lunes, 3 de octubre de 2011

Maquinarias.

Llevo el día entero dando de comer
recuerdos 
a mis sonrisas.
Una mente demasiado ocupada
masticando sensaciones
y la duda del cómo llevar lo mejor posible
una resaca de besos de esta calaña.

Veo a mis palabras 
perecer por el camino
y a cambio
mantengo el alma en vilo.
El tiempo se alarga
mis brazos se encogen
y ya no me quiero agarrar a nada que no
huela a
piel.

Pero
no una piel cualquiera.
Vengo del desierto
tengo plumas en la cabeza
y un saco lleno de cabelleras
como prueba de mi victoria.
No hablo de una piel cualquiera
porque
en las tribus como la mía
sabemos diferenciar
entre colores, olores, dolores.

Nos duelen los huesos,
los ojos,
y el tiempo.
Me gusta pensar en que algún día crujiré
y mis ojos lo llenarán todo de color
mientras el tiempo nos resbala.
Y con resbalar
 me refiero a que no nos importe.

Tengo tanta cantidad de instantes
que mis sonrisas
han vomitado
para poder seguir tragando
y
por el camino
entre músicas y voces
pareciera como si todo se parase.
Ya no hay sonido
y me deslizo en el sillón de un coche
pensando
que si lo intento
una vez más
quizás lo consiga.

Seguir forzando a la mente,
trayendo de la madrugada
el sudor de un calor
que viene de dentro.

Y no puedo hablar
porque
aun no he aprendido a descodificar
pupilas.
No sé hablar.
Lo hago como para mí
sabiendo que, como los sueños,
nadie más que yo
va a entender
la cantidad de fotogramas
que mastica por segundos
mi mente

y vuelta a empezar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Olor a piel ;)


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.