viernes, 20 de abril de 2012

Sobre la implosión


Cuando alguien muere, 
de alguna manera, 
algo dentro de ti revienta. 
Es entonces cuando las minucias del día a día,
el devenir, los acontecimientos banales
como discutir con cualquiera,
llegar tarde a una cita,
enfadarse por el tráfico, 
carecen de absoluto sentido.
Nada parece tener más importancia
que la ausencia de silencio
por
el
silencio.
Casi se pueden oír las lágrimas desde
aquí
y no es miedo, ni terror, ni tedio
sino
la 
maravillosa incertidumbre
de qué habrá después de la vida.
Cómo sobrevivir acostumbrando los ojos
a algo que el alma es incapaz de comprender.
Por eso es como si algo dentro de ti reventase
con toda la fuerza del mundo.
Como si ninguno de tus órganos
fuese capaz de ponerse de acuerdo
para llegar a entender que la naturaleza
va mucho más allá de una
respiración tras otra.

La física de los engranajes,
teorías que al final de todo no sirven
para absolutamente nada.
Alguien muere y tu revientas 
y allí no habrá ningún dios que pueda salvarte,
ni los más ocultos recuerdos,
ni el más puro sentimiento
de cercanía
van a reconfortarte
como lo haría el calor de una piel
que, ahora, vestida con su mejor traje,
observa cómo nunca nos enseñaron a despedirnos
del todo.
Para siempre.

Nos pasamos la vida clasificando dolores
que nada tendrán que ver luego
con ese último pensamiento suicida
que te atormenta noche tras noche.
Qué habría pasado si…
Tendría que haberle dicho que…
Y nadie sabe cómo duele reventar por dentro
hasta que de pronto
alguien muere
y sientes que todo eso que nunca pensaste
que tendrías que sacar a relucir
de repente empieza a flotar
entre los restos de cordura que aun te queda.
Al final te acabas cansando de ver como
nadie hace nada por limpiar esa bahía de recuerdos
absurdos y amontonados
y lloras.
Lloras como quien nace de nuevo,
como un soplo, ahogado, de vida, de aire.
No sabes cómo pero acabas dejándote abrazar
y no te sientes tan inútil como hace, apenas,
diez minutos antes.
Es como quedarse en blanco,
no recordar cómo has llegado hasta allí
pero saber que de alguna manera
aquello va a acabar.
Eres humana, piensas,
oyes un montón de miradas
y notas como todas ellas hablan de pena
y se compadecen de ti
y tu incapacidad en esos instantes
de no saber reventar hacia fuera
como haría cualquiera.

Pero tú no eres cualquiera.
Y sabes que reventar por dentro
cuando alguien muere
es dejar que algo de ti se muera con ellos.
Porque eso es la tristeza.
Cualquier recuerdo que provenga
de algo que ha muerto.
Sea de la naturaleza que sea,
es el mismo brillo de ojos,
la misma punzada al corazón,
la misma pesadez entre las costillas,
justo antes de respirar.

Es el mundo y todo eso,
el orden lógico de las cosas,
la reconstrucción a partir de la destrucción.
Reventarse el pecho desde dentro
y aun así
no saber
cual será el momento adecuado
para, por fin,
romper a llorar,
salir a flote de tanta minucia absurda
y
admirar,
contemplar,
observar,
la sencillez de una muerte
tras
otra.

Y seguir sin comprender
que es lo justo,
por más que nos empeñemos
en arañar el aire
como quien araña un ataúd
después de despertar
por primera vez
en toda su vida.

jueves, 19 de abril de 2012

Su palabra favorita es "paradigma"

Ni me gusta oler a tabaco, ni que mi habitación huela a tabaco, ni gastarme el dinero en tabaco, pero me gusta fumar. Y así todo el rato con todas las cosas.
Toda la mierda que tenga dentro acabará entre su taza de café y la mía para así poder seguir, de alguna manera, viviendo. Seguir que es lo importante.
Y las enfermedades imaginarias, el miedo, el "las cosas están raras", la incapacidad. Todo eso se quedará entre su taza de café y la mía.
Y yo que pensé que llorar en una cafetería era de perdedores... por eso, esas cosas una se las traga junto al café.
Fumar por turnos, mirar el móvil, ella sabe las cosas que no quiero decir y digo. Una a una pronuncio cada palabra que agujerea mi estómago. Por eso mi sangre no huele a sangre, ni mis pulmones a humo, ni mi piel a perfume, sino a café. Todo huele al café donde se quedaron todas las mierdas que me hacen creer ser distinta y al mismo tiempo, igual que el resto.

domingo, 15 de abril de 2012

Huesos IV



Tengo todas mis palabras 
encadenadas a tus vértebras.
El silencio es un trayecto
en tren
donde coinciden todos los días
los mismos desconocidos de siempre.

Es como mirar a ninguna parte,
ese tipo de nerviosismo instalado
desde el centro del estómago
hasta alcanzar todos mis extremos.

Una maraña de palabras
haciendo bulto en la tráquea,
esperando verte
para atragantarme.
Hay respiraciones que están hechas
para esos trayectos en tren
donde coinciden todos los días
mis silencios con los tuyos,
completamente desconocidos.

Buscar mi asiento entre tus huesos,
encadenar mi equipaje a tus vértebras,
irme lejos.
Mancharme de ti durmiendo entre tus tripas,
no poder parar
ambos torrentes sanguíneos
y encontrarnos por fin
en una estación de tren cualquiera
como completas desconocidas.

Como mirar a ninguna parte
mientras te tengo cerca.
Ese tipo de nerviosismo
en el que me siento parte
de todas las palabras que albergas
en tus vértebras.
Como si fuera una de ellas
y al mismo tiempo
la idea suicida de tirarme a las vías del tren
a esperarte.

martes, 10 de abril de 2012

Para esta noche


Estás feliz aunque no lo digas.
Y lo sé porque hay ciertas maneras de mirar el mundo que son inconfundibles.
Parece que al final mis planes si que salen bien.

domingo, 8 de abril de 2012

Huesos III

No voy a decir que tus clavículas y tus acrómiones tengan el cupo de besos lleno
pero ahora que me he fijado bien
no me imagino la cantidad de besos
que deben albergar tus costillas.

Se ha dicho siempre de ellas
que son teclas de piano
y eso está bien si sabes cómo tocarlas.
Pero a mí lo que más me gusta de tus huesos
es la música que generan
cuando chocan con los míos.

Y eso es lo que he decidido que voy a hacer a partir de ahora.
Música contigo
todo el tiempo.

sábado, 7 de abril de 2012

Nada de esto ha sido un sueño

He soñado que te escondías. Entre la gente, porque había mucha gente. Me mirabas esperando encontrarte conmigo, como si yo no supiera que estabas allí, escondiéndote. Me mirabas esperando de mis ojos la explosión que te merecías. Yo sentía que cada vez me enfadaba más. Caminaba por la calle queriendo toparme contigo, encontrándote entre toda la gente, pero al mismo tiempo, deseaba seguir mi camino sin ninguna incidencia. Como si mis ojos no pudieran soportar una explosión de esas dimensiones. Como si no se acordasen de ti.
He soñado que caminaba con las manos en los bolsillos. La gente, toda aquella gente que hacía bulto, se acumulaba en las aceras y no me dejaban seguir hacia adelante. Miraba al cielo como si de pronto aquella oscuridad te fuera a traer de vuelta. Pensé algo sobre la miopía.
Y te vi. Cada calle era una probabilidad más de encontrarte. Sorprenderte en mitad de lo que estuvieras haciendo. Pero no quería.
En realidad, no quería verte, ni encontrarte, ni pensar si quiera que pudieras estar allí. Justo bajo el mismo cielo que de vez en cuando pisoteaba con mis ojos. Pero allí estabas. Escondida entre la gente, porque por suerte para ti, había mucha gente.
Soñé que me enfadaba tanto el verte que quise despertarme y para cuando me vine a dar cuenta estaba soñando que escribía algo que empezaba diciendo "He soñado que te escondías."


miércoles, 4 de abril de 2012

Siguiente canción

Siempre se saltaba aquella canción. Decía que no le gustaba.
Se acordó de esto porque había sonado en su reproductor de música. Pensó entonces, que de todas las cosas que sabía de ella, la mayoría se trataban de lo que no le gustaba.
Era como si todo se tratase de ir bailando sobre el fango ajeno, sonriendo, porque bailar tenía esas cosas, aunque no lo supieran hacer bien del todo.
En la televisión había oído a una señora, la cual esperaba el regreso de su marido secuestrado y por fin, liberado, a la que preguntaron qué era lo que más echaba en falta del susodicho, a lo que ella respondió, bailar con él.
Con el amor pasaba lo mismo, pensó. Debe ser como encontrar esa persona con la que bailar te parece del todo fácil. Sin esa necesidad angustiosa de mirar todo el tiempo al suelo. Como volar sin perder el equilibro. Entenderse sin palabras. Tú solo miras sus ojos, miras lo que hay alrededor, y la música ya te dice lo que tienes que hacer en cada momento.
Decía que sonaba mal, entonces, antes de que las primeras palabras de aquella canción se empezaran a escuchar, él mismo daba al botón de siguiente. Siempre ponía cara rara cuando sonaba.
No pasa nada. Había estado años acostumbrándose a vivir las cosas en soledad. Le resultaba demasiado intenso compartir algo positivo con alguien. De alguna manera su vulnerabilidad estaba allí haciendo acto de presencia cuando cada palabra de alguna canción le describía lo que estaba sucediendo.

Él la miraba. Hasta que no veía cómo su cara tornaba a disgustada, no la cambiaba. Se imaginaba que aquella sensación podría acabarse algún día. Que podría transformarse en algo más intenso. Que podría ser uno de esos momentos importantes para la vida de una persona. Pensaba cómo sería recordarlo cuando todo se fuera a la mierda; "y entonces la miraba y hasta que no veía su cara regañada no cambiaba la canción, y ella me miró y ahí lo supe. Porque sonreímos y pudimos bailar volando, por fin". Era de ese tipo de personas al que le costaba muchísimo no vivir para el recuerdo.

Siempre se la saltaba y nunca la escuchó entera. Realmente aquella época no iba mucho con ese tipo de canciones. Por eso no le disgustó tanto la idea de que se pudiera perder algo así. Quizás le diera una oportunidad algún día. Y pensaría en él, entonces. Pensó eso. Creyó con toda seguridad que aquella chica se acordaría de él cuando por fin un día, sin querer, escuchase la canción entera. Diría "ah, esto era lo que me había estado perdiendo todo este tiempo. Mensajes secretos, quizás".
Porque eso era el amor para él. Conseguir impregnarlo todo de su amor sin que nadie se diese cuenta. Y tras un montón de canciones, se encontraba él sonriendo, diciendo, tal vez "ves, a esto me refería con lo de verte caminar dos pasos por delante...".
En una simple caricia. Todos los dibujos que te puedas imaginar. Él escribía lo que nunca sabía cómo pronunciar.
Pero a menudo pasaba que ella se saltaba aquella canción.

lunes, 2 de abril de 2012

Zoológico.

Justo a esa hora el ratón se despierta, lo que provoca que la gata se levante del sillón y empiece a golpear la puerta para intentar abrirla, lo que a su vez conduce a que yo me levante y le abra la puerta. A esa hora me meto de nuevo en la cama, apago la luz y no solo oigo cómo el ratón camina por la jaula haciendo ruidos desesperantes, sino que también tengo que soportar cómo la gata arremete contra la jaula y el ratón intenta defender su territorio. A esas horas enciendo la luz, maldigo mi existencia, agarro a la gata, la echo fuera del cuarto con toda la pena del mundo, cierro la puerta, esta vez, con llave, me meto en la cama y apago la luz.
Un poco más tarde y con un poco de suerte, el ratón para de hacer sus muy matutinos ejercicios de ratón y vuelve a su madriguera que es de donde nunca debió salir, y yo consigo por fin dormirme oyendo los gallos de mi tío.
Justo a esa hora, todas las malditas noches de mi vida.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.