martes, 18 de septiembre de 2012

Síndrome del trastero.

Parece como si querer ya no fuese real.
Como si fuera una excusa,
un pretexto,
un no sentirse tan mal.
Parece como si solo ocupase espacio
y fuésemos trasteros
y almacenáramos kilos y kilos,
cajas y cajas
de las mismas letras,
las mismas palabras,
las mismas miradas.

Como si la vida se tratase
de esto todo el rato.
De vivir una y otra vez
las mismas escenas
de una película.
Como si lo único que cambiase
fuera la edad del director.
Fotograma a fotograma
vuelve a ser septiembre.
Las costumbres,
los horarios,
la tristeza de las cosas tristes.

Y yo ya no soy triste.
Pero como un trastero
guardo penas,
despedidas,
enfados.
Cajas y cajas de las mismas cosas
amontonadas unas encima de las otras.
Y yo ya no soy triste
pero a veces
lo estoy.

Como cuando querer me parece
un mecanismo
y no un reflejo de.
Como cuando querer me parece ridículo
solo porque no siento que haya perdido nada.
Como si fuese un río en calma,
la circulación sanguínea de alguien que está
muy tranquilo.
Como si estar esperando algo
no fuese lo importante.
Como si lo que hayamos vivido
no tuviese mayor relevancia.

Porque me he convertido en un trastero
que almacena momentos,
penas,
despedidas,
enfados y tristezas,
como quien colecciona sellos,
o miniaturas,
o figuritas de la Segunda Guerra Mundial.

Siempre llega el momento
en el que todos los sellos,
las miniaturas
y las figuritas de la Segunda Guerra Mundial
te parecen lo mismo,
una masa,
un revoltillo de cosas
a las que te cuesta etiquetar,
adherirles un recuerdo,
y en definitiva
te parecen lo mismo.
La misma cosa.

Pero eso no es lo peor de todo.
Lo peor es cuando
te das cuenta que todo eso es la misma cosa
porque tú eres la misma persona.
Y el problema no es de las cajas y cajas,
kilos y kilos
de las mismas letras,
palabras,
miradas,
sino de las paredes que las almacenan.

Un trastero frío y húmedo
donde de vez en cuando alguien hurga
y encuentra un lugar donde
puede ser diferente.
Donde huir.
Donde no estar del todo sola.
Donde encontrar alguna caja
con cosas interesantes dentro.

Y entonces arregla la luz del techo,
limpia el polvo y la suciedad
y todo,
de pronto,
parece brillar.

Aunque al final
allí no quepa una cama
ni sea un lugar digno para vivir.

Y eso es lo que pasa con los trasteros.
Que solo sirven para guardar cosas,
trastos,
cajas.
El pasado.
Todo el tiempo.
El pasado.

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