domingo, 11 de septiembre de 2011

Sobre el verbo ser


Eres una canción, mi gata entre los pies pidiendo comida, la ausencia de aire entre la ventana y el mundo, que es mi mundo y que es del resto también. Una amalgama de dolores de cabeza repartidos entre los siete días de la semana, unas teclas que piensan mucho lo que dicen antes de lanzarse al vacío del código binario que nos controla.
En La Laguna empieza a amainar el calor. Digamos que se agarra a los adoquines de la Plaza del Adelantado y nos deja evaporar historias en botellas de agua pequeñas.
Eres tu sistema límbico dado la vuelta. Todos los neurotransmisores en huelga y es por eso que hace falta mucho más que un paisaje para arrancar de tu boca una sonrisa.
Pero eres. Eso es importante.
Todos somos tanto en cuanto podemos recordarnos con un mínimo de objetividad. Tanto y cuanto respiramos dando sentido a cada bocanada de aire.
Cada uno busca la manera que mejor le venga de morir. Cada persona se amarra a un dolor cualquiera que le haga sentir todo lo vivo que concibe y aquí estoy yo, con uno de esos dolores de cabeza domingueros, pensando si subir a dar una vuelta yo sola por la Concepción y alrededores o quedarme aquí pensando, dando rienda suelta a ciertos dolores.
Somos nuestro pasado, porque es él quien nos construye y nos desmonta. Somos “legos”, piezas de un puzzle al que se le van añadiendo nuevas piezas todo el rato. Somos lo que escribimos. Dudo mucho que ya estemos escritos en algún sitio. Ya no pertenezco a ninguna montaña mágica, ni a Hawai, ni a ninguno de los sitios a los que emigré cuando todo iba mal, cuando todo iba bien.
Soy mis cabreos, mis decepciones, mis iras, mis frustraciones. Soy todo lo malo que hay en mí. Lo que no es mío. Soy mis celos, mis envidias, mi soberbia.

Todos los besos que he dado aun existen. Incluso en un tiempo paralelo a este puede que me esté enamorando del futuro o del pasado de alguna chica.

-Me pregunto si algún día será una mujer la que adorne mi boca y no una chica-

Existen las fotografías al alma, los vómitos mentales, los saltos al vacío, los huecos en el pecho. Existen todas las metáforas que fueron espejo de mi interior en algún punto de mi vida. Existes tú y aun no lo sabes.
Siempre me busco en los mismos errores y es donde, extrañamente, siempre me encuentro. La esencia de mí reside, ni en los logros, ni en los éxitos, sino en los fallos que han hecho de mí, la experiencia de los que vienen detrás.

Algo sincero sería decir que no tengo ni puta idea de nada. Hay obsesiones que hacen perder mi rumbo. Tengo todas las enfermedades del mundo, en mi piel, esperando el mejor momento para aparecer. El miedo.
Dije “vamos a no dejarnos pasar” sin entender que las cosas suceden como están previstas.
Me quedé a las puertas de muchas cosas por no arriesgar lo suficiente y me he arrepentido durante todos los días de mi vida de la mitad de las cosas que he arriesgado.
La impulsividad está de más en estos tiempos que corren.
Yo sabía que nada es para siempre, pero me dejé llevar. Todo el mundo dice en estos casos que no lo volverá a repetir, pero sé que yo sería capaz igual que el resto, de encogerme de hombros y decir “no sé qué ha podido pasar”.
Si bueno, yo estaba aquí, en paz conmigo misma, después de entender que ganar la batalla era mucho más sencillo que el luchar por algo perdido. Dejar pasar las cosas, a las personas, es algo natural que nos hace grandes. Agarrar a quien merece la pena, incluso antes de llegar a entenderlo o saberlo con certeza, nos hace inmensos.
Yo estaba aquí, precisamente porque existo y soy, junto con todo lo bueno, lo malo y soy junto con todos mis logros, mis fallos. Soy mis inseguridades escondidas detrás de toda la seguridad que puedo hacerte ver. Y entiendo que mirar hacia unas casas con toda la seriedad del mundo es el mayor signo de arrogancia que puedo mostrar, sabiendo que detrás de mis silencios habrá alguien mirando, intentando, quizás, entender ¿por qué?

Y lo peor de todo este follón es que eres porque yo quiero que seas.
Y eso me da rabia.
Odio eso.

Hacer existir a la gente implica multiplicar el número de dolores de cabeza semanales. Implica desempolvar las teclas de un teclado más salvaje, más valiente. Implica pensar en términos totalmente abstractos creyendo dilucidarlos y eso no está nada bien.
Soy todas mis horas de sueño perdido
y
esa manía mía de echarle las culpas a los demás.

Y a todo esto, solo algo más:
No te entiendo, ni me entiendo, ni creo que pueda entendernos jamás. Ha pasado muchas veces pero es igual de desconcertante todas las veces que eso sucede.
Así que he decidido simplificarme y a fuerza de modernizar sentimientos, a estas alturas no creo que importe que diga que quiero un cero. De verdad que lo necesito. De alguna manera necesito oír cero pero
más allá del silencio
no se me ocurre otra cosa en que pensar que en
un
uno.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.