocártelo al revés y que la gente se de cuenta de ello, como que te miren fijamente, como creer que te están mirando en tu paranoia mental y no, como descubrir una mentira, como mentir, como quedarte a medias de algo, como que el ordenador se atasque sin haber guardado lo que estabas haciendo o en su defecto, en medio de una conversación interesante, como dormir con alguien o peor aun, con alguien con quien no tienes confianza, como contestar a una pregunta que ha hecho el profesor en clase y fallar, como tener una falta de ortografía, como no saber cómo se dice una palabra, como querer salir de casa y no tener con quien, como llegar demasiado pronto, como tener la sensación de ser demasiado “algo” para alguien, como andar descalza por tu habitación y que se te llenen los pies de arena de la caja de la gata, como cuando se mete alguna piedra debajo de la puerta y chirría, como masturbarte y que te toquen en la puerta, como no encontrar un video porno que te guste, como ser sincera, como que lo sean contigo.

Incómodo como querer escribir todas las cosas que te resultan molestas y tener que parar dos veces. Una para comer y otra para ir a comprar.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Like Eurovision


Sabes que has hecho bien cuando aun despertándote a horas inhumanas, no te importa.
Has hecho bien, porque la agarras, la espachurras y piensas "joder, no he dormido una mierda, pero que bonica eres" y solo eso te basta.

Después te despiertas de verdad y empiezas a pensar, a salvar a tu amiga de que acabe como tú, pero sabiendo desde el principio que es misión fallida.
Piensas, "llevo una semana entera sin dormir bien del todo", te preocupa no poder aguantar, pero siempre lo consigues. Hay sueños que se repiten golpeándote los párpados, no dejándote dormir, pero tú solo piensas que es un día más y que detrás de éste habrá un siguiente y te recorre una ansiedad por todas las ganas de vivir que no te caben en el cuerpo.
Sabes que has hecho bien cuando no te importa que las cosas vayan mal. Ya irán mejor.
Hacía más de un mes que no veías amanecer.
Ama-nacer.
La gata duerme por fin con Laura. Aun así ya no hay posibilidad. Una vez despiertos, esos ojos no se volverán a cerrar.
Caes en la cuenta de cuánto has cambiado cuando entiendes que el crecer significa dormir poco y mal y aun así tener que levantarte con una sonrisa.
Sientes la cabeza como la mañana antes de un examen, después de una noche entera en la biblioteca.
Sin el oído la realidad sería distinta. No existiría el equilibrio, sobre todo. Vomitaríamos.
Esto de aquí es una especie de vómito mañanero. Estoy como perdiendo el equilibrio.
Conseguí parar la resaca a base de agua pero no a las pesadillas.

Es como saber cuándo es el momento adecuado.
Ahora es el momento adecuado.

Piensas, “Joder, necesito un café” y algo más.
Echar de menos alguna que otra curva en el camino.
Pensar en unas.
Quererlas.

Simplificar.

Lo primero que se me venga a la mente siempre hace enfadar a Laura, porque no le hago caso. Dice “miras mucho el móvil” y sin embargo, prometí no beber más en mucho tiempo, y anoche el tequila nos recorrió la garganta a más de una.
Escribió una nota que se me olvidó leer y sin darme cuenta era yo quien terminaba cada frase sin mirar. Aun así la odio. Mi gata la adora porque tiene rastas, lo que para un bebé gatuno equivale a cosa-súper-divertida-y-alucinante y para mí es un mi-gata-me-odia-porque-soy-la-que-le-da-las-medicinas y claro, me siento un poco madre.
Pienso en la mía, entonces, “son todos unos malagradecidos del carajo” y se lo digo a Ruvia.

Llegados a este punto podemos decir que estoy loca.
Está bien.
Todas esas personas tenían razón.

Punto para ellas.
Yo me voy a beber un café calentito mientras termina de amanecer.
Ama
Ama
Ama
y
mecer.

jueves, 1 de septiembre de 2011

***

Cuando era pequeña me gustaba pensar que de mayor sería como me gustaría ser.
Ahora soy una estratega eficiente.

Y cuando sea mayor
seré aun mejor.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.