lunes, 19 de marzo de 2012

Algo extraño.


Tengo ganas de escribir durante toda la noche.
Es curioso porque a pesar de hacerlo 
casi todos los días
no pasa muy a menudo que tenga ganas.
Ganas de verdad.

Con diecisiete años tuve mi primera experiencia,
entre otras muchas primeras veces,
de pasarme las noches despierta
ante una hoja en blanco
sin saber muy bien por dónde empezar.
Cuando sucedía que encontraba 
un buen principio
me empachaba de mí misma,
algo que hace tiempo no ocurre.
Pero nunca pasaba por algo en especial.
Simplemente algo escarbaba en mí,
un poema anónimo,
la tristeza de la adolescente
que, aun hoy, sigo siendo,
el olor entre los dedos de mi primer amor.
Daba igual que otras muchas veces
tuviese mil cosas más sobre las que escribir.
Eso nunca importaba.

Solo esa sensación
que pienso muchas veces 
que he perdido.
Y da miedo.
Es en el pecho.
No son mariposas,
ni escarabajos,
ni luciérnagas,
ni arañas.
No es ningún tipo de insecto.
Solo un cosquilleo 
a lo largo de mi esófago
desembocando en la garganta.
Como esperando de mí que gritase
en vez de escribir.

Esa sensación de tener que ir muy rápido
y domesticar a mis manos 
para que no quedasen rezagadas
ante mis discursos mentales.
Y eso que nunca supe
si todo lo que escribía
salía, en realidad, de mi mente.

Cuando hablo sobre el monstruo de mis tripas,
cuando omito escribir "corazón" en cualquier sitio,
cuando aprendí que ciertas palabras son mejor
no escribirlas.

Ahora escribo muchas veces para comunicarme.
Me imagino la sonrisa que debiera reconfortarme,
cerca.
Mucho más cerca.
Y no es lo mismo. 
Eso ya lo sabía desde el principio.
Pero es que no es lo mismo
escribir desde dentro
que ir rayando la superficie
todo el tiempo.

Y es precisamente el tiempo 
que tiene de bueno y de malo
el desgaste.
He vivido bastante poco 
para todo lo que he escrito
y nunca es suficiente.
He leído demasiado de mí
como para distanciarme de la persona
que creo ser.
Entonces los símbolos,
las frases hechas,
lo que podría quedar de puta madre,
enmascaran a la adolescente de diecisiete años
que fui
y que solo quería escribir.

Pero crecer tiene muchas veces
este tipo de inconvenientes.
Que las resacas cada vez golpean 
con más mala leche,
los huesos duelen desde que huelen al primer frío
de la temporada,
y las cosas ya no parecen tan nuevas
como la primera vez.

Así que una se reinventa
una y otra vez.
Como la moda.
Y acaba viéndose en un escaparate,
vendiéndose
sin recordar muy bien
aquel primer vuelto de pantalón
con el que empezó todo.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.