martes, 28 de febrero de 2012

Filosofías baratas I

No es difícil ser feliz si te lo propones bien
y sabes trazar un buen plan para ello.

Hay quien tarda toda una vida en conseguirlo. Hay quien tarda toda una vida y para cuando ya lo ha terminado se queda sin tiempo para llevarlo a cabo.
Hay quien lo encuentra un buen día, mirando por la ventana.
Y no consiste en dejar de fumar, ni en llevar una vida saludable.
Ni siquiera consiste en hacer lo que se supone que nos proporcionará bienestar.
La felicidad consiste en un papel arrugado con algo escrito dentro, en un mensaje de móvil, en encontrar el último trozo de brownie de mamá en el horno.
No es difícil si llegas a entender que no es algo que se pueda mantener en el tiempo. Ni recordar luego.
Por lo general la gente sabe esto último.
Pero ser feliz y aunque parezca mentira y aunque cueste, incluso, un poco más, es para casi siempre.

Es decir. Nacemos felices. Y todo el tiempo estamos felices. La tristeza es lo temporal.
Al contrario de lo que se suele pensar, no es la felicidad lo que aparece y desaparece.
Y sabiendo esto, no es difícil ser feliz, si te lo propones bien
y trazas el mejor plan que se te pueda ocurrir.

De eso se trata. De conseguir que la tristeza aparezca lo menos posible en tu vida
y en el momento en el que lo haga
saber llevarla de la mejor manera posible.
Siendo tal y como hemos sido desde que nacimos.
Felices.

[¿?]

sábado, 25 de febrero de 2012

Todo el rato.

¿Te crees que no he estado pensando con qué hacerte sonreír la próxima vez?

sábado, 18 de febrero de 2012

***

En cuanto a ti:
Tú no me lees.
Me devoras.


viernes, 17 de febrero de 2012

Sobre el alcohol gratis.

Sé que me sigues leyendo.
Y deberías hacerlo hasta que no solo sangren tus ojos,
sino que también
tus oídos,
tu lengua,
tus dedos,
se llenen de llagas.

Como cuando estás muy cansada de algo.
Ese dolor que no sabes cómo afrontar.
Si durmiendo
o
aguantando un poco más.

Solo un poco más.

domingo, 12 de febrero de 2012

Perderse en un supermercado.

Perderse en un supermercado, por aquel entonces, era la mayor catástrofe que te podía suceder. En un pasillo lleno de ropa, de pronto estás sola y una especie de desesperación se empieza a apoderar de ti. Por aquel entonces, aquello era la forma más lógica de desesperación.
Aunque no durase mucho. Ella apareció, como siempre.
Tengo la sensación de que siempre que lo hacía, había cosas brillantes que la precedían. Como mariposas. Como cuando llega el invierno.
No recuerdo cómo era la vida antes de saber de ciertos dolores. Por eso, supongo, no entendía cómo una estufa era capaz de calmarle la rabia de sus huesos.
Cuando digo que siempre era verano en aquella época es porque el frío no le dolía o al menos yo no era consciente de ello.
El naranjero en mitad del patio y la luz de la tarde cayendo despacio. Sé que estará allí siempre. Con la manguera, limpiando las hojas de un otoño casi inexistente.
A veces aparece en mis sueños y me abraza. Todo comienza a ser naranja de nuevo y lo brillante nos envuelve.
Siempre pienso eso de las personas mágicas.
¿Cómo era su voz?
¿Cómo eran sus manos?
Muchas veces pienso que si me hubieran advertido de lo que pasaría luego, tendría un millón más de recuerdos. Me hubiese esforzado, como lo hago ahora por cosas innecesarias, en recordar más momentos a su lado, pero solo consigo traer de vuelta a los tres o cuatro de siempre.
La sinusitis, los abrigos, el invierno. Vamos a ver un cometa que no pasa muy a menudo, o eso dicen.
Los zapatos rojos para las ocasiones importantes. Siempre me decían que tenías el pelo más largo y bonito del mundo. Vuelve con ese pelo. Tráeme de vuelta el verano interminable.
¿Qué pasará cuando la magia se termine?
¿Cómo seré capaz de recordarte?
Por aquel entonces La Laguna me parecía un laberinto. Nunca sabía cómo se llegaba a su calle, hasta que de pronto estaba en el portal, tirándome por la rampa de minusválidos y sigo sin recordarla. Solo las cosas que nos rodeaban. El azúcar moreno, el cuarto con las dos camas y el vick vaporub. La ventana que daba a un patio interior y luego la terraza de la otra habitación. Y el verano. Incluso en esta ciudad donde el frío pocas veces da alguna tregua.
En la playa, la cicatriz de su pecho, los perros.

La desgracia de perderse en un supermercado, entonces, era la forma más lógica de desesperación.
Nunca te llegas a imaginar que puede haber algo más angustioso que eso hasta que descubres, una primavera cualquiera sentada en un escalón, que la forma más lógica de desesperación es perderla sabiendo que las personas mágicas tienen eso.
Pero siguen las cosas brillantes recordándome que una vez hubo un verano infinito y ella estaba allí, limpiando las hojas de un otoño casi inexistente. Barriendo el frío de sus huesos y volviendo, al fin y al cabo, en mitad de un pasillo lleno de ropa, aliviándome la angustia del haberme perdido en un supermercado. 

miércoles, 8 de febrero de 2012

Sangre seca.



Estoy y estás entre las entrañas
de una bestia.
Todos tenemos nuestras tormentas
y vivimos presionados
por los peligros que ello conlleva.
En mi sangre corren batallas
donde siempre hubo mil puntos de vista
a los que nunca comprendí
y
ahora estoy aquí
tan enfadada como siempre
conmigo
por ti.
Por todas esas batallas de las que nunca
se me ocurrió hablarte.
Los muertos hay que dejarlos descansar
con sus propias penas
y sus glorias
en la memoria de quien la tenga.

Todos tenemos huracanes dentro
que nos destrozan
el momento antes de quedarnos dormidos,
pero sabemos aguantar el tirón.
Sabemos, supongo, que mañana
no recordaremos
porque empapar la almohada
es algo que echamos en falta.

La desolación,
la sangre corriendo cuesta abajo,
el dolor de las personas que no somos
nosotros
ni seremos nunca.
Todos tenemos
una ciudad fantasma
donde refugiarnos.
Aquellos miedos nos hicieron grandes,
pienso.
Por todas esas batallas sé
que nada de esto merece la pena.

Aun así
estoy y estás entre las entrañas de una bestia
que ha visto como
ciudades fantasmas
se llenaban de vida
y
tormentas se creían huracanes
y yo solo vine para estar bien.

Ya sabes.
En este momento estoy siendo feliz
y nunca sabré si
dos segundos más tarde
mi batalla serás tú
o
yo contra ti
o
yo contra mí.

Siempre le decía lo de jugar,
lo de no gustarme perder,
lo de luchar juntas o separadas
pero hacerlo de alguna manera
y ella nunca me entendió.
En su ciudad fantasma crecían las flores,
mientras yo atrincheraba la mía,
preparando la guerra,
esperando
la
paz.

Sin entender, supongo,
que eso viene de dentro.
La calma de un pecho debe venir de una misma
y las bestias,
las tormentas,
las batallas,
se volverán
por fin
sangre seca.

domingo, 5 de febrero de 2012

De por qué escribo.


Nunca tendré la casa que quiero, ni la moto, ni el coche, ni la piscina, ni los vecinos, ni el buen tiempo. No tendré la voz para cantar ni la paciencia para aprender a tocar cualquier instrumento. No escribiré ningún libro, ni ejerceré la profesión que estoy estudiando. No seré feliz con cuarenta años, no lo seré mañana. No tendré a la chica que me gusta, ni a la mujer con la que compartir domingos. No tendré el cuerpo que me gustaría tener, ni creo que envejezca de la mejor manera posible. No tendré todos los gatos que quiero ni tendrán nombres originales. No tendré hijos, no tendré sobrinos, no tendré vida en familia. 
Nadie me traerá el zumo de naranja a la cama, ni leeré el periódico por las mañanas, en el desayuno. 
No estaré para verme crecer, ni tú. No me acordaré de ti, de lo que pudo pasar, de la anónima persona que no será nunca mi compañera de domingos. No le dedicaré un libro, ni un poema, ni mi último ron antes de morir en el sillón, con todos esos gatos que nunca tendré. 
Ninguno de mis amigos serán los mismos. Ni siquiera yo seré la misma. Mi vida, en general, no será la misma.
No iré en bici por ningún paseo marítimo, ni comeré pizza los viernes, ni miraré el correo una vez al día. 
No pasaré los veranos en la playa, bebiendo cerveza, comiendo aceitunas, quemándome la piel. No me moriré de vieja. Alguna enfermedad planea mi muerte mucho antes que el tiempo. Peor cáncer que ese.
No te perdonaré jamás el que no quisieras compartir domingos conmigo, completa desconocida. No te pediré salir después de pensármelo mucho. Demasiado.
No te besaré, después de muchas esperas, al dejarte en casa, sola. No serás tú. Claro que no.
Ni viajaremos juntas, ni nos sacaremos fotos, ni follaremos en el balcón.
No te desnudaré a base de nerviosismos, ni te enterarás de que me muero de miedo cuando me empiece a enamorar de ti. Y no te lo diré. Nunca te diré que quiero que compartas conmigo domingos y lunes y todo lo demás.
No sonreiré al ver tus cosas entre las mías, ni querré que conduzcas tú porque yo he bebido demasiado. Por supuesto, no beberé demasiado nunca. 
No me masturbaré pensando en ti. No veré porno con los cascos puestos, ni dormiré una noche más en el sillón de casa con las gatas.
No escucharé música triste, ni me drogaré pensando en ti. No dejaré de ver a mis amigos a cambio de sexo y ratitos de paz y de guerra. No volveré a discutir a las dos de la madrugada, ni a llamarte llorando después de una mala noche. Nunca me calmarás las tempestades ni querré pedirte matrimonio cuando todo vaya bien. Quiero decir, casarme contigo, cada vez que todo vaya mal. De broma. Nunca pasará eso.
Ni veremos llover, ni caerán rayos, ni follaremos en el salón.
No tendré un perfume favorito, para ti. No pasarán más de dos días sin bañarme, no compraré ropa cara, ni cenaré en restaurantes pijos, ni volveré a Madrid, ni me querrán recordar las oscuras golondrinas.
No me acordaré de mi infancia, de mis abuelas, de mi vida pirata. Ninguno de los muros que escalé, existirán en mi memoria. No tendré un minuto en el día para mandarte un mensaje. Para pensar en ti.
Dejaré de escribir, poco a poco. Como entendiendo que nada es para siempre.

Entonces, tendré la casa que quiero, la moto, el coche, la piscina, los vecinos y el buen tiempo. Lo de la voz no puedo hacer nada, pero sí tendré la paciencia suficiente para aprender a tocar un instrumento. Escribirán los libros por mí y ejerceré la profesión que estudio. Seré, obviamente, feliz con cuarenta años (no sé si mañana podrá ser posible). Tendré a todas las chicas que me gustan y a una mujer que comparta conmigo domingos como el de mañana. Tendré el cuerpo que quiero y envejeceré mejor que nadie. Tendré como un millón de gatos todos ellos con nombres originales. Tendré una familia de verdad, como la de ahora, pero más mía, con hijos, sobrinos y vida familiar en general.
Lo del zumo de naranja lo veo claro, el periódico en el desayuno, no tanto.
Estaré para verme, a ti y a mí. Me acordaré de ti, de todo lo que pasó, de que serás mi compañera de domingos. Te dedicaré, de principio a fin, todos esos libros que no escribiré yo, sino otros por mí. Y todos mis rones, por supuesto, llevarán tu nombre con mi ortografía.
Todos mis amigos serán los mismos, como pasará conmigo y mi vida.
Comeré pizza todos los viernes, mientras vemos alguna peli. Estarás conmigo, por supuesto, aunque no sea domingo.
Me pasaré los veranos en la playa, bebiendo cerveza, comiendo aceitunas y quemándome la piel. Moriré de vieja, superaré todas las enfermedades hasta que el tiempo me reviente de felicidad. Ahí moriré. No en otro momento.
Te agradeceré toda la vida que quisieras ser tú y no otra la que compartiera los domingos conmigo. Te pediré salir después de pensármelo muchísimo, del todo. Te besaré sin poder esperar, en el camino al restaurante y serás tú. Tú siempre.
Viajaremos juntas y nos sacaremos fotos y follaremos en el balcón (en más sitios también). En cuanto a lo de morirme de miedo cuando me empiece a enamorar de ti, sí, eso pasará tal cual, pero te lo diré y que te quiero y que compartas conmigo de lunes a lunes tu vida entera.
Sonreiré al ver nuestras cosas y nos emborracharemos juntas, en casa. Me masturbaré pensando en ti y el porno lo veremos a todo volumen. Escucharé música triste mientras me drogo pensando en ti. Dejaré, como siempre, de ver a mis amigos, por sexo y paz y guerras y de todo contigo.
Discutiremos a las dos, a las tres y a cualquier hora. Te llamaré borracha siempre que me duelas y me calmarás todas esas tempestades de las que siempre te hablo. Te pediré matrimonio siempre que me sonrías, en la mesa, comiendo. Nos casaremos incluso cuando todo vaya mal. Y siempre de verdad.
Veremos llover mientras caen rayos y follaremos en el salón. Con la música a tope, desnudas del todo. Sobre la mesa y el sillón.
Me pondré el perfume que más te guste, me pasaré días sin bañarme (en verano, probablemente). Volveré a Madrid con golondrinas tatuadas en las pupilas. Arderá. Ya lo creo que sí, esa ciudad.
Toda mi infancia, las cosas que viví, mis abuelas, la vida pirata. Todos los muros que nadie me vio escalar. Todo en mi piel.
Pensaré en ti cada segundo de mi vida y te lo haré saber siempre que pueda.

Entonces dejaré de escribir, poco a poco. Y cuando entienda que nada es para siempre, volveré a escribir toneladas y toneladas de miseria.
Toneladas y toneladas de mí.

sábado, 4 de febrero de 2012

Ensoñaciones (insomnio)

Aquella mañana el frío se colaba por cualquier rendija. Hacía días que no era capaz de dormir más de cinco horas seguidas -pesadilla tras pesadilla-. Tiene miedo a quedarse dormido y no soñar.
Piensa en la fábrica de sueños cerrada por derribo. ¿Dónde estaba entre toda aquella arena? ¿Quién avisó a quién para aparecer en el mismo instante?
Contra una pared el aburrimiento se derretía entre sus dedos. Se besaron tan bien que parecían uno. Botellas en el suelo. La gente que miraba sonreía.
Soñó contigo la primera vez que te vio. Dile que sí. Esas cosas solo pasan una vez, cada lustro.
Él parecía nervioso, condenado a vivir temblando en cada una de sus apariciones. No sabe cómo ha llegado hasta aquí pero se siente feliz. Comparte la desdicha del no descansar con todas sus horas de sueño. Pero contra una pared el frío parecía menos frío -el sexo, más sexo-, veía su sonrisa, leyendo en braille con sus labios. Más abajo, descubriría el castigo del que no duerme y no se cansa. El insomnio entre unas piernas. Nunca una cabeza estuvo tan despierta. Él quiere traerla de vuelta de cualquier manera.
Con la luz encendida ¿dónde estarán todos sus lunares?

Se puso una sudadera, bajó las escaleras, calentó leche en el microondas y preparó café.
Aquella mañana el frío se colaba por cualquier rendija.
Se olvidó meter el corazón en el pecho la noche anterior -con este frío, dónde estarán todos sus latidos-.
Se colaba por la ventana de la cocina el naranja amanecer.
En cada sorbo, su imagen traspasando aquellos labios. Imagina que es capaz de volver a soñar y sueña.
-Dile que sí- dice en voz alta. Que estas cosas solo pasan una vez. Cada lustro, quizás.
Al volver a la cama, como anticipando un mal día, descubre un cuerpo al lado del suyo, entre las sábanas.
Ya no tendría frío nunca más.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.