jueves, 29 de diciembre de 2011

Birds



Los pájaros son una de las especies animales menos recomendables para enamorarse.
Porque lo que más gusta de ellos es su vuelo, sus alas abiertas, la manera que tienen de planear sobre el cielo. A través de él.
Unos ojos que ven el futuro. El aire que atraviesan es el futuro.
Y un pico brillante con el que hurgar dentro de ti. Escarban hasta encontrar al fondo del pecho un corazón cálido y húmedo y empiezan a picotear.
A veces sólo lo hacen porque se encuentran enjaulados. A veces es solo porque, extiendes la mano después de haberte hurgado tú misma en el pecho y lo esparces por ahí esperando a que vengan a picotear en el suelo el rastro de latidos que aun te queda.
A veces y solo a veces puedes ver como están de vuelta después de un siglo de migraciones.

martes, 27 de diciembre de 2011

Siete vidas tiene el Indio.



El indio aprendió a escribir su nombre el día que descubrió que se podía echar de menos un cielo estrellado. Paseaba por aquellas calles como un gato. Entró a hurtadillas y reconoció solo por el frío que hacía que en otra vida había estado allí. Se sentó en aquel húmedo banco a esperar. Nada en concreto. Escribió su nombre en la arena y esperó a que alguien pasase y lo reconociese.
Miró al cielo y recordó como decía con retintín y superioridad “Aquí no se ve ni una cuarta parte de todas las que veo donde vivo yo”.
Lo que nunca supo es que hablaba con un indio. Él dormía muchas veces en desiertos donde el cielo acababa siendo el único abrigo que encontraba.
Miró a su derecha y no encontró más que un hueco. Lo que le hizo pensar que quizás hacía tiempo hubo alguien que ocupaba aquel vacío. Algo de su otra vida quería que volviese a encontrarse con la persona que fue cuando no era un indio.
Recordó como agachaba la cabeza decepcionado, “no, no hay muchas por las luces… pero es un bonito lugar… si se viesen las estrellas ya sería…”

Seguía haciendo frío. El indio decidió no moverse de allí. Estaba esperando una de esas casualidades que la vida te trae porque sí. Sabía que no aparecería pero estar allí le hacía recordar que en otra vida fue alguien muy afortunado.
“¿Quién sería?” se pregunta. Quizás fuese la persona más feliz en aquel momento y el solo era el encargado de recoger la energía que habían desperdiciado en tantear el terreno. Recuerda mirarla con ojos de gato. No sabe a quién, aun, pero trepa por un olor que le devuelve a casa. Camina por ahí, da la mano al aire porque sabe que en algún momento alguien se la dio a él. Recuerda la palabra café al pasar por un muro que dejaba ver la luna. Bebería café solo por lo reconfortante de su olor.
Solo por eso. Se ríe. A quién se le ocurre.

Al fin y al cabo, ¿sabía en su otra vida quién era realmente aquella chica?
Una noche de escalofríos despertó y de pronto apareció en su cabeza un nombre. Aprendió a escribirlo. Supo por su sentido felino que había estado tiempo atrás con ella en aquel banco, tristes porque se acababa la noche y apenas se veían las estrellas ya. De todos modos, nunca nada sería como el estar en casa. Tanto para el uno como para el otro. Estar en casa era aquel olor. A la intemperie de una ciudad que no perdona el frío pero sabiendo que un día, en aquel preciso instante alguna de las dos personas que allí estuvieron, quizás las dos a la vez, fueron felices.

El indio pasea por la ciudad como un gato, haciendo de tripas corazón. Hubo alguien en otra vida que se había encargado de pasear felicidad por todos los rincones de aquellas calles. ¿Cómo superar todo eso?
Aprendió a escribir su nombre. Lo lleva tatuado. El día que la encuentre, no lo hará por ser feliz él también, sino solo para comprender por qué quién fue en su otra vida llegó a ser tan feliz como para almacenar tantos y tan persistentes recuerdos.
Piensa, debe ser muy especial.
El añorar las estrellas en el cielo es algo muy especial.
Quizás ella también sepa usar la noche como abrigo.

Seguro que sí.

Ojala te conociese desde hace años y esta carta tuviera algún sentido...

Pero no.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Lo de dentro.

(Te lleno de silencios, para pensarte)
En realidad solo se me ocurre tenerte en mente
como tendría a la hora que es,
como a respirar,
como a pensar.
De esa manera inevitable
y al mismo tiempo
imprescindible
y anónima.

Y es solo eso. Un montón de silencio
dedicado exclusivamente a
pensarte.
Como una hora, un suspiro o una idea.
Y me gusta
y tú
y tengo un problema.

(Por eso entre tanto ruido no hay nada de mi que te llegue más que silencio)


martes, 20 de diciembre de 2011

Aprender del error.

Aunque me guste vivir en el pasado
y adelante el tiempo con la mente
aun tengo un hueco para los instantes.
El momento. Lo de ahora.
El presente es solo la consecuencia
de castigarme por morir entre nostalgias
y volar entre imaginarios.

sábado, 17 de diciembre de 2011

chicles para todos

Dejar de fumar es como tener mal de amores.
¡Coño!

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Tripas.

Algo debe salir. Hay algo aquí dentro, donde dice Julia que están las cosas, entre las tripas, que debe salir.
Rehuyo de alguna manera enfrentarme a lo que siento, niego la existencia de algo que vaya más allá del pensamiento. Al fin y al cabo pensamos y sentimos por el mismo sitio. Pero hay algo, muy adentro y muy al fondo que va más allá de lo que pueda o no pensar. Eso que hace que te tiemblen las rodillas, eso que te sacude la voz, eso que te altera, que no te deja pensar. 
Química, digo. Repito algo que he estudiado y a lo que me aferro fervientemente. Como si todo el tiempo estuviera a punto de caerme y necesitara de una piscina, de una colchoneta que amortiguara el golpe.
Algo hay entre el estómago y el hígado, que te hace ser más fuerte y más débil, más listo y más tonto. Algo hay entre el páncreas y los riñones. No sé qué es pero existe.
Como cuando empiezas a soltar todo lo que llevabas mucho tiempo pensando. Como esa sensación de vómito en cada palabra. Como gritar cuando estás tan en la mierda que no ves manera humana de limpiarte y salir a flote.
Y el cerebro es una tripa como otra cualquiera, pero no se encoje, ni se para, ni se le hace un nudo ni nada de lo que pasa con las tripas, cuando estás cerca y pienso en toda la mierda que a veces me come y en como me voy quedando muda, poco a poco, por ciertos nudos entre la garganta y el estómago.

Entonces, cuando voy camino a casa, en la moto, pienso que debería decirte lo de las tripas. No es hambre, empezaré, es solo que pasa algo entre que te veo y mis ojos te comen, algo así como una digestión. Te voy devorando pestañear a pestañear. No me hace falta nada más, seguiría. La simplicidad del estar a gusto a tu lado. El temblor de rodillas va por libre, es algo, que como lo que siento, no puedo controlar, pero estoy en ello. Dejo que se me pase. Un paseo estaría bien. No tenemos mucho más que decirnos, pienso, no quiero decirte nada. Tengo con mirarte. Mis tripas hacen el resto. No duermo y no es tu culpa.
Estoy bien, es solo que a veces me gustaría ver tu cara al oír toda esta maraña de sensaciones. No hay más, solo eso, sensaciones, ojos masticándote, diluyéndote entre las tripas del cerebro y llevándote luego a cada órgano con la única misión de nutrirme de más y más temblores, más y más nudos en la garganta.
¿Qué quieres saber? Te preguntaría. Me pregunto hasta qué punto te intereso, hasta que punto he sido capaz de calar en ti, si es que lo he conseguido de alguna manera. Pero te hago reír, ¿sabes? con eso me conformo. Lo demás es solo una manera de sentirme importante, de recrearme sabiendo que estoy también en otros pensamientos, de otros cerebros y quizás entre otras tripas. 
No es reciprocidad lo que busco, ni respuestas. No tengo muchas más preguntas en la retaguardia. Quizás un, ¿te animas, te apuntas, te vienes?
Cambiar las cosas desde dentro, te diría. Cambiarnos para siempre. De alguna manera lo hacemos, día a día. No sé muy bien cómo, pero me gustaría pensar que sí. 
Entonces me mirarías y de nuevo ese nudo, ese temblor y esa sensación de ahogarme en palabras que no salen. Como si me agarraras por las tripas y me zarandeases. 
Me miras y me cago en las tripas, en lo de dentro, en lo del fondo. Me miras, joder, y todo eso de los ojos, de comerte, no me parece tan real. Solo un montón de ridículos pensamientos de alguien que no sabe dónde encontrar su norte cuando al pasar por el Triángulo de las Bermudas, aparece en la otra punta del mundo sin saber muy bien cómo y por qué.
¿Qué es lo que pasa entre tus pupilas y mis temblores?
¿Cuál es la sustancia química exacta que provoca todos estos desastres?
¿Por qué ahora creo en unas tripas cuando con lo de pensarte y tenerte en mente ya me era suficiente?

Y eso soy y eso eres, el bolo alimenticio de una probabilidad estadística nimia más.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Sobre las elucubraciones.

La forma en la que duelen las retiradas a tiempo.
La forma en la que no queda más remedio que rendirse a medio camino
de algo
que más allá de elucubraciones,
de verdad
pintaba bonito.

La forma en la que soy capaz de memorizar hasta el más mínimo detalle
para luego, al llegar a casa, desabrocharme detalle a detalle
y caer en la cama
al lado de un sueño,
que más allá de elucubraciones,
de verdad
pintaba bonito.


sábado, 10 de diciembre de 2011

Negativa

Últimamente me resulta mucho más reconfortante un no que un sí.
Me es mucho más fácil imaginarme lo que pasará después de un no. Seguramente mi vida seguirá siendo la misma. Nada habrá cambiado excepto esa especie de sentimiento de estar en constante espera.
Sin embargo, un sí es mucho más devastador, peligroso. Después de un sí nunca se sabe lo que pasará. La vida, después de un sí nunca es la misma. Un sí lo cambia todo. Desde el principio, pasando por el nudo, hasta el final de todo.
Un sí es desconcertante. Es seguir esperando y no saber muy bien si debería ser en positivo o por el contrario, en negativo. Un sí siempre tiende, en algún momento a un no y eso jode.
Jode muchísimo.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La parte de mí que debería gustarte.

Toda mi vida he pensado que lo que hace que alguien se quede a tu lado son las cosas que eres capaz de aportar. Demostrar, como un pavo real, todas tus cualidades y esperar a que esas cualidades sean las que la otra persona esté buscando. Que esas cosas que tú eres capaz de dar sean las que la complementen a ella. Las que ella quiera recibir.
Pero pasa algo que lo cambia todo. Toda exhibición es pura vanidad. Es solo la floritura de algo que es como el resto. Un aliento al despertar, una media de diez cigarrillos diarios, tres cafés entre las 10 de la mañana y las 6 de la tarde, insomnio, no tener dinero casi nunca. Todas esas cosas que forman parte de nuestros encantos. Las cosas que al fin y al cabo recordaremos de la otra persona.
¿Cómo eran sus rodillas? ¿Cómo hacía el amor? ¿Cuántos libros se había leído antes de conocerme?
No me acuerdo de nada de eso.
Al final terminas pensando en que todo es una copia de una copia. Que las mujeres que dejaron huella en ti quizás fueran esas que compartían a medias uno de esos diez cigarrillos, las que no entendían lo que escribías, las que no sabían ponerse en tu piel. Quizás esas mujeres jamás probaron el café a las 10 de la mañana y probablemente les diera igual el aliento mañanero.
Toda mi vida he pensado que ser buena con los demás hace que los demás quieran estar contigo. Mostrar ese lado compasivo, esa generosidad desinteresada, esa sonrisa siempre.
Pero al final lo único que una busca en otra persona es llenar su vida de cosas triviales, como la forma en la que tomaba los cereales a media tarde, o como se sentaba en los sillones de su casa, o simplemente la sensación que se te quedaba después de cada beso. El instante antes, ese olor. Olor a beso.
Ni tan alta, ni tan fuerte, ni tan inteligente. Son solo las cosas a las que somos capaces de acomodarnos fácilmente la que nos hacen decidirnos por algo. Alguien.
Y a veces lo que buscamos es sentir.
Por eso mucha gente busca ese dolor capaz de hacer tambalear todo su ser.
Por eso muchas veces me olvidé del placer de un cigarrillo a medias por el placer del dolor gratuito. Venido de una misma. Venido de dentro.
Como consecuencia, un orgullo herido, una dignidad pisoteada, "con todas las cosas que fui capaz de hacer por ella, todo lo que la he querido". Es solo que no somos conscientes de que es muy difícil mantener en el tiempo tantas cosas buenas sin perder en el camino nuestra esencia: aliento mañanero, tres cafés diarios, insomnio, falta de recursos, de paciencia, todos los días malos, los buenos, quedarse sin tabaco, llevar dos días sin ducharse, perder el último tranvía, beber de más, quedarse en la calle, la cerveza, los amigos, incluso la música. Incluso uno mismo.
Uno mismo es lo que realmente atrae a la gente.
Por mucho que quiera exhibirte mi brillante plumaje azul y verde. Eso es solo la parte de mí que no es tan mía. Más del resto.

Así que la que soy cuando llevo tres días con el mismo pijama, en casa, escribiendo y fumando, la que pide dinero a su abuela, la que gorronea siempre que puede de sus amigos. Esa es la parte de mí que más debería gustarte.

Aunque no lo veo nada claro.

lunes, 5 de diciembre de 2011

insomnio infiel

Hace tiempo que no duermo bien.
Supongo que lo justo y necesario para no dejar pudrir al cerebro. Lo justo.
Pienso, muchas veces, que es innecesario. Es un tiempo perdido. 
Quizás lo invirtamos en más años de vida, quizás seamos más felices, tengamos menos enfermedades pero no lo estamos viviendo. Lo estamos durmiendo. Invirtiendo. ¿De qué vale invertir en tiempo si no lo vas a aprovechar como es debido? Ahora, el momento.
Desde hace un tiempo, los sueños se han vuelto en mi contra. No es que tenga pesadillas o sean sueños horribles, es solo que al despertar desaparecen. Y ya no existe esa sensación de sosiego, de felicidad por el vago recuerdo. No. Existe ansiedad. Un hueco enorme cubierto de legañas y mal aliento. Existe el rastro de unos besos que jamás fueron dados. Todas mis ganas amontonadas entre los pliegues de una sábana bajera.

Vivo alerta. Bajar la guardia ahora mismo sería una especie de traerte a la mente inconscientemente. Y duele.
Es el rastro de ti en mí, supongo. Un puñado de sueños.
Por eso no quiero dormir. 
Me parece mucho más rentable pasar la noche en vela, teniendo algo de sueño, sintiendo algo de cansancio pero transformando pensamientos en constructos. Estoy aquí y no te preguntes por qué escribo esto o aquello. 
Solo dejo pasar las horas hasta que esté tan rendida que ni mis sueños tengan ganas de traerte de vuelta.

Esto no siempre fue así.
Hubo un tiempo en el que pasaba más tiempo durmiendo que despierta. Me gustaba soñar, el tacto de mi cuerpo en la cama, abrazar a mi almohada. Me gustaba dormir.
Ahora sin embargo veo a mi cama como una vieja compañera. Como quien ve a un antiguo compañero de instituto. Como quien ve a un conocido cualquiera.
Ya no nos pertenecemos. Ha sido cosa del tiempo. 
No hay pelos de nadie a los que enredarme, no hay noches incómodas pero felices. No hay.
Solo está ella, con su frío intrépido, con su colcha descosida, con sus sábanas verde pastel. Con mi hueco, esperando ser ocupado de alguna manera.
La he desatendido y llevo tanta culpa encima que no sé cómo será el día que me vuelva a desear con aquellas ganas locas, como si fuéramos amantes, todas las noches.
Ahora, sin embargo, nos hemos convertido en un matrimonio más. Un matrimonio cualquiera. Agrietado, rancio, viejo, resignado a dormir junto a alguien que ya no quieres.

Por esa sensación he dejado de dormir aquí. Y por hábito, he dejado, también, de dormir en cualquier lugar.

Hace tiempo que no duermo bien. No me va bien en mi matrimonio. Nos queremos pero ya no es lo mismo. Nos faltan cosas.
Calor, latidos. Esas cosas. Aun así, aguantamos, estoicas, todas las derrotas.
Como viejas compañeras.

Supongo que ella tampoco lo hace sin mí. Dormir, digo. Me imagino la cantidad de noches en vela que ha tenido que pasar por mi culpa. Me lo imagino y lo sé.
Esas noches en vela, yo tampoco dormía. Al contrario. Gastaba todo el tiempo que hubiera invertido con ella en vivir.

O en hacer que dormía en camas ajenas pero no.

Solo sé, supongo, ser infiel hasta cierto punto.

Infiel a medias.

jueves, 1 de diciembre de 2011

La inútil asocial

Hay días en los que me siento inútil.
Para contigo, para con ella, para con todos. El resto.
Días en los que no sale de mí ni un atisbo de interés al escuchar
lo que sin embargo oigo.
No sale de mí implicarme de algún modo en una conversación que no he elegido, 
en una interacción que no he pedido tener. 
Hay días en los que me gusta vivirlos para mí. Única y exclusivamente para mí y para quien yo elija. 
Y sin embargo tengo que lidiar con una sociabilidad impuesta, con normas y leyes, con un eterno quiz pro quo, para por si las moscas, en algún momento llego a ser yo quien se encuentra en la tesitura de necesitar de oídos, de gestos, de confidencias.

Hay días en los que ya me es difícil estar conmigo, como para tener que soportar el peso de otra conciencia. 
Esos días en los que mandaría a tomar por culo a cualquiera a la mínima de cambio. Pero, contra todo pronóstico, asiento, escucho, sonrío. Lo que la gente no sabe es que por mis venas corre muchas veces el desinterés de escuchar algo que no provienen de mí misma o, simplemente, de quien busco escuchar cualquier nimiedad.
Y así van pasando los días. Leyendo y escuchando las menudencias de gente que no me interesa e inventándome, ya en la cama, cómo sería si a quien yo quiero me contase esas tonterías cotidianas que nos saturan, desesperan, irritan, inquietan.

Es por eso, supongo, que últimamente me cuesta llegar tanto a la cama. Sana y salva. No me apetece ni siquiera indagar en cómo sería conversar de mí misma con ella. Me he acomodado a ir escuchando gilipolleces toda mi vida, a comprender, meditar, y dar explicación a problemas que ni me iban ni me venían, olvidándome de cómo era abrir la boca para empezar a soltar mi mierda a cualquiera que se me cruzase.

Sé que es tan simple como decir "lo siento, no me interesa", tan simple como un silencio. Pero mi yo social me impide quedarme callada ante una llamada de atención tan propia del un ser humano como lo es un "hola".
No, hola no. Hola nada, hola nunca. Hola se dice cuando quieres que alguien se quede contigo, en tu vida.
Hola se dice cuando quieres saber de la otra persona. Hola se dice cuando quieres empezar. Da igual qué. La importancia radica en que es un comienzo. Solo un Hola. Nada más.
El resto lo decide el interés, el rumbo, el divagar, la colisión casual de dos mentes.
La colisión causal de dos mentes.

No está mal, me pregunto, querer sentirse sola de vez en cuando, ¿no?
Escucharse a una misma, preguntarse. Lo quieras o no, cuando piensas con mucho ruido alrededor, nunca se termina sacando nada en claro. No me concentro. Las cosas se mueven de lugar, la gente cambia de gradiente de concentración, me siento una molécula más en mitad de un organismo que no para de hablar. Y no me interesa. Al menos hoy, que me siento inútil para con la sociedad. Siento como si le estuviera quitando algo a alguien. La libertad de poder expresarse, la libertad de verse reflejada en una cabeza que asiente y unos ojos que miran.
Pero hoy no. Hola no.

Ni siquiera me interesa hablarme, cuestionarme qué sucede para que el resto me de tanto igual. Yo que era todo lo contrario. Yo que ayudaba desinteresadamente a quien me lo pidiese. Qué ha pasado.

Supongo que ya no hay tanto vacío en mí. No hay tantos huecos, tantas carencias.
Supongo que es el escuchar el silencio lo que me calma ahora.
Mi silencio y mis mierdas también, porque las tengo, y existen y conviven día a día soportándome en mis días buenos y en los malos también. Siendo parte de mis penas, la mayoría del tiempo. De mis miedos e inseguridades, siempre. Y no necesito echarlas fuera, no necesito vaciarme de ellas. Ellas, al fin y al cabo, son lo que me hacen ser como soy. Es solo que a veces me gusta tener mis cosas controladas, como a mis mecheros. Saber dónde están y qué lugar deben ocupar.
Crecer, supongo. Dar el estirón, no sé si definitivo, pero clave para saber estar con una misma sin necesidad de nadie más.

Y no me interesa de verdad.
Quizás a ti tampoco todo esto y probablemente si no fuéramos tan sociales, ni tú habrías terminado de leer esto, ni yo lo habría querido compartir contigo, con ella, con todos. El resto.

Un suceso.

Es lo que pasa conmigo
cuando te tengo en frente
lo que extraño
cuando me vuelvo, conmigo, sin ti.
Mirarte y todo eso.

Ni un cuerpo, ni un lugar, ni un momento.
Sino todo eso que pasa por mí
cuando todas esas cosas están sucediendo.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.