martes, 27 de noviembre de 2012

25.

Todas las noches, antes de irme a dormir, procuro llegar a tiempo al aeropuerto.
Compruebo que lo tengo todo y al ratito ya estoy lejos de casa, esperando por mi maleta. Supongo que será de las últimas, haciendo un pulso a mi paciencia. La tuya perdió hace tiempo el suyo.
Unas veces te llamo para saber dónde estás y otras prefiero salir a ver si te encuentro.
Siempre lo hago, estás como dando saltitos y sonriendo desmesuradamente. Yo me estremezco, me encojo de hombros como diciendo "bueno, ya estoy aquí, ahora ven". Entonces, unas veces corres hacia mí dando un salto, para el que, obviamente, llevo preparándome meses y otras simplemente nos acercamos muy sonrientes como creando un abrazo a cámara lenta.
Sea cómo sea, tú acabas agarrada a mí, yo encajo mi cabeza en tu cuello y al separarnos un poco nos besamos y sonreímos y nos miramos con cara de no creérnoslo del todo.

Con la misma sensación de incredulidad llegamos a tu habitación e intentamos concentrarnos y convencernos la una de la otra.
Luego abrirás una de las botellas de vino y beberemos a morro en la cama.
Ahora estoy tan concentrada, tan, tan concentrada, que creo que me lo empiezo a creer. Mis dedos te acarician. Y es real.

Ahora entiendo lo de las campanas de la iglesia. Te traigo fuerte contra mí y me vuelvo a dormir.


Fin.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.