lunes, 31 de octubre de 2011

Ceda el paso


Tengo un poder.
Es un poder que puede tener todo el que quiera si sabe creer de verdad. Si lo sabe usar.
Hoy, después de entrar en todas las tiendas de La Laguna en busca de un regalo para Julia, lo volví a descubrir. Está en mí porque de alguna manera yo también soy una señal. Debo serlo. Todos lo somos.
Estaba allí, tirándome de los pelos porque nada me convencía y dando vueltas por la tienda sonó una canción. De inmediato me di cuenta. Era allí, y lo dije en alto "¡señal!".
Acerté y volví a pensarlo, aquello era una señal en toda regla.

Entonces, me calmo, me siento, me fumo un cigarro y pienso, lo que tiene que pasar pasará. No hay que buscar las señales, ni tirar premoniciones al aire sin medida alguna. De repente pasa que estás a tus cosas y empieza a sonar una canción y sonríes y aunque el día siga siendo una porquería, todo puede cambiar y yo puedo ser partícipe de ese cambio.

Y de pronto me veo cambiando las cosas solo por estar un rato más ahí, dejándome ver. Y no me gusta.
Estoy como alterando las situaciones para que todo encaje sin entender que esa no es la manera adecuada de utilizar este poder. Es como descontrolarme y no me gusta.
Entonces, me calmo, me siento, me fumo un cigarro y pienso.
Pienso mucho, mucha gente lo sabe. Se me ve en la cara cuando pienso concienzudamente en algo. En alguien.
Y lo detesto. No hay cosa que más odie que ocupar mis pensamientos en alguien. Porque busco señales y las señales no se buscan. Debería saberlo.
Otras veces llego a concebir la idea de que quizás haya señales más durables que otras, más concretas que una canción, más corpóreas. Hay señales que te besan y piensas, esto es una señal, no hay nada que me indique lo contrario, este tipo de besos no se le da a cualquiera.
Y por eso mismo estoy cansada hoy.
Porque me he topado con una señal que nunca sé cuándo aparecerá, pero aparece y mi CI decae un 60% aproximadamente.
Porque antes era fácil vivir sabiendo que las cosas las controlaba yo. A pesar de pasarme el día pensando en cualquier cosa, las cosas las podía controlar en gran medida.
Y no ese poder del que hablaba cuando intentaba decir que aquella canción, era LA canción.

Me refiero a que ahora hay una canción y hay un parque y hay una calle. Y eso me molesta. Me molesta demasiado. 



viernes, 28 de octubre de 2011

Automático

Probablemente esto sea una especie de auto-obligación, una especie de ritual, de costumbre instaurada.
Probablemente solo sean palabras. 
La química se diluye lentamente, pero se diluye y probablemente mañana ya no haya ni rastro de esta sensación. Esa especie de manía humana de alargar algo placentero. Se cierra la puerta. Hasta ahí. Pero no.
De camino a casa una siempre sigue pensando en ese sentido del tacto, del gusto, del olfato. Una sigue rememorando lo placentero hasta el punto de añorarlo, a tan solo tres segundos de una despedida.
Si me pongo a ello podría memorizar, cuál es la baldosa rota de tu portal, los pasos que se tarda en llegar hasta el aparcamiento o incluso la media de minutos que se tarda en despacharme. Cincuenta y algo.
Pero eso solo significaría tener más motivos. Luego tener motivos solo significaría tener más razones y luego el resto solo serían pesos de más.
Es solo que últimamente me dedico a vivir. Ya te digo. Vivir no solo consiste en comer, dormir, defecar, respirar. Se trata de priorizar, de volverse medianamente loca, medianamente cuerda. Se trata de hacer lo que a una le apetezca siempre y cuando no tenga que madrugar.
Pero existen sonrisas resacadas que valen un millón. Esas que cuando despiertas pensando que no, no, no, te atraviesan todos tus músculos faciales y del estímulo incondicionado, nos acomodamos en un recuerdo.
Solo un instante.
Es más, estoy segura que mañana cuando me despierte me pasará algo así. Estarás entre mis músculos faciales y por ende te recordaré.
Será extraño pero es una especie de auto-obligación, de ritual, de costumbre instaurada escribir cuando llego a casa aun con la química diluyéndose en mi. Aunque mañana al despertar solo sea una sonrisa lo que me trajo hasta aquí.
Una sonrisa que vale un millón.


miércoles, 26 de octubre de 2011

Sioux y todo lo demás



Un indio Sioux siempre sabe qué hacer con los suyos.
Te tengo en las entrañas y me dueles en octubre porque esto era una especie de ritual para nosotras.
Pipas peladas, hojas de libretas mal cortadas y cartitas con dibujos y letras de muchos colores.
Este era una especie de mes triste. Siempre lo ha sido pero ahí estabas tú.
Un año apareciste vestida íntegramente de verde y parecías una rana.

En donde vives ahora no suelen haber muchos indios como yo. Siento haberme cambiado de bando.
Los piratas siguen estando en mí pero ahora siento el mundo de otra manera.
Es una especie de "sigo luchando pero ahora de manera diferente".
Para serte sincera, esperaba que estuvieras muy triste el día de nuestra despedida, pero no. Aguantamos el mal trago de manera estoica y mientras tu preparabas la comida yo me iba porque había quedado con Huguito.
Esta noche, mientras hablaba con Julia, me he descubierto medio llorando porque no vas a estar en mi cumpleaños. Me he sentido en mitad de un síndrome premenstrual muy, muy adelantado, pero no. Es solo que es octubre, que todo comienza a ser naranja y gris y que los kilómetros me pesan.
Hay un millón de personas ahí fuera viviendo una vida que, quizás ahora mismo, debería ser la mía, un millón de amigos viviendo fuera pero a la única que necesito, realmente, es a ti. Aquí.
Resulta que si me pongo a pensarlo, aun ahora, volvería a llorar.

Es como cuando te ibas de vacaciones de verano a Madrid, pero mucho peor, mucho más frío, mucho más todo. Cuando no había visitado esa ciudad, te imaginaba en ella por lo que te leía, en una ciudad que algún día fue nuestra. En un tren, muy fumadas o deseando que subieras y leyeras y que todo el mundo viera la de bichos que nacen en tu cabeza. Me gustan esos bichos.
Tus bichos y tus sueños.


Aquí tampoco hay nadie tan encantadora como tú, ni me saben leer la lascivias con una sonrisa como la tuya.
Te ríes de todo lo que te digo y me gusta porque cuando nos conocimos pasó algo así. Me gusta ser tu amiga porque comprendes mi sentido del humor. O pensándolo mejor, solo soy así contigo y no porque el resto no me vaya a entender, es solo que sabías desde el principio que Vanessa no me iba a caer bien, y sabías desde el principio que ser mi tutora en ortografía solo iba a significar más deprave y más pasar de estudiar. Y sabías que nuestro proyecto de casa para tecnología no lo íbamos a hacer nosotras, sino mi abuela.
Fue la mejor excusa para que te quedases días y días en casa, comiendo sándwiches de atún con mayonesa y millo y rompiéndome fotos de Bustamante por pura envidia.

Y se suponía que la que cumplía años era yo y estoy aquí, escribiéndote.
Pero así somos los indios Sioux.
No dormimos y nunca dejamos de luchar.
Tengo en mi mente tu cabellera. No me he enamorado aun de ti, pero tiempo al tiempo.
Cuando me ría sola de alguna chica pensaré que desde la distancia tú también lo haces diciéndome "ahora seguro que te deja".
Y te odiaré por decirme que qué fea.
Creo que me estimulas. No te trabes. Es solo que mi mente va mucho más rápido, mucho mejor, mucho más feliz, cuando te tengo cerca o cuando de lejos nos contamos las cosas, y me dices cosas que pienso y te digo cosas que piensas y te quiero. Joder. Que te quiero.

Y nada, estaba allí, en el baño viendo como Julia se quitaba el maquillaje de prueba para la fiesta de Hallowen, hablando de todo, de esas cosas que te cuento a ti pero entre risas, solo que un poco triste y un poco cansada y me dio por recordar que el jueves es mi cumpleaños y no te tengo conmigo.
Sé que sí, que bueno, que nos tenemos en mente. Todo ese rollo sentimental, pero echo de menos la litrona en el parque y sentirme un poco macarra con 16 años. Por tu culpa.
Así que nada, en diciembre celebramos un octubre, un noviembre y todos los meses que nos quedan por delante.

Por cierto, no recuerdo bien quién, pero alguien me dijo que los indios se drogaban, haciéndose heriditas en el brazo e inyectándose veneno de rana/sapo para soportar las alturas y saltar y ver mejor.
Qué extraño todo ¿no?
Es como estar metida dentro de una gran metáfora. Como si fueras la rana que envenena al Indio y así puede ver y saltar mejor.
Y matar mejor.

Te quiero y espero que como los indios sioux, sepas qué hacer con todo esto.



martes, 25 de octubre de 2011

"Esto"

Lo peligroso de "esto" no es "esto" en sí.
Lo peligroso de "esto" es que "esto", en sí, se nos vaya de las manos

lunes, 24 de octubre de 2011

La noche de los chicos sentados en sillones de cuero.

Pies sucios, como anticipo de unos pensamientos. Consecuencia de andar mucho, andar demasiado.
Desde mi sillón podía ver la ventana que daba a la calle. Podía ver las ventanas del edificio de enfrente. Luces encendidas aun, no éramos los únicos que trasnochábamos.
Un buen título para tu primer libro debe ser lo primero que se te venga a la mente. La noche se relataba sola y nosotros andábamos con las penas como intentando bailar sin desfallecer. Cada uno en un sillón. Unos pies sucios, unos ojos llorosos y yo que estaba a punto de saltarme un ceda y ganarme una multa a las siete de la mañana.
Hay noches que están pintadas, poco menos que por Dalí. Tú no entiendes, yo menos y aquí el querer algo con muchas fuerzas es sinónimo de acabar escuchando como los demás follan. Como los demás vomitan. Como los demás lloran.
Veía sus pies. Pensaba en qué pasaría mañana cuando fuera de día y toda aquella noche solo fuera un reflejo de lo que somos cuando somos lo peor.
La noche de los chicos sentados en sillones de cuero. Sus piernas colgando, sentada de lado.
No llevarte conmigo de vuelta a casa y sentir un desprecio incontrolable hacia la palabra despedida.

Llevaba el cabreo en los zapatos, un azul turquesa aun en los labios y el tiempo que me faltó para darle las buenas noches riéndome. Aquello de noche tenía bastante poco.

Lo malo de algunos sillones es que pueden llegar a ser bastante incómodos. Como aquel salón. Como aquella noche. Como cuando nadie dice nada y se pueden oir los pensamientos. Como todo lo que pasa antes de que alguien abra la boca y le pida un beso de buenas noches a otro alguien.

Últimamente siento que no hago más que complicarle la vida a la gente. Siento que soy el típico sillón de cuero con el que todo el mundo se topa alguna vez en su vida, mirando hacia una ventana, perdiendo la mirada en unos pies sucios y sintiendo que tiene muchas cosas que contar pero no sabe cómo, porque todo eso le resulta tan incómodo como levantarse del sillón para ponerse la chaqueta, bajar las escaleras, montarse en la moto y ser multada a las siete de la mañana por un guardia civil poco respetuoso.

viernes, 21 de octubre de 2011

Lo segundo, nunca, nunca.

Lo que pasa después de que pase algo.
Ese tiempo de latencia en el que notas bombardeos en tu cabeza.
No puedes dormir.
No puedes comer.
No puedes pensar.
No puedes.
Nada.
No suele pasar nada hasta que vuelve a pasar
e inevitablemente terminas sintiéndote en una especie de ciclo vital
fluctuante.
Una especie de ir y venir.
Como que en el mar todas las olas son las mismas
solo que diferentes.
Pero todas son las mismas.
Una y otra vez golpean contra la orilla,
una y otra vez se alejan,
y siempre con el mismo balanceo hipnótico.
Por eso lo segundo
nunca, nunca,
suele merecer tanto la pena como lo primero,
pero existe y es lo que sin entenderlo,
nos mantiene casi atentos,
casi tirando la toalla,
casi volviéndonos locos.

Hasta que pasa lo primero.
De nuevo se nos olvida distinguir que siempre todo es lo mismo
y vivimos cada acontecimiento como si fuera único en su especie.

Lo que pasa después de que pase algo
es un espacio de tiempo que sentimos alargarse anormalmente más de la cuenta.
Nos pedimos explicaciones a nosotros mismos,
logramos encontrar respuestas, quizás, en algunos gestos imperceptibles,
sabiendo que en realidad todo eso, todo ese tiempo en el que no pasa nada,
nos hemos estado inventando la mitad de las cosas
y desechando la otra mitad por parecernos poco válidas.
Como consecuencia
no comemos,
no dormimos,
no razonamos,
no nada.

Hasta que consigues poner la mente en blanco, de nuevo,
como al comienzo de todo (hablo del universo, claro),
y de pronto
lo primero siempre, siempre,
lo segundo no tanto.


miércoles, 19 de octubre de 2011

Sobre la reciprocidad

-¿Sí?
-Sí
-Pero, ¿en serio?
-Que sí
-Pues vaya
-¿Qué?
-Que no me lo creo

martes, 18 de octubre de 2011

cosas que pasan cuando no duermes

Después de reiteradas veces experimentando la misma sensación
he llegado a la conclusión de que hay un punto exacto en la noche,
entre el fin de la madrugada y el principio de la mañana,
en el que
hace tanto frío
que es imposible sentirse la nariz.

Y empiezan a cantar los pajaros, se empieza a hacer de día, el café sabe más rico
y me siento una suertuda.
Una suertuda con la nariz congelada entre el fin de la madrugada y el principio de la mañana.

sábado, 15 de octubre de 2011

Gatástrofes

¡Otro gato!

Algo, definitivamente, está cambiando.

viernes, 14 de octubre de 2011

No le hagas caso a nadie que venga triste de un paseo


Una constante en esta ciudad, últimamente, son los gatos.
No es un dato esclarecedor, pero es un dato interesante.
Soy una persona sumamente indecisa. Partiendo de esta base, cuesta creer que pueda tener un color, un animal o una estación del año favorita y lo cierto es que no me decanto por nada en especial, aunque a simple vista pudiera parecer que sí.
Así pues, digamos que me llaman la atención unas cosas más que otras, que tengo escalas de prioridad pero que nunca desecho nada que sea mínimamente bonito o interesante.
Por eso mi color favorito no es el verde, ni mi animal preferido los gatos, ni siquiera, el verano es mi estación del año predilecta. Es solo una forma de elegir algo que me hace bien. El verde me transmite tranquilidad, los gatos amor y el verano calor.
Me pasa algo parecido con las mujeres, solo que al revés. Es curioso como la inestabilidad emocional y la falta de respuestas a ciertas preguntas me llaman tanto la atención. La incertidumbre y la inestabilidad no son cosas que le hagan bien a nadie y sin embargo es lo que busco. O lo que encuentro. No sé.

Esta noche caminaba por donde siempre. Me despedí de un amigo, sería la una y media de la madrugada y yo debería haber ido en dirección al aparcamiento, donde estaba mi moto, pero no lo hice. Tenía música, tenía ganas de caminar y un millón de cosas que no quería pensar. Así que en vez de seguir bajando por el Ayuntamiento, me metí a la derecha, por la Carrera y caminé escuchando la Intro de The xx.
Si de día es bonita, de noche es el doble. Esta ciudad está llena de gatos y no es algo a lo que muchas personas pongan asunto. Hay una calle, no sé como se llama, pero sé que es paralela a la calle Carrera (no la Herradores, claro), que si subes desde la Catedral, en esa misma manzana, como a la altura de la casa que hace esquina, en una especie de patio abandonado, hay un millón de gatos callejeros.
Siempre que los veo están peleando y me recuerdan a mí.

El martes, por ejemplo, subiendo por la calle del “chola” me encontré un gatito negro muy pequeño, pero huyó de mí. Se metió debajo de un coche y ya no hubo nada que hacer.
Más tarde, siendo ya más miércoles que martes, en el parque de la Constitución, vi otro, esta vez era un gato adulto, grande, blanco y negro. Creo que era macho. No me imagino a ninguna gata por ahí viviendo aventuras. Digamos que es un prejuicio, pero tengo la impresión de que las gatas son más tranquilas. Más pesadas, más odiosas, más peleonas. Por eso me gustan. Por eso tengo dos.

El caso es que esta noche he vuelto a ver un gato, esta vez negro, metiéndose, a la altura de la Princesa, desde la Carrera a la Herradores. Al caminar por ahí, porque lo vi de lejos, me lo volví a encontrar pero desapareció rápidamente.
Y es eso.
Un gato nunca sabes cuando va a aparecer, pero algo en mí cambia cuando lo hace.
Tienen una forma muy peculiar de correr. Lo hacen sin mover el tronco. Solo sus patas, muy, muy rápido. Tanto que casi no se les distinguen.
Son sigilosos y siempre están alerta. Cualquier ruido los saca de la actividad que estén haciendo y parados, se quedan como a la espera. Algo que extrañamente también me recuerda a mí.

Llevo muchos años paseando por esta ciudad. Nunca la he sentido como mía pero porque no me siento parte de casi nada y de las pocas cosas a las que pertenecía ya me quedan muy lejos o no me quedan de ninguna manera. He de aclarar que el no sentirme parte de ella no significa que no me guste, pero eso, que llevo muchos años en ella, y ella, de algún modo en mí y nunca me había dado cuenta de la cantidad de gatos que esconde entre sus entrañas. Se me ocurre pensar que no sé qué es lo que sentirá teniendo gatos entre las tripas, pero debe ser algo así como saber que algo se te mueve por dentro y no saber muy bien el qué. Como me pasa a mí de un tiempo a esta parte.

Siempre me ha desconcertado todo esto.
El no tener claras mis preferencias hacia ciertas cosas. Cosas triviales. Las importantes ya ni me las cuestiono. Pero si me preguntasen cuál es mi comida favorita, no podría quedarme con una en concreto, y si me dijesen cuál ha sido la mejor película que he visto en mi vida, probablemente no sepa qué decir. ¿Un libro?, esto sí, claro, pero es tan poco oído que ni siquiera tú lo conocías.
Creo que me gustan muchas cosas y tengo épocas pero nunca termino de profundizar en ellas. Esto es algo que me ha incomodado desde siempre. Me siento una persona superficial y nimia. Como que lo que muestro es lo que hay y listo, no busques más, el resto será palabrería barata. Por eso me es muy fácil perderme en conversaciones que me quedan grandes.
O es eso, o soy un gato.
Siempre se me ocurre que cuando están quietos, mirando al infinito, están pensando cosas muy importantes. O quizás sean como yo y solo piensen en las tres mismas cosas de siempre.
Desde que tengo uso de razón, parte importante de mi pensamiento lo dedico a pensar en mujeres. Muchas con nombre y gestos, otras solo puras casualidades.
Y eso pasa con los gatos, creo.

Que cambian a la ciudad pero nadie se da cuenta.

Y quizás si cambiase muchas cosas en muchas personas, pero nadie se dio cuenta.
Ni siquiera yo.

Lo que quería decir es que no tengo nada favorito en mi vida, pero al mismo tiempo, sé que prefiero el verde al resto de colores, el verano al resto de estaciones y los gatos al resto de animales. Es como una especie de dejarme llevar por lo que las cosas me hagan sentir.

Y es eso.
Que cuando aparece un gato, por esta ciudad de la que no formo parte, se paran todos mis estados emocionales y sonrío.
Aunque haya tecleado de más y el arrepentimiento me coma los sesos.
Un gato.
Algo va a cambiar.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Rey Octubre

Parecía que decaía,
pero era tan solo una manera
como otra cualquiera
de coger carrerilla.

martes, 11 de octubre de 2011

Capicúa



Pensaba.
Sentado en un banco, en un parque, frente a un muro lleno de pintadas. Detrás, un colegio.
Pensaba.                            
Estar solo era una de las cosas que más apreciaba. El silencio de escuchar una canción a solas.
Miraba a su alrededor, la luz en ese momento del día le encantaba. Miraba al cielo y un poco más abajo, unas palmeras y más abajo, de nuevo, el colegio.
Se acordó entonces, que justo en ese mismo banco, años atrás, su primera novia lo intentaba dejar. Sonríe. ¡Pero si no sabíamos ni por qué ni cómo!
Se alegra de haber crecido.
Mira a los demás bancos también y recuerda otro tipo de momentos, con otro tipo de chicas. Tampoco, por aquel entonces, sabía ni por qué ni cómo.
Pensaba.
Saca el tabaco, un papelillo, un filtro y un mechero. Empieza a liarse un tabaco mientras ve como la gente pasea delante de él. En frente, un muro, unas palmeras y un colegio.
Antes de terminar con la tarea de liarse el tabaco, guarda cuidadosamente cada cosa en su mochila. Incluso con el tabaco a medio hacer. Metódicamente introduce cada cosa en su lugar. Primero los papelillos, luego la bolsa de filtros, y por último y con el cigarrillo aun a medio liar, la bolsa de tabaco.
Últimamente fuma demasiado. Piensa. Luego, después de prensarlo, moja el pliegue de papel que le sobra con la lengua, y con mucho cuidado le quita la tira sobrante. Siempre le quedan sueltos por el filtro. Piensa. Lo arregla como buenamente puede y lo enciende.
La primera calada es la mejor. No había caído en la cuenta de ello, hasta que cae y frente a aquel muro, las palmeras, el colegio, la luz del día, la gente paseando, el banco donde su primera novia lo intentó dejar por primera vez con él, los demás bancos con las demás chicas, lo piensa.
A parte de fumar, lo que no paraba de hacer durante todo el día, todos los días, era pensar.
Pensaba tanto y con tanta fuerza que algunas noches llegaba a casa con un dolor terrible entre las sienes.
No le dolía la cabeza, eran solo las sienes.
Pensaba.
Debe ser ahí donde la tengo metida.
Se levanta, busca una papelera donde tirar la bolsa de filtros vacía y con el tabaco aun consumiéndose se dispone a caminar.
Porque aparte de fumar y pensar, lo que más hacía últimamente era caminar.
Dice relajarle, aunque en realidad piensa que quizás es que se está volviendo loco. Caminar por ahí solo. A quién se le ocurre. Pero le gusta, así que con su cigarro en la mano, caminando por una de las calles que más le gustan de su ciudad, decide tomar el rumbo de siempre y se mete a la derecha. Por la calle que va a parar a un parque y más allá a la Iglesia.
Recuerda cómo eran las cosas antes. Las casas, las calles. Lo que cambia a la vista que una calzada sea ahora peatonal. Se ven más lindas las casas. La gente ya no se apelotona con sus coches por la ciudad. Ahora lo hacen con sus piernas. Caminando a su lado, pero como si no existieran.
Pensaba.
La razón exacta y precisa de por qué sale a pasear solo. La de su dolor y la otra que se le ocurre es la misma. Una enfermedad y una cura. Siempre hay cura para todo, dice.
Pero le alivia pensar qué dirección tomar. Mantiene su mente ocupada con direcciones que no le llevarán a ningún lado y al mismo tiempo, todo el rato, traza planes.
Ahora haré esto, y esto y esto y luego esto. Mentira. Piensa.
Y es eso.
Que piensa demasiado.
Cualquier detalle es motivo de evocación de algún momento, en algún lugar, con alguien.
Y es eso.
Que piensa demasiado en alguien.

Entonces se para en seco. Al darse cuenta de ello, detiene la marcha de su paseo. Se rasca la cabeza como diciendo, qué estoy haciendo yo aquí y regresa de dónde vino.
Pero nunca por el mismo sitio.
Por si las moscas.

domingo, 9 de octubre de 2011

Lo primero siempre, siempre

Sentir cómo se mueven las venas de la mano.
Ver una estrella fugaz.
Encontrarme 20 euros.
Asustarme cada vez que el ambientador última generación de mi habitación lo fumigue todo de olor rico.
He fumado demasiado.
Mañana será otro día.
Será domingo.
Pero tengo 20 euros.
Noche misántropa.
Vida misógina.
Quiero que Laura vuelva pronto.
Y Raque.
Mermelada de pimientos con queso.
Frieras en las manos.
Congelarse en la moto.
Que vuelva el frío, como excusa de este mal humor.
Las señales no nos dicen nada.
Tu cara buscándote entre estas líneas.
Mis párpados me dicen que tengo sueño.
Anoche pensaba tanto y tan rápido que no me dio tiempo a dormirme.
No existe el sueño acumulado. No pingas.
Quiero escribir sobre sexo. Escribir bien sobre sexo.
En noviembre hay otra lluvia de estrellas.
Una sonrisa gigante.
Me imagino un naufragio.
Ver llover.
Que no se me mojen, milagrosamente, las gafas.
Siempre, siempre, lo primero que se me ocurra.
Soy muy previsible para mí misma.
La noche mata al alma.
Se fueron a juntar el hambre con las ganas de comer.
Camisas de once varas.
El alcohol pervierte al deseo, al instinto y a las ganas. Eso me da mucho asco.
Mi plan era dar clases de inglés este curso. Pues eso. Very good.
Llagas en la lengua.
El milagro de que las entradas se guarden en borrador me ha salvado el culo un par de veces de tener un infarto. Aplaudamos la sabiduría de blogger.
Una canción continuamente sonando.
Una persona continuamente escuchando.
Leer cómo hablas, te mueves, caminas, miras, sonríes, duermes.
Leer poesía mientras fumo en la cama con la ventana abierta.
Tanto sueño que voy a parar ya.
YA.


viernes, 7 de octubre de 2011

GPS


Abro mi cabeza. Otras veces, muchas veces, me habría abierto en canal, las entrañas, el corazón, las venas. Pero esta vez, abriré mi cabeza. Otras veces, muchas veces, lo hacía para meter cosas, sacar cosas, dar vía libre a nombres herméticos donde yo nunca tuve cabida.
Por eso para mí, estar dentro de algo es importante. Llevar en mí algo es lo normal, pero ahora abro mi cabeza para pringarme las manos de pensamientos. Hurgar en mí como lo haría contigo si pudiera.
El cerebro no es más que unas tripas como otras cualquiera, con la diferencia de poder elegir el momento y el lugar adecuado para desentendernos de su contenido.
Mis ojos no lo ven, pero yo sé que existe todo ese color del que te hablo cuando palabras que no existen rebotan contra cualquier superficie.
Entiendo que no seas capaz de verlo. Yo tampoco. Normalmente la piel es algo que no deja ver más allá, pero sé que de la tinta de esta hoja hasta mi cerebro, no hay nada. Las letras corren por mí como lo harías tú si yo quisiera.

El caso es que estoy aquí, con el cerebro al aire, pringando mis dedos de dudas, intentando localizar el lugar exacto donde se encuentra la mente.
Ya no te digo el alma. El alma sí sé dónde está. Te hablo de cuáles son tus coordenadas geográficas cuando digo que te tengo en mente.
Es como sabernos en la misma ciudad, querer coincidir, pero andar tan desorientada y tan lejos, que cada calle se convierte, entonces, en una nueva esperanza.

Con mi cabeza pasa lo mismo.
Sé que estás, porque es obvio y lógico, pero no sé dónde ni en qué momento me empezó a interesar tanto un lugar como el tuyo. Sobre todo me intriga todo esto porque no soy muy propensa a tener curiosidad por lo nuevo. Mucho menos si se trata de un lugar.

Y es que lugares hay miles y normalmente a todos se llega más o menos por los mismos caminos y con los mismos medios, pero ahora mismo siento crecer una selva entre las circunvalaciones de mi cerebro.
Además, soy tan de ciudad que un manglar puede asustarme de una manera irracionalmente desproporcionada, pero no sé por qué motivo, hago de tripas corazón y sigo insistiendo en que es importante saber el lugar exacto de localización para cualquier cosa. Ya sea una emboscada, un alto el fuego o un atrincheramiento.

Por eso he llegado a la conclusión de que ya no me basta con saber que te pienso y te tengo en mente. Ahora me hace falta saber dónde estás, de cuánto tiempo dispongo para encontrarte, y qué será lo correcto cuando, de retirada, enfangada hasta las trancas, cabizbaja y cansada, me encuentre contigo
de camino a casa.


jueves, 6 de octubre de 2011

La cuestión es que...

Sabes que es un problema
cuando ya no hay vuelta a atrás.

Un gran problema
cuando ni se te pasa por la mente
volver a atrás.

Un problemón
cuando evitarlo te parece
un problema de verdad.

lunes, 3 de octubre de 2011

Maquinarias.

Llevo el día entero dando de comer
recuerdos 
a mis sonrisas.
Una mente demasiado ocupada
masticando sensaciones
y la duda del cómo llevar lo mejor posible
una resaca de besos de esta calaña.

Veo a mis palabras 
perecer por el camino
y a cambio
mantengo el alma en vilo.
El tiempo se alarga
mis brazos se encogen
y ya no me quiero agarrar a nada que no
huela a
piel.

Pero
no una piel cualquiera.
Vengo del desierto
tengo plumas en la cabeza
y un saco lleno de cabelleras
como prueba de mi victoria.
No hablo de una piel cualquiera
porque
en las tribus como la mía
sabemos diferenciar
entre colores, olores, dolores.

Nos duelen los huesos,
los ojos,
y el tiempo.
Me gusta pensar en que algún día crujiré
y mis ojos lo llenarán todo de color
mientras el tiempo nos resbala.
Y con resbalar
 me refiero a que no nos importe.

Tengo tanta cantidad de instantes
que mis sonrisas
han vomitado
para poder seguir tragando
y
por el camino
entre músicas y voces
pareciera como si todo se parase.
Ya no hay sonido
y me deslizo en el sillón de un coche
pensando
que si lo intento
una vez más
quizás lo consiga.

Seguir forzando a la mente,
trayendo de la madrugada
el sudor de un calor
que viene de dentro.

Y no puedo hablar
porque
aun no he aprendido a descodificar
pupilas.
No sé hablar.
Lo hago como para mí
sabiendo que, como los sueños,
nadie más que yo
va a entender
la cantidad de fotogramas
que mastica por segundos
mi mente

y vuelta a empezar.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.