jueves, 7 de junio de 2012

Todas las palabras que estás pensando.



No digas esa palabra, me dijeron. No escribas eso. No digas esas palabras.
Estoy al borde de toda la inspiración del mundo, pienso. Estoy, no solo al borde de toda esa inspiración, sino que mi cabeza asoma por un balcón. Puedo ver, desde aquí, las montañas y cómo el sol las cubre de un color amarillento. Puedo ver desde aquí, la civilización. Puedo ver qué casas están habitadas y cuales no. Puedo ver.
Todo el rato pienso en una frase, luego en otra. La última es la primera de este texto. La primera: Cuando se folló a...
Es difícil, siempre, encontrar a alguien a quien follarse con la imaginación. Alguien real a la que poder manchar con injustas y depravadas letras. Alguien a quién recordar toda la vida por lo que nunca pasó y por lo que siempre creíste sentirte mal.
Es la sociedad. La gente. Todo el mundo dicta normas morales, éticas. Yo dicto mis propias normas. Por eso soy incapaz de follarme a nadie al borde de toda esa inspiración. Por eso siempre me cuesta encontrar un buen nombre para esas chicas o una fisionomía que ni se le parezca a todas esas mujeres que me hacen sentir sucia y vacía y demasiado concupiscente para empezar a redactar la herencia de mis fantasías sin sentirme
fuera
de
lo
establecido.
Fuera de la civilización que veo desde aquí.
Todos esos centros comerciales llenos de gente llena de fantasías castradas por la
opresión.
Por eso dicen, no digas esas palabras. No escribas esas cosas. No hables como si nunca te hubieran enseñado modales.
Y no entienden nada. Precisamente por todos esos modales aprendidos. Por todas esas oportunidades frustradas. Por toda la corrección del mundo, me siento al borde de mi inspiración a ser yo.
Las puertas de la percepción, pienso. No es necesario una droga mágica. Solo un montón de tinta dispuesta a revolverte por dentro. A sacar de ti lo peor. Siempre en el mejor momento.
He disfrutado de cada letra de cada relato donde me follaba, sin nombre ni rostro, a las mujeres de mi vida.
He sentido como si despertase de un sueño húmedo, dónde mis dedos se hundían en partes de sus cuerpos que era incapaz, luego, de recordar. Y lo he sentido real. Ahora, en este instante.

Alguien me da la mano de camino a casa. Alguien que no conozco me da la mano de camino a casa y pienso que eso me excita. 

No escribas eso, dicen. Cómo se te ocurre gritar esas cosas en público. Cómo eres capaz de escribir esa palabra.
Follar está bien. Digo. Eso lo hacemos todos. Mal, bien. Da igual. Todos follamos, retozamos, nos revolcamos, o al menos, eso es lo que nos gustaría que pasase.
Todo el mundo es recatado de lengua para fuera. Todo el mundo es correcto. Todo el mundo.
Esa civilización que veo desde aquí y que hace las mismas guarrerías que yo cuando están a solas. Una llave siempre es útil. La masturbación como el primer deporte mundial. El más antiguo.

El color de las montañas torna a un violeta oscuro. Desde aquí se oyen rugir a las bestias. Las de dentro. Las de muy adentro, pienso. 
Todas esas personas se han imaginado desnudas. Los unos a los otros. Seguro.
Cuando sube un ascensor lleno de gente. Toda esa gente enferma debe pensar obscenidades de sus breves compañeros de viaje. Hasta el cielo, pienso. La gente siempre se imagina cosas cuando se corre. El blanco también es una manera de imaginar.
El lienzo del sexo. La saliva, el semen, los fluidos vaginales. Todo siempre es arte y es un reto y sirve de algo. Nos sentimos aliviados, luego. Cuando todo termina. Da igual que sea un cuadro, una novela o un polvo.
Da igual lo que te haya costado.
Lo importante es la sensación del final. Cuando ya por fin te olvidas de la civilización y vuelves al origen y no existen normas morales ni éticas y eres libre.
Ese final en el que piensas cuánta gente se habrá corrido al mismo tiempo que tú en todo el mundo, cuánta gente debe sentirse exactamente como tú en este instante. Y no te da asco, ni crees que esté mal, ni sientes ningún vacío existencial dentro de ti.
Y piensas en esas palabras y las dices. Y alguien en algún lugar del planeta te oye y piensa: no digas esas palabras, cómo puedes decir esas cosas, no tienes educación. Y tú piensas que no entiendes a esa civilización que te dice eso mientras al mismo tiempo se limpian la corrida de entre los dedos, o se suben las bragas en sus oficinas. Tú piensas que esas palabras existen para ser dichas. Y para ser hechas. Y lo entiendes por fin.

Entiendes lo que es estar al borde de toda la inspiración del mundo sin importarte una mierda, precisamente, ese mundo que te inspira.

Y por fin lo entiendes, lo sientes.
Enhorabuena, es usted una persona completamente libre.

1 comentario:

Laura dijo...

me gusta, mucho!


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.