domingo, 12 de febrero de 2012

Perderse en un supermercado.

Perderse en un supermercado, por aquel entonces, era la mayor catástrofe que te podía suceder. En un pasillo lleno de ropa, de pronto estás sola y una especie de desesperación se empieza a apoderar de ti. Por aquel entonces, aquello era la forma más lógica de desesperación.
Aunque no durase mucho. Ella apareció, como siempre.
Tengo la sensación de que siempre que lo hacía, había cosas brillantes que la precedían. Como mariposas. Como cuando llega el invierno.
No recuerdo cómo era la vida antes de saber de ciertos dolores. Por eso, supongo, no entendía cómo una estufa era capaz de calmarle la rabia de sus huesos.
Cuando digo que siempre era verano en aquella época es porque el frío no le dolía o al menos yo no era consciente de ello.
El naranjero en mitad del patio y la luz de la tarde cayendo despacio. Sé que estará allí siempre. Con la manguera, limpiando las hojas de un otoño casi inexistente.
A veces aparece en mis sueños y me abraza. Todo comienza a ser naranja de nuevo y lo brillante nos envuelve.
Siempre pienso eso de las personas mágicas.
¿Cómo era su voz?
¿Cómo eran sus manos?
Muchas veces pienso que si me hubieran advertido de lo que pasaría luego, tendría un millón más de recuerdos. Me hubiese esforzado, como lo hago ahora por cosas innecesarias, en recordar más momentos a su lado, pero solo consigo traer de vuelta a los tres o cuatro de siempre.
La sinusitis, los abrigos, el invierno. Vamos a ver un cometa que no pasa muy a menudo, o eso dicen.
Los zapatos rojos para las ocasiones importantes. Siempre me decían que tenías el pelo más largo y bonito del mundo. Vuelve con ese pelo. Tráeme de vuelta el verano interminable.
¿Qué pasará cuando la magia se termine?
¿Cómo seré capaz de recordarte?
Por aquel entonces La Laguna me parecía un laberinto. Nunca sabía cómo se llegaba a su calle, hasta que de pronto estaba en el portal, tirándome por la rampa de minusválidos y sigo sin recordarla. Solo las cosas que nos rodeaban. El azúcar moreno, el cuarto con las dos camas y el vick vaporub. La ventana que daba a un patio interior y luego la terraza de la otra habitación. Y el verano. Incluso en esta ciudad donde el frío pocas veces da alguna tregua.
En la playa, la cicatriz de su pecho, los perros.

La desgracia de perderse en un supermercado, entonces, era la forma más lógica de desesperación.
Nunca te llegas a imaginar que puede haber algo más angustioso que eso hasta que descubres, una primavera cualquiera sentada en un escalón, que la forma más lógica de desesperación es perderla sabiendo que las personas mágicas tienen eso.
Pero siguen las cosas brillantes recordándome que una vez hubo un verano infinito y ella estaba allí, limpiando las hojas de un otoño casi inexistente. Barriendo el frío de sus huesos y volviendo, al fin y al cabo, en mitad de un pasillo lleno de ropa, aliviándome la angustia del haberme perdido en un supermercado. 

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