lunes, 5 de diciembre de 2011

insomnio infiel

Hace tiempo que no duermo bien.
Supongo que lo justo y necesario para no dejar pudrir al cerebro. Lo justo.
Pienso, muchas veces, que es innecesario. Es un tiempo perdido. 
Quizás lo invirtamos en más años de vida, quizás seamos más felices, tengamos menos enfermedades pero no lo estamos viviendo. Lo estamos durmiendo. Invirtiendo. ¿De qué vale invertir en tiempo si no lo vas a aprovechar como es debido? Ahora, el momento.
Desde hace un tiempo, los sueños se han vuelto en mi contra. No es que tenga pesadillas o sean sueños horribles, es solo que al despertar desaparecen. Y ya no existe esa sensación de sosiego, de felicidad por el vago recuerdo. No. Existe ansiedad. Un hueco enorme cubierto de legañas y mal aliento. Existe el rastro de unos besos que jamás fueron dados. Todas mis ganas amontonadas entre los pliegues de una sábana bajera.

Vivo alerta. Bajar la guardia ahora mismo sería una especie de traerte a la mente inconscientemente. Y duele.
Es el rastro de ti en mí, supongo. Un puñado de sueños.
Por eso no quiero dormir. 
Me parece mucho más rentable pasar la noche en vela, teniendo algo de sueño, sintiendo algo de cansancio pero transformando pensamientos en constructos. Estoy aquí y no te preguntes por qué escribo esto o aquello. 
Solo dejo pasar las horas hasta que esté tan rendida que ni mis sueños tengan ganas de traerte de vuelta.

Esto no siempre fue así.
Hubo un tiempo en el que pasaba más tiempo durmiendo que despierta. Me gustaba soñar, el tacto de mi cuerpo en la cama, abrazar a mi almohada. Me gustaba dormir.
Ahora sin embargo veo a mi cama como una vieja compañera. Como quien ve a un antiguo compañero de instituto. Como quien ve a un conocido cualquiera.
Ya no nos pertenecemos. Ha sido cosa del tiempo. 
No hay pelos de nadie a los que enredarme, no hay noches incómodas pero felices. No hay.
Solo está ella, con su frío intrépido, con su colcha descosida, con sus sábanas verde pastel. Con mi hueco, esperando ser ocupado de alguna manera.
La he desatendido y llevo tanta culpa encima que no sé cómo será el día que me vuelva a desear con aquellas ganas locas, como si fuéramos amantes, todas las noches.
Ahora, sin embargo, nos hemos convertido en un matrimonio más. Un matrimonio cualquiera. Agrietado, rancio, viejo, resignado a dormir junto a alguien que ya no quieres.

Por esa sensación he dejado de dormir aquí. Y por hábito, he dejado, también, de dormir en cualquier lugar.

Hace tiempo que no duermo bien. No me va bien en mi matrimonio. Nos queremos pero ya no es lo mismo. Nos faltan cosas.
Calor, latidos. Esas cosas. Aun así, aguantamos, estoicas, todas las derrotas.
Como viejas compañeras.

Supongo que ella tampoco lo hace sin mí. Dormir, digo. Me imagino la cantidad de noches en vela que ha tenido que pasar por mi culpa. Me lo imagino y lo sé.
Esas noches en vela, yo tampoco dormía. Al contrario. Gastaba todo el tiempo que hubiera invertido con ella en vivir.

O en hacer que dormía en camas ajenas pero no.

Solo sé, supongo, ser infiel hasta cierto punto.

Infiel a medias.

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