domingo, 5 de febrero de 2012

De por qué escribo.


Nunca tendré la casa que quiero, ni la moto, ni el coche, ni la piscina, ni los vecinos, ni el buen tiempo. No tendré la voz para cantar ni la paciencia para aprender a tocar cualquier instrumento. No escribiré ningún libro, ni ejerceré la profesión que estoy estudiando. No seré feliz con cuarenta años, no lo seré mañana. No tendré a la chica que me gusta, ni a la mujer con la que compartir domingos. No tendré el cuerpo que me gustaría tener, ni creo que envejezca de la mejor manera posible. No tendré todos los gatos que quiero ni tendrán nombres originales. No tendré hijos, no tendré sobrinos, no tendré vida en familia. 
Nadie me traerá el zumo de naranja a la cama, ni leeré el periódico por las mañanas, en el desayuno. 
No estaré para verme crecer, ni tú. No me acordaré de ti, de lo que pudo pasar, de la anónima persona que no será nunca mi compañera de domingos. No le dedicaré un libro, ni un poema, ni mi último ron antes de morir en el sillón, con todos esos gatos que nunca tendré. 
Ninguno de mis amigos serán los mismos. Ni siquiera yo seré la misma. Mi vida, en general, no será la misma.
No iré en bici por ningún paseo marítimo, ni comeré pizza los viernes, ni miraré el correo una vez al día. 
No pasaré los veranos en la playa, bebiendo cerveza, comiendo aceitunas, quemándome la piel. No me moriré de vieja. Alguna enfermedad planea mi muerte mucho antes que el tiempo. Peor cáncer que ese.
No te perdonaré jamás el que no quisieras compartir domingos conmigo, completa desconocida. No te pediré salir después de pensármelo mucho. Demasiado.
No te besaré, después de muchas esperas, al dejarte en casa, sola. No serás tú. Claro que no.
Ni viajaremos juntas, ni nos sacaremos fotos, ni follaremos en el balcón.
No te desnudaré a base de nerviosismos, ni te enterarás de que me muero de miedo cuando me empiece a enamorar de ti. Y no te lo diré. Nunca te diré que quiero que compartas conmigo domingos y lunes y todo lo demás.
No sonreiré al ver tus cosas entre las mías, ni querré que conduzcas tú porque yo he bebido demasiado. Por supuesto, no beberé demasiado nunca. 
No me masturbaré pensando en ti. No veré porno con los cascos puestos, ni dormiré una noche más en el sillón de casa con las gatas.
No escucharé música triste, ni me drogaré pensando en ti. No dejaré de ver a mis amigos a cambio de sexo y ratitos de paz y de guerra. No volveré a discutir a las dos de la madrugada, ni a llamarte llorando después de una mala noche. Nunca me calmarás las tempestades ni querré pedirte matrimonio cuando todo vaya bien. Quiero decir, casarme contigo, cada vez que todo vaya mal. De broma. Nunca pasará eso.
Ni veremos llover, ni caerán rayos, ni follaremos en el salón.
No tendré un perfume favorito, para ti. No pasarán más de dos días sin bañarme, no compraré ropa cara, ni cenaré en restaurantes pijos, ni volveré a Madrid, ni me querrán recordar las oscuras golondrinas.
No me acordaré de mi infancia, de mis abuelas, de mi vida pirata. Ninguno de los muros que escalé, existirán en mi memoria. No tendré un minuto en el día para mandarte un mensaje. Para pensar en ti.
Dejaré de escribir, poco a poco. Como entendiendo que nada es para siempre.

Entonces, tendré la casa que quiero, la moto, el coche, la piscina, los vecinos y el buen tiempo. Lo de la voz no puedo hacer nada, pero sí tendré la paciencia suficiente para aprender a tocar un instrumento. Escribirán los libros por mí y ejerceré la profesión que estudio. Seré, obviamente, feliz con cuarenta años (no sé si mañana podrá ser posible). Tendré a todas las chicas que me gustan y a una mujer que comparta conmigo domingos como el de mañana. Tendré el cuerpo que quiero y envejeceré mejor que nadie. Tendré como un millón de gatos todos ellos con nombres originales. Tendré una familia de verdad, como la de ahora, pero más mía, con hijos, sobrinos y vida familiar en general.
Lo del zumo de naranja lo veo claro, el periódico en el desayuno, no tanto.
Estaré para verme, a ti y a mí. Me acordaré de ti, de todo lo que pasó, de que serás mi compañera de domingos. Te dedicaré, de principio a fin, todos esos libros que no escribiré yo, sino otros por mí. Y todos mis rones, por supuesto, llevarán tu nombre con mi ortografía.
Todos mis amigos serán los mismos, como pasará conmigo y mi vida.
Comeré pizza todos los viernes, mientras vemos alguna peli. Estarás conmigo, por supuesto, aunque no sea domingo.
Me pasaré los veranos en la playa, bebiendo cerveza, comiendo aceitunas y quemándome la piel. Moriré de vieja, superaré todas las enfermedades hasta que el tiempo me reviente de felicidad. Ahí moriré. No en otro momento.
Te agradeceré toda la vida que quisieras ser tú y no otra la que compartiera los domingos conmigo. Te pediré salir después de pensármelo muchísimo, del todo. Te besaré sin poder esperar, en el camino al restaurante y serás tú. Tú siempre.
Viajaremos juntas y nos sacaremos fotos y follaremos en el balcón (en más sitios también). En cuanto a lo de morirme de miedo cuando me empiece a enamorar de ti, sí, eso pasará tal cual, pero te lo diré y que te quiero y que compartas conmigo de lunes a lunes tu vida entera.
Sonreiré al ver nuestras cosas y nos emborracharemos juntas, en casa. Me masturbaré pensando en ti y el porno lo veremos a todo volumen. Escucharé música triste mientras me drogo pensando en ti. Dejaré, como siempre, de ver a mis amigos, por sexo y paz y guerras y de todo contigo.
Discutiremos a las dos, a las tres y a cualquier hora. Te llamaré borracha siempre que me duelas y me calmarás todas esas tempestades de las que siempre te hablo. Te pediré matrimonio siempre que me sonrías, en la mesa, comiendo. Nos casaremos incluso cuando todo vaya mal. Y siempre de verdad.
Veremos llover mientras caen rayos y follaremos en el salón. Con la música a tope, desnudas del todo. Sobre la mesa y el sillón.
Me pondré el perfume que más te guste, me pasaré días sin bañarme (en verano, probablemente). Volveré a Madrid con golondrinas tatuadas en las pupilas. Arderá. Ya lo creo que sí, esa ciudad.
Toda mi infancia, las cosas que viví, mis abuelas, la vida pirata. Todos los muros que nadie me vio escalar. Todo en mi piel.
Pensaré en ti cada segundo de mi vida y te lo haré saber siempre que pueda.

Entonces dejaré de escribir, poco a poco. Y cuando entienda que nada es para siempre, volveré a escribir toneladas y toneladas de miseria.
Toneladas y toneladas de mí.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.