miércoles, 17 de octubre de 2012

Áspera y rabiosa.




Seguramente no es tristeza,
no lloro,
ni estoy deprimida.
Se le parece más a la pena.

Dices ser un gato.
Lo cierto es que hace tiempo
escribí que eso es lo que eras.
A efectos generales,
sí,
se puede decir,
que te lames las heridas
de la noche
con una lengua áspera y rabiosa.
Crees guardar tu vida
como una gata protege a sus crías.
Inevitablemente
alguien siempre consigue adoptar
esas partes de ti que tanto proteges.
Ahora mismo trepan por mis sillones,
maúllan por fuera de mi habitación
queriendo entrar
y se enredan entre mis piernas
pidiendo,
normalmente,
que les dé de comer.

Apareces asomada por la escalera
cuando decido abrir puertas.
Cuando soy yo la que aparece,
consigues de un instante,
de un momento,
que nada de lo que existe,
importe.
Pero te llenas de tierra cada vez
que sales al jardín
a cazarme,
zarandearme como una lagartija
sin ni siquiera pasarse por tu mente
el que acabe entre tus tripas.
Soy de hecho mi propio regalo.

Estoy entre tus fauces
mientras te acaricio
“buena chica, muy bien”.

Es difícil curarte.
Aprietas tus mandíbulas
cuando me convierto en
una de esas pastillas
contra las pulgas.
Tu plan siempre es estar tranquila
limpiándote los días
que se te escurren sin darte cuenta.
Ni siquiera tú lo sabes,
pero entre esos días,
entre tus garras,
entre tu pelaje,
estaba yo.
Esperando tropezarme con tu
áspera y rabiosa lengua
siempre.

Al final, la sensación que se tiene
es la de ser una bola de pelo más
de un gato callejero más,
al que encierras en una casa
y que difícilmente se terminará acostumbrando
a que
cuando llueve no se puede salir,
los sillones no se arañan,
y las camas de las personas
no se pueden mear.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.