sábado, 24 de marzo de 2012

A mi abuelo.

Y lo que importa al fin y al cabo es lo físico,
lo tangible.
Por eso duele su hueco vacío en el sillón
y su silla desocupada en la mesa,
y todas las palabras que podíamos oír
con su voz.
Lo difícil de estas cosas,
al fin y al cabo,
es demostrarnos a unos mismos
el egoísmo que nos hace aferrarnos aun más
a
la
vida.
Aunque esa no fuera la nuestra.
Acostumbrar al cuerpo,
y no a la mente,
que hay cosas irreversibles.
Que lo imposible si existe
y se encuentra después del final,
justo después de los remordimientos,
las penas,
la angustia
de saber que no estábamos allí,
que no hablamos lo suficiente de nuestras cosas
juntos
o
que dejamos de ser comprensivos
porque nos molestaba demasiado que las cosas
no fueran como nosotros queríamos.
Lo difícil es hacernos a la idea
día a día
de que desaparecemos.
Dejamos de estar,
de ser
y no hay cristaleras suficientes
que nos demuestren lo contrario.

Y allí estaba yo, sufriendo por mí,
por no saber cómo expresar
lo que a partir de ahora me pasaría.
No se trataba de llorar de golpe
sino de ir guardando un poco
para cada noche,
que es cuando salen a flote las locuras,
los demonios de las vísceras,
sin ir más lejos,
todo los recuerdos.
Uno por uno
todos los segundos antes de la cuenta atrás.
Por eso estoy triste.
Aquello de aprovechar al máximo cada instante,
de exprimir lo mejor de las personas,
del estar cerca.
Todo eso que me acredita como la mayor incapaz
en muchos kilómetros a la redonda.

Y la duda, muchas veces de
si lloramos por imitación
o porque en un momento,
alguien pronuncia su nombre
y comprendes que
detrás de ese cristal se encuentra
la sonrisa que hacía tiempo había perdido
o la había secuestrado su propio dolor
o no supimos encontrarla.

Pero es eso, el estar cerca,
el calmar la conciencia con un adiós,
con un rato más a su lado.
Pero no.
Resulta que estuve todo el día triste
porque mi abuelo iba a estar toda la noche
solo en el hospital
sin darme cuenta
que todas las noches dormía solo también.
Y hacía falta una navaja en el cuello
para darme cuenta de que es necesario
siempre
querer mucho,
querer más,
querer cerca,
y querer mejor.

Aunque fuera un intento de evitar
ciertas tristezas.
Irnos tranquilos
y dejar que la gente lo haga también.
Y no esta rabia y este enfado
y este dolor en la garganta
del que soy consciente desde el día que me di cuenta
que nunca he sabido estar dentro de las personas
que más quiero
y que más me han querido.

Y es eso. De eso se trata.
La forma en la que se sentaba en la mesa
de la cocina con las manos juntas
como si todo el rato estuviese rezando
o pensando. Pensando mucho.
La enciclopedia que se llenará de polvo
ahora que nadie querrá saber qué significa tal cosa
o dónde se encuentra tal ciudad.
La calle que recorría de un lado a otro
y el jardín y el pelo que nunca más volveré a cortar.
De eso se trata.
De lo físico, lo tangible,
y darse cuenta que muchas veces todas esas cosas
se encuentran tan dentro,
tan profundo,
que no habrá años suficientes que nos acostumbren
a que ya no están, ni volverán jamás.

Pero siguen con nosotros, dentro, muy dentro,
aunque aun no hayamos descubierto en qué lugar.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.