sábado, 4 de febrero de 2012

Ensoñaciones (insomnio)

Aquella mañana el frío se colaba por cualquier rendija. Hacía días que no era capaz de dormir más de cinco horas seguidas -pesadilla tras pesadilla-. Tiene miedo a quedarse dormido y no soñar.
Piensa en la fábrica de sueños cerrada por derribo. ¿Dónde estaba entre toda aquella arena? ¿Quién avisó a quién para aparecer en el mismo instante?
Contra una pared el aburrimiento se derretía entre sus dedos. Se besaron tan bien que parecían uno. Botellas en el suelo. La gente que miraba sonreía.
Soñó contigo la primera vez que te vio. Dile que sí. Esas cosas solo pasan una vez, cada lustro.
Él parecía nervioso, condenado a vivir temblando en cada una de sus apariciones. No sabe cómo ha llegado hasta aquí pero se siente feliz. Comparte la desdicha del no descansar con todas sus horas de sueño. Pero contra una pared el frío parecía menos frío -el sexo, más sexo-, veía su sonrisa, leyendo en braille con sus labios. Más abajo, descubriría el castigo del que no duerme y no se cansa. El insomnio entre unas piernas. Nunca una cabeza estuvo tan despierta. Él quiere traerla de vuelta de cualquier manera.
Con la luz encendida ¿dónde estarán todos sus lunares?

Se puso una sudadera, bajó las escaleras, calentó leche en el microondas y preparó café.
Aquella mañana el frío se colaba por cualquier rendija.
Se olvidó meter el corazón en el pecho la noche anterior -con este frío, dónde estarán todos sus latidos-.
Se colaba por la ventana de la cocina el naranja amanecer.
En cada sorbo, su imagen traspasando aquellos labios. Imagina que es capaz de volver a soñar y sueña.
-Dile que sí- dice en voz alta. Que estas cosas solo pasan una vez. Cada lustro, quizás.
Al volver a la cama, como anticipando un mal día, descubre un cuerpo al lado del suyo, entre las sábanas.
Ya no tendría frío nunca más.

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