lunes, 21 de noviembre de 2011

Un indio desorientado.


Saltaba de tejado en tejado cuando la conoció. Le dijo que para él los colores eran lo más importante, por eso, cuando piensa en ella, recuerda el rojo tejado, el naranja de las farolas, el negro noche. Nunca se preguntó cómo había llegado hasta allí, solo entendió que aquellas cosas pasaban. Siempre esas cosas pasaban y no por ninguna razón. Podía haber decidido pasar de largo. Si no hubiera preguntado cómo se llamaba o le hubiera planteado una vida junto a él, como forma de romper el hielo, si no hubiera actuado de algún modo, con ella, nada de eso hubiera pasado. Por eso estaba en aquel tejado, decidiendo si volver a casa trepando de balcón en balcón o se quedaba allí, recordando cómo era la forma que tenía de fumar a su lado.
De alguna manera estaban el uno dentro del otro. Cualquier forma de pensamiento es una manera de tener presente a alguien que no existe como tal en ese momento. Cualquier forma de pensamiento, es pensar, al fin y al cabo.

El amor nunca supo hacerle libre. Nunca aprendió cómo coleccionar libertades en brazos ajenos, por eso siempre cargaba con la culpa de no haber sabido qué hacer con todas aquellas cosas que pudo haber controlado y no. La libertad no existía para él.
El amor era tan fuerte que le aprisionaba el pecho. Había construido una cárcel en su interior.

Saltaba de tejado en tejado cuando supo que todo tenía que cambiar. Aquella manera de no entender al amor como tal. Aquella manera desmedida de sentir, guardándose más de la mitad en una cárcel que existía porque existían. Quería hacer desaparecer todos sus recuerdos, una manera de desatarse del dolor, la nostalgia, esas cosas que nos amarran.
Pero pensaba en ella. Los indios también tienen en mente otras batallas, menos sangrientas, y ésta, aunque teñida de rojo tejado, también era azul.
Sabía, conocía la existencia del dorado. Él estaba allí contemplando cómo era incapaz de recuperar algo que nunca supo hacer suyo. Nunca aprendió esa manera de libertad.
Pero el viento y la lluvia, la posibilidad de dejar de pensar durante un minuto, eso lo hacía libre. Un minuto. Aun sabiendo que no habría brazos en los que coleccionar libertades después del segundo sesenta, volvía a pensar, encerrándose en todas aquellas cosas que no tenía por qué haber vivido. No tenía necesidad alguna y sin embargo, allí estaba, preguntando su nombre, prometiéndole una boda como forma de romper el hielo, sabiendo que todas las opciones se resumían en una sola. Alargar el momento era solo una forma de reafirmarse. De tantear el terreno.

Él lo había visto. El dorado y todas sus sábanas teñidas de azul.

Era solo que quería ver hasta dónde podía llegar. Por eso está en cualquier tejado, reanimando un recuerdo imaginario. Porque quiere volver a destrozar todo aquel tesoro, sabiendo que no sabría nunca ser libre entre unos brazos. Un maleducado en el amor. Un rabioso lleno de ganas. Un indio desorientado. Por eso está allí. Buscando leña para mandar señales de humo, un cigarro a medias, todo ese humo tiene que volver a alguna parte. Y sin embargo, lo único que lo encierra en sí mismo es una distancia demoledora.

Era eso. Solo eso. La ganas que tenía, aun sabiendo desde el principio que no tenía sentido, de sentir la descoordinación entre el amor y él. Ese baile patoso de ir acomodándose a un cuerpo, en un colchón. Los cambios repentinos de horarios. Estirarse entre despedida y despedida. No saber por dónde ir y sin embargo, estar volviendo todo el rato al mismo sitio. Entender que un cuerpo es mucho más que impulsos eléctricos amontonados en un cerebro. Un cuerpo era todo eso que se le escapaba de las manos. Y mucho peor. De sus recuerdos.

Por eso volvía a los mismos tejados en los que la conoció. Para, de alguna manera, tenerla con él, mientras ambos se desvanecían.

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