viernes, 21 de octubre de 2011

Lo segundo, nunca, nunca.

Lo que pasa después de que pase algo.
Ese tiempo de latencia en el que notas bombardeos en tu cabeza.
No puedes dormir.
No puedes comer.
No puedes pensar.
No puedes.
Nada.
No suele pasar nada hasta que vuelve a pasar
e inevitablemente terminas sintiéndote en una especie de ciclo vital
fluctuante.
Una especie de ir y venir.
Como que en el mar todas las olas son las mismas
solo que diferentes.
Pero todas son las mismas.
Una y otra vez golpean contra la orilla,
una y otra vez se alejan,
y siempre con el mismo balanceo hipnótico.
Por eso lo segundo
nunca, nunca,
suele merecer tanto la pena como lo primero,
pero existe y es lo que sin entenderlo,
nos mantiene casi atentos,
casi tirando la toalla,
casi volviéndonos locos.

Hasta que pasa lo primero.
De nuevo se nos olvida distinguir que siempre todo es lo mismo
y vivimos cada acontecimiento como si fuera único en su especie.

Lo que pasa después de que pase algo
es un espacio de tiempo que sentimos alargarse anormalmente más de la cuenta.
Nos pedimos explicaciones a nosotros mismos,
logramos encontrar respuestas, quizás, en algunos gestos imperceptibles,
sabiendo que en realidad todo eso, todo ese tiempo en el que no pasa nada,
nos hemos estado inventando la mitad de las cosas
y desechando la otra mitad por parecernos poco válidas.
Como consecuencia
no comemos,
no dormimos,
no razonamos,
no nada.

Hasta que consigues poner la mente en blanco, de nuevo,
como al comienzo de todo (hablo del universo, claro),
y de pronto
lo primero siempre, siempre,
lo segundo no tanto.


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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.