martes, 11 de octubre de 2011

Capicúa



Pensaba.
Sentado en un banco, en un parque, frente a un muro lleno de pintadas. Detrás, un colegio.
Pensaba.                            
Estar solo era una de las cosas que más apreciaba. El silencio de escuchar una canción a solas.
Miraba a su alrededor, la luz en ese momento del día le encantaba. Miraba al cielo y un poco más abajo, unas palmeras y más abajo, de nuevo, el colegio.
Se acordó entonces, que justo en ese mismo banco, años atrás, su primera novia lo intentaba dejar. Sonríe. ¡Pero si no sabíamos ni por qué ni cómo!
Se alegra de haber crecido.
Mira a los demás bancos también y recuerda otro tipo de momentos, con otro tipo de chicas. Tampoco, por aquel entonces, sabía ni por qué ni cómo.
Pensaba.
Saca el tabaco, un papelillo, un filtro y un mechero. Empieza a liarse un tabaco mientras ve como la gente pasea delante de él. En frente, un muro, unas palmeras y un colegio.
Antes de terminar con la tarea de liarse el tabaco, guarda cuidadosamente cada cosa en su mochila. Incluso con el tabaco a medio hacer. Metódicamente introduce cada cosa en su lugar. Primero los papelillos, luego la bolsa de filtros, y por último y con el cigarrillo aun a medio liar, la bolsa de tabaco.
Últimamente fuma demasiado. Piensa. Luego, después de prensarlo, moja el pliegue de papel que le sobra con la lengua, y con mucho cuidado le quita la tira sobrante. Siempre le quedan sueltos por el filtro. Piensa. Lo arregla como buenamente puede y lo enciende.
La primera calada es la mejor. No había caído en la cuenta de ello, hasta que cae y frente a aquel muro, las palmeras, el colegio, la luz del día, la gente paseando, el banco donde su primera novia lo intentó dejar por primera vez con él, los demás bancos con las demás chicas, lo piensa.
A parte de fumar, lo que no paraba de hacer durante todo el día, todos los días, era pensar.
Pensaba tanto y con tanta fuerza que algunas noches llegaba a casa con un dolor terrible entre las sienes.
No le dolía la cabeza, eran solo las sienes.
Pensaba.
Debe ser ahí donde la tengo metida.
Se levanta, busca una papelera donde tirar la bolsa de filtros vacía y con el tabaco aun consumiéndose se dispone a caminar.
Porque aparte de fumar y pensar, lo que más hacía últimamente era caminar.
Dice relajarle, aunque en realidad piensa que quizás es que se está volviendo loco. Caminar por ahí solo. A quién se le ocurre. Pero le gusta, así que con su cigarro en la mano, caminando por una de las calles que más le gustan de su ciudad, decide tomar el rumbo de siempre y se mete a la derecha. Por la calle que va a parar a un parque y más allá a la Iglesia.
Recuerda cómo eran las cosas antes. Las casas, las calles. Lo que cambia a la vista que una calzada sea ahora peatonal. Se ven más lindas las casas. La gente ya no se apelotona con sus coches por la ciudad. Ahora lo hacen con sus piernas. Caminando a su lado, pero como si no existieran.
Pensaba.
La razón exacta y precisa de por qué sale a pasear solo. La de su dolor y la otra que se le ocurre es la misma. Una enfermedad y una cura. Siempre hay cura para todo, dice.
Pero le alivia pensar qué dirección tomar. Mantiene su mente ocupada con direcciones que no le llevarán a ningún lado y al mismo tiempo, todo el rato, traza planes.
Ahora haré esto, y esto y esto y luego esto. Mentira. Piensa.
Y es eso.
Que piensa demasiado.
Cualquier detalle es motivo de evocación de algún momento, en algún lugar, con alguien.
Y es eso.
Que piensa demasiado en alguien.

Entonces se para en seco. Al darse cuenta de ello, detiene la marcha de su paseo. Se rasca la cabeza como diciendo, qué estoy haciendo yo aquí y regresa de dónde vino.
Pero nunca por el mismo sitio.
Por si las moscas.

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