martes, 29 de noviembre de 2011

un símil

Apaga los cigarros concienzudamente.
Da la última calada al cigarro, expulsa el humo, yo la miro, claro, y luego lo apaga, espachurrando la colilla en el cenicero hasta que no queda rastro de humo. Solo cenizas.

Cuando besa es más o menos igual.

lunes, 28 de noviembre de 2011

ahora

No he estado conmigo últimamente.
Ahora sí. Algo más que antes, quizás.
Por eso me gusta estar sentada en un sillón
sabiendo que no solo estoy contigo.
Sino conmigo también.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Diseño experimental

Léeme ahora que no estás enfadada conmigo.
A ver y solo a ver qué es lo que pasa.

martes, 22 de noviembre de 2011

El truco del mal estratega

25.2.11

He guardado la caja de tabaco en la caja donde están todas sus cosas. Es meramente estratégico, primero porque esa caja está bajo un millón de cosas y segundo, porque esa caja no quiero abrirla en mucho tiempo.

2.3.11

He conseguido coger el tabaco sin tener que abrir la caja donde están todas sus cosas.
¿Cuántas veces voy a sentirme así en la vida?
Teniendo que abrir cosas que no quiero para poder aliviarme de alguna manera.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Un indio desorientado.


Saltaba de tejado en tejado cuando la conoció. Le dijo que para él los colores eran lo más importante, por eso, cuando piensa en ella, recuerda el rojo tejado, el naranja de las farolas, el negro noche. Nunca se preguntó cómo había llegado hasta allí, solo entendió que aquellas cosas pasaban. Siempre esas cosas pasaban y no por ninguna razón. Podía haber decidido pasar de largo. Si no hubiera preguntado cómo se llamaba o le hubiera planteado una vida junto a él, como forma de romper el hielo, si no hubiera actuado de algún modo, con ella, nada de eso hubiera pasado. Por eso estaba en aquel tejado, decidiendo si volver a casa trepando de balcón en balcón o se quedaba allí, recordando cómo era la forma que tenía de fumar a su lado.
De alguna manera estaban el uno dentro del otro. Cualquier forma de pensamiento es una manera de tener presente a alguien que no existe como tal en ese momento. Cualquier forma de pensamiento, es pensar, al fin y al cabo.

El amor nunca supo hacerle libre. Nunca aprendió cómo coleccionar libertades en brazos ajenos, por eso siempre cargaba con la culpa de no haber sabido qué hacer con todas aquellas cosas que pudo haber controlado y no. La libertad no existía para él.
El amor era tan fuerte que le aprisionaba el pecho. Había construido una cárcel en su interior.

Saltaba de tejado en tejado cuando supo que todo tenía que cambiar. Aquella manera de no entender al amor como tal. Aquella manera desmedida de sentir, guardándose más de la mitad en una cárcel que existía porque existían. Quería hacer desaparecer todos sus recuerdos, una manera de desatarse del dolor, la nostalgia, esas cosas que nos amarran.
Pero pensaba en ella. Los indios también tienen en mente otras batallas, menos sangrientas, y ésta, aunque teñida de rojo tejado, también era azul.
Sabía, conocía la existencia del dorado. Él estaba allí contemplando cómo era incapaz de recuperar algo que nunca supo hacer suyo. Nunca aprendió esa manera de libertad.
Pero el viento y la lluvia, la posibilidad de dejar de pensar durante un minuto, eso lo hacía libre. Un minuto. Aun sabiendo que no habría brazos en los que coleccionar libertades después del segundo sesenta, volvía a pensar, encerrándose en todas aquellas cosas que no tenía por qué haber vivido. No tenía necesidad alguna y sin embargo, allí estaba, preguntando su nombre, prometiéndole una boda como forma de romper el hielo, sabiendo que todas las opciones se resumían en una sola. Alargar el momento era solo una forma de reafirmarse. De tantear el terreno.

Él lo había visto. El dorado y todas sus sábanas teñidas de azul.

Era solo que quería ver hasta dónde podía llegar. Por eso está en cualquier tejado, reanimando un recuerdo imaginario. Porque quiere volver a destrozar todo aquel tesoro, sabiendo que no sabría nunca ser libre entre unos brazos. Un maleducado en el amor. Un rabioso lleno de ganas. Un indio desorientado. Por eso está allí. Buscando leña para mandar señales de humo, un cigarro a medias, todo ese humo tiene que volver a alguna parte. Y sin embargo, lo único que lo encierra en sí mismo es una distancia demoledora.

Era eso. Solo eso. La ganas que tenía, aun sabiendo desde el principio que no tenía sentido, de sentir la descoordinación entre el amor y él. Ese baile patoso de ir acomodándose a un cuerpo, en un colchón. Los cambios repentinos de horarios. Estirarse entre despedida y despedida. No saber por dónde ir y sin embargo, estar volviendo todo el rato al mismo sitio. Entender que un cuerpo es mucho más que impulsos eléctricos amontonados en un cerebro. Un cuerpo era todo eso que se le escapaba de las manos. Y mucho peor. De sus recuerdos.

Por eso volvía a los mismos tejados en los que la conoció. Para, de alguna manera, tenerla con él, mientras ambos se desvanecían.

AY AY AY

No solo he tenido que lidiar con un domingo más, sino que esta vez se presentía el luto por todas las calles de la ciudad. Una especie de crónicas de una muerte anunciada y el drama navegando por la imaginación de tantos como yo.
Yo solo pienso en el "AY AY AY..." que había escrito para que mi voto al senado fuese nulo. Es lo que pienso. AY AY AY y la libertad de expresión de dibujar tetas y culos y pollas en donde me de la gana.

El caso es que no hay nada peor que un domingo, como de costumbre. Bueno sí, un domingo de elecciones.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Ensoñaciones V

Era un sitio extraño, como de juguete y estábamos por ahí y nos evitábamos como de costumbre.
Pasaron un montón de cosas, aventuras y eso y luego yo estaba sentada, apartada de todos, liándome un cigarro al lado de una estructura cilíndrica y aparecía. Venía con cara de "voy a hablarte, aunque nos evitemos"
y sin decir nada yo la entendí. Sé que hablamos pero no recuerdo qué. Un "ya..." quizás.
También recuerdo que acababa inesperadamente en su cuello.
El caso es que volvíamos con la multitud, esta vez sin evitarnos y había una especie de complicidad que supongo que anhelo. Empezamos a pelearnos o a hacernos cosquillas (¿?) y entre todo su pelo acabé muy cerca de su cara. Le mordí el cuello, para fastidiar, como siempre, y luego nos miramos, y la besé.
Inmediatamente después, desperté.
Esta vez con un anhelo aun más doloroso que el que pude sentir en el sueño.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Coleccionar cadáveres

El cenicero colecciona colillas.
Ahora que lo pienso, es un cementerio de colillas y cenizas que cada cierto tiempo tiro a la basura porque es feo verse reflejada entre tanto cadáver. Es muy feo.
Es como ver todos los minutos perdidos de mi vida en un pequeño recipiente transparente. El cenicero colecciona esperas y tiempos perdidos.
Yo también.

Ambos estamos llenos de cenizas y somos grises algunas veces, cuando se olvidan de vaciarnos.
Esta vez he sido yo quien a decidido limpiarse de muertos y aquí estoy, con los restos grisáceos de un montón de colillas que ya no están. Ni volverán a estarlo.

-Drive de Incubus-

Y de pronto se prende fuego la papelera y antes de que un ave fénix salga de ahí, imitando una resurrección, la apago con un vaso de agua.
Si he dicho que no, es que no.
Estoy vacía y me gusta estarlo. Llenarme de mí. De mis colores preferidos.
No hay nada que me guste más que mi cama, el olor de mi ropa y este nuevo ritual de tomar café con leche mientras me fumo un cigarro. Llenando, de nuevo al cenicero transparente, pero sabiendo siempre, que cuando esté lo suficientemente lleno de cáncer y cenizas, lo vaciaré, como he hecho conmigo cuando me estaba pudriendo.

El cenicero colecciona colillas.
Y yo antes, supongo que también.
Y supongo que volveré a hacerlo, pero es solo que estoy tan cansada de ir buscando, de ir encontrando, que he decidido parar.
Al menos necesito hacer hueco.

Lo que no necesito es un esguince, y mira. Aquí me tienes. Con un tobillo que parece una pelota de tenis.
Me voy a dormir.

martes, 15 de noviembre de 2011

Me voy a inventar una palabra para las dos.



Parece ilógico pensar que me sea imposible encontrar una sola palabra que englobe lo importante que eres para mí. Todo el día uso palabras, descubro palabras, detesto palabras, pero ninguna de ellas, en su conjunto, ni siquiera si me pusiera a buscarlas concienzudamente, pueden describir quién eres tú para mí.
Estás siempre en donde yo estoy, en lo que escribo, porque la mayoría de cosas se me ocurren contigo, o a tu lado, y doy por hecho que sabes de lo que escribo, o de lo que hablo, y doy por hecho que te ves a mi lado mientras experimento el gerundio del verbo vivir. Ambas lo hacemos con bastante intensidad.
Nadie elige de manera tan fría y calculadora a quien tiene a su lado, y por eso me quieres, supongo. Por eso te quiero, admito. Aun así, si hubiera existido algún formulario donde poner intereses, inquietudes y caracteres, te hubiera seguido eligiendo a ti sobre todas las personas complementarias a mi que pudieran existir.
Resulta que no creo en eso de que los polos opuestos se atraen y por lo tanto no pienso que seamos opuestas. Es solo que hemos tenido que vivir cosas completamente diferentes y eso en sí es lo que nos aporta todo lo que necesitamos.
Aprender es una de las cosas más importantes del vivir, a parte, claro, del sentir y cómo voy a imaginar una vida sin alguien como tú, que me aportas dinamismo mental. "Dinamismo mental", menuda estafa.
Te mereces más de lo que pudiera darte y aunque siempre lo he sabido nunca me he puesto de acuerdo conmigo misma para hacerlo.
Desde que te conozco se que eres así, gritona, generosa, llena de energía. Y lo normal cuando se quiere a alguien es acomodarse a esa persona, sabiendo oxigenar sin distancias la relación, pero somos desmedidas desde que nos conocemos. Cuando nos juntamos, gritamos y nos movemos mucho, vivimos las cosas con muchísima intensidad aunque cada una a su manera y lo queramos o no, el oxígeno oxida.

Pero sé algo y lo tengo claro desde la primera vez que discutimos: estas cosas siempre vienen bien. Nos hacen, de alguna manera, más fuertes.

Soy experta en cagarla y enredar a veces las cosas, porque quizás no sepa hablar en el momento adecuado, o porque se trata muchas veces, más de sentir que de pensar, hay palabras que no existen y que ni siquiera tienen posibilidad de ser inventadas. Así que para mí es más fácil demostrarte cuánto me importas, quizás llorando por fuera de la cafetería.

 El caso es que vine hasta aquí para escribirte algo bonito y no me está saliendo nada bien. No sé cómo escribirte todo lo que siento sin que suene cursi. Supongo que gasté mis últimos cartuchos con tu carta de cumpleaños, pero siempre hay palabras, aunque no sean las que aun no existen, que pueden dar razón de lo que me pasa contigo.
Que si no te tengo me faltas y eso solo significa extrañar y echar de menos a alguien que está a tu lado es de las peores cosas que existe.
No se trata de prometer que no volverá a pasar, como hacen los niños pequeños cuando se les reprende, o un hombre mujeriego cuando su mujer le descubre el pastel.
Se trata de que no me permito hacerle mal a alguien que quiero tantísimo.

Y es eso. Que no sé cómo coño puedo expresar todo esto con palabras que ni siquiera existen para mí.
Pero imagina a un montón de personas saltando dentro de tu pecho, en medio de un concierto, esa sensación de ser libre, de poder crear lo que te de la gana con alguien que siempre te va a comprender.
Aunque aun haya un millón de cosas que en su momento, en el formulario de compatibilidad, decidimos no hacerles caso, pero que están ahí, conformando lo que somos, al fin y al cabo.

Y nada, solo eso, que te quiero mucho.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Recuerda, tarta helada en la nevera.

El silencio es la espera, una tarta en la nevera esperando ser comida por los invitados de una fiesta que aun no ha empezado. Es el toque de queda, mirar por la ventana mientras llueve. Es estar sola rodeada de miedos, de gente, de tartas en la nevera esperando ser comidas. 
Lejos de ser ausencia, es un vacío esperando ser llenado. Lejos de ser vacío, lo abarca todo. 
Es la música que me impide pensar cuando salgo a dar vueltas, haciendo como que no quiero encontrarme con nadie, yendo, por fin, a esos sitios a donde sé que nadie más irá. Nadie más que yo.
El silencio es la mirada perdida del que piensa, recorriendo cada rincón de una sola idea. Muchas ideas acaban siendo ruido. La nada, el blanco, estar sentada en un sillón, esperando a que lleguen los invitados.
Es lo que pasa cuando cierras la puerta y te vas. Lo que pasa cuando no estás. El cigarro en el cenicero, apagado, esperando ser encendido, como una metáfora de una metáfora. Recuerda, la tarta en la nevera, también nos espera, nosotros, en silencio, también esperamos a esos invitados y ellos, a su vez, también esperan una fiesta.
El silencio no es silencio si es incómodo. Recuerda, muchas ideas acaban siendo ruido. Es incómodo todo esto porque entre las tuyas y las mías, las de ellos, ya no cabemos. Ideas.
La espera. Aprender a ser sutil entre las esperas, calmada entre las esperas, silenciosa entre los silencios incómodos de las esperas. El silencio es lo que no se ve pero se oye. Lo que hay cuando no hay nada.
Lo que pasa cuando se cierra la puerta del garaje y el sonido de la moto lo inunda todo de ideas ruidosas. Es lo que voy dejando tras de mí, cuando de camino a alguna parte voy esparciendo mis ideas. 
El silencio es lo que pasa cuando alguien llora y otro alguien no sabe qué hacer. Las lágrimas cayendo, sorber los mocos, todo eso es silencio porque no ocurre nada. Tu mente se queda en blanco cuando lloras, como una eyaculación emocional y al terminar no recuerdas muy bien el por qué de todo aquello pero te sientes mejor. El silencio es sentirse mejor, apoyada en la almohada y recordar que ya no hay ningún recuerdo.
Es el espacio entre dos cuerpos, el aire que circula a su libre albedrío, el peso del oxígeno.
El momento antes de quedarnos dormidos. Eso es el silencio. El limbo entre cualquier cosa. Una dimensión desconocida y por ende temida. Pero vivimos constantemente en silencio, es más, de tanto pensar nos vamos a quedar sordos. Recuerda, muchas ideas acaban siendo ruido.

Es, sin ir más lejos, lo que sucede cuando preguntas algo y esperas una respuesta. Un sí. Siempre un sí.
Mirar lo que nos rodea con ojos de gato. Mirar los colores, las formas, los movimientos. 
El silencio no es lo que pasa cuando no sé qué decir, eso es ruido. No sé qué decir porque quiero decir muchas cosas. Y de pronto, sentada en un sillón, mirando por la ventana, esperando a los invitados de una fiesta en la que hay una tarta en la nevera esperando ser comida y disfrutada.
Recuerda, una metáfora de una metáfora.

El silencio es lo que pasa mientras decido cómo actuar para que todo salga bien. Ensayo y error. Tirar, sin querer, las cosas de la mesa. Una cuchara, un tenedor. Cualquier cosa con la que se pueda comer una tarta.
Y sin ir más lejos, me encuentro rompiendo justamente el plato. A pesar de que sin cuchara aun podía haberme comido el pastel con las manos, se me cae el plato, llenándolo todo de silencio.
Llegados a este punto no me queda más remedio que plantearme tres opciones:

1. Coger la tarta con las manos y mancharme la cara, la ropa, el pelo. Todo.
2. Dejar la tarta en su sitio y quedarme sin comer.
3. Esperar a que me traigan un plato de repuesto.

Pero el silencio es esperar una respuesta. Es esperar a que alguien termine escogiendo una u otra opción. Es el miedo a tomar una decisión. Es saltar al vacío esperando encontrarte al final de todo, con al menos, algo de ruido. Ideas desordenadas. Encontrarte, sobre todo, con alguien a quien poder decirle que no sabes qué decir porque lo quieres decir todo. Solo que no sabes cómo.
¿Cómo?

Es el espacio que hay entre beso y beso. Porque ahí nadie piensa. Nadie tiene los huevos de pensar en la tarta que espera ser comida por no sé quién. Nadie es capaz de pensar mientras se tiene al silencio en la punta de la nariz. Recuerda, una sola idea, no se considera ruido.

La sonrisa después de haber acabado con todo esto. Eso es el silencio. Satisfacción. Una tarta enorme en una nevera algo antigua esperando ser comida por un montón de metáforas que a su vez son las metáforas de otras metáforas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Un maltrago

es cuando te atragantas.

martes, 8 de noviembre de 2011

Saber qué contestar

Me he resignado a no saber qué decir cuando me preguntan por ti. 
Todas las palabras que pueda pronunciar acaban en tu boca, masticadas, tragadas y digeridas. Y ahí, en tu vientre es en donde estoy la mayoría del tiempo. Pero lo cierto es que ninguna de las cosas que no sé decir cuando me preguntan por ti existen realmente. Es solo un instante. Ese instante en el que creo que todo es gris y feo y de pronto se vuelve azul turquesa. No pasa siempre. Pero sé que cuando pasa estoy en tu vientre junto con todas las palabras que no me salen cuando me empiezas a masticar.

Soy eso. El bolo alimenticio de una probabilidad estadística nimia, pero sin embargo, existente entre todas las probabilidades estadísticas nimias de esta ciudad.

Sucede también que no eres la única que come y mastica palabras. Sin ir más lejos, yo me paso la mayoría del tiempo masticándome a mí misma, como concepto. Algo abstracto que solo se concreta cuando ve su reflejo en alguna superficie. De resto, mi pelo es diferente, mi cuerpo es otro y todo en general es distinto.
De hecho, en mi mente, el dibujo de tus facciones es tan distante de la realidad como lo es mi reflejo en cualquier superficie. Por eso te miro. Te digo que te memorizo por eso mismo. Porque no soporto la idea de crearte en mi mente de manera tan desemejante a la realidad.
Eres un par de ojos, un pelo, una boca, unas manos, unas uñas, un cuerpo, pero soy incapaz de agruparte y tenerte tal y como te ven mis ojos cuando acierto a levantar la vista en el momento adecuado.
Y es eso, supongo, lo que hace que no existan pensamientos con los que responder al "tú" como cuestión. Que estás tan desorganizadamente acomodada en mi mente que me es difícil exponer alguna idea coherente sobre ti. Aunque me concentre e intente con todas mis fuerzas ponerte sobre la mesa y exponerte con total claridad, no tengo ni idea de lo que pienso acerca de ti. Es solo que me gusta cuando tus partes dispersas se van uniendo en un momento de lucidez mental y se compone algo así como un reflejo de ti en mis retinas. Es algo armonioso, lleno de perfección. Como ver un paisaje o recordar una canción genial. Esa sensación de ver llover y saber que no hay ningún motivo lo suficientemente importante como para salir de casa. Solo mirar por la ventana. Como llueve.

Incluso si me obligasen a tener que decir algo sobre ti, no sabría qué contestar. Ni siquiera algo tan superficial como tu forma de reír o de mover la boca cuando hablas. Ni siquiera algo tan íntimo como tu forma de besar o de fumar. Ni siquiera sabría explicar la especie de retraso mental que me invade momentáneamente cuando te tengo cerca. No hace falta tenerte delante o a un lado. Solo con que estés cerca me vale para parecer lo suficientemente idiota como para que se note.
Así que hoy, a parte de masticarme una y otra vez, he decidido normalizar todo esto. Esta idiotez, esta tontería, este torbellino de ideas disparatadas. He vuelto a no saber qué contestar cuando me preguntaban por ti pero al menos he sabido por qué no puedo.
Eres como el concepto que tengo de mí cuando no hay ningún espejo cerca. Tan palpable como abstracto, tan cierto como erróneo. Pero eres como tal. Y de pronto apareces siendo tu propio reflejo y recuerdo el millón de cosas que se me habían olvidado cuando intentaba dilucidarte entre mis retinas y caigo en la cuenta del por qué de mi retraso mental, y el por qué de no saber qué decir cuando alguien me pregunta por ti.

Cabe destacar que si alguien preguntase algún día por mí, tampoco sabría muy bien qué contestar.
Ni recuerdo cuál es el color azul exacto de mis ojos, ni cómo son mis dientes cuando sonrío, ni mi panza cuando decido levantarme y quedarme sentada en el borde de la cama, pensando, cómo será la imagen que me traiga hoy el espejo de mí.
Sin embargo, aun hoy soy capaz de dibujar en mi mente con todo lujo de detalle el instante en el que aquella probabilidad estadística nimia, sentada a mi lado me dijo algo así como que írsele la bola era una especie de acercarnos lentamente y besarnos. Algo así como. Tampoco me hagas mucho caso.

Y si me preguntasen ahora mismo por ti, seguramente les hablaría de tu nariz.

domingo, 6 de noviembre de 2011

amorodio

Lo que tiene el invierno conmigo
es un puñado de nostalgias
entre las costuras de mis bolsillos.
Un mar entero de fríos y ausencias,
y las ganas de que un calor pasajero
se instale de nuevo entre mis dedos.

Pensar se ha vuelto una tarea de lo más triste
y tediosa
y como los cerdos
me revuelco entre un montón de huecos.
El truco de las manos calientes
no es otra cosa
que aprender a concentrarse
sin pensar en ello.
Cerrar bien los puños y no dejar escapar
ni a un solo átomo.

Como imaginar que me abrazo
a tu piel.
Sacudir la cabeza se ha vuelto de repente
en una costumbre más.
La música me vuelve a sonar diferente
y entre ceja y ceja
alguien apunta con un rayo láser.
Hay francotiradores por todos los tejados
y este indio anda demasiado cansado.

El invierno tiene conmigo
el caos que compartimos.
Cristales empañados
y todas las ansias del mundo
de cambiar el rumbo a este lado del océano.
A este lado
sacudir la cabeza
como método de autoengaño.

Hay hogueras calentando
neuronas dentro de mi.
Los nombres de todas las tempestades
a falta de tatuajes en la piel,
cicatrices en el alma
y darme cuenta
cuanto cuesta
llegar a rasgar
algo invisible.

Como el fin del mundo
le contestó a Baldabiou.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Hoguera


Todos bailaban al son de músicas pegadizas, agitaban sus cuerpos, sus mentes, sus sudores. Es el estar sentada en esta silla lo que me molesta. Y mojarme cuando llueve sin reconocer que, en realidad, lo que me molesta es no poder compartir la típica sonrisa del "mira me estoy mojando". Es lógico, llueve.
Hay una canción con la que últimamente me gusta masturbarme. Hacerlo con música es una de las razones por las que me gusta tanto. Y de repente hay un montón de moscas esperando su muerte en una pared verde capricho. Las consecuencias del fumar no solo son el cáncer. También está el frío y probablemente la explicación a por qué últimamente mi habitación está llena de palomillas y moscas. Ellas también saben lo que es un hogar. Precisamente, mi cuarto, es ahora su hogar.
Ellos bailaban mientras a cualquier otra persona se le caía la copa y maldecía su existencia por no poder recriminarle a nadie que esa chica tan guapa le diera el empujón justo para derramar su copa.
Esa sensación de estar tan nerviosa que no puedes controlar ninguno de tus músculos y sonríes de una manera un tanto extraña. Es, supongo, una forma inconsciente de felicidad.
Hay un ratón que se despierta justo a la misma hora en la que yo decido irme a dormir. Cada vez se me parece más a la dueña. Pena que no sepa cazar moscas ella también. Porque no solo es un ratón, sino que también es hembra.
Encargo una depresión cada otoño, por si no le basta al frío con joderme los planes. Ese incómodo momento en el que tienes que quitarte el jersey y temes que se te levante la camiseta y solo por eso encargaría una depresión del tamaño de un elefante. Solo por ese terrible acontecimiento.
Y si no era suficiente con esto, soy tan entrañable que se reproducen las pelusas en mi ombligo.

Bailaban todos y la música iba a un ritmo demencial. Ojalá paren mis neuronas, ojalá dejen de bailar, se limpien el sudor, tomen aire y vuelvan a empezar. Bailar, bailar, bailar.

Al rededor de una hoguera, que viene de hogar.

jueves, 3 de noviembre de 2011

comeback

Efectivamente hoy vuelvo a tener 22 años.
Y no sabes cuánto me alegro de ello(s).
Jé.

I am

Desde que me conozco sé que soy una persona intensa, desmedida en lo que siente, vehemente de cuerpo y mente.
Entristezco cuando llega el invierno. Cuando todo el mundo se vuelve gris y se vuelve triste porque es así como yo lo pinto. Cuando sentir se trata de adivinar qué coño estará pensando para poder ir un paso por delante y anticipar. Sean golpes o sean suertes. Anticipar.
Y soy rebelde. Desde que me conozco, lo soy. Aunque sepa que algo es así yo siempre diré lo contrario. Sin tener argumentos con los que refutar, reluce mi estupidez de esa manera y así es como funciono.
Pienso mucho, mucho, muchísimo mucho, y al mismo tiempo tengo la sensación de no estar pensando nada. Al menos nada con claridad. Digo que soy ordenada, que tengo suerte, que estoy bien. Digo, digo, digo, pero lo que quiero realmente es sentir.

Tengo planes. Planes todo el rato. Y por eso soy una contradicción con pelo, piernas y ojos. Siempre digo "tengo un plan" pero en realidad no sé lo qué vendrá después del cuál que procede.
¿Cuál?
No sé pero lo tengo. Y tengo señales y multas. Un montón de multas sin pagar.

El caso es que sé que soy un peligro para mí misma cuando digo que desde que me conozco sé que vivo las cosas muy intensamente. Soy un peligro cuando la luz que entra por tu ventana es la suficiente para dejarme verte tal y cómo eres y no tener pánico de sentir tanto. Demasiado.
Soy un peligro porque te he memorizado y tengo en mente el momento en el que pensé que eras demasiado guapa como para tenerme miedo y encima te diste cuenta, o al menos, lo intuiste. Un peligro porque en mi pecho tengo guerras y no son de cualquier catarro pasajero. No son siquiera por ti o por lo que pueda sucedernos. Son mis guerras.

Soy yo la que vive por impulsos y puede derribar fronteras y conquistar pieles. Soy yo. Y aun así, una vez más, me he dejado conquistar por mí misma. Me he dejado derrumbar por mis propias guerras y es invierno y hace frío y juro que miento cuando digo que yo no necesito esto para estar bien. Mejor.
Por eso tanta lucha, tanto nervio, tanto enfado. Porque no quiero ser así como sé que soy. Porque si siento quiero poder hacerlo de verdad y si no, también.

Y si me enfado tantísimo es porque toda esta mierda me suena a adolescencia y no hay nada que me joda más que eso. Ese potaje, ese deconstruir, ese ir aprendiendo. Cuando lo que quería decir era, ese ir acostumbrándome a que ésta que está aquí soy yo, así de intensa, de emocional, de poco calculadora. Esta soy yo y es normal que asuste.
Yo en mi lugar, lo estaría.

Aun así, está de puta madre sonreír porque todo ha ido bien, aunque haya gris y aunque el pincel aun tenga restos de esa pintura. Todo ha ido bien. Todo irá a mejor.
Y con suerte yo mañana no tendré 17 años, sino 22 y seguiré pensando mucho, mucho, muchísimo, pero diferente.

Ala.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.