sábado, 31 de marzo de 2012

Quiero volver a dormir contigo esta noche.

Esto es tan bueno, tan, tan bueno, que no me basta solo con decírtelo todo el tiempo.
No me basta con pensarlo todo el tiempo.
Es tan, tan bueno, que no cabe dentro de mí
y por eso, esta irracional forma de sacarlo para fuera.
Hacia ti.
Y todo el rato. Todo el rato, lo prometo, te tengo en mente.
Lo que para ambas supone
el menor
y
el mayor
de todos nuestros problemas.


jueves, 29 de marzo de 2012

Anti-literatura


Lo malo de estar bien (tan bien, en realidad) es que el escribir se vuelve una tarea tediosa y llena de pausas que parecen no conducir a ninguna parte. Aunque las pausas no conduzcan a ningún lugar, siempre te dan tiempo para pensar qué dirección tomar. Sin embargo, las pausas de la felicidad, las treguas que te brinda la vida de vez en cuando, solo sirven para pensar de más y de todos es sabido que pensar de más es contraproducente para la toma de decisiones en la vida diaria.
Por eso tengo claro que hay patrones en mi vida que no me voy a cuestionar nunca (al menos no por ahora), como por ejemplo, qué perfume ponerme. Este que llevo, a parte de gustarme, sé que te gusta. Al principio pensaba que si dejaba de llevarlo dejaría de gustarte de alguna manera. Ahora solo lo llevo porque, a parte de gustarme, sé que te gusta olerme y oler es un verbo de lo más mamífero y por ende, sublime.
Otra de las cosas que no me cuestionaré nunca son los cambios constantes de mi pelo, aunque eso sí que no te guste, forma parte de mí. Que me de igual lo que piensen de mí y eso. No subirme los pantalones y llevar Vans al entierro de mi abuelo. Esas cosas que me hacen ser, sin querer, el centro de atención.
Pero a la hora de escribir no existen patrones que seguir. Bueno, podría inventarme un alter ego, claro. El lado oscuro de mi felicidad, y sacar del baúl de los recuerdos hasta el último resquicio de mierda que haya acumulado durante toda mi vida. Pero no me va ese rollo. Por eso siempre tengo la sensación de estar esperando el desastre oportuno. Como estar al acecho de las desgracias para poder, así, dejar de sentir que escribir es una tarea tediosa y llena de obligaciones.
La realidad es que podría escribir mil cosas sobre mi supuesta felicidad. Algo que nunca dudé en hacer. De hecho, prueba de ellos son las publicaciones antiquísimas de este blog. Pero creo que me he cansado.
Me he cansando no solo de la adolescente amargada y negativa, sino de la adolescente feliz y enamorada de hace unos años. De hecho, me he cansado hasta de la mujer realista, dramática y vehemente que soy ahora, creo. De los poemas de desamor, de los de amor, de los de rabia, de los de crisis personales...
Me he cansado de cómo escribo, de lo que escribo y sobre todo de todas las cosas para las que he escrito.
Quiero decir que estar bien (tan bien, en realidad) solo alimenta mi ateísmo filológico.
Aunque también podría dejar de llevarme por las tendencias de la literatura moderna y volver a ser la adolescente de hace unos años. Escribir en libretas cosas que nunca verían la luz, pero escribir al fin y al cabo lo que realmente siento y pienso.
No es que lo que escriba normalmente no lo sienta ni lo piense, pero sí que es verdad que para que estas cosas vean la luz deben pasar un filtro. No deben ser ni muy cursis, ni muy derrotistas, ni muy complicadas, ni con rimas, ni ser muy abstractas. De hecho, si no has entendido alguno de mis textos es porque quizás sea demasiado observadora y me quede con detalles insignificantes que la gente normal pasaría por alto. Si yo fuera normal, y ojalá lo fuera, también los obviaría.
Todo lo que escribo quiero que lo entiendas. Porque escribo para quien me lee.
Por eso escribir me parece algo tedioso y lleno de interminables pausas donde le doy demasiado poder a las palabras que hay en mi cabeza. Palabras en potencia. De hecho, no tienen valor hasta que yo las escribo y tú las lees, lo que no significa que no me atormenten durante todos esos parones creativos.
A todas estas, pienso que muchas de las cosas que escribo son cursis y empalagosas, abstractas y complejas, dramáticas y alguna que otra rima se me habrá escapado por ahí.

Aun así, lo más relevante de todo esto es que estoy bien. Que es una pena que no me salga escribir todo lo bien que estoy, pero que son cosas que pasan. He decidido que no voy a intentar atraer el desastre ni el drama solo por darme el placer de escribir algo que me haga sentir una persona totalmente realizada. Prefiero esta felicidad. Esta sonrisa. Los poemas cursis por correo, nada más. Silbar. Esta sensación de que todo va bien. Que hay que mejorar. Y que lo voy a hacer.

Lo malo de estar bien (tan, tan bien, en realidad) es que de un momento a otro las pausas me parecerán vacaciones y no querré volver a darle al play nunca más.

martes, 27 de marzo de 2012

Huesos II

A tu acromion,
por sostener semejantes clavículas.
Esas que andan tan a disgusto conmigo
por prometerles todos los besos del mundo
y al final nada.
Siguen aquí esperando a tu esqueleto.
A que vengas y te quedes.

Al concierto de huesos
para todos los besos del mundo.

Con cariño, mis falanges.


sábado, 24 de marzo de 2012

A mi abuelo.

Y lo que importa al fin y al cabo es lo físico,
lo tangible.
Por eso duele su hueco vacío en el sillón
y su silla desocupada en la mesa,
y todas las palabras que podíamos oír
con su voz.
Lo difícil de estas cosas,
al fin y al cabo,
es demostrarnos a unos mismos
el egoísmo que nos hace aferrarnos aun más
a
la
vida.
Aunque esa no fuera la nuestra.
Acostumbrar al cuerpo,
y no a la mente,
que hay cosas irreversibles.
Que lo imposible si existe
y se encuentra después del final,
justo después de los remordimientos,
las penas,
la angustia
de saber que no estábamos allí,
que no hablamos lo suficiente de nuestras cosas
juntos
o
que dejamos de ser comprensivos
porque nos molestaba demasiado que las cosas
no fueran como nosotros queríamos.
Lo difícil es hacernos a la idea
día a día
de que desaparecemos.
Dejamos de estar,
de ser
y no hay cristaleras suficientes
que nos demuestren lo contrario.

Y allí estaba yo, sufriendo por mí,
por no saber cómo expresar
lo que a partir de ahora me pasaría.
No se trataba de llorar de golpe
sino de ir guardando un poco
para cada noche,
que es cuando salen a flote las locuras,
los demonios de las vísceras,
sin ir más lejos,
todo los recuerdos.
Uno por uno
todos los segundos antes de la cuenta atrás.
Por eso estoy triste.
Aquello de aprovechar al máximo cada instante,
de exprimir lo mejor de las personas,
del estar cerca.
Todo eso que me acredita como la mayor incapaz
en muchos kilómetros a la redonda.

Y la duda, muchas veces de
si lloramos por imitación
o porque en un momento,
alguien pronuncia su nombre
y comprendes que
detrás de ese cristal se encuentra
la sonrisa que hacía tiempo había perdido
o la había secuestrado su propio dolor
o no supimos encontrarla.

Pero es eso, el estar cerca,
el calmar la conciencia con un adiós,
con un rato más a su lado.
Pero no.
Resulta que estuve todo el día triste
porque mi abuelo iba a estar toda la noche
solo en el hospital
sin darme cuenta
que todas las noches dormía solo también.
Y hacía falta una navaja en el cuello
para darme cuenta de que es necesario
siempre
querer mucho,
querer más,
querer cerca,
y querer mejor.

Aunque fuera un intento de evitar
ciertas tristezas.
Irnos tranquilos
y dejar que la gente lo haga también.
Y no esta rabia y este enfado
y este dolor en la garganta
del que soy consciente desde el día que me di cuenta
que nunca he sabido estar dentro de las personas
que más quiero
y que más me han querido.

Y es eso. De eso se trata.
La forma en la que se sentaba en la mesa
de la cocina con las manos juntas
como si todo el rato estuviese rezando
o pensando. Pensando mucho.
La enciclopedia que se llenará de polvo
ahora que nadie querrá saber qué significa tal cosa
o dónde se encuentra tal ciudad.
La calle que recorría de un lado a otro
y el jardín y el pelo que nunca más volveré a cortar.
De eso se trata.
De lo físico, lo tangible,
y darse cuenta que muchas veces todas esas cosas
se encuentran tan dentro,
tan profundo,
que no habrá años suficientes que nos acostumbren
a que ya no están, ni volverán jamás.

Pero siguen con nosotros, dentro, muy dentro,
aunque aun no hayamos descubierto en qué lugar.

jueves, 22 de marzo de 2012

Huesos I

Unas clavículas así
merecen todos los besos del mundo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Algo extraño.


Tengo ganas de escribir durante toda la noche.
Es curioso porque a pesar de hacerlo 
casi todos los días
no pasa muy a menudo que tenga ganas.
Ganas de verdad.

Con diecisiete años tuve mi primera experiencia,
entre otras muchas primeras veces,
de pasarme las noches despierta
ante una hoja en blanco
sin saber muy bien por dónde empezar.
Cuando sucedía que encontraba 
un buen principio
me empachaba de mí misma,
algo que hace tiempo no ocurre.
Pero nunca pasaba por algo en especial.
Simplemente algo escarbaba en mí,
un poema anónimo,
la tristeza de la adolescente
que, aun hoy, sigo siendo,
el olor entre los dedos de mi primer amor.
Daba igual que otras muchas veces
tuviese mil cosas más sobre las que escribir.
Eso nunca importaba.

Solo esa sensación
que pienso muchas veces 
que he perdido.
Y da miedo.
Es en el pecho.
No son mariposas,
ni escarabajos,
ni luciérnagas,
ni arañas.
No es ningún tipo de insecto.
Solo un cosquilleo 
a lo largo de mi esófago
desembocando en la garganta.
Como esperando de mí que gritase
en vez de escribir.

Esa sensación de tener que ir muy rápido
y domesticar a mis manos 
para que no quedasen rezagadas
ante mis discursos mentales.
Y eso que nunca supe
si todo lo que escribía
salía, en realidad, de mi mente.

Cuando hablo sobre el monstruo de mis tripas,
cuando omito escribir "corazón" en cualquier sitio,
cuando aprendí que ciertas palabras son mejor
no escribirlas.

Ahora escribo muchas veces para comunicarme.
Me imagino la sonrisa que debiera reconfortarme,
cerca.
Mucho más cerca.
Y no es lo mismo. 
Eso ya lo sabía desde el principio.
Pero es que no es lo mismo
escribir desde dentro
que ir rayando la superficie
todo el tiempo.

Y es precisamente el tiempo 
que tiene de bueno y de malo
el desgaste.
He vivido bastante poco 
para todo lo que he escrito
y nunca es suficiente.
He leído demasiado de mí
como para distanciarme de la persona
que creo ser.
Entonces los símbolos,
las frases hechas,
lo que podría quedar de puta madre,
enmascaran a la adolescente de diecisiete años
que fui
y que solo quería escribir.

Pero crecer tiene muchas veces
este tipo de inconvenientes.
Que las resacas cada vez golpean 
con más mala leche,
los huesos duelen desde que huelen al primer frío
de la temporada,
y las cosas ya no parecen tan nuevas
como la primera vez.

Así que una se reinventa
una y otra vez.
Como la moda.
Y acaba viéndose en un escaparate,
vendiéndose
sin recordar muy bien
aquel primer vuelto de pantalón
con el que empezó todo.

sábado, 17 de marzo de 2012

Baldabiou



Quizás sea como cerrar los ojos muy fuerte,
tenerte enredada a mis dedos.
Que por casualidad dediques las noches
a tirarme del pelo.
Quizás sea el silencio
o los huecos que aun no nos descubrimos.
Como verte desnuda por primera vez,
apretarte fuerte con mis manos,
cualquier forma de tenerte cerca
es buena.
Quizás sea como las dudas,
como aprender a cortar las respiraciones ajenas
y no saber cómo parar.
Quizás sea como empezar un poema
sabiendo siempre que en algún momento
aparecerás.
Como dormir en mitad de la borrachera,
en mitad de la carretera.
Las tres últimas palabras de un libro.
Agarrarte a las sábanas muy fuerte
porque quizás sea el miedo a caer,
o el miedo a llevártelo todo contigo
y no saber en qué cuneta abandonarme por fin.

Quizás sea como el final.
Esa sensación de saber que vas a tener
que volver a empezar.
O puede que sea el camino de vuelta al coche,
fijarme como andas,
la imposibilidad de aguantarte las miradas.
Tramar algo.
Quizás sea eso.
Imaginarte de todas las maneras posibles,
a medio camino entre el éxtasis y el cansancio.
Llegar a la cama
después de estar toda una noche sin dormir.
Llegar contigo
a una cama
de un hotel
que nunca nos hospedará.
Quizás sea como cuando las cosas salen bien,
o como la colección de desastres que nos precederán.

De cualquier manera,
sea como sea
es bueno
y está bien.

Porque después del abismo que me imagino
estamos contándonos las penas,
bebiendo hasta desorientarnos,
dándonos todos los besos del mundo
mientras amanece.
Creyendo y esperando en un final
que es, en realidad, solo una manera
absurda y cruel
de alargar el momento en el que
de pronto
todo
se
vuelve
invisible.

jueves, 15 de marzo de 2012

Las brujas del Retiro

La sensación muchas veces es de asfixia.
No algo muy severo, sino más bien,
una falta leve de oxígeno.
Como si supiera todo lo que puedo abarcar
y a lo que me limito realmente.
Como cuando te sientas en un sillón
esperando quedarte dormida al instante
y descubres que es de esos sillones 
incomodísimos.
Es imposible encontrar tu lugar
en ellos.
Y esa es la sensación muchas veces.

Y ahora necesito que llueva
y tenerte a mi lado
y mojarnos.

Respirar la humedad 
y saber con toda certeza
que estoy abarcando más allá de mis límites
y tú lo estás viendo.
Aunque no me haga falta que llueva
ni que estés a mi lado
ni respirar.

Es así todo últimamente.
He olvidado cómo se trazaban planes
pero
te voy a llevar a ver las estrellas.
Te lo dejo escrito por aquí 
para que vayas preparando las mantas,
yo intentaré inventarme 
la mejor manera para mantenernos con vida
mientras te explico
lo mal que se me dan estas cosas.
Lo desentrenada que ando.

Como cuando tengo que leer en público.
Así es esto contigo.

Pídeme que te lea algo algún día.
Lo haré mal aun habiéndomelo preparado.
Dirás que leo rápido, 
que no vocalizo,
que me tiemblan las manos.
Y no sabrás muy bien qué es lo que te he leído,
si las cosas que se me ocurren cuando vuelvo a casa
a por más provisiones
o
el futuro.

martes, 13 de marzo de 2012

Ir en avión.

Sustituir un pensamiento malo por otro bueno suele ser la solución.
Eres mi pensamiento bueno.
Y creo que eso no tiene solución.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Madrid'12

Ese tipo de felicidad dolorosa
clavada entre comisura y comisura de la boca
que no te deja a penas
pensar.
Que ¿qué es lo que nos pasa?
Una sonrisa terrible es lo que nos pasa.
Y a ambos lados estamos tú y yo.

A ese tipo de sonrisas
es a las que temo yo.
No cuatro palabras mal escogidas. No.
Que me mires así
sin un lugar donde esconderme
aun.
Eso sí que da miedo.
Cualquiera aguanta semejante bombardeo de pupilas
sonrientes.

Y es ilógico
porque me estuviste preparando para ello
en muchas ocasiones.
Aun así, no me he olvidado de llevarte encima
siempre que duermes en la cama equivocada.

Lo correcto sería,
por tu parte,
dejarme verte despertar,
sobre las diez de la mañana,
de un domingo cualquiera,
y contigo,
esa dolorosa felicidad
entre comisura y comisura de la boca.

lunes, 5 de marzo de 2012

Yo ya no vivo aquí

Voy a mudarme pero no te lo diré.
Quedaremos en un lugar cualquiera, en alguna calle, en algún sitio. Eso da igual.
Lo importante ha de ser que no sea en mi nuevo hogar.
Que sigas creyendo que vivo donde siempre. Pero no.
Me voy a mudar. No hace falta que sea muy lejos. Solo es necesario cambiar de lugar.

Para cuando me de cuenta del "despiste", tú estarás en la calle equivocada, a la hora equivocada y yo demasiado dormida y posiblemente, demasiado borracha para recordar cuál es mi nueva dirección.
Y eso es verdad. Soy muy mala para recordar números de teléfonos, códigos postales, nombres de canciones y direcciones.
Así que no te quedará otra que dormir conmigo.
Dónde sea.
Eso ya da igual.

Y de vuelta a cualquier sitio me despertaré
y te diré
que lo que más me gusta de ti
es el color de tu piel,
cómo se te arruga la nariz al reír,
o
que siempre me das la mano.

Siempre, siempre me das la mano.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.