martes, 27 de diciembre de 2011

Siete vidas tiene el Indio.



El indio aprendió a escribir su nombre el día que descubrió que se podía echar de menos un cielo estrellado. Paseaba por aquellas calles como un gato. Entró a hurtadillas y reconoció solo por el frío que hacía que en otra vida había estado allí. Se sentó en aquel húmedo banco a esperar. Nada en concreto. Escribió su nombre en la arena y esperó a que alguien pasase y lo reconociese.
Miró al cielo y recordó como decía con retintín y superioridad “Aquí no se ve ni una cuarta parte de todas las que veo donde vivo yo”.
Lo que nunca supo es que hablaba con un indio. Él dormía muchas veces en desiertos donde el cielo acababa siendo el único abrigo que encontraba.
Miró a su derecha y no encontró más que un hueco. Lo que le hizo pensar que quizás hacía tiempo hubo alguien que ocupaba aquel vacío. Algo de su otra vida quería que volviese a encontrarse con la persona que fue cuando no era un indio.
Recordó como agachaba la cabeza decepcionado, “no, no hay muchas por las luces… pero es un bonito lugar… si se viesen las estrellas ya sería…”

Seguía haciendo frío. El indio decidió no moverse de allí. Estaba esperando una de esas casualidades que la vida te trae porque sí. Sabía que no aparecería pero estar allí le hacía recordar que en otra vida fue alguien muy afortunado.
“¿Quién sería?” se pregunta. Quizás fuese la persona más feliz en aquel momento y el solo era el encargado de recoger la energía que habían desperdiciado en tantear el terreno. Recuerda mirarla con ojos de gato. No sabe a quién, aun, pero trepa por un olor que le devuelve a casa. Camina por ahí, da la mano al aire porque sabe que en algún momento alguien se la dio a él. Recuerda la palabra café al pasar por un muro que dejaba ver la luna. Bebería café solo por lo reconfortante de su olor.
Solo por eso. Se ríe. A quién se le ocurre.

Al fin y al cabo, ¿sabía en su otra vida quién era realmente aquella chica?
Una noche de escalofríos despertó y de pronto apareció en su cabeza un nombre. Aprendió a escribirlo. Supo por su sentido felino que había estado tiempo atrás con ella en aquel banco, tristes porque se acababa la noche y apenas se veían las estrellas ya. De todos modos, nunca nada sería como el estar en casa. Tanto para el uno como para el otro. Estar en casa era aquel olor. A la intemperie de una ciudad que no perdona el frío pero sabiendo que un día, en aquel preciso instante alguna de las dos personas que allí estuvieron, quizás las dos a la vez, fueron felices.

El indio pasea por la ciudad como un gato, haciendo de tripas corazón. Hubo alguien en otra vida que se había encargado de pasear felicidad por todos los rincones de aquellas calles. ¿Cómo superar todo eso?
Aprendió a escribir su nombre. Lo lleva tatuado. El día que la encuentre, no lo hará por ser feliz él también, sino solo para comprender por qué quién fue en su otra vida llegó a ser tan feliz como para almacenar tantos y tan persistentes recuerdos.
Piensa, debe ser muy especial.
El añorar las estrellas en el cielo es algo muy especial.
Quizás ella también sepa usar la noche como abrigo.

Seguro que sí.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.