jueves, 29 de marzo de 2012

Anti-literatura


Lo malo de estar bien (tan bien, en realidad) es que el escribir se vuelve una tarea tediosa y llena de pausas que parecen no conducir a ninguna parte. Aunque las pausas no conduzcan a ningún lugar, siempre te dan tiempo para pensar qué dirección tomar. Sin embargo, las pausas de la felicidad, las treguas que te brinda la vida de vez en cuando, solo sirven para pensar de más y de todos es sabido que pensar de más es contraproducente para la toma de decisiones en la vida diaria.
Por eso tengo claro que hay patrones en mi vida que no me voy a cuestionar nunca (al menos no por ahora), como por ejemplo, qué perfume ponerme. Este que llevo, a parte de gustarme, sé que te gusta. Al principio pensaba que si dejaba de llevarlo dejaría de gustarte de alguna manera. Ahora solo lo llevo porque, a parte de gustarme, sé que te gusta olerme y oler es un verbo de lo más mamífero y por ende, sublime.
Otra de las cosas que no me cuestionaré nunca son los cambios constantes de mi pelo, aunque eso sí que no te guste, forma parte de mí. Que me de igual lo que piensen de mí y eso. No subirme los pantalones y llevar Vans al entierro de mi abuelo. Esas cosas que me hacen ser, sin querer, el centro de atención.
Pero a la hora de escribir no existen patrones que seguir. Bueno, podría inventarme un alter ego, claro. El lado oscuro de mi felicidad, y sacar del baúl de los recuerdos hasta el último resquicio de mierda que haya acumulado durante toda mi vida. Pero no me va ese rollo. Por eso siempre tengo la sensación de estar esperando el desastre oportuno. Como estar al acecho de las desgracias para poder, así, dejar de sentir que escribir es una tarea tediosa y llena de obligaciones.
La realidad es que podría escribir mil cosas sobre mi supuesta felicidad. Algo que nunca dudé en hacer. De hecho, prueba de ellos son las publicaciones antiquísimas de este blog. Pero creo que me he cansado.
Me he cansando no solo de la adolescente amargada y negativa, sino de la adolescente feliz y enamorada de hace unos años. De hecho, me he cansado hasta de la mujer realista, dramática y vehemente que soy ahora, creo. De los poemas de desamor, de los de amor, de los de rabia, de los de crisis personales...
Me he cansado de cómo escribo, de lo que escribo y sobre todo de todas las cosas para las que he escrito.
Quiero decir que estar bien (tan bien, en realidad) solo alimenta mi ateísmo filológico.
Aunque también podría dejar de llevarme por las tendencias de la literatura moderna y volver a ser la adolescente de hace unos años. Escribir en libretas cosas que nunca verían la luz, pero escribir al fin y al cabo lo que realmente siento y pienso.
No es que lo que escriba normalmente no lo sienta ni lo piense, pero sí que es verdad que para que estas cosas vean la luz deben pasar un filtro. No deben ser ni muy cursis, ni muy derrotistas, ni muy complicadas, ni con rimas, ni ser muy abstractas. De hecho, si no has entendido alguno de mis textos es porque quizás sea demasiado observadora y me quede con detalles insignificantes que la gente normal pasaría por alto. Si yo fuera normal, y ojalá lo fuera, también los obviaría.
Todo lo que escribo quiero que lo entiendas. Porque escribo para quien me lee.
Por eso escribir me parece algo tedioso y lleno de interminables pausas donde le doy demasiado poder a las palabras que hay en mi cabeza. Palabras en potencia. De hecho, no tienen valor hasta que yo las escribo y tú las lees, lo que no significa que no me atormenten durante todos esos parones creativos.
A todas estas, pienso que muchas de las cosas que escribo son cursis y empalagosas, abstractas y complejas, dramáticas y alguna que otra rima se me habrá escapado por ahí.

Aun así, lo más relevante de todo esto es que estoy bien. Que es una pena que no me salga escribir todo lo bien que estoy, pero que son cosas que pasan. He decidido que no voy a intentar atraer el desastre ni el drama solo por darme el placer de escribir algo que me haga sentir una persona totalmente realizada. Prefiero esta felicidad. Esta sonrisa. Los poemas cursis por correo, nada más. Silbar. Esta sensación de que todo va bien. Que hay que mejorar. Y que lo voy a hacer.

Lo malo de estar bien (tan, tan bien, en realidad) es que de un momento a otro las pausas me parecerán vacaciones y no querré volver a darle al play nunca más.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.